Capítulo 32 #2
Estaban tan absortos el uno en el otro que ni siquiera lo habían visto llegar. Un tipo que parecía un anuncio ambulante de gomina la miraba con una expresión demasiado lujuriosa como para no ser obvio.
Escuchó a Tyler soltar un gruñido bajo y sonrió al comprobar el gesto malhumorado que tenía en el rostro y cómo mataba con la mirada al tipo en cuestión. Una vez más se sintió muy halagada, algo que volvió a sorprenderla.
—Permítame presentarme —repuso el tipo, tomándole una mano sin que se la ofreciera—. Soy August Sinclair, hijo del marqués de Ashford. Aunque supongo que ya lo sabías.
Arizona lo miró un segundo, conteniendo la risa, aunque no le pasó desapercibido que ya la estaba tuteando.
—Claro, ¿quién podría no conocerte? —ironizó con una sonrisa demasiado cándida como para que un tipo tan ególatra viera algo raro.
Él asintió complacido.
—Eres el heredero de Isildur y del trono de Gondor, señor de los Dúnedain… —añadió ella con absoluta naturalidad.
—¿Perdona? —frunció el ceño, descolocado.
Arizona lo miró ahora, fingiendo sentirse avergonzada.
—Ay, discúlpame —rectificó con un gesto encantador—. Creí que hacías una broma con Aragorn de El Señor de los Anillos y me he venido arriba. Pero ahora me doy cuenta de que no dijiste hijo de Arahtorn, sino de Ashford, culpa mía.
El tipo dejó escapar una risa cargada de suficiencia.
—No, lo mío es un marquesado real —aclaró—. Nada de fantasías.
—Guau —murmuró Arizona con un asentimiento grave—. Entonces lo tuyo tiene más mérito.
Miró a Tyler, que había girado la cabeza hacia la barra y se tapaba la boca con una mano, pero en sus ojos brillaba algo imposible de disimular. Le estaba costando la vida no romper a reír.
—Te parece si intento aliviarte el dolor del tobillo con un masaje —se ofreció el tipo para desconcierto de la chica.
—No es necesario —carraspeó—, pero gracias.
—Soy un experto —insistió, arqueando las cejas con lo que pretendía ser sensualidad.
—No recuerdo que tuvieras la carrera de fisioterapia, Sinclair —replicó Tyler mirándolo ahora muy serio—. Ni ninguna otra, vaya.
Arizona estuvo a punto de reír.
—No necesito una carrera para darle un masaje —sonrió el aludido, mirándola de arriba abajo con un interés evidente
La chica no daba crédito. ¿Seguro que todo aquello no rompía ningún tipo de protocolo? Porque no se podía ser más descarado.
—Cierto —ironizó Tyler—, los fisioterapeutas estudian una carrera solo para aparentar y que les den un diploma que puedan colgar en la pared.
El tal Sinclair miró a Tyler con cierta irritación ahora.
—Tú ya has tenido tus minutos de gloria con la señorita Kerrs —dijo en un tono antipático—, lo justo es…
—Lo justo no siempre es posible, por desgracia —interrumpió Tyler, y clavó sus ojos en los de Arizona—, o no estaríamos aquí sentados.
La chica ardió solo con la insinuación. La conversación durante el baile aún crepitaba entre ellos.
—Mira, Hamilton… —continuó Sinclair.
—Creo que tu madre está a punto de venir a saludar —cortó Tyler de nuevo—, o eso parece por cómo nos mira desde allí, aunque no se la ve muy contenta.
Aquello incomodó al tal Sinclair, que carraspeó con fuerza. Arizona siguió la mirada de ambos y localizó a la que sin duda era la persona de la que hablaban. Para la chica fue obvio que lo que la mujer no parecía llevar bien era que su hijo estuviera charlando con ella.
—Quedaremos otro día —repuso Sinclair en un tono que sonó demasiado a exigencia como para que Arizona lo tolerara bien.
—Soy una mujer ocupada —sonrió con estoicismo.
—Pero yo soy guapo, rico, inteligente… —alardeó con pedantería.
Debía de ser una broma, nadie era tan prepotente, ¿o sí? Pero no sonreía.
—No te dejes humilde —apostilló Tyler ahora.
Arizona no hubiera podido contener la carcajada ni intentándolo, pero Sinclair era de los que veían la humildad como el peor defecto del planeta.
—¿Quién necesita ser humilde con una cuenta bancaria de siete ceros? —afirmó mirando a Arizona, vanagloriándose.
—Con acceso a una cuenta bancaria, querrás decir —puntualizó Tyler—, aún te queda un tiempo para heredarla. Veo bien de salud a los marqueses. Comen bien, trabajan poco…
«Joder, es mejor que yo dando zascas», pensó Arizona, que estaba disfrutando de lo lindo de la conversación.
—Eso son menudencias —opinó con una expresión de orgullo—. Soy su ojito derecho. Gasto sin medida, es en lo único que empleo mi tiempo.
—Qué listo —ironizó Arizona con una sonrisa.
—Así soy yo.
—Eres un desierto de sabiduría —dijo en un tono meloso.
El tipo esbozó una sonrisa halagada. Era obvio que se le había pasado el hecho de que acababa de llamarlo imbécil.
Tyler sonreía con regocijo, a él sí que no se le pasaba ni una.
Por suerte, la marquesa avanzó unos pasos en su dirección y al tal Sinclair le faltó tiempo para despedirse, aunque lo tuvo para darle una tarjeta de visita.
—Espero tu llamada —afirmó, como si fuera un hecho.
Cuando se alejó de allí, Arizona miró a Tyler y no pudo evitar una carcajada frente a su gesto.
—Un lumbreras el futuro marqués —se burló la chica, divertida—. Supongo que ni siquiera concibe que alguien no se deje deslumbrar por lo que cree carisma en estado puro.
Tyler sonrió y declaró:
—La definición de prepotencia es creer que el mundo gira a tu alrededor… cuando en realidad solo estás estorbando.
—Guau, qué bonito —rio divertida.
—Tengo mis momentos —bromeó.
Ambos observaron cómo el tipo caminaba con premura en la dirección contraria a su madre, fingiendo no verla, y no pudieron evitar reír.
—Desde luego… —murmuró Arizona— hay gente con la inteligencia justa para distinguir las manos de los pies y no ir por la calle haciendo el pino.
Tyler volvió a reír y la miró con evidente admiración:
—¿Cómo demonios se te ocurren esas cosas?
Ella se encogió de hombros.
—Ser algo bonita, mujer y dedicarte al mundo del espectáculo te afina el ingenio —admitió con sinceridad—.
O aprendes a defenderte o las cosas se complican rápido.
Por fortuna, descubrí muy joven que a la mayoría de los abusadores suele costarles trabajo unir dos puntos con una regla, y esa siempre fue mi ventaja.
Él la contemplaba ahora con un gesto que la incomodó.
—¿Qué? —acabó preguntando.
—Nada.
—Esa no es una mirada de nada.
Lo observó con más detenimiento, juraría que era admiración lo que leía en sus ojos, pero no tardaron en brillar con mucha más intensidad.
—Vuelves a querer arrastrarme al jardín —sonrió maliciosa—, ¿a que sí?
—Presupones que he dejado de querer hacerlo en algún momento.
—Uf, que alguien le dé caña al aire acondicionado.
—Solo hay una forma de apagar este infierno, me temo —aseguró Tyler, clavando en ella una mirada que gritaba sexo salvaje con toda claridad.
Arizona se abanicó con la mano. De veras comenzaba a estar al borde de la combustión. Jamás había deseado de aquella forma no solo a alguien, sino nada en toda su vida.
—Será mejor que nos centremos en otra cosa —suspiró sin dejar de abanicarse.
Tyler apoyó los codos en la barra y barrió el salón con la mirada.
—¿En qué quieres centrarte? —interrogó—. ¿Ves algo que te atraiga?
Arizona paseó también sus ojos alrededor.
—Y si no lo veo, puedo suponerlo —sonrió—. Mira esas caras, es como si todo el mundo estuviera diciendo una cosa y pensando en otra, en lo último que podrías imaginar.
—¿Crees poder leer sus mentes? —sonó divertido.
—Soy buena con los detalles —se encogió de hombros—. Mira los marqueses de Mordor, por ejemplo.
Tyler rio y posó sus ojos en los padres de August Singlair, que interaccionaban entre ellos justo en aquel momento, y él le decía algo casi al oído.
—¿Qué crees que están hablando?
Arizona pareció meditarlo.
—Por la cara de estreñido de él y la de sorpresa de ella, apuesto a que acaba de informarla de que se está cagando.
La carcajada de Tyler fue incontenible y resonó en medio salón. Arizona tampoco pudo evitar reír con ganas.
—No puedo creer que hayas dicho algo así.
—¿Por qué? —lo miró de frente—. ¿De cierto estatus hacia arriba nacen sin culo o qué?
—Sí, se lo cosen en la cuna.
—Lo que explica por qué echan tanta mierda por la boca —frunció el ceño—. Vale, eso ha sido asqueroso, finge que no lo he dicho.
Pero para Tyler no era nada fácil fingir. Se moría de la risa sin poder contenerse, incluso siendo consciente de cuánto estaban llamando la atención.
—En serio, Tyler, este sitio es como un escenario gigante —opinó al fin Arizona en un tono reflexivo—. Es como si todo el mundo estuviera representando un papel.
Sonrió apenas, entrecerrando los ojos con curiosidad.
—Es parecido a estar en el teatro, solo que aquí nadie se ha molestado ni en ensayar… y aun así todos están convencidos de estar nominados a algún premio.
Tyler la miraba con evidente diversión aún, y Arizona continuó:
—Para colmo, todos creen estar improvisando cuando en realidad llevan toda la vida representando el mismo personaje, en diferentes escenas —miró a Tyler con una sonrisa sincera—. ¿Crees que en su vida privada se quitan la máscara o siguen siendo… así?
A él le costó contestar.
—Supongo que hay de todo, no se puede generalizar —se encogió de hombros—. Por ejemplo, Jake es un tipo genial y ostenta el título más alto, solo por debajo del Rey.
Arizona sonrió.
—Tiene que casarse con una heredera perdida hace la torta —le recordó—. Muy normal no me parece —frunció el ceño—. Claro que tu hermana también estaba prometida desde niña a un conde, si no recuerdo mal.
—A Derek, sí.
—¡¿Derek?! —casi gritó—. ¡Ostras! No lo ubicaba.
—¿Conoces la historia? —se sorprendió.
—Sí —admitió—, mi hermano suele mantenerme al día.
«Oh, ¡coño! Se me ha escapado». Se quedó paralizada, esperando que él no viera nada raro.
—¿Tu hermano?
«Joder…». Buscó la forma de salir de aquello sin delatarse.
—Es muy amigo de todo ese grupo —declaró.
«No estoy mintiendo, solo omitiendo nombres».
—Él fue quien me contó lo tuyo con Jennifer.
Aquello fue lo único que se le ocurrió para desviar la conversación. Vio cómo Tyler fruncía el ceño.
—No hubo nada mío con Jennifer —reconoció sin vergüenza alguna.