Rivales con derecho a roce Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Cuando colgó, intentando no pensar demasiado, caminó hasta la cocina y se llevó un chasco al no encontrar a Louise, la cocinera, por ninguna parte.

Tenía toda la intención de pedirle un desayuno nutritivo para Arizona, algo que incluyera zumo de naranja natural.

Mientras se desesperaba esperando a que el imbécil de Dylan se dignara a atender el teléfono, había leído que era especialmente bueno en el embarazo y aportaba energía y vitaminas extra.

Aguardó unos largos minutos, pero cuando Louise seguía sin aparecer, decidió que sería mucho más rápido hacer el zumo él mismo.

Localizó la licuadora, las naranjas y unos guantes.

Era alérgico a la parte blanca de la piel de los cítricos, con solo tocarla le salía una especie de sarpullido que picaba como un demonio y se extendía allí donde se rozara con las manos contaminadas.

Por eso no era una fruta que soliera usar en sus licuados, aunque pudiera tomar sin problema el zumo de naranja natural ya preparado.

En cuanto echó las naranjas ya peladas dentro de la licuadora, se quitó los guantes para evitar tocarse la piel y se quedó embobado mirando cómo la fruta se trituraba mientras pensaba en si Arizona se habría despertado ya.

No podía subirle el desayuno a la habitación, no sin arriesgar su paz mental de nuevo, pero tampoco quería que al zumo se le fueran las vitaminas.

Sonrió y se sintió de lo más absurdo frente a aquel pensamiento, que sonaba a leyenda urbana de madres y abuelas.

Estaba distraído pasando el zumo a un vaso, de espaldas a la puerta, cuando alguien lo rodeó con los brazos desde atrás… y el perfume a lilas de Arizona le inundó los sentidos, provocando que todo su cuerpo reaccionara al instante.

—Te estoy haciendo un zumo de naranja —informó en un tono ronco, sorprendido por su efusividad y al mismo tiempo muy complacido con la iniciativa.

Arizona entró en la cocina del palacete en busca de algo dulce que llevarse a la boca mientras servían el desayuno en el salón.

Con un par de onzas de chocolate bastaría, y estaba segura de que Louise se las daría encantada.

Pero la cocinera no estaba allí. En su lugar se topó con una desagradable sorpresa: Tyler se encontraba de espaldas a la puerta…

y no estaba solo. Arizona llegó justo a tiempo para ver a caramelito de fresa abrazarlo por detrás con una familiaridad que le revolvió el estómago.

¡Y él parecía encantado, el muy odioso! ¡Uf!

«Calma, no estoy celosa, solo… ¡quiero arrastrarla de los pelos por deporte!». Y la opción de sacarle a él los ojos por pura curiosidad médica tampoco era descartable.

—Te estoy haciendo un zumo de naranja—lo escuchó decir ahora mientras se dejaba abrazar.

¿Zumo de naranja? ¡Jo, qué rico! Pero se lo estaba haciendo a otra. Parecía que había subestimado la relación que tenía con aquella doncella.

Se le revolvió el estómago. Sería mejor largarse antes de que la descubrieran allí de mirona, pero sus pies parecían pegados al suelo de mármol.

Por suerte una de las vitrinas altas de la entrada la tapaba lo suficiente como para mantenerla oculta y que la humillación no fuera completa si la pillaban allí.

Pero debía irse. Le preocupaba no poder contener su furia si él se giraba hacia la mujer y la abrazaba, la besaba…

«Debo de ser masoca», se amonestó cuando Tyler al fin se volvió.

Y estaba a punto de salir corriendo de allí cuando lo vio abrir los ojos, sorprendido, al tiempo que la apartaba con firmeza y protestaba:

—¡¿Qué demonios haces?!

La doncella lo miró embelesada y repuso:

—Hace un momento estabas encantado.

—Y sabes de sobra por qué —dijo malhumorado, y afiló la vista—. ¿Te has puesto su perfume?

Aquello pareció alarmar a la mujer.

—Solo lo tomé prestado —se excusó.

Arizona estaba cada vez más confusa y alucinada. ¿Qué narices estaba pasando allí? Se afanó por esconderse aún más, no estaba dispuesta a perderse un solo capítulo de aquel serial.

—No te acerques a Arizona —replicó irritado— y mucho menos uses sus cosas.

—Solo han sido unas gotas de perfume.

«¡¿Qué?!». Arizona no daba crédito. ¡¿Aquel gominolón gigante se había colado en su cuarto para perfumarse?! Si seguía alucinando así, acabaría delatándose. ¿Y él había detectado su aroma?

Frunció el ceño… y abrió los ojos como platos un segundo después.

¡Espera! ¿Significaba aquello que él creía que era ella quien lo abrazaba?

Se refugió aún más tras la vitrina, con el corazón acelerado, mientras no perdía comba. No estaba orgullosa de estar espiando, pero… ¡menudo giro de acontecimientos! ¡Aquel zumo de naranja le pertenecía por derecho! ¡Guau!

—Puedes castigarme, si quieres —ronroneó la doncella ahora, echándole los brazos al cuello.

—Pero es que no quiero —respondió Tyler de inmediato, apartándose de ella.

«¡Boom! ¡Zasca!». Podría ponerse a bailar en aquel momento.

—Venga, echemos uno rápido —insistió la chica—. La otra noche ya me dejaste con las ganas, ¿vas a volver a rechazarme?

«¡Ja! ¡Toma, toma, toma! ¡Sí! ¡Ni viendo Netflix se divertiría tanto!». Estaba eufórica en aquel momento. No podría permanecer oculta mucho más. Ya se pararía después a mortificarse por sentirse tan aliviada.

—Empiezas a irritarme mucho —declaró Tyler ahora—. Así que, si aprecias tu puesto de trabajo, intenta mantenerte lejos, porque te aseguro que jamás volveré a tocarte.

La mujer aún no se dio por vencida y le echó los brazos al cuello, tomándolo por sorpresa, ¡y Arizona se hartó de verla tocar lo que no era suyo!

Soltó aire, buscó su mejor sonrisa y entró en la cocina fingiendo hacerlo justo en ese instante.

—Uy, disculpadme si interrumpo —repuso en un tono jovial. Estaba feliz y apenas podía disimularlo—. Seguid con lo vuestro. Yo pillo algo de chocolate y me largo.

El rostro de Tyler era un poema. Ahora la miraba con una expresión de irritación suprema.

«¿Qué le pasa? Encima que lo estoy salvando de esta acosadora…», se dijo Arizona, abriendo la nevera para buscar el chocolate.

Cuando se giró de nuevo hacia ellos, no había ni rastro de la doncella.

—Anda, ¿se ha ido? —se hizo la inocente—. Siento si te he cortado el rollo, pero necesito azúcar.

Para demostrarlo se metió una onza de chocolate en la boca.

—No me mires así —insistió—. No ha sido aposta. Ya veo que la cocina te provoca cierto morbo —le guiñó un ojo—, pero no sé si con el ajetreo de la mañana… sea buena idea.

Su silencio empezaba a ponerla nerviosa.

—Estás muy contenta hoy, ¿no? —fue lo primero que él le dijo, mirándola con atención.

—Me siento bien, sí —sonrió.

«Y me voy a callar el motivo para que no se me vea demasiado el plumero».

—Genial, pues nada —declaró él, apretando los dientes—, yo voy a… buscar otro sitio menos concurrido para… —esbozó una sonrisa mordaz— ya sabes.

Arizona asintió sin dejar de sonreír.

«No será con ese caramelo pegajoso», contuvo una carcajada a duras penas.

—Claro, ve tranquilo a desahogarte —lo animó en un tono de indiferencia absoluta, y caminó hasta la encimera—. ¡Zumo de naranja! ¡Qué rico! ¿Me lo puedo tomar?

—Pues no.

Ella frunció el ceño. ¿No? ¿Cómo que no? Si lo había hecho para ella.