Capítulo 32
Arizona se movía por la pista de baile en brazos de Derek Carrington, conde de Veteasaber.
El tipo había tenido el descaro de interrumpir su baile con Will en mitad de la pista para robarle la pareja con audacia .
Aquellas habían sido justo sus palabras, no las de ella.
Muy típico de alguien encantado de conocerse a sí mismo definir sus propios gestos como audaces.
Arizona no había querido negarse al cambio por no dar un espectáculo extra en mitad de la pista, bastante tenía con sentirse el blanco de casi todas las miradas, pero estaba convencida de que el conde no habría tenido la osadía de robarla de brazos de ningún otro que considerara su igual.
Fue evidente por el desdén con el que miró a Will.
De momento, el tipo no la estaba defraudando en absoluto: era tan idiota como había imaginado.
—Ya tengo mis entradas para asistir al estreno de Almas Errantes —informó ahora, sorprendiendo a Arizona—. Soy asiduo del teatro y todo tipo de artes escénicas —sonrió petulante—. ¿Sería muy atrevido por mi parte invitarte a venir conmigo a la ópera?
«Sería malgastar saliva», habría querido contestarle, pero se limitó a sonreír y aclarar:
—Me temo que en este momento mi nivel de trabajo no me permite poder disfrutar de ese tipo de distracciones.
—Excepto para venir aquí.
—Cierto, esta ha sido mi única concesión.
—¿Y no podrías hacer otra conmigo?
—Disculpa, Derek, creo que es mi turno —anunció una voz interrumpiendo el baile.
Arizona miró a Tyler con cierta sorpresa.
—Deberías aguardar tu turno fuera de la pista —indicó el conde con un gesto hosco.
—¿Tú crees? —esbozó una sonrisa ausente de humor—. No sé, yo considero esta forma de pedirlo bastante… audaz.
Contener la carcajada fue complicado para Arizona. Era obvio que había hablado con Will, pero ninguno de los dos dijo nada.
Con evidente irritación, Derek se apartó y Tyler tomó el relevo.
Cuando el tipo se alejó y la estrechó en sus brazos, el choque de miradas entre ellos fue electrizante y las chispas saltaron en todas direcciones.
—¿Cuánto tiempo crees que tenemos hasta que alguien muestre su audacia de nuevo?
—Nadie te robará de mis brazos —repuso él con certeza—, no lo permitiré.
A Arizona se le erizó la piel, pero aún estaba un poco picada.
—Guau, ¿qué pasa? —replicó mordaz—. ¿Te urge que te dé mi visto bueno con la rubia?
Tyler sonrió con evidente regocijo.
—Eso ha sonado a reproche.
Ella le devolvió una expresión inocente.
—Pues no ha sido mi intención —aseguró—. He venido para eso.
Afilando la mirada, Tyler interrogó:
—¿De verdad quieres mandarme a los brazos de otra?
Aquella pregunta cayó entre ellos con un peso inesperado, era demasiado directa y complicada. Arizona ni siquiera fue capaz de encontrar una réplica ácida, así que se limitó a guardar silencio…
…y él se contentó con aquello. Sin añadir nada más, la atrajo un poco más hacia sí, acortando aún más la distancia entre sus cuerpos, y se centraron en bailar.
El cuerpo de Tyler se ajustó al suyo con una naturalidad desconcertante, guiándola con firmeza y precisión, como si llevara toda la vida haciéndolo.
Arizona sentía su mano en su espalda, abrasándole la piel, mientras marcaba el ritmo sin necesidad de imponerse, y la cercanía de sus cuerpos terminó de borrar cualquier distracción.
Se movían con fluidez, encajando paso a paso sin esfuerzo, girando con una sincronía que no debería existir entre dos personas que no habían bailado juntas antes. Pero ahí estaba, una compenetración igual de perfecta e intensa que en el sexo.
Arizona alzó la mirada hacia él, sorprendida.
Había algo en la forma en que la conducía, en cómo anticipaba cada movimiento y parecía leerla que la descolocó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El foco estaba sobre ellos, pero en ese instante dejó de importar porque él no apartaba los ojos de ella, ella estaba perdida en los suyos y ambos en el calor, el deseo y las ganas de fundirse cada vez con más intensidad
—Creo que esto se está complicando —le susurró Tyler casi al oído, aprovechando para aspirar su aroma—. Arizona…, te deseo de un modo que me asusta.
Ella se estremeció frente a las palabras.
—Estoy a punto de olvidarme de que estamos en una sala llena de gente —admitió al tiempo que la atraía un poco más de la cintura.
—Tyler…
Las manos del chico ascendieron por su espalda desnuda.
—Esto es una locura —sonó algo preocupado.
Sí, y aquella misma locura apenas la dejaba pensar ya.
—Quizá podríamos… dar un paseo por los jardines —propuso Arizona, anhelando poder tocarlo y besarlo a sus anchas.
—No.
Aquello la contrarió y lo miró con evidente desconcierto.
—¿No?
—No me malinterpretes, Jezabel —se apresuró a añadir en susurros—, muero de ganas de… pasear contigo, pero si salimos en este momento, seremos demasiado evidentes para todos.
—Y te preocupa tu reputación —declaró algo dolida.
—No —aseguró de inmediato—. Me preocupa la tuya.
—A mí me da igual lo que piensen de mí.
—Pero a mí no —insistió—. Y no sabes lo brutales que pueden ser las críticas en este círculo, en el que todo el mundo se cree superior al de al lado. No voy a exponerte a eso —regresó a su oído—, aunque corra el riesgo de que me reviente la…
—¡Eh! —lo amonestó dándole un golpecito en el hombro que le arrancó una carcajada—. No me digas esas cosas si no quieres que te arrastre a lo oscuro.
Sentir la erección de él contra la pelvis comenzaba a emborracharla de deseo.
Tyler rio, pero rogó:
—No pongas más imágenes en mi mente, ¿quieres?, o llegará un momento en que mis necesidades superarán a mi sentido común y empezará a darme todo igual.
—Sería mucho más fácil si no… sintiera con total claridad tu dureza contra mi pelvis —suspiró, y tragó saliva—. Joder, Tyler, yo…
—No lo digas.
—Te quiero entre mis piernas —musitó, soltando aire para controlarse—, una y otra y otra vez.
Las manos de Tyler descendieron por sus caderas.
—Jezabel…, estoy al borde de comportarme como un bárbaro y sacarte sobre un hombro de aquí.
La chica dejó escapar un gemido ronco.
—Eso no debería sonarme tan bien, ¿verdad?
Escuchó a Tyler jadear en su oído y el calor subió otro grado.
—Arizona, necesitamos…
—¿Follar?
—Joder, sí… —suspiró y se exasperó—, pero iba a decir sentarnos.
La chica sonrió y susurró:
—Me pido encima.
—Uf, tienes que poner de tu parte —se quejó con voz ronca, ya al borde de la desesperación, y Arizona dejó escapar una carcajada cargada de diversión y lujuria a partes iguales.
—Vale, ¿dónde quieres sentarte?
Ambos miraron al mismo tiempo hacia la pequeña barra improvisada, con taburetes altos, que había en un extremo del salón.
—Ese puede ser un buen sitio —admitió ella.
—Vale, pero antes tienes que prometerme… —clavó una mirada brillante en ella— que no bailarás con nadie más.
Aquello la sorprendió. De alguna forma era como marcarla como solo suya. ¿Era él consciente? ¿Y por qué demonios a ella no solo no le molestaba aquel gesto a lo macho alfa, sino que se sentía emocionada?
—¿Quieres que quede mal con todo el que me pida un baile? —sonrió, intentando normalizar el gesto.
—Eh… —fingió dudar—, sí. No tengo problema con eso.
—Ja, qué listo.
—¿Es que tienes ganas de bailar con otro?
Ella esbozó una media sonrisa.
—¿Y tú?
—No, no hay un solo tío en la sala que me seduzca.
—Idiota.
—¿Quieres pedirme que no baile con nadie más? —interrogó Tyler con una sonrisa irónica, y ella arqueó las cejas—. Pues hazlo.
—Me parece lo justo, ¿no?
—Lo justo sería… poder salir a ese jardín sin que nadie nos juzgara —se mordió los labios—, pero puesto que la vida no es justa…, sí, al menos vivamos la injusticia juntos.
Al fin la pieza que estaban bailando se acabó y aprovecharon el revuelo de parejas entrando y saliendo de la improvisada pista para hacerse a un lado.
Como buitres, tres hombres distintos se pusieron frente a Arizona antes de que pudieran llegar a la barra.
La chica los miró un tanto perpleja. Se suponía que estaban en un lugar fino, donde tenían protocolos hasta para ir a mear, a lo que seguían llamando empolvarse la nariz, pero para ligar no era mucho mejor que cualquier discoteca de Nueva York a las tres de la mañana.
—He dado un traspié y tengo un tobillo algo cargado —mintió en alto para todos ellos.
Tyler le rodeó la cintura con un brazo y ella fingió cojear hasta una de las sillas de la barra, donde tomó asiento.
—Hasta ahora no me había dado cuenta de que eras tan buena actriz —susurró Tyler con una sonrisa burlesca.
Ella le devolvió un divertido gesto de fingida irritación.
—Oh, guau, un golpe bajo —replicó—, ese no lo vi venir. ¿Así que mis amigas Callie y Camilla no te convencieron?
Durante unos largos segundos, él pareció sopesarlo.
—Uf, esa Callie si sabe cómo llevarme al límite —admitió, mordiéndose los labios—. Creo que es el tercer mejor polvo que he echado en toda mi vida.
—¿El tercero? —lo miró con el ceño fruncido—. Supongo que la medalla de bronce no está mal, pero…
—¿Pero?
«Concebimos a nuestro bebé ese día, creo que al menos la plata…».
Se desconcertó a sí misma con aquel pensamiento e intentó bromear.
—No sé si yo le daría podio —sonrió—. Toqué el claxon con el trasero, ¿sabes? Cosas así bajan el listón.
Tyler rio y la contagió sin remedio. Si se paraban a pensarlo, todo lo sucedido en aquella gasolinera era digno del mejor monólogo.
—No voy a preguntar quiénes se llevan la plata y el oro —suspiró, intentando sonreír, prefería no saberlo. El que Tyler le hablara de otras mujeres no le hacía una ilusión tremenda, aunque sintiera curiosidad.
—Daría igual que preguntaras o no, porque no pensaba decírtelo —aclaró Tyler en un tono jovial—. ¿Y quién es Camilla? ¿Tengo el gusto de conocerla?
Arizona amplió su sonrisa un poco más.
—¡ Io sono inolvidabile, imbezille !
—Ah, ella… —la miró de arriba abajo con los ojos turbios—, joder, cómo me pone el italiano, con qué ganas me quedé de…
—Señorita Kerrs —interrumpió una voz, sobresaltándolos.