Rivales con derecho a roce Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—Es mío —afirmó Tyler en un tono molesto.

—Pero hay mucho.

—Y me lo pienso beber todo.

Arizona sonrió divertida.

—Venga ya —tomó el vaso—, ¿es que no te enseñaron a compartir?

—A ti sí, al parecer —opinó en un tono de evidente reproche, y le quitó el vaso de las manos—. Pues yo no comparto lo que es mío.

Perpleja, Arizona lo contempló mientras se bebía el zumo frente a ella, sin descansar un solo segundo ni para respirar, hasta que no quedó ni una gota en el enorme vaso.

—¡Qué egoísta! —protestó con la boca hecha agua cuando él dejó el vaso vacío frente a ella y la miró con una irritación bien visible.

Algo desconcertada, Arizona parpadeó con fuerza. ¿Por qué demonios estaba tan enfadado? Y era con ella, eso parecía obvio.

—Pues me voy en busca de mi desahogo —informó Tyler con una sonrisa cínica.

Arizona lo miró con curiosidad. ¿Hasta dónde pensaría llevar aquella trola?

—¿Y la tienes localizada? —interrogó—. Porque se ha ido tan rápido…

—¿A Dafne? —sonrió e informó en un tono neutro—: ¿Por qué querría repetir con ella? ¿Sabes la cantidad de doncellas que trabajan aquí?

Ahora, Arizona sí tuvo que esforzarse por mantener la sonrisa.

—Y te aseguro que a muchas de ellas solo tengo que guiñarles un ojo.

—¡Genial! —se apresuró a decir—. Eres un tipo con suerte.

—Sí, no me quejo. —Señaló el frutero—. Ahí tienes las naranjas, por si te quedaste con las ganas.

—Tampoco es que me vuelva tan loca el zumo —mintió—. Voy a pasar.

—Tú misma.

—Pero recoge todo este desaguisado —señaló las mondas de naranja sobre la encimera—, no quiero que me acusen a mí de ensuciar la cocina.

Tyler no se paró a pensarlo. Como si necesitara salir de allí a toda velocidad, se acercó a la encimera, tomó la piel de naranja con ambas manos y las tiró a la basura.

—¿Algo más? —interrogó irritado—. No quiero que te hernies y me eches la culpa.

—No, ya está, puedes irte a perseguir mujeres cuando quieras.

—Perfecto, pues voy a ver si encuentro a esa pelirroja nueva que trabaja en los jardines —anunció mientras se rascaba la barbilla, pensativo—. ¿A qué hora descansará?

Arizona estaba al borde de soltarle una fresca, sin poder evitar sentir que lo estaba empujando a los brazos de otra.

Por suerte, antes de que dijera algo de lo que se arrepentiría, Helen entró en la cocina acompañada de Frederick.

—Me temo que hoy Louise va retrasada con el desayuno —informó a los chicos tras darles los buenos días—. Le ha surgido un problema. ¿Qué hacéis aquí?

Tyler miró a su madre con una expresión inquieta.

—¿Qué te pasa? —preguntó la mujer.

—Maldita sea. —El chico se acercó al grifo y metió las manos bajo el chorro de agua fría mientras se las frotaba como si le picaran.

—¿Tyler?

—Estoy bien —aseguró, mirando a su madre con una sonrisa tensa.

—¿Y esas rojeces de la barbilla?

—No es nada.

Se largó de la cocina antes de que Helen pudiera completar la frase. La mujer suspiró y se giró a mirar a Arizona.

—¿Está enfadado contigo? —indagó.

La actriz estaba perdida en sus pensamientos, preguntándose si de verdad él tenía pensado ir en busca de la pelirroja.

—Yo soy la que debería estar enfadada —protestó la chica.

—¿Por qué?

No podía decírselo, así que salió por la tangente.

—¡Ni un sorbito de zumo he probado!

—Zumo.

—Qué más le daba dejarme una mísera naranjita. —Cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Querías que te hiciera un zumo? —sonrió Helen ahora—. Pues haber escogido otra fruta, Tyler es alérgico a los cítricos.

—¿Alérgico?

—Sí, no puede ni rozarlos —la miró con el ceño fruncido—. Espera, esas rojeces de la barbilla…

A Arizona se le descompuso el cuerpo.

—¡No puede ser alérgico!

—Te aseguro que sí —chasqueó la lengua—. Por eso ha salido corriendo, seguro que ha ido a medicarse. Ya tenía rojeces y no habrá querido preocuparme.

«¡Ay, por Dios!», se alarmó Arizona, sintiéndose cada vez más culpable y angustiada.

Conocía bien las alergias, su madre sufría algunas muy serias y eran peligrosas.

—Tengo que ir a ver cómo está —informó—. Se ha tomado un vaso de zumo enorme.

—¿Ha bebido zumo?

—¡Sí! ¡¿Cómo se le ha ocurrido? Se lo ha acabado solo para molestarme. ¡Será burro!

—Pues corre a su cuarto, seguro que…

La dejó con la palabra en la boca mientras salía casi a la carrera de la cocina con evidente inquietud.

Frederick, que colocaba unos bollos en una cesta de pan en ausencia de Louise, miró a Helen con una sonrisa divertida, que la mujer le devolvió idéntica.

—Ha sido ella quien ha sacado sus propias conclusiones —se excusó Helen, encogiéndose de hombros.

El mayordomo amplió la sonrisa.

—Yo solo he dicho que no puede rozarlos —insistió la mujer.

—Doy fe —afirmó Frederick.

—Nunca dije que no pueda beberlo en forma de zumo.

—Correcto.

Ambos sonrieron a medias.

—¿Desea que vaya a sacarla de su error? —ofreció el hombre.

La sonrisa de Helen se multiplicó. Ella misma podría habérselo dicho antes de que saliera corriendo y los dos lo sabían.

—No está mal que se preocupe un poco —acabó admitiendo la mujer—. Este muchacho nuestro es muy necio y cabezota, de vez en cuando hay que darle un pequeño empujón.