Capítulo 34 #2
—Ni mucho menos, hija —aseguró con certeza—. Y no eres menos mujer por no querer tener hijos, es una elección personal.
—¿Pero?
Cora suspiró.
—Pero debes pensarlo bien, porque tienes que poder vivir con la decisión que tomes, una vez lo hagas.
—¿Y cómo puedo estar segura de que es la correcta?
—No hay una solución correcta y otra incorrecta, Ari —opinó su madre—, ojalá fuera tan fácil.
—Entonces no podré saber si me estoy equivocando…
Cora la observó con preocupación.
—Eso me temo —reconoció.
—Genial, eso me tranquiliza muchísimo —ironizó.
—Ari, no hay una fórmula mágica para tomar este tipo de decisiones —opinó—. Solo puedes valorar todos los pros y los contras y asumir las consecuencias de la decisión sin fustigarte, sea la que sea.
—Pues vaya —soltó un suspiro.
—No te lo digo para asustarte —añadió Cora, esbozando una dulce sonrisa—. Te lo digo para que no busques una certeza que no existe. Lo único que puedes hacer es intentar ser honesta contigo misma.
Arizona asintió.
—¿Qué opina él?
—No lo sabe.
—¿Fue cosa de una noche, entonces?
Aquella era una respuesta delicada, pero se había prometido no guardarse nada… Y así comenzó casi un monólogo, donde Arizona se abrió en canal sin dejarse un solo detalle.
Cuando acabó de hablar, Cora la miraba desde el otro lado con una expresión de disgusto.
—¿Soy una persona horrible? —interrogó la chica, algo cohibida frente a su mirada—. ¡Te juro que habría abierto fuego con una metralleta en ese salón antes de irme!
—Yo también accionaría el gatillo ahora mismo —admitió entre dientes—. Estoy muy orgullosa de ti y de que hayas sido capaz de controlarte para no darles más espectáculo —afirmó mirándola con admiración—. Pero toda esa gente no nos importa nada en este momento, no les des más valor del que tienen.
Arizona asintió.
—Pero a él… ¡joder, quiero pegarle!
—Entre otras cosas, al parecer.
—¡Mamá! —protestó—. Ya tengo suficiente calor sin tu ayuda, gracias.
Cora rio, pero no tardó en ponerse seria de nuevo.
—Debes hablarle del bebé, Ari.
La chica frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque tiene derecho a saberlo.
—No si decido no tenerlo.
—Arizona… —suspiró algo preocupada—, es obvio que él te gusta mucho.
—Solo a ratos —frunció el ceño.
—Si decides interrumpir tu embarazo sin decirle que el bebé es suyo —hizo una pausa difícil—, eso alzará una barrera entre vosotros que jamás podréis superar.
—Creo que estás malinterpretando mi relación con Tyler —declaró de inmediato, incómoda—. Solo tenemos sexo de vez en cuando, mamá, es posible que ni eso a partir de hoy. Dentro de unas semanas regresaré a Estados Unidos y espero no tener que verlo nunca más.
Sintió una ligera incomodidad incluso al pronunciar las palabras, que creció al imaginar su vida lejos de Londres.
«No, Arizona, ni lo pienses».
—Hija…
—No lo digas —interrumpió de inmediato, tensa.
—Debo hacerlo.
—Mamá…
—Tienes que dejar de huir, Arizona —rogó en un tono mezcla preocupación y resignación.
—Yo no huyo de nada —replicó de inmediato, demasiado consciente de a qué se refería. No era la primera vez que tenía que cortar esa conversación.
—Sabes que sí, Ari.
—No, mamá, no huyo, solo… me protejo —reconoció bajando un poco la voz—. Y estoy en mi derecho. Tú deberías entenderme mejor que nadie.
A Cora le costó un segundo seguir hablando. Cuando lo hizo, su voz fue más suave, pero firme.
—Fui inmensamente feliz junto a tu padre durante veinte años, hija —contó ahora—.
Sí, cuando su depresión comenzó a hacer mella en él, en nuestra relación, hubo días muy oscuros, pero te juro, amor, que si pudiera volver atrás, incluso sabiendo todo lo que me iba a tocar vivir, volvería a entregarle mi corazón sin reservas.
La chica la miró perpleja.
—¿Lo dices en serio?
—Cada palabra —aseguró—. Y no solo porque me haya dado tres hijos maravillosos que son el centro de mi vida.
Como hombre y mujer, como pareja, no renunciaría a uno solo de los recuerdos intensos y maravillosos que viví junto a él.
Sí, los malos también anidan en mí, pero no pesan igual.
Amar a alguien con toda tu alma y ser correspondido es…
—Como me digas ¡ una puta pasada ! te cuelgo ahora mismo.
Cora rio con ganas y Arizona frunció el ceño. Sentía el corazón blandito en aquel momento y la sensación era demasiado molesta.
—Es hermoso, Ari.
—Y una forma de buscarte problemas.
—Sí, bueno, el amor es un territorio inestable, a veces refugio, a veces vértigo, tiene esa contradicción incómoda.
—Pues no le veo el lado hermoso —ironizó—. No pienso exponerme a todo eso. Jamás. No me compensa.
Cora la miró con una expresión abatida.
—Esa coraza bajo la que guardas tu corazón, Ari, no es infranqueable —acabó diciendo—. No cometas el error de pensar que estás a salvo, o cuando te des cuenta de que te has estado engañando, el daño puede ser irreparable.
La chica apretó los dientes con fuerza. No, jamás le pasaría.
«¿A quién quiero engañar? Todo esto se me está escapando de las manos».
—Mamá, yo… estoy aterrada —acabó reconociendo—. Nunca me había sentido tan encaprichada de alguien y no sé cómo pararlo.
—¿Por qué sientes que debes hacerlo?