Rivales con derecho a roce Capítulo 30
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Capítulo 30

Los ensayos avanzaron a buen ritmo, pese a que Arizona llegó un par de horas más tarde de lo habitual. Aun así, lograron pulir las primeras escenas hasta dejarlas casi redondas y eso consiguió tranquilizarla más de lo que esperaba.

Incorporarse la última a un espectáculo de ese nivel tenía su punto de vértigo.

No era solo estar a la altura, sino encajar sin desajustar lo que ya funcionaba.

Pero al mismo tiempo jugaba con ventaja: las escenas ya estaban montadas, medidas y respiradas por el resto del elenco.

Ella solo tenía que memorizarlo todo y hacerlo suyo, y eso, por suerte, le nacía solo.

Todo el elenco estaba citado en el teatro después de comer para trabajar los números de baile conjuntos en los que Arizona debía integrarse.

Belinda Walsh, la actriz que hasta ese momento había estado ensayando el papel de Isabella, y que lo retomaría en cuanto Arizona se marchara, resultó ser…

difícil de catalogar. Era amable en apariencia, un poco pija para gusto de Arizona, pero agradable y cercana, aunque quizá demasiado dispuesta a ayudarla a encajar.

Solo era una sensación, pero había algo inquietante en la forma en que sonreía, en ciertos comentarios ácidos disfrazados de amabilidad y, sobre todo, en esas miradas que Arizona cazaba de vez en cuando, cuando creía que nadie la observaba: breves, afiladas, cargadas de una inquina que no terminaba de encajar con el resto.

Nada evidente ni que pudiera señalar sin parecer paranoica, pero sí lo suficiente como para no confiarse.

Tyler pasó por el teatro justo cuando estaban enfrascados en el arduo trabajo, algo que Arizona agradeció, puesto que le permitía ignorarlo sin esfuerzo.

—Prueba con los botines —le pidió Will cuando estaban cerrando uno de los números—. Los escalones son altos, a ver cómo sientes el tacón.

Él mismo los cogió del armario lateral de atrezzo , donde vestuario acababa de dejarlos, y caminó hasta Arizona.

—Igual tenemos que ponerles algo de tela para que no resbalen en la rampa.

Les dio la vuelta entre las manos para enseñarle la suela, pasando el pulgar con gesto distraído por la superficie…, y entonces algo tintineó al caer al suelo.

Ambos bajaron la vista y vieron brillar la tarima.

Extrañado, Will inclinó un poco más el botín y esta vez fueron varios los pedazos que cayeron del interior.

Arizona se agachó para comprobar qué era… y se quedó perpleja.

—Son cristales —informó, mostrándole uno entre sus manos, y sintió cómo se le tensaba el estómago.

—¿Cómo? —miró Will el fragmento entre sus dedos—. ¿Y han caído del botín?

Agitó el calzado con fuerza y una lluvia de pequeños cristalitos ensució aún más el suelo.

—Pero ¿qué mierdas es esto? —Will no daba crédito—, ¿cómo han llegado aquí?

La respuesta era inquietante y flotó en el ambiente unos largos segundos, los justos para que a Tyler le diera tiempo a subirse al escenario.

—¿Qué pasa?

No tuvieron que explicárselo. Will siguió agitando los zapatos y fue evidente.

—Es posible que en vestuario hayan roto algo y no se hayan dado cuenta —opinó Will, pero se notaba que ni él se lo creía.

Todos sabían que aquello era muy improbable. La explicación más posible era mucho más inquietante: alguien los había puesto allí… con muy malas intenciones.

La inquietud comenzó a crecer sobre el escenario y, paradójicamente, fue la propia Arizona quien tuvo que poner orden y acallar los nervios entre el elenco.

—Después lo investigamos —les susurró a Will y Tyler en un tono de urgencia—. Ahora necesitamos seguir con normalidad antes de disparar más las alarmas.

—Tú no vas a seguir con nada —aseguró Tyler—, hasta que veamos qué está pasando.

—Es evidente que a alguien no le caigo muy bien —añadió Arizona—, pero…

—Pero nada —interrumpió—. Sal del escenario hasta que lo revisemos todo.

—¿Y que cunda el pánico? —lo miró de frente—. Ni hablar. No tenemos tiempo para eso.

—Arizona… —intentó regañarla, pero fue inútil.

La chica regresó al centro del escenario, volvió a poner orden, hizo un par de bromas y se llevó a todo el mundo a su terreno con una facilidad que tanto Will como Tyler miraron con evidente admiración.

—Joder, es única —murmuró Will mirándola con atención.

—Pues mírala menos a ella y más lo que pasa a su alrededor —opinó Tyler, irritado—. ¿Quién es el encargado del atrezzo ?

—De esos zapatos en concreto los de vestuario —contó el director—. Hablaré con ellos antes de irme. Llegaré al fondo del asunto.

—Eso espero, o esto se acaba antes de empezar.

Will lo miró algo asombrado.

—Estás sacando las cosas un poco de quicio, ¿no? —interrogó ahora.

Tyler se agachó de nuevo y tomó uno de los cristales más grandes, uno que podría haber representado un corte muy grave si ella tan solo se hubiera puesto en pie sobre los tacones.

—Joder —repuso Will, agobiado—, ¿quién demonios ha podido hacer algo así?

Ambos pasearon su mirada por el escenario, donde todos marcaban los pasos junto con Arizona de nuevo.

Cerca de las ocho de la tarde tuvieron que dar por finalizado el ensayo. Arizona aún tenía una parada que hacer antes de ir a aquella fiesta a la que, era evidente, llegaría tarde.

Esa misma mañana, Arthur, al enterarse de que iba a asistir a la cena anual de los Carrington, se había encargado de agendarle una cita con una de sus mejores amigas, antigua figurinista de su máxima confianza, que estaba segura de que tendría en su boutique el vestido perfecto para ella.

Debía reunirse con la mujer a las ocho de la tarde y Will sería el encargado de recogerla y llevarla a la cena.

Hacía más de una hora que Tyler se había ido sin ella del teatro a regañadientes.

Parecía haberle molestado un poco que ella decidiera ir con Will como acompañante a esa cena y no podía demorarse mucho en discutir, puesto que debía cambiarse de ropa y recoger a Eloise.

Su evidente enfado había sorprendido un poco a la chica, que se acabó convenciendo de que lo que le molestaba era que cumpliera su amenaza de asistir.

Una hora después Arizona se miraba en el espejo de la lujosa boutique con una expresión satisfecha.

Arthur había pensado en todo y, junto con el vestido, se había encargado de que tuviera a su disposición a alguien que completara la tarea con peluquería y maquillaje.

Como resultado, una visión de sí misma digna de la alfombra roja le sonreía desde el espejo.

El vestido negro caía sobre su cuerpo hasta los pies como si hubiera sido diseñado para cada una de sus curvas.

Ajustado con una precisión casi insultante, delineaba su cintura y se ceñía a sus caderas antes de deslizarse hacia abajo en una caída elegante, fluida, que acompañaba cada mínimo movimiento.

Una abertura lateral, alta y limpia, rompía la sobriedad del diseño justo lo necesario, dejando entrever su pierna hasta el muslo con cada paso, con cada leve giro, un destello de piel que convertía lo elegante en peligrosamente sexy.

La tela, suave y con un leve brillo bajo la luz, parecía viva, adaptándose a ella en lugar de limitarla.

El escote, limpio y equilibrado, insinuaba lo justo, realzando su pecho con una naturalidad elegante, sin apretar ni exagerar, pero atrayendo la mirada inevitablemente, como si el propio corte del vestido supiera dónde detenerse para provocar sin cruzar la línea.

Pero era la espalda la que terminaba de romper cualquier defensa.

Estaba abierta hasta un punto peligroso, dejando al descubierto la línea de su columna y la piel desnuda, cálida, imposible de ignorar.

Los altos tacones estilizaban aún más su figura, obligándola a erguirse con una seguridad que no era impostada. Cada paso tenía algo de desafío.

El cabello, trabajado en ondas suaves y pulidas, caía con descuido estudiado sobre uno de sus hombros, dejando el otro despejado, como si invitara a mirar.

El maquillaje, impecable, jugaba en su misma línea: piel luminosa, mirada intensificada en tonos oscuros que hacían sus ojos más profundos, más afilados, y unos labios definidos, con ese punto exacto entre lo elegante y lo tentador.

Ya se moría de ganas de aparecer en esa fiesta, pero acabó reconociendo que en el fondo la fiesta le importaba poco. Era a cierto odioso insufrible a quien quería cerrarle la boca, o conseguir que no pudiera cerrarla, mejor dicho.

Y si alguien podía lograrlo… era la mujer que veía en el espejo.

Estaba acostumbrada a aquel tipo de vestido, a caminar sobre unos tacones de aguja como si fuera en deportivas, las fiestas glamurosas en Broadway formaban parte del trabajo, pero jamás había sentido el corazón acelerado solo con pensar en el momento en el que traspasara la puerta…

…aunque en el fondo lamentaba tener que decepcionar a don honorable y no darle el espectáculo que parecía esperar: verla aparecer vestida de forma inapropiada, exagerada, fuera de lugar y lo bastante llamativa como para avergonzarlo.

Sonrió mientras lo imaginaba buscando un sitio en el que esconderse.

El concurrido salón de fiestas de los Carrington estaba ya casi al completo.

Los invitados, envueltos en sus mejores galas, conversaban de pie en pequeños círculos, intercambiando sonrisas pulidas y cumplidos inflados que apenas lograban ocultar la mirada calculadora que se escondía detrás.

El champán corría con ligereza entre manos impecables, al igual que las bandejas de canapés, deslizándose entre ellos como parte de una coreografía ensayada.

Todo brillaba, todo encajaba, todo era… aburrido.

Tyler odiaba aquellas cenas, fiestas, reuniones o conjunto de todo aquello, como era el caso.

Cada año su abuela lo arrastraba a varios de esos eventos con la esperanza secreta de encontrarle a alguien que le hiciera sentar cabeza y, como siempre, Tyler se aburría como una ostra en cada una de ellas.