Capítulo 31 #2
—¡Venga ya! —protestó—. ¿Y cuántas canciones dice el protocolo que hay que esperar para no quedar mal si te largas?
Will le devolvió una sonrisa divertida.
—¿A mí me lo preguntas? —se encogió de hombros y bromeó—. Avísame cuando te enteres y nos hacemos un mutis perfecto.
—¿Tú también te sientes fuera de lugar? —susurró Arizona solo para él.
—Todo el tiempo —confesó el chico—. No suelo moverme en estos círculos, estoy aquí por ti, para acompañarte.
—Al menos no te miran como si tuvieras dos cabezas —suspiró Arizona.
—¿Crees que no? —sonrió—. Para esta gente solo soy un teatrero , que en su jerga es lo mismo que un payaso de circo, compañero del hombre bala y la mujer barbuda.
Ambos sonrieron a medias.
—No son todos iguales, por suerte —miró a Tyler y Jake, que charlaban a su lado—. Claro que ellos tampoco suelen moverse demasiado en estos círculos, por mucho que pertenezcan aquí.
Aquello sorprendió a Arizona.
—¿Tyler tampoco? —se aventuró a preguntar, demasiado intrigada como para contenerse.
—Odia estas reuniones —aclaró Will—. Siempre que puede escaquearse, lo hace, pero Eloise lo arrastra por obligación de vez en cuando.
Curioso. Muy curioso.
Justo en ese momento, Lionel Hamilton le hizo una señal a su hijo, con su habitual gesto de simpatía desbordante, para que se reuniera con él al otro lado de la mesa. Arizona lo escuchó soltar un improperio mientras se ponía en pie.
—A ver qué narices quiere ahora —murmuró antes de alejarse con gesto cansado.
Arizona se esforzó por mantenerse concentrada en otra cosa que no fuera él, pero sus ojos se negaban a obedecerla.
A unos metros de distancia, vio cómo Tyler llegaba hasta su padre y, de inmediato, el hombre sonreía y le hacía un gesto a una preciosa rubia vestida de muñeca Barbie aristócrata para que se acercara y se la presentaba a su hijo con evidente interés.
Era una de las mujeres que la propia Eloise le había señalado antes.
«Genial», suspiró Arizona, odiando aún más al vizconde.
—Es una obsesión tremenda la de esa familia con el matrimonio —le dijo Jake a Arizona, sentándose en la silla que había ocupado su amigo y siguiendo su mirada hasta él.
La chica le devolvió una expresión de curiosidad.
—¿A ti no te presionan? —se interesó—. ¿No tienes que legar tu título y todo eso?
Jake esbozó una lenta sonrisa.
—Estoy comprometido desde que era un niño —contó—. Imposiciones familiares y demás, ya sabes.
—¿Seguís haciendo esas cosas?
—Sí, bueno… —asintió divertido—, en mi caso me ayuda a seguir soltero.
—No entiendo.
—Mi supuesta prometida desapareció hace muchos años —explicó con un tono de resignación—, así que no estoy autorizado a casarme con nadie más —sonrió—, lo que es todo un alivio.
—¿Y si te enamoras?
—¿Es una broma? —preguntó con acidez, y añadió—: No, eso no va a pasar.
Arizona estaba perpleja y lo miraba con interés y genuina curiosidad.
—¿Y si ella apareciera?
—Tendría que casarme.
—¿Aunque no te guste nada de nada?
—Correcto.
Lo miró con sorna.
—Pareces resignado, ¿la has visto alguna vez, al menos?
—Claro, cuando yo tenía siete años. Ella tenía tres y era una bebé monísima —admitió en un tono divertido—. Con que sea una mujer la mitad de guapa…
Arizona no pudo contener una carcajada.
—¡Venga ya!
—Es en serio —siguió diciendo—. Si la genética y el tiempo han hecho bien su trabajo, ahora debería ser una pelirroja preciosa, con los ojos azul cobalto más impresionantes del planeta.
La risa de Arizona mostró su incredulidad.
—No te rías —intervino Will con diversión—, déjalo engañarse como pueda.
Arizona rio y aceptó:
—Se me ocurren peores formas de engañarse.
—¿Cómo cuáles?
La chica se paró a pensarlo solo un segundo.
—Como el matrimonio convencional —opinó—. El para siempre es el mayor engaño de la historia —frunció el ceño—, creo que Disney tiene la culpa.
Bromearon sobre el asunto durante unos minutos mientras Arizona perdía su mirada cada vez con mayor incomodidad sobre la pareja que charlaba a unos metros.
Lionel, el muy ladino, se había escabullido hacía rato de la conversación con evidente intención.
Tyler parecía absorto en la mujer que le sonreía como si le estuviera contando la cosa más interesante y divertida que había escuchado en siglos.
«Sí, es que él puede ser un tipo de lo más encantador cuando quiere», tuvo que reconocer, apretando los dientes.
—Ahí viene Derek para secuestrarte —la avisó Jake con antelación, señalando con un gesto discreto.
—¿El conde? —Arizona frunció el ceño, abatida. Lidiar con aquello era lo último que le apetecía en aquel momento.
—Por suerte eres una gran bailarina —añadió Will ahora.
—¿Bailarina?
—¿Escuchas la música?
¡Sí! Sorprendida, solo ahora fue consciente del sonido que provenía del salón donde había tenido lugar el coctel.
—Pensaba que bromeabais con lo del baile —admitió algo hastiada, y ahora sí vio a Derek avanzar en su dirección—. ¿Creéis que puedo librarme si finjo una cojera?
—Tampoco podrás bailar conmigo si lo haces —bromeó Will ahora.
Arizona pensó rápido.
—¿Y a qué esperas para adelantarte?
Will se puso en pie de inmediato y le tendió la mano, que ella tomó con una sonrisa enorme.
—Mira qué cara se le ha quedado —sonrió Jake poniéndose en pie también—. Sois mala gente.
—Por supuesto, Jake —declaró Arizona en alto—, bailaré contigo después.
—Yo no bailo —aseguró el duque con diversión—. Prueba con Tyler.
Arizona miró hacia donde se suponía que estaba la pareja, pero ya no había ni rastro de él.
«¿Dónde mierdas se ha ido?», se preguntó algo abatida mientras caminaba junto a Will hacia el salón. ¿Estarían bailando también o habían salido a dar una vuelta por los jardines? No podían ir tan rápido, ¿o sí?
Justo cuando Arizona desapareció para adentrarse en el salón, Tyler llegó hasta Jake con una expresión huraña.
Había avanzado todo lo rápido que le permitían la educación y la maldita etiqueta social en cuanto vio a Derek dirigirse hacia ella desde el fondo del comedor, pero no había llegado a tiempo como para evitar que se fuera con Will.
Se había entretenido demasiado con aquella rubia insípida.
Al principio no quería ser descortés; después, comenzó a disfrutar de la forma en la que Arizona no parecía poder apartar sus ojos de ellos como para renunciar a molestarla un poco, pero todo aquello dejó de tener gracia cuando vio las intenciones del conde.
—¿Dónde demonios han ido? —le preguntó a Jake, malhumorado.
El abogado lo miró con una mal disimulada diversión.
—Arizona quería bailar —contó.
Tyler frunció el ceño.
—¿Ella quería bailar con Will? —interrogó con los dientes demasiado apretados como para no sonar molesto.
—¿Tienes algún problema con eso?
—¿Por qué debería?
Su amigo sonrió y se encogió de hombros.
—No lo sé, dímelo tú.
El improperio que Tyler masculló llegó alto y claro a oídos de su amigo, que amplió su sonrisa aún más.
—¿Qué demonios estás insinuando?
—Yo no insinúo, Ty —declaró ahora—. Me limito a observar.
—Si estás diciendo que a mí me interesa Arizona…
—¿No?
—¡No! —aseguró contundente—. Si apenas la soporto a ratos.
—Genial
Tyler frunció el ceño.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Qué te parece tan genial?
—Que eso me deja con alguna posibilidad real de cortejarla.
A Tyler no se le escapó un guantazo porque se contuvo a tiempo.
—Y creo que voy a ser honesto y voy a decírselo a Will —siguió diciendo Jake—. Seguro que se ha retirado pensando lo mismo que yo, pero tiene derecho a saber que aún tiene una oportunidad.
—Pues muy bien —replicó muy serio—. Rifáosla si queréis.
—No, por favor, eso suena feo —dijo divertido—. Yo quiero cortejarla a la antigua usanza.
—¿Y qué pasa con tu flamante prometida? —le recordó de malos modos.
—Que sigue ausente y mi cama se siente fría —se encogió de hombros—. De vez en cuando necesito que alguien la caldee, ya lo sabes, y Arizona tiene ese fuego que me gusta —lo miró de reojo—. Por favor, avísame cuando ya no puedas contenerte, aprecio mucho mi cara tal y como está.
Tyler lo miró desconcertado.
—¿Qué?
—Empiezo a temer por mi seguridad —sonrió con amplitud.
Aquello sí sonó alto y claro.
—Eres un hijo de puta —acabó diciendo Tyler, y miró hacia otro lado, repentinamente muy incómodo y molesto.
Jake rio y se tomó su tiempo para preguntarle en un tono de veras curioso:
—¿Qué problema tienes para admitir que te gusta, hombre?
«¿Problema? ¡Por dónde empiezo!». Aunque a sí mismo ya no se podía mentir.
—No te soporto cuando te pones tocapelotas —fue todo lo que le dijo a Jake antes de ponerse en pie y largarse…
…hacia la pista de baile, por supuesto.