Rivales con derecho a roce Capítulo 31
61%

Capítulo 31

Miró a Tyler con una expresión de resignación inevitable, la misma con la que él le retiró la silla y le indicó que se sentara.

Arizona no estaba acostumbrada a aquellos protocolos absurdos, pero decidió comportarse…, de momento.

Se acomodó despacio y sintió el roce de sus manos recorrerle la espalda desnuda mientras terminaba de colocarle la silla.

Pareció un gesto casual, pero fue demasiado preciso para que lo fuera y, aunque breve y casi imperceptible, fue suficiente para que ella se estremeciera.

Se quedó quieta un instante, con la respiración alterada, consciente de que la cena, para no haber empezado todavía, ya prometía ser bastante más complicada de lo que había imaginado.

Decidió disfrutarla. Ya había notado algunas miradas airadas entre los invitados cuando la propia Eloise recorrió con ella del brazo la mitad del salón.

En quince minutos se había sentido más fuera de lugar que en toda su vida, pero lo había encajado con su habitual buen humor.

No había llegado a ser una de las mejores en su profesión sin detractores.

Estaba demasiado curtida en ignorar las críticas como para que le afectaran, pero debía reconocer que algunas miradas altaneras de desagrado sin aparente motivo más que su estatus y profesión… le habían molestado más de lo habitual.

Por suerte, Eloise la había arropado, aunque también había tenido que soportar que le señalara dos de las posibles candidatas a futuras vizcondesas.

Mujeres preciosas, que parecían de porcelana, criadas en la misma cuna dorada que el que se postulaba como futuro marido.

Debía reconocer que aquello sí le había fastidiado un poco, hasta el punto de arrepentirse de haberse ofrecido a ayudar.

Ahora, sentada junto a Tyler, lo último que quería era que él la notara agobiada. Sí, no se sentía a gusto entre aquella gente, esa era la verdad, pero no iba a permitir que él lo supiera.

Cuando él tomó asiento a su lado, su silla emitió un sonido particular al arrastrarla, algo que sonó demasiado similar a un pedo como para no aprovecharlo.

—¡Tyler! —le dijo, fingiendo cara de asombro—. ¿Te has fogueado?

La cara de Tyler cuando entendió a qué se refería fue como para mearse de la risa, se contuvo a duras penas.

—¡Ha sido la silla! —se defendió de inmediato con un gesto de horror.

—Sí, ya…

Él la miró con el ceño fruncido y una expresión torturada, y Arizona tuvo que mirar hacia otro lado y casi taparse la boca para contener la carcajada.

—Piensa lo que quieras —murmuró malhumorado.

—Y eso que todavía no has comido.

—Arizona…

—No pasa nada —insistió—. Es un gas noble, como casi todo el mundo aquí, seguro que se siente como en casa.

Lo vio tan irritado que acabó levantando las manos en señal de rendición mientras reía ya a carcajadas.

Tyler resopló, dejando caer la servilleta sobre su regazo con un gesto irritado poco disimulado.

—Con la cantidad de gente que hay, me ha tenido que tocar a tu lado —protestó.

—Sí, una tragedia —replicó Arizona, y señaló con discreción al otro extremo de la mesa—. Yo también preferiría haberme sentado junto a aquella señora de allí, por ejemplo, sería genial estar en primera línea cuando eche a volar.

La mujer en cuestión iba ataviada con un vestido rojo adornado con una cantidad ingente de plumas.

Contra todo pronóstico, Tyler soltó una carcajada inevitable en cuanto la miró.

—Espero que alguien la sujete antes de que salga por la ventana —apostilló Arizona—. Yo lo haría.

—El tipo que tiene sentado al lado aguardaría a que alzara bien el vuelo para practicar el tiro al blanco —bromeó Tyler, convencido.

—¿Le tiene gato?

—Desde que se casaron hace diez años —afirmó divertido—. Creo que el vestido se lo ha regalado él.

—Las bondades del matrimonio… —rio Arizona—. Y seguro que le habrá dicho que le queda perfecto…

—Claro, para que veas que los piropos no siempre son sinceros. —La miró con una sonrisa maliciosa.

—Oh, guau, no sé cómo tomarme eso —declaró divertida.

—A ti todo te sienta bien —aseguró casi en susurros—, es imposible mentirte —se acercó un poco más a su oído—. Aunque yo te prefiero… llevando solo perfume.

Arizona soltó aire despacio. Hacía mucho calor en aquel salón.

—Esta cena va a ser muy larga si empezamos así —sonó a protesta.

—Tienes razón —admitió él—. Esperaré al menos hasta el postre para decirte en cuántas posturas me gustaría…

—¡Aún estamos en los entrantes! —interrumpió de inmediato, y lo golpeó con la mano para amonestarlo.

¿Por qué era él quien le estaba sacando los colores?

«Debí venir con el vestido de tabernera». Así al menos estarían en igualdad de condiciones. «Uf, estoy… ardiendo».

Lo ignoró para echar un vistazo a su alrededor.

La mesa era interminable. Una línea perfecta de manteles impecables, recorrida por enormes jarrones rebosantes de flores que, más que decorar, parecían diseñados para impedir cualquier intento de contacto visual con la persona de enfrente.

Entre ellos una colección casi intimidante de platos, copas y cubiertos brillaban bajo la luz, colocados con una precisión militar.

Arizona alzó las cejas.

—Una pregunta seria —murmuró, inclinándose apenas hacia Tyler—. ¿Todo esto es mío… o me han puesto por error los cubiertos de más gente?

Él giró la cabeza hacia ella, conteniendo la risa.

—No te preocupes —respondió en el mismo tono bajo—. Si dudas, empieza siempre de fuera hacia dentro.

—Gracias, estaba a punto de preguntarle a ChatGPT —bromeó.

Miró de nuevo aquel despliegue absurdo e imaginó a la encargada de fregar los platos blasfemando en silencio, y con razón.

—No le veo la necesidad a la mitad de las cosas que hay encima de la mesa —declaró, y frunció el ceño—. ¿Puedo beber agua de esa copa o es para enjuagarse las manos?

Era broma, sí, pero… no del todo. Se sentía como pez fuera del agua allí. No le apetecía ser Pretty Woman en aquella escena del caracol.

«Joder, y los pedazos de jarrones ¿qué?», sonrió a medias. Le resultaba absurdo lo enormes que eran, hasta el punto de impedirle cualquier tipo de conversación con quien se sentara frente a ella.

Entre unas cosas y otras… en la mesa no quedaba espacio ni para el pan, ¿o es que no habría pan?

Porque a ella le encantaba mojarlo en la salsa.

Sonrió de nuevo frente al pensamiento, pero la sonrisa se convirtió en tensión cuando la persona que se sentó al otro lado de la mesa… fue Lionel Hamilton.

«Joder, odio a este tipo», tuvo que admitir. Solo lo había visto una vez días antes y había tenido suficiente del vizconde para toda una vida. Demasiado bien había salido Tyler para ser hijo de aquel… caballero.

«Benditos jarrones», suspiró, sintiéndose al menos a salvo de su mirada, pero durante un segundo estuvo tentada de gritarle aquello de ¡ Marco !…

…si el vizconde le devolvía un ¡ Polo !, se plantearía añadirlo a su WhatsApp.

Solo de imaginar la escena se le escapó una carcajada que se ganó la atención de Tyler de nuevo.

—¿Qué te pasa? —interrogó ahora, mirándola con curiosidad—. ¿Al fin has descubierto que los vasos con agua son para que la mitad de la mesa enjuague sus dentaduras postizas?

Arizona rio y lo miró con sorna.

—¿Has hecho un chiste? —fingió una sorpresa exagerada—. ¿Puedo hacerlo público? Siempre he soñado con levantarme en una cena como esta y golpear una copa con un tenedor para acaparar la atención.

—Adelante, no te cortes —la desafió Tyler con una chispa de diversión.

Recibió de vuelta una mirada cargada de malicia, pero él no se amilanó.

—Venga —insistió—, no te quedes con las ganas.

Ella entornó los ojos, midiendo sus fuerzas.

—¿Me estás retando? —preguntó con una sonrisa creciente—. Porque ya deberías saber que es una idea pésima.

Como respuesta, Tyler le ofreció una cucharilla de plata con una elegancia casi ceremonial. Tras unos segundos de duda, Arizona la aceptó, tomó una copa de cristal y, justo cuando hizo el amago de golpearla, Tyler se la arrebató con un movimiento felino.

—¡Ay, Dios, menos mal! —exclamó ella soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo—. Por un momento creí que me ibas a dejar hacerlo de verdad.

La carcajada estalló entre ambos con una reacción tan genuina que atrajo varias miradas de reprobación de la mesa, pero ni se dieron cuenta. Estaban demasiado atrapados en aquel ataque de risa conjunto, disfrutando de una complicidad absurda que nadie más entendería.

La cena resultó ser muy divertida. Will intercambió el sitio con la señora regordeta que comía canapés durante el cóctel como si no hubiera un mañana y se sentó junto a Arizona, y Jake había ocupado el sitio al otro lado de Tyler, así que no se aburrieron.

Para su sorpresa, la interacción de Tyler con sus dos amigos resultaba de lo más divertida, amena y con un punto irónico que fascinaba a Arizona.

Era difícil mantener una conversación normal estando todos sentados en la misma hilera, pero de alguna forma estaban consiguiendo comunicarse entre ellos con naturalidad.

Además, las bromas y pullas divertidas entre Tyler y ella iban y venían con una facilidad inesperada, la mayoría en voz baja, casi al oído, compartidas como secretos breves en medio del protocolo del salón.

A veces esos comentarios venían acompañados de una complicidad peligrosa, un roce fugaz de piernas bajo la mesa…

o la mano de Tyler apoyándose en el respaldo de su silla al inclinarse hacia ella, aprovechando la cercanía para rozarle con suavidad la piel desnuda de la espalda.

—¿Puedes dejar de hacer eso? —rogó la chica cuando aquel roce casual sucedió de nuevo, está vez con mayor intensidad.

—No sé de qué me hablas —declaró Tyler, pero sin molestarse en ocultar su diversión.

—Claro que lo sabes —se quejó.

—¿Y te supone mucho problema?

—Pues sí —afirmó—, porque he estado a punto de flambear la tarta de queso.

Tyler sonrió, pero no dijo nada. La gente comenzaba ya a levantarse de sus sillas de nuevo y dispersarse en círculos.

—¿Y ahora qué? —indagó Arizona—. ¿Ya nos podemos ir?

—Aún falta el baile —informó Will.