Rivales con derecho a roce Capítulo 29
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Capítulo 29

Arizona se coló en la habitación de Tyler como una exhalación. Por suerte no había echado el pestillo, así que no tuvo que llamar ni pedir permiso.

Al no encontrarlo, cruzó directa hacia el baño, guiada por el sonido del agua, y suspiró de alivio al ver que al menos no estaba despanzurrado en el suelo, boqueando como los atunes en altamar.

Estaba inclinado sobre el lavabo, con las manos bajo el grifo y la cara empapada, como si acabara de lavársela y se hubiera quedado suspendido en medio del gesto, olvidando incluso secarse.

—¿Qué demonios quieres? —protestó en cuanto la vio.

—¿Por qué te has tomado el maldito zumo? —inquirió en un tono mezcla preocupación y regaño.

Tyler soltó un bufido de desconcierto.

—No puedo creer que aún vengas a reclamármelo.

—Tu madre me ha contado lo de tu alergia a los cítricos —informó ahora—. ¿Cómo se te ocurre poner tu vida en riesgo solo para fastidiarme?

—¿Mi vida? —La miró asombrado.

—¿Te encuentras bien?

—Eh…, bueno…

—¿Respiras bien?

Él frunció el ceño un tanto desconcertado.

—Será mejor que te lleve al hospital.

Tyler cerró el grifo y tomó una toalla.

—No hace falta —repuso mientras se secaba el rostro y las manos—. Ya me he medicado.

Señaló las pastillas que había sobre el lavabo.

—¿Y si no es suficiente? —insistió ella—. En ese zumo había al menos tres naranjas.

Recibió una mirada cargada de curiosidad como respuesta, pero ni una sola palabra.

Arizona caminó hasta él y estudió su rostro con atención. Allí estaban las rojeces que decía Helen. Tenía por la barbilla, parte del cuello y sobre todo en las manos, que la chica tomó entre las suyas.

—¿No tienes una crema o algo que pueda calmarte?

—Los síntomas cederán en breve —la miró de reojo y añadió con un ligero dramatismo—: o eso espero.

—¡¿Cómo que eso esperas?!

—Con las alergias nunca se sabe —se encogió de hombros—. Son traicioneras.

Lo miró horrorizada.

—¡Por eso es mejor que vayamos al hospital!

—Cuidado, Arizona, que voy a terminar pensando que te importo un poco —declaró ahora, mirándola con una media sonrisa.

Lo observó en silencio. Si quería que le regalara los oídos, no iba a tener suerte. Importarle… ¡ja!

Tyler tosió y Arizona casi saltó sobre él.

—¿Te falta el aire?

—Eh… —entrecerró los ojos y los posó en ella—, un poco…, creo.

—¡Ay, Dios!

El chico le tomó una mano ahora y la miró con una expresión preocupada.

—Quédate conmigo un rato, por favor —rogó, tosiendo de nuevo—, no tardaré en mejorar, pero no quiero estar solo por si me pongo peor.

Arizona asintió y dejó que él la guiara de la mano fuera del baño. Estaba muy preocupada, no podía esconderlo.

Él tomó asiento en la cama y Arizona, parada frente a él, se concentró en mirarle las rojeces del rostro de nuevo.

—¿Te escuecen?

Él asintió y apoyó las manos en su cintura.

—Es culpa mía —se lamentó la chica, acariciándole la cara con las yemas de los dedos.

—No me has obligado a nada.

—Bueno… —suspiró—, un poco sí.

No estaba dispuesta a confesarle que había escuchado toda la conversación, pero se sentía tan culpable…

—¿Qué puedo hacer para que te sientas mejor? —preguntó con sinceridad, sin una sola segunda intención.

Solo cuando él la miró con una sonrisa y las cejas arqueadas fue consciente de lo que acababa de decir.

—¡Eh! ¡Estás convaleciente! —protestó—. No me refería a nada de eso.

—¿No?

—¿No te faltaba el aire hace un momento? —le recordó—. ¿Cómo puedes pensar en… en… ¡hacer deporte extra!?

Tyler la miró con una clara expresión de regocijo.

—Estás en mi cuarto preguntándome qué puedes hacer para que me sienta mejor —replicó con una sonrisa divertida—, ¿en qué quieres que piense?

—Te dije que no iba a volver a entrar en tu cuarto.

—Pero aquí estás.

Ella bufó.

—No para eso —insistió—. Y ya que parece que estás mucho mejor…

Intentó alejarse, pero él la retuvo de la cintura.

—Qué mala enfermera me he buscado —se quejó, exhalando con fuerza—. Quieres dejarme solo aún en estado crítico.

—¡Crítico mis narices! —replicó acusadora.

Él esbozó una sonrisa divertida y Arizona salió de su alcance, retirándose un metro y mirándolo con una expresión severa.

—Creo que la medicación no está funcionando —susurró Tyler, observándola desde la cama.

—No inventes.

—Me arde la piel —afirmó, y se rascó la barbilla, el cuello…

—La tienes menos roja —opinó Arizona.

—¿Tienes vista de águila?

Ella entrecerró los ojos.

—Sí —aseguró.

—Ya… ¿Y podrías revisarme la espalda, aunque sea desde ahí?

La chica no respondió y Tyler siguió hablando.

—Necesito asegurarme de que no tengo más rojeces o sarpullido en ninguna otra parte.

Arizona sabía que se la estaba jugando. Podía leerlo en sus ojos con una claridad casi insultante. Aun así, no se movió cuando él se puso en pie y, sin apartarle la mirada, se quitó la camiseta.

El aire pareció tensarse entre ellos.

—Revisa bien, por favor —pidió él, y sonó a ruego.

A Arizona se le secó la garganta.

«¡Joder! Eh… ¡Joder!».

Sabía de sobra lo firme que era su cuerpo, la dureza contenida bajo la ropa, la había palpado a conciencia, pero verlo así… era otra cosa.

«¡ Mamma mía !», gritó la Camilla que aún llevaba dentro.

Sus ojos descendieron sin permiso por aquel torso perfecto, bien definido, con la línea de los abdominales marcándose bajo la piel. No había nada casual en él. Ni un solo centímetro que no pareciera diseñado para provocar.

Un latido de excitación sordo crecía en su pelvis mientras lo contemplaba, sin plantearse siquiera apartar la mirada. Y entonces él se giró, como si no fuera ya suficiente, y le mostró una espalda impecable: ancha, sólida, con los músculos tensándose bajo la piel al moverse.

—¿Todo bien? —interrogó el chico frente a su silencio.

—Todo… perfecto, sí.

Joder, empezaba a salivar, y apenas podía contenerse. Sus dedos cosquilleaban con el impulso de tocarlo.

Él se giró de nuevo hacia ella, que volvió a recorrer su cuerpo con los ojos sin remedio.

—No ayudas a calmar el calor, ¿sabes? —informó Tyler.

—¿Qué?

—Creo que me vendrá bien una ducha.

Apenas había pronunciado las palabras, y antes de que Arizona pudiera reaccionar, se bajó los pantalones y se sentó en la cama para quitárselos.

Aquel era el momento en el que ella debería irse, mirar para otro lado o al menos protestar, pero no hizo nada salvo… disfrutar del espectáculo.

«Qué quieres, es gratis, no voy a desperdiciarlo…», se autoconvenció.

Cuando Tyler volvió a ponerse en pie tan solo ataviado con aquel bóxer negro que le otorgaba la estatuilla como hombre más guapo, sexy y jodidamente perfecto del planeta, Arizona se sintió al borde de la combustión espontánea.

«Y él lo tiene muy claro», se dijo, consciente de que sería imposible que no le notara la excitación en cada poro de su piel.

—Si quieres tocar además de mirar… —murmuró Tyler, clavando una mirada brillante sobre ella.

—Eh…, no —se esforzó por decir—. Estoy bien así.

Tyler sonrió y Arizona suspiró.

«¿Quién se resiste a este… despliegue de medios?». No podía no tocar mucho más tiempo y lo sabía.

Él caminó hacia el baño y Arizona aguardó a que pasara de largo para poder mirarle el trasero con descaro, tal y como si estuvieran en un desfile de calzoncillos de Calvin Klein…

«Uf, justo cuando creía que no se podía ser más perfecto…, ¡menuda retaguardia, por Dios!».

Y entonces él se detuvo y se apoyó sobre la pared junto a la puerta del baño, dándole la espalda.

—¿Qué te pasa?

Tyler se giró a mirarla.

—Creo que voy a necesitar que me ayudes en la ducha.

Las hormonas de Arizona le hicieron la ola a aquellas palabras, pero tuvo que mandarlas callar.

—No creo que sea buena idea.

—¿Por qué? —preguntó él apoyando ahora la espalda en el quicio de la puerta.

A Arizona le ardían ya hasta las pestañas. Pedazo de póster se haría con la imagen que tenía ante sí…

—Pues porque no —murmuró.

«…o un mural para la pared…».

—Eso no es una respuesta.

«Si sigo mirándote mucho rato, voy a ser yo quien te mande a urgencias por agotamiento». ¿Le gustaría aquella respuesta? Por cómo la miraba… parecía dispuesto a arriesgarse.

—Tengo un ligero mareo —informó ahora Tyler, acariciándose la frente como si necesitara despejarse—. Supongo que es por la falta de aire.

Arizona caminó hasta él con premura.

—Entonces ni se te ocurra meterte así en la ducha.

—Creo que servirá para despejarme y que me deje de picar la piel.

—O para darte un batacazo.

—Por eso necesito tu ayuda, por favor —rogó, apoyándose en sus hombros, inclinándose lo justo para que su cercanía dejara de ser inocente.

¿Ayudarlo? ¡Si estaba a punto de arrancarle aquellos calzoncillos a bocados!

—No puedo —dijo, pero no sonó ni remotamente creíble, demasiado consciente de cada centímetro de su piel. Eso por no hablar del evidente… interés que se adivinaba bajo sus calzoncillos. Dios, quería que centrara aquel enorme interés en ella con absoluta entrega.

Tyler tiró de su mano para acercarse a la ducha, tambaleándose un poco.

—Este mareo me preocupa —susurró él, con una debilidad que no terminaba de encajar con la forma en que sus dedos se cerraban ahora alrededor de su cintura, en cómo la atraía hacia su cuerpo…

…y ambos lo sabían.

Lo que Arizona no esperaba era que él se metiera en la ducha y tirara de ella de improviso.

—¡Eh! —protestó—. ¡Tyler, estoy vestida!

Demasiado tarde.

La arrastró bajo la ducha con una facilidad insultante, girando el grifo sin soltarla. El agua cayó de golpe sobre ambos, fría al principio, empapándola por completo, pegándole la ropa al cuerpo en cuestión de segundos.

Arizona jadeó por la impresión.

—¡Estás loco! —se quejó de nuevo, tratando de apartarse, pero él la abrazaba ahora con fuerza para impedirle toda huida—. ¡Estoy empapada, idiota!

—Sí…, pero desde hace rato, reconócelo —insinuó con una arrogancia que la fascinó.

A Arizona le costó no ser la primera en asaltarlo.

—Parece que estás milagrosamente mejor, ¿no?

Él sonrió y puso sus manos sobre la pared, una a cada lado de su cabeza, acorralándola, algo innecesario porque Arizona no pensaba ir a ninguna parte.