Capítulo 34
Tyler dejó caer el peso del cuerpo contra el respaldo del sofá soltando un resoplido áspero, con el vaso de whisky aún medio lleno tambaleándose entre sus dedos.
Por suerte, Jake lo había arrastrado hasta su casa casi a la fuerza, sacándolo del bar antes de que la noche terminara de torcerse. Para su desgracia, Tyler se había empeñado en tomarse la penúltima copa nada más entrar por la puerta de la mansión, cuando debería haber ido directo a la cama.
La casa estaba demasiado en silencio para alguien con la cabeza como la suya en ese momento.
Se pasó una mano por el rostro, arrastrando el cansancio, la irritación…
y algo más que no quería nombrar. Luego alzó el vaso, lo observó un segundo con gesto torcido y dio otro trago largo, como si todavía no hubiera sido suficiente.
—Si te niegas a acostarte, vas a tener que hacer noche en este sofá, amigo —suspiró Jake, apurando su propio whisky—. Yo me voy ya.
Tyler alzó la mirada hacia él, frunciendo el ceño.
—Qué silencio, ¿verdad? ¡Qué paz! —repuso, arrastrando las palabras—. Y lo mejor es saber que no vas a cruzarte con nadie que te ponga de los nervios y empiece con sus locuras.
Torció el gesto, alzando una mano frente a su cara, juntando los dedos como si fuera una boca que no dejaba de parlotear.
— Mimimimi , mimimimi … —añadió, cambiando la voz a un tono agudo y burlón.
Dejó caer la mano después, con una mueca de irritación.
Jake no pudo evitar reír.
—Estás fatal.
—No, al contrario —aseguró—, ahora estoy genial. Me importa todo un carajo en este momento.
—¿Todo esto es por…?
— Shhh , no la nombres —interrumpió—, no se nos vaya a aparecer.
—¿Cómo Beetlejuice? —Rio Jake.
Tyler asintió y bebió de nuevo de su vaso.
—¿Y a ti no te gustaría que eso pasara, claro?
—Ni un poco.
—Ya.
—¿Ese ya iba con retintín? —emitió un chasquido de desagrado—.
La quiero cuanto más lejos, mejor —apretó los dientes—.
Además, seguro que sigue hablando con su querido Dannie.
Es posible que estén teniendo sexo telefónico —frunció el ceño— mientras la novia del tipo ve la tele en el salón o algo así.
Jake suspiró. Aquella era al menos la quinta vez que mencionaba al tal Dannie esa noche.
—Joder, qué poca vergüenza —blasfemó ahora—. ¿Sabes que ese imbécil me odia por haber tonteado con su novia cuando ni siquiera lo era aún? No se puede ser más hipócrita.
Se incorporó un poco cuando estuvo a punto de derramarse medio vaso de whisky encima.
—El tal Dannie es… —torció el gesto mientras una imagen del chico se formaba tras sus retinas—, joder, ni siquiera puedo culparla porque le guste —apretó los puños—. El tipo y su metro noventa parecen salidos del anuncio de colonia de una puñetera marquesina.
Apuró de un trago todo el contenido de su vaso.
—Y Judd es una mujer preciosa y se supone que está loco por ella —soltó un exabrupto—, de verdad es una belleza. Joder, a ver por qué tiene que venir a quitarme la mía…
Jake lo miraba con asombro. Resultaba evidente que su amigo hacía rato que no era consciente de todo lo que estaba soltando. Era como si estuviera haciendo un monólogo para sí mismo.
—…pero a ella no le importa y… dice que lo quiere —hizo memoria—, que lo querrá siempre, ¿te lo puedes creer?
Su amigo se limitaba a callar, tenía asumido que no le estaba hablando a él, pero sí intervino cuando Tyler intentó ponerse otra copa.
—No bebas más, hombre —rogó—, casi no te tienes en pie.
—La última.
—Hace tres de esa.
—¿Tú no te ibas? —frunció el ceño.
—Pues ya no me atrevo —reconoció—. Nunca te había visto así.
—Estoy bien —aseguró—. Genial. De hecho, ¿qué tal si salimos a buscarnos a alguien que nos dé cariño? La noche es joven.
Jake sonrió a medias.
—Claro, Ty, pero mejor tiramos de agenda para que vengan —sugirió, y tomó su teléfono de encima de la mesa con un gesto divertido—. ¿La quieres rubia, morena, pelirroja…?
—Quiero… —se frenó en seco y evitó pronunciar sus deseos en alto—, eh… otra copa.
Jake suspiró resignado, le quitó la botella de las manos y le puso él mismo el whisky para controlar la cantidad.
Su amigo tomó el vaso y se dejó caer de nuevo hacia atrás en el sofá.
—¿Sabes que habla en sueños?
—¿Arizona?
Tyler asintió, recordando su belleza entre las sábanas y lo monísima que se veía dormida, charlando cosas ininteligibles.
—¿Has dormido con ella? —interrogó Jake, sorprendido.
Recibió una expresión contrariada frente a la pregunta. Era evidente que no se había parado a meditarlo antes de hablar.
—No pienses mal, eh…, solo es que ella no se encontraba bien —contó para excusarse—. Se mareó al levantarse del sofá después de que nosotros… eh… ¡Que no!
Soltó aire despacio.
—No pasó nada en esa cama. Ojalá. Yo…, joder, me muero por poder hacerle el amor en posición horizontal, sin prisa —susurró—, durante… una eternidad, sin pararme ni a tomar fuerzas.
Jake lo observaba asombrado ahora, y Tyler acabó mirando a su amigo sin molestarse en desmentir ya una sola de aquellas palabras.
—Joder, Jake, no te haces idea de lo alucinante que es el sexo.
—¿En general o…?
—Vete a la mierda.
Jake rio con ganas.
—Así que no todo ha sido platónico…
—¿Platónico? —Ahora fue él quien rio algo irónico—. Si soy incapaz de mantener las manos quietas en cuanto le pongo los ojos encima.
Volvió a beber para intentar acallar el deseo que crepitaba cada vez con más intensidad frente al recuerdo.
—Me estoy volviendo loco —reconoció—, apenas puedo pensar en otra cosa en todo el día. Y sé que es una mala idea, porque es del todo irreverente e inapropiada, como en la fiesta de hoy.
—Ni siquiera sabes qué ha pasado en esa fiesta.
Tyler asintió.
—Seguro que ha soltado alguna de sus locuras —frunció el ceño—, y es una pena, porque… hoy ha sido la primera vez que me he divertido en una de esas reuniones. A pesar de las ganas de liarme a guantazos con tanto mirón baboso.
—Uf, estás…
—Borracho. Sí, ya lo sé.
—Iba a decir pilladísimo.
—Joder —protestó mientras se tumbaba—, eso no me ayuda.
Acabó de acomodarse a lo largo en el sofá, incapaz de permanecer ya ni sentado.
—Y yo que pensé que aquella patinadora italiana te había pegado fuerte —bromeó divertido.
—Camilla —murmuró.
—¿Qué?
—La patinadora. Me vuelve loco solo escucharla llamarme imbezille —suspiró—. Dios, estoy enfermo… ¿Y Callie? Uf, ni siquiera recordé protegerme.
Jake no se enteraba de nada desde hacía rato.
—Ese bebé… podría haber sido mío —cerró los ojos, agotado de sus propios pensamientos—, joder, mierda…
—¿Te hubiera gustado? —interrogó con una expresión de absoluto estupor.
—¿Qué?
—Que el bebé que espera fuera tuyo.
Tyler exhaló con fuerza.
—Eso da igual, porque estoy seguro de que no piensa tenerlo.
—No es lo que te he preguntado.
—Sí, ya.
Pero no agregó nada más. Siguió murmurando durante unos largos segundos hasta que su voz se fue apagando poco a poco como para ser entendible.
Llegó un momento en que Jake supo que estaba dormido y sonrió con sinceridad mientras lo observaba. Después, se levantó para quitarle el vaso de las manos.
—Ay, amigo, creo que con lo de pilladísimo… me he quedado corto.
Arizona no podía dormir. Eran casi las dos de la madrugada y no dejaba de dar vueltas en la cama, incómoda, pasando de la furia consigo misma por haber ido a aquella fiesta a la ira por la reacción de Tyler al pie de las escaleras.
« Qué demonios ha pasado ya. ¿Es que no te puedo dejar sola ni cinco minutos ?».
—¡El muy gilipollas! —exclamó en alto, golpeando la almohada.
Solo habría necesitado de él algo de confianza, una palabra amable… y todo habría sido más llevadero. Pero no, para él solo era una molestia sin un gramo de educación. Como si su madre, por ser veterinaria, la hubiera criado en un chiquero junto al de los cerdos.
Su madre. ¿Qué diría ella de todo lo que le estaba pasando? La echaba de menos. Habían hablado en aquellos días, por supuesto, pero le estaba escondiendo tantas cosas que intentaba colgar rápido, aunque no había nadie como Cora Kerrs para calmar sus nervios y su espíritu…
…Y de repente supo que no podía aguantar más tiempo sin sus sabios consejos.
Encendió la lamparita de la mesilla y tomó su teléfono. En Millbrook, la pequeña ciudad a una hora de Santa Carla donde se había criado, serían las seis de la tarde. Y los viernes solía tomarse la tarde libre en la clínica.
Marcó una videollamada y aguardó.
Tan solo la sonrisa de felicidad de su madre al verla ya la reconfortó.
—¿Y este milagro? —preguntó Cora en un tono jovial.
—¡Hola, mamá! —Se le humedecieron los ojos sin remedio, pero intentó que la mujer no lo notara—. No puedo dormir.
Cora sonrió.
—¿Y al fin has decidido contarme qué te quita el sueño?
Aquello no sorprendió demasiado a Arizona. Su madre la conocía mejor que nadie. Ambas sabían que la mujer llevaba ya algunos días preocupada, respetando su silencio a la espera de que estuviera lista para hablar.
—Ay, mamá…
—Hija, por favor —rogó—. Lo que sea, sabes que puedes contármelo. No voy a juzgarte, yo…
—Estoy embarazada.
El gesto de estupor fue visible en el rostro de su madre. Arizona se habría reído… si la confesión tuviera la más mínima gracia.
—Reconozco que eso no me lo esperaba —admitió la mujer en un tono sereno—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, solo algo más cansada de lo normal.
—¿De cuánto estás?
—Puedo darte la fecha exacta de cuándo ocurrió —suspiró abatida—. No me aclaro con eso de las semanas médicas.
Cora asintió con una expresión maternal.
—Fue el día que estrenábamos a Callie en Santa Carla.
—Ah, ya, así que él es de allí.
—No exactamente —repuso. No iba a andar con medias verdades con su madre, ya no. Iba a contárselo todo, con pelos y señales, pero antes…—. Mamá, no sé qué voy a hacer, no quiero que te ilusiones.
—Lo tengo claro, amor —aceptó en un tono sereno—. Te conozco demasiado bien. Sé que le estarás dando mil vueltas a todas las opciones y que tener hijos jamás entró en tus planes.
Las lágrimas se desbordaron en los ojos de Arizona.
—¿Y eso me convierte en una mala persona?