Capítulo 33
Arizona buscó a Tyler por todo el salón al regresar del baño.
Ella no había hecho nada malo, no tenía por qué sentirse mal ni mucho menos esconderse.
Esperaba que Tyler lo entendiera, y si no…
pues que le dieran pomada, como a su señor padre.
Pero si era sincera, no quería eso. Le gustaba la camaradería y el tonteo que tenían antes de que don siempre ha habido clases los interrumpiera.
Y por qué no admitirlo, le encantaría acabar la noche apagando el fuego contra el que llevaban luchando toda la cena.
No iba a fingir que no lo deseaba con absoluta desesperación y anhelo.
Caminó por el salón intentando ignorar las miradas que se deslizaban tras ella a cada paso. Si no encontraba pronto a Tyler, o a cualquiera de sus conocidos, no tardaría en verse atrapada en alguna conversación no deseada, y aquello le apetecía lo mismo que una ración de gusanos fritos.
A su alrededor los invitados se agrupaban en corrillos perfectamente coreografiados con risas medidas, gestos calculados y cabezas que se inclinaban lo justo para fingir confidencias que parecían diseñadas para ser escuchadas. Ya estaba harta de aquella fiesta.
No fue hasta que se acercó a uno de esos círculos cuando algo le hizo detenerse.
En el centro, Lionel Hamilton sostenía la atención del grupo con una altivez impecable, la barbilla alzada y la copa en equilibrio perfecto entre los dedos, como si incluso el aire a su alrededor le perteneciera.
—Tal y como os lo cuento —sonrió con mordacidad—, la cabaretera está embarazada.
El comentario cayó sobre Arizona como un golpe seco, helándole la sangre al instante.
Se quedó paralizada, con el pulso suspendido en algún punto incómodo entre el pecho y la garganta, incapaz de moverse.
Por suerte todo el mundo estaba demasiado absorto en el cotilleo como para reparar en su presencia.
Un murmullo contenido recorría el grupo con una mezcla de sorpresa y deleite apenas disimulado.
—No sabía que estuviera casada —replicó de inmediato la señora del vestido rojo cargado de plumas, con una sonrisa que destilaba veneno.
—Y no lo está —aseguró Lionel—. No creo ni que tenga novio.
Un señor que exhalaba humo de un puro enorme en la cara de todo el mundo sin ningún respeto añadió:
—Este tipo de mujeres de la farándula son promiscuas —dictaminó, como si hablara de una especie concreta o de algo genético—. Es posible que ni ella misma sepa quién es el padre.
A Arizona algo se le revolvió por dentro.
Una parte de ella quería avanzar, mostrarse, incluso liarse a guantazos con todo el mundo para borrarles aquella prepotencia a golpes, ¿quién les daba derecho a tratarla así?
Pero la otra solo deseaba desaparecer. Salir de allí antes de que alguien levantara la vista y la señalara con el mismo desprecio con el que ahora hablaban de ella.
Por mucho que intentara evitarlo, cada palabra estaba calando hondo. Demasiado.
—Pues ten cuidado, Lionel —expuso otro de los hombres con una risa contenida—, no sea que te vayan a hacer abuelo.
Las carcajadas, suaves pero cargadas de intención, recorrieron el grupo.
—Todos hemos visto a tu hijo… mostrar interés —apostilló lady plumas .
—Y lo que no es solo interés —remató alguien más a su lado—, como en el Daily Mirror.
Lionel sonrió, altivo, con esa mezcla de indignación y superioridad que parecía llevar como uniforme.
—Mi hijo es muy hombre —alardeó en un tono casi orgulloso— y esas mujeres son buenas… calentando la cama, pero Tyler es inteligente y jamás se dejaría atrapar por una.
A Arizona se le tensó la mandíbula mientras una punzada sorda le atravesaba el pecho al escuchar aquella frase.
Se obligó a tragar para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.
Sabía que Tyler no era como su padre, pero no estaba tan segura de que no viera justo aquello de la misma forma.
No sería la primera vez que sentía que para él jamás sería una opción.
De hecho, lo había dejado bien claro desde un principio.
Se recordó a sí misma que para ella Tyler no era más que un gran polvo, que le importaba muy poco lo que pensara al respecto, pero ya no conseguía engañarse del todo.
El silencio no llegó de golpe, fue sutil. Una mirada que se desvió, otra la siguió y la siguiente hizo un gesto mínimo, casi imperceptible, avisando al de al lado. Hasta que poco a poco las voces se fueron apagando… y Arizona supo que al fin la habían visto, pero no se movió de donde estaba.
Apretó los dientes y se esforzó por sonreír. No iba a darles el gusto de huir, pero cuando estaba a punto de decirles que no se cortaran y siguieran hablando, alguien golpeó con fuerza un bastón sobre el suelo de mármol.
—Parece que me estoy perdiendo la reunión más interesante —declaró Eloise Hamilton en un tono ácido, y miró a su hijo—. Tú siempre dando las mejores primicias.
Arizona miró ahora a todo el mundo, sorprendida. Nadie parecía querer añadir una palabra frente a la anciana.
—¿Puedo enterarme del chisme? —interrogó en un tono de evidente crítica, que anunciaba que tenía muy claro cada comentario vertido.
Silencio de nuevo.
—¿No? ¿Nadie? —chasqueó la lengua e ironizó—. Pues qué aburrimiento.
Miró a la señora de las plumas rojas con una sonrisa sin rastro de humor.
—¿Qué tal está tu hijo, Hermione? —le preguntó en un engañoso tono de interés—. ¿Ya ha conseguido ganar alguna partida de póker o sigues extendiendo pagarés?
Arizona sonrió frente al gesto de horror del pavo real.
—Está en Florida —se excusó, como si aquello tuviera algún sentido.
—Bonita ciudad —opinó la anciana—, y muy lejos de Las Vegas, por suerte.
«Zasca doble». Arizona empezaba a recuperarse un poco.
Después, Eloise se volvió hacia el tipo del puro y lo miró con curiosidad.
—Espero que tu nuera ya no tenga tanta sed. —El hombre palideció—. ¿Necesita ingerir menos líquidos?
El tipo se puso rojo como la grana y Arizona imaginó qué no era de beber solo agua de lo que estaban hablando.
—Está perfecta, gracias —fue todo lo que dijo, pero por las sonrisas a su alrededor, todos sabían de qué hablaban y nadie parecía creerse una palabra. Resultaba obvio por qué la supuesta mujer no estaba en aquella fiesta.
La anciana miró ahora a otra de las mujeres que había intervenido en la conversación anterior.
—¿Y tu hija, Hazel? Espero que esté mejor de lo suyo —sonrió—, esas cosas escuecen mucho en una parte tan delicada.
«Definitivamente, de mayor quiero ser como Eloise Hamilton», pensó Arizona, algo más calmada.
En ese momento la anciana miró a Arizona, atrayendo todas las miradas sobre ella.
—Todos tenemos por dónde callar —opinó con una sonrisa franca—, solo que a veces se nos olvida —miró a su alrededor de nuevo—, ¿verdad?
Arizona esbozó una lenta sonrisa e intentó hablar en un tono calmado.
—No se preocupe, Eloise, aprender a encajar las críticas es de primero de arte dramático.
Pero no era verdad. Aquellas le habían dolido.
—Si ahora pretendes montar un número… —declaró Lionel con otra de sus sonrisas prepotentes.
—No, eso te lo dejo a ti —interrumpió Arizona de inmediato—. Jamás se me ocurriría perder mi tiempo en discutir con gente así —miró a su alrededor.
—¿Gente importante? —inquirió el vizconde con prepotencia.
Arizona sonrió, clavó una mirada afilada sobre él y repuso:
—Gente que es tan pobre… que solo tiene dinero.
No aguardó respuesta. Se limitó a darse media vuelta y alejarse de allí.
Escuchó la risotada arrogante de Lionel, pero no se detuvo.
—¿Eso ha pretendido ser un insulto? —se jactó el tipo entre risas.
—Y lo ha sido —aseguró Eloise con una sonrisa—, y de los mejores que he escuchado en mucho tiempo.
—¡Tonterías!
—Si tú lo dices… —Eloise se encogió de hombros e hizo amago de girarse, pero cambió de opinión—.
Por cierto, yo en tu lugar no me movería por los círculos cercanos al comedor.
Cuando he pasado hace un momento, el tema de conversación eras tú —arqueó las cejas—.
Hay quien no entiende que tengas la poca decencia de seguir apareciendo por estos círculos tras el escándalo que llevó a Charlotte a prisión —sonrió sin rastro de humor—.
Así que yo que tú mantendría un perfil bajo en lugar de ir por ahí juzgando a los demás.
Miró a todos a su alrededor con ojo crítico antes de añadir:
—Buenas noches.
Arizona caminaba hacia las escaleras de salida dispuesta a abandonar la fiesta sin esperar a nadie. Intentaba transmitir cierta normalidad, pero sentía los ojos cargados y un nudo en la garganta que le impedía incluso tragar saliva.
Las miradas en el salón parecían haberse incrementado en los últimos minutos y la gente comenzaba a cuchichear a su paso mientras la miraban con sonrisitas mezcla intriga, curiosidad y crítica.
¿Cómo era posible que las noticias volaran tan rápido en una sala tan grande?
¡Maldita fuera toda aquella gente!
Necesitaba salir de allí antes de cometer la tontería de ponerse a la altura de todo el mundo y volverse para mandarlos a la mierda con todas las letras.
Era muy capaz de hacerlo, se conocía demasiado bien, pero se negaba a darles lo que querían para que pudieran seguir despotricando.
¡Ella solo daba espectáculos sobre un escenario y cobrando!
Miró a su alrededor antes de comenzar a subir la escalinata. No sabía dónde estaba Tyler, pero poco le importaba. Seguir involucrándose y confraternizando con él no era buena idea. Por suerte, Will la saludó desde la distancia y corrió hasta ella en cuanto vio su gesto tenso.
—Arizona, ¿qué…?
—¿Podemos irnos? —pidió sin siquiera dejarlo acabar la frase—, o si prefieres quedarte, puedo pedir un taxi.
—Ni hablar, yo te llevo.
Tyler llegó hasta ellos antes de que pudieran subir un solo escalón.
—¿Os vais? —interrogó algo asombrado.
—Sí, voy a llevarla al palacete —informó Will ahora.
Arizona, con los brazos cruzados sobre el pecho, miraba a Tyler con una expresión demasiado fría como para que no se diera cuenta.
El chico acabó paseando la vista a su alrededor, donde las miradas, las risitas y los cuchicheos eran más que evidentes, y frunció el ceño:
—¿Qué demonios ha pasado ya? —inquirió, mirándola con un gesto crítico y en un tono demasiado acusatorio como para no notarlo—. ¿Es que no te puedo dejar sola ni cinco minutos?
Aquello fue como echarle sal en la herida y lo único que consiguió fue enrabietarla más.
—Porque ha sido culpa mía, claro —sonrió mordaz, sin poder esconder del todo su decepción—. Ya lo das por hecho.
Él la miró algo desconcertado ahora.
—Vale, pues cuéntamelo… —pidió—. Si alguien te ha faltado al respeto…
Era tarde.
—Olvídalo, Tyler —interrumpió tensa—. Dar explicaciones a alguien que ya tiene una opinión formada de antemano es una auténtica pérdida de tiempo, y ya perdí demasiado esta noche.
—Pero…
—Vámonos, Will —pidió, girándose hacia el chico.
—Aguarda, yo te llevo —declaró Tyler, molesto—. Mi abuela también querrá irse ya y…
—Yo no voy al palacete.
Tyler la miró asombrado.
—¿Perdona?
—Lo que has oído —sonrió con esfuerzo—. Will y yo nos vamos a tomar una copa por ahí, a cualquier sitio donde podamos ser nosotros mismos sin que nadie nos mire como si tuviéramos una enfermedad contagiosa.
Sabía que estaba metiendo a Will en un berenjenal, pero estaba demasiado enfadada.
—No te vas con Will a ninguna parte —aseguró Tyler entre dientes.
—Intenta impedírmelo —le sostuvo la mirada.
Ambos sabían que no lo haría, no cuando había tantos ojos pendientes de ellos, intentando intuir desde la distancia de qué iba aquella conversación.
El teléfono de Arizona sonó justo en aquel instante, como si la divina providencia estuviera de su lado. Sabía que era Dannie, la llamaba cada día a esa hora.
Sacó el móvil y sonrió frente a la foto de su hermano en la pantalla. Lo que no esperaba era que Tyler le arrebatara el teléfono de un movimiento seco y le diera al botón de responder.
—Ahora mismo no puede hablar contigo —dijo alto y claro al aparato—. Si te aburres, charla con tu novia, que para eso la tienes.
Y colgó, sin más.
Arizona tuvo que contenerse para no pegarle y llamar aún más la atención.
—¿Quién mierdas te crees para contestar mi teléfono? —estalló entre dientes, furiosa.
—Quiérete un poco más, Arizona —replicó—. Ese tipo es un miserable que solo te quiere para…
—¿Para lo mismo que tú? —cortó colérica.
Tyler apretó los dientes.
—Y si vuelves a llamarlo miserable, me va a dar igual ser el centro de todas las miradas, pero te juro que te cruzo la cara.
—No sé cómo puedes defenderlo —le recriminó muy serio—, ¿tanto te importa?
Arizona sonrió con toda la ironía de que fue capaz y sentenció:
—Dannie es el único hombre al que quiero y querré toda mi vida.
Aquello pareció asestarle a Tyler una bofetada con tanta claridad que incluso Arizona se sintió desconcertada. Él guardó silencio… y unos segundos después se alejó de allí sin ni siquiera despedirse.
Arizona tragó saliva, apretó los dientes y miró a Will, que estaba mucho más que perplejo.
—¿Qué demonios acaba de pasar? —interrogó el chico, alucinado.
—Tu amigo barra productor es un imbécil integral.
Will guardó silencio mientras ambos ascendían por las escaleras.
—Ese Dannie… —preguntó cuando llegaron arriba—, ¿es el padre del bebé?
—No.
Y no añadió nada más. No estaba segura de cuánto compartiría Will con Tyler.
—Pero estás enamorada de él.
—No he dicho eso.
—Eh…
—Hay muchas formas de querer, Will —le recordó—. ¿Me llevas al palacete, por favor?
—¿Al final vamos allí?
—Sí —rogó—. Necesito hablar con mi… con Dannie.
Y le mandó un mensaje a su hermano para que supiera que estaba bien y que lo llamaría en un rato.
—Yo no entiendo nada —suspiró Will—. El mundo fuera del escenario es demasiado complicado…