Capítulo 32 #3
Arizona lo miró con curiosidad y sonrió a medias.
—¿Qué? —interrogó Tyler, incómodo.
—Jennifer Novak… —rio ahora.
—Aún no era Novak cuando la conocí.
—Pero siempre fueron uno solo, incluso estando separados y odiándose —aseguró—. En la historia de las conquistas, jamás nadie tuvo menos posibilidades que tú.
Aquello pareció molestarlo. La miró con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué? ¿Acaso te parezco un candidato tan mediocre?
Arizona posó en él una mirada brillante. Podría calificarlo de muchas cosas, pero mediocre no era una de ellas.
—No he dicho eso —sonrió—. No te chines.
—Pero me ves inferior a James, ¿es eso?
—¿Por qué te empeñas en poner palabras en mi boca? —insistió divertida, sin entender por qué se veía tan molesto—. Solo digo que la historia de James y Jennifer es épica, desde el mismo día en que se conocieron. Parece sacada de una novela romántica de dos tomos.
—Curioso comentario, viniendo de una mujer que no parece tener una sola pizca de romanticismo en el cuerpo.
—Y no lo tengo —aceptó, lejos de molestarse—. Soy pragmática.
—Sí, ya sé que no quieres lo que la mayoría: matrimonio, hijos… —la miró con curiosidad—. ¿Tampoco crees en el amor?
Arizona esbozó una sonrisa incómoda.
—Todo lo contrario, pero no lo veo como una meta necesaria —se encogió de hombros—. Mis padres eran dos de las personas más enamoradas que he conocido nunca, pero eso no impidió que mi padre pasara toda su vida luchando contra una depresión severa que acabó matándolo.
Tyler la miró ahora perplejo. Lo había dicho como si aquello fuera un capítulo superado en su vida, pero él no tenía muy claro cómo comportarse.
—Lo siento —acabó diciendo—. ¿Eras muy joven?
—Una adolescente —confesó.
—Debió ser duro.
—Lo fue, sí —se esforzó por sonreír—, pero lo tengo superado, han pasado muchos años. Creo en el amor, pero no lo quiero estorbando en mi vida. Fin de la conversación.
Observándola ahora con atención, Tyler parecía estar valorando si debía dejar el tema allí o no. Como fuera, Arizona no estaba dispuesta a seguir ahondando en aquella conversación, así que sería mejor…
—¿Por eso no quieres tener al bebé?
Se quedó paralizada. La pregunta llegó a traición.
—No voy a hablar de eso contigo —declaró molesta, consciente de que el motivo era que se sentía demasiado incómoda ya callando.
—Y lo respeto, pero he estado buscando la forma de decirte que te he concertado una cita con el mejor obstetra de Londres.
Lo miró ahora perpleja.
—¿Perdona?
—No te enfades —rogó—. Sé que no me compete, pero pensé que quizá querrías estudiar tus opciones con alguien que sepa orientarte.
Arizona lo miraba con los dientes apretados, sintiendo un escozor de ojos demasiado intenso.
—No quiero meterme donde no debo —insistió—, pero no creo que puedas posponer la toma de decisiones mucho más, y tu salud no es…
—Gracias —interrumpió. Si lo dejaba seguir hablando y mostrándole aquella especie de preocupación, estaba segura de que acabaría derrumbándose—, pero te agradecería que no te inmiscuyas en nada referente a mi embarazo.
La voz que carraspeó a su lado los sobresaltó. Para desgracia de ambos, Lionel Hamilton los observaba con una expresión de horror en el rostro.
—¿De qué embarazo está hablando, Tyler? —Lo miraba con los dientes apretados—. Dime que no has cometido la estupidez de…
—Basta, papá —ordenó el chico de inmediato—. Nada de esto es de tu incumbencia.
—Entonces dime que ese bebé no es tuyo —exigió con dramatismo.
Arizona estaba a punto de cruzarle la cara de un guantazo, pero se contuvo.
—De quien sea mi bebé no es asunto tuyo —declaró, tuteándolo con total premeditación, algo que era evidente que le molestaba mucho—. Lo que sí tengo claro es que jamás permitiría que tuviera un abuelo como tú.
—Como si yo fuera a aceptar como nieto al hijo de una cabaretera.
—¡Lárgate, papá! —exigió Tyler ahora—. Si pronuncias una sola palabra más, vamos a dar uno de esos espectáculos públicos que tanto detestas.
—¿Como los que daba tu madre, dices? Parece mentira que lo hayas olvidado.
Tyler avanzó hacia él con los dientes apretados y Arizona se interpuso entre ambos.
—Por favor —le rogó en un susurro—. No merece la pena.
Le sorprendió la ira que reflejaban los ojos de Tyler contra su propio padre.
—Oh, qué comedida, qué risa —se mofó el vizconde soltando una risotada—. ¿Crees que ponerte un vestido bonito te convierte en una dama?
Arizona lo enfrentó con la barbilla en alto y una expresión helada.
—No, lo que me convierte en una dama… —afiló la vista sobre él— es tener la educación y contención suficientes como para callarme y no decirte lo que realmente te mereces.
Se dio media vuelta dispuesta a hacer su mutis, pero estaba demasiado acostumbrada a los giros de guion como para no aprovecharlos… Se volvió de nuevo hacia el vizconde para agregar:
—Por cierto, no quiero que se me olvide… —sonrió con fingida dulzura—. Rob me ha dado recuerdos para ti y para tu esposa, aunque supongo que tendrás que esperar a la próxima visita para dárselos —fingió meditar—, ¿en las cárceles inglesas también existen las visitas conyugales? Me suena que no.
Lionel se había puesto de todos los colores, pero aquel color rojizo mezcla rabia e indignación era el que, en opinión de Arizona, mejor le sentaba.
—Disculpadme, tengo que ir a… empolvarme la nariz.
Se alejó de allí sin aguardar respuesta y sin casi mirar a Tyler. No sabía cómo se iba a tomar él los últimos comentarios. Solo esperaba no tener que volver a ver a Lionel Hamilton jamás.
Por desgracia, se equivocó.