Capítulo 29 #2
—Debe de ser por el agua fría —opinó él—, aunque empieza a caldearse… —le miró los labios—. Por fortuna, o esta sería la segunda ducha helada que me doy esta mañana.
—¿Y eso?
—Un daño colateral de dormir contigo y comportarme de forma honorable —admitió con los ojos echando fuego.
El cuerpo de Arizona respondió a la insinuación con ferocidad y tragó saliva.
—Así que no lo he soñado.
—No —reconoció—. Y ha sido una tortura que no te imaginas.
Oh, claro que podía imaginarla. Hacía rato que lo tenía desnudo frente a ella. Moría de necesidad.
—Así que ¿intentas devolvérmela? —apoyó las manos en su torso—. ¿Por eso estás desnudo? —lo acarició—. ¿Quieres… torturarme?
Tyler llevó ahora una de sus manos a su rostro y le apartó un mechón de pelo que se le pegaba a la mejilla.
—Quiero… tentarte —concedió—¿Funciona?
—Puede ser. —Se mordió los labios mientras sentía su mirada de deseo caldear su piel
Joder, estaba guapo a rabiar con el pelo mojado y las gotas de agua descendiendo por cada centímetro de su cuerpo. Quería lamer cada gota.
—Pero… si ya nos hemos tentado y torturado —sonrió—, ¿no significa que al fin estamos en paz?
Las manos de Tyler descendieron ahora por su cuerpo muy despacio.
—Nosotros nunca estaremos en paz, Jezabel, siempre nos deberemos algo —susurró al tiempo que sus manos se colaban por dentro de su camiseta y la instaban a izar los brazos.
Arizona obedeció y dijo adiós a su camiseta, sintiendo cómo el deseo palpitaba con fuerza en su pecho, en su piel, entre sus piernas…
Soltó un gemido ronco cuando el sujetador le hizo compañía a la prenda y los ojos de Tyler descendieron por su cuerpo hasta sus pechos, donde pronto se reunieron con sus manos…
…pero no se quedaron mucho ahí. Ambos morían por desnudarse al completo, por sentirse piel contra piel, y Tyler apenas tardó unos segundos en quitarle los leggins, acompañados de la ropa interior. Después se alejó un poco solo para contemplarla.
—Dios, Jezabel, ¡qué belleza!! —devolvió la mirada a sus ojos y recortó la distancia de nuevo—, me dejas sin aliento.
Arizona lo miraba fascinada, con el corazón palpitando como un loco y cada centímetro de su piel anhelando cada poro de la de él. Apenas podía contenerse ya. Se centró en tirar de sus calzoncillos, que él le ayudó a quitarse, y se fundió contra su cuerpo, donde fue recibida con idéntico anhelo.
Durante unos interminables segundos se deleitaron con aquel abrazo intenso, ardiente, piel contra piel al fin, hasta que Tyler buscó su boca ya con auténtica desesperación y ella se entregó a aquel beso con todo lo que era.
—Joder, quiero devorarte entera —murmuró Tyler sobre sus labios, jugando con la lengua de forma hambrienta. Y Arizona estaba dispuesta a dejarse devorar hasta que no quedara nada.
Él descendió besando y lamiendo su cuello, su escote, hasta llegar a sus pechos para cumplir su promesa.
De la forma más ardiente, arrancándole un gemido tras otro, acarició, besó y lamió cada centímetro con auténtico deleite, hasta que pareció recordar…
que solo estaba a mitad de camino al jardín del Edén.
Siguió descendiendo por su abdomen, su pubis, sin dejar de besarla, y la instó a abrir las piernas al mismo tiempo que metía la cabeza entre ellas para perderse en el paraíso. Soltó un gemido de deleite cuando la saboreó con la boca, como si aquella fuera la fruta más dulce que había probado jamás.
Y allí comenzó para Arizona la más asombrosa de las experiencias, una que elevaba la palabra placer a límites inconcebibles. Porque si aquel hombre era bueno con las manos, lo que era capaz de hacer con la boca… debería estar prohibido por atentar contra todos los límites de la cordura.
Sus ojos descendieron hasta él y la simple imagen multiplicó las sensaciones hasta que las piernas le temblaron.
Entonces él alzó sus ojos, sin dejar de saborearla…
, y el cruce electrizante de miradas arrasó con toda su contención.
Entre gemidos roncos de satisfacción, se abandonó a uno de los clímax más increíbles de su vida, tanto que ni supo en qué momento Tyler se había puesto en pie para sujetarla y evitar que cayera, mientras que con sus manos volvía estimularla para, como era costumbre, llevar la intensidad de su placer un paso más allá.
Para asombro de Arizona, él aprovechó aquello para introducirle los dedos, asaltar su punto g y llevarla al orgasmo de nuevo unos pocos segundos después… mientras saboreaba su boca a conciencia.
—Joder… —murmuró maravillada entre espasmos de placer.
—No, aún no —jadeó con ronquera y la atrajo hacia su dureza—, eso viene ahora.
La izó de las caderas y la montó sobre él, hundiéndose en su interior de un único y certero movimiento.
—Oh, madre mía… —fue todo lo que Arizona pudo decir antes de volver a correrse sin apenas esperarlo.
Y entonces él comenzó a moverse, empotrándola contra los azulejos de la ducha de una forma salvaje y dulce a la vez, que impedía que Arizona se bajara de la nube en la que se mecía desde que aquello había comenzado, incapaz de distinguir ya dónde acababa un orgasmo y comenzaba el otro…
…hasta que Tyler perdió el norte y comenzó a moverse de forma descontrolada, señal de que su propio fin estaba muy cerca.
Arizona ascendió junto a él de nuevo hasta un punto en el que su respiración se detuvo…
y la más absoluta locura estalló en su interior cuando lo escuchó gemir con fuerza mientras se derramaba dentro de ella.
Cómo era posible que cada clímax fuera más increíble que el anterior era todo un misterio. Cuando llegó la calma y Tyler la miró a los ojos, de alguna forma supo que él se estaba preguntando lo mismo.
Ambos sonrieron a un tiempo sin pronunciar palabra.
—Si la alergia no te ha mandado al hospital, igual el polvo…
Él rio mientras la bajaba al fin al suelo.
—Estoy dispuesto a seguir arriesgándome, incluso aunque tenga que hacer una visita a urgencias.
Tomó dos toallas que había sobre la mampara y le tendió una a Arizona.
—Pues con el zumo de naranja te agradecería que no volvieras a hacerlo —pidió ahora más seria, y admitió—: Me has asustado.
—El zumo no es problema. Ha sido al despejar la encimera —aclaró—. Es la piel interior lo que me provoca el sarpullido.
Arizona lo miró perpleja.
—¿Perdona?
—Eh…, bueno, no me he dado cuenta de que no llevaba los guantes cuando la he tirado, me he tocado la cara…
—¿Dices que puedes beber zumo? —Él asintió con una sonrisa
Pero Arizona no reía. Todo lo contrario. Ahora lo miraba con una expresión iracunda que mostraba las ganas que tenía de pegarle.
—¿Y te parece gracioso asustarme así? —le recriminó—. ¿Eres idiota?
—Venga, no te pongas tan seria, solo ha sido…
Se quedó hablando solo. Arizona salió de la ducha y del baño y regresó a la alcoba. Tyler fue tras ella.
—Dame una camiseta —exigió ella de inmediato.
—¿Para qué?
—Mi ropa está empapada —le recordó, abrazándose a la toalla—. No pretenderás que me vaya así a mi cuarto.
—¿Y dónde vas tan rápido?
—No tengo nada más que hacer aquí —cruzó los brazos sobre el pecho—. No con un desconsiderado como tú.
—Deja los dramatismos para el escenario.
—Vete a la mierda.
Tyler recortó la distancia hasta ella y la atrajo de la cintura con fuerza.
—Hace un momento estábamos bien.
—Suéltame —intentó zafarse.
—Aún no he terminado contigo —le aseguró, atrayéndola de vuelta contra su entrepierna.
Arizona se sorprendió al encontrarlo empalmado de nuevo. No habían pasado ni cinco minutos. Pero se resistió a ceder. De veras estaba enfadada.
—Pues yo sí he acabado —sentenció—. No puedo ni mirarte a la cara ahora mismo.
—No hay problema —la instó a darse la vuelta, la abrazó desde atrás y apretó las caderas contra su trasero—. ¿Lo prefieres así?
Joder. No era fácil resistirse… estando aún desnudos bajo las toallas.
Intentó encontrar las fuerzas para protestar, pero en lugar de eso ladeó el cuello para darle mayor acceso y no pudo evitar frotar el trasero contra su entrepierna.
Acabó inclinándose sobre la cómoda… Una décima de segundo después Tyler eliminaba toda barrera y se hundía en ella desde atrás, con una embestida que ambos celebraron con un gemido sordo.
Las manos de Tyler se apoyaron en sus caderas y comenzó a moverse a un ritmo fuerte desde el principio, hundiéndose en ella una y otra vez, sin poder controlar unos gemidos roncos cada vez que embestía.
«Joder», aquel movimiento de caderas la enloquecía por completo.
Después la abrazó más estrechamente y metió su mano por delante para estimularla a conciencia, como solo él sabía hacerlo, sin dejar de moverse dentro de ella como en un ritual perfecto.
Durante unos eternos minutos Arizona creyó que moriría de placer, antes de rendirse a un clímax que le arrancó largos e incontrolables gemidos mientras Tyler continuaba penetrándola a un ritmo ahora frenético, casi salvaje…
Y había pocas cosas que la pusieran tanto y con tanta intensidad como ver a aquel hombre en concreto perder el control de aquella manera.
Volvió a correrse incluso antes que él, aunque lo arrastró con ella de inmediato en cuanto la sintió estremecerse presa de una nueva culminación.
Exhaustos, se quedaron quietos y en silencio durante unos segundos, hasta que al fin él salió de su interior y ella se giró a mirarlo.
Tyler parecía algo inquieto y permanecía callado, como sí no supiera a qué atenerse o qué decir.
—Arizona… —empezó diciendo frente a su expresión de evidente enojo.
—Dame una camiseta —exigió.
Tyler torció el gesto.