Capítulo 30 #3
…Pero fue su rostro el que Tyler contempló un segundo después con absoluta fascinación. Decir que estaba bonita era quedarse a años luz de la realidad. Para cuando llegó hasta él y sus ojos se encontraron, Tyler había perdido la capacidad de hablar, hasta de razonar.
Fue Will quien tuvo que ocuparse de hacer las presentaciones oficiales, y Tyler se limitó a escuchar las conversaciones que tenían lugar a su alrededor sin intervenir. Aunque sonrió con cinismo cuando Derek se inclinó a besarle la mano, añadiendo su nombre completo y su título mientras lo hacía.
—Guau, un conde… —suspiró ella esbozando una sonrisa encantadora—, solo los he visto sobre un escenario. Hasta llegar a Londres creí que ya no existían.
Derek rio y Tyler estuvo a punto, pero por diferentes motivos. Solo él entendía la ironía en aquel comentario.
No habló hasta que estuvo seguro de poder hacerlo con normalidad.
—Qué decepción que Isabella no haya podido venir —le dijo como único saludo—. ¿No encontró el vestido con la jaula de aros?
Arizona esbozó una mueca divertida.
—Los de vestuario se han puesto un poco tontos con prestármelo.
—Vaya, una lástima.
—No tengas pena —susurró bajito solo para él—. Soy perfectamente capaz de avergonzarte incluso dentro de este vestido.
—No lo dudo.
Ella esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro, y él la miró como un imbécil, perdido por completo en su belleza.
Por suerte, Jake tomó el relevo en la conversación y miró a Arizona con evidente curiosidad.
—Will se ha pasado meses hablando de ti —informó, señalando a su amigo —, y siempre le dije que no podías ser tan increíble, pero me alegra haberme equivocado.
Arizona sonrió.
—Jake se ha encargado de obrar el milagro de la apertura del teatro —contó Will ahora.
La chica lo miró con atención.
—Así que eres el abogado…
Jake frunció un divertido ceño.
—¿Por qué me ha sonado a algo malo?
—¡No! —Rio Arizona—. Te estoy muy agradecida.
—Añade que eres duque, Jake —propuso Tyler con cínica diversión—, a Arizona le encantan.
La sonrisa burlona de Tyler y la expresión divertida de Arizona hablaban por sí solas.
—Así que ni mi profesión ni mi título te impresionan —bromeó Jake, mirándola haciendo un cómico puchero.
—Ambas cosas me encantan —aseguró la chica, y fingió decir solo para él—. No le hagas caso a Tyler. Está molesto porque él solo es honorable…
La carcajada de Jake fue épica. Miró a su amigo y no pudo contenerse.
—Me encanta esta chica.
Tyler soltó un chasquido.
—Sí, es… desternillante.
—Y preciosa —añadió Will.
—Sí que lo es —se sumó Jake.
Los tres miraron hacia Tyler, que arqueó las cejas y los observó en silencio.
—Vuestro amigo es alérgico a los piropos —declaró la chica con una sonrisa divertida—, al menos conmigo.
Tyler posó sobre ella una mirada mezcla arrogancia, mordacidad… y calor.
—Alguno que otro… recuerdo haberte dicho.
La vio ruborizarse por primera vez desde que se conocieron y eso lo trastocó por completo.
¿Podía afectarla de aquella manera? Aquello era nuevo y resultó una especie de afrodisiaco extraño, como arrojar un bidón de gasolina a un incendio.
De repente sentía una necesidad imperiosa de verla encenderse cada vez más solo para él.
Por suerte, justo cuando valoraba la posibilidad de ofrecerse a enseñarle los jardines, el hombre más ingenioso y locuaz del planeta, y anfitrión de la fiesta, tomó su habitual posición en el tercer escalón de la larga escalinata para pronunciar su discurso.
Tres minutos más tarde, Arizona había desconectado por completo del tipo que conseguía hacer interesante hasta un responso en el funeral de un desconocido.
Con disimulo, dejaba que la mirada se le escapara por el salón, observando aquel microcosmos de alta sociedad con una curiosidad casi divertida.
La gente se sonreía demasiado, como si la felicidad fuera parte del protocolo.
Un grupo de mujeres reía en silencio con las copas en alto como si brindaran por algo que no necesitaba explicación y un par de hombres discutían con solemnidad muda y un tanto absurda.
En un rincón una señora entrada en carnes devoraba canapés con una concentración absoluta, convencida de que todo el mundo estaba demasiado pendiente del discurso como para notar su entusiasmo tras una aparente jornada de ayuno estratégico previa al evento.
Definitivamente, aquello era como el teatro… solo que con un vestuario más caro.
—No te despistes —susurró Tyler casi en su oído ahora—. Te presentaré al marqués en cuanto acabe y seguro que te preguntará qué te ha parecido.
Arizona soltó aire con firmeza.
—¡A mí no me amenaces! —protestó y declaró en el mismo tono bajo—. Hay bromas que son demasiado pesadas. Podría retirarte la palabra si me haces algo así.
Tyler rio y Arizona se estremeció. Desde que había llegado, se había impuesto no prestarle demasiada atención. Bastante tenía con haber comprobado, mientras avanzaba hacia él, lo bien que le sentaba el esmoquin.
Ella, que solía detestar aquel tipo de atuendos tan formales, no podía dejar de fijarse en cómo se ajustaba a su cuerpo, en la línea impecable de sus hombros, en la forma en que la tela marcaba lo justo sin perder un ápice de elegancia.
Y lo peor no era eso, lo peor era cómo lo llevaba él, con esa seguridad relajada y casi despreocupada, como si no fuera consciente, o no le importara, el efecto que provocaba.
Para colmo, no sabía si de forma intencionada o no, el modo en que él la había mirado desde la distancia le había recorrido la piel como un roce real, lento, deliberado, dejándole un calor incómodo y traicionero del que aún no había podido recuperarse del todo; y que le susurrara cosas al oído, no ayudaba.
Aunque fue ella quien acabó hablándole de nuevo por lo bajo unos minutos después.
—Ya en serio, ¿cuánto va a durar este suplicio?
Él volvió a sonreír.
—Basándome en otros años… —se acercó mucho a su oído—, nos daría tiempo a echar un polvo increíble sin que nos echaran en falta.
La excitación corrió como la pólvora por cada centímetro de su cuerpo, disparando adrenalina de forma desproporcionada. No podía dejarse afectar. Sabía que él solo lo decía para molestarla…, ¿o no?
—Si te pregunto… a qué estamos esperando —interrogó mordaz—, ¿cómo te retractarás?
—¿Retractarme? —Su voz al oído le erizaba la piel—. ¿Tú eres consciente de cómo te sienta ese vestido?
Arizona tuvo que acallar un suspiro.
—Eso ha sonado casi a piropo —se burló.
Tyler sonrió mientras miraba al frente y acabó regresando a su oído para musitar:
—Tú procura no quedarte a solas conmigo… ni detrás de una columna.
El fuego que recorrió su cuerpo ya no era un juego. Aquel hombre sabía cómo conseguir que lo deseara hasta la locura, de pura anticipación.
—Alteza, es posible que tu futura prometida esté en esta sala —le recordó con cierta burla—. ¿Quieres arriesgarte a que nos pille?
—Incluso ella entendería que no pudiera resistirme.
Guau, aquello sí era un buen piropo… Por más que intentaba no desearlo, aquel juego le gustaba mucho.
—Empiezo a disfrutar del discurso —murmuró con una sonrisa juguetona—. ¿Ahora es cuando me dices que estoy preciosa?
El intercambio de frases cada vez más excitantes y cargadas de intención, la intimidad en mitad de una sala llena de gente, los susurros al oído… todo contribuía al desastre, pero le daba igual.
—¿Buscas halagos? —indagó Tyler.
—Prefiero las miradas.
—Pues la mía te ha desnudado en cuanto has entrado por la puerta —admitió—. En mi cabeza no te ha durado ni un segundo puesto ese vestido.
—Jamás pensé que te escucharía reconocer algo así en mitad de una sala llena de gente —sonrió.
—Sí, es un daño colateral de que la sangre no me riegue el cerebro.
Arizona no pudo evitar reír, al mismo tiempo que sentía el deseo agolpándose en su pelvis de forma incómoda. Moría de ganas de tocarlo para comprobar si aquella sangre podría estar agolpada… donde parecía insinuar.
Y entonces el discurso llegó a su fin y la intimidad entre ellos se rompió al instante, algo que Arizona sintió como una intensa pérdida.
Jake y Will se volvieron hacia ellos bromeando por lo bajo, pero Tyler encontró un segundo de calma para acercarse a su oído de nuevo:
—Mantente lejos de mí, Jezabel —susurró, y esta vez sí sonó a ruego—. No puedo pasarme la noche entera empalmado.
Y tras eso se disculpó y se alejó de allí, perdiéndose entre la gente, dejando a Arizona con un punto de excitación que le costaría controlar.
Sí, iba a ser una noche larga y, probablemente, frustrante. Lo más sensato sería hacerle caso y mantener las distancias.
Quince minutos después, cuando anunciaron el paso al comedor y los invitados comenzaron a ocupar sus asientos, Arizona encontró su nombre en la mesa y, justo al lado…, el de Tyler.
«Mierda».