Capítulo 28
Cuando Arizona abrió los ojos por la mañana, aún podía oler el aroma de la colonia de Tyler entre las sábanas con absoluta claridad. Desde hacía unos días parecía haber desarrollado el olfato de un perro sabueso, otro de los síntomas de su embarazo, que lo hacía cada vez más real.
Recordó el extraño sueño que había tenido en mitad de la noche, en el que él la abrazaba y velaba su descanso. ¿O acaso no había sido un sueño? ¿Era posible que Tyler hubiera dormido a su lado?
Lo descartó en cuanto la idea comenzó a incomodarla y salió de la cama.
Se encontraba genial aquella mañana. No tenía una sola náusea y su nivel de energía era muy aceptable, lo que le recordó que debía cuidarse para que el agotamiento del día anterior no volviera a asaltarla de aquella manera.
Tenía que reconocer que si Tyler no hubiera estado allí, todo habría sido más complicado.
—Claro que también fue él quien acabó agotando mis pilas —se recordó y, para su bochorno, no pudo evitar sonreír al tiempo que su cuerpo se acaloraba.
Corrió a la ducha antes de sucumbir a las imágenes de alto voltaje que se agolpaban en su mente.
Mientras se vestía, cedió a la tentación de comerse una barrita de chocolate que había comprado el día anterior, cuando la necesidad de dulce resultó imperiosa.
Los síntomas de su embarazo comenzaban a ser cada vez más evidentes.
Se miró los pechos en el espejo con atención.
¿Eran imaginaciones suyas o había subido una talla?
Frunció el ceño. Debía buscar un ginecólogo cuanto antes.
«¿Estoy preparada?», se preguntó algo angustiada. Sabía que la decisión estaba tomada, que un bebé no tenía cabida en su forma de vida, pero era incapaz de dar el paso aún… y el tiempo se le echaba encima.
Su teléfono sonó justo en ese momento y supo que era Harper.
Hablaban a diario, siempre a primera hora de la mañana, cuando para su amiga eran las doce de la noche y estaba a punto de irse a dormir.
Al menos mientras siguiera en Malibú, donde Harper había decidido disfrutar de sus merecidas vacaciones.
Charlaron durante un rato, bromearon con la cantidad de vigilantes de la playa con los que Harper se deleitaba a diario y la de veces que había estado a punto de fingir un ahogamiento, y Arizona le contó cómo iban los ensayos.
—Y hablando de todo un poco… —empezó diciendo Harper con un tonito evidente.
—Me acojo a la quinta enmienda —se adelantó Arizona de inmediato.
Su amiga rio.
—Al menos dime si habéis vuelto a acostaros.
—No.
—¿No lo habéis hecho o no me lo vas a decir?
Arizona suspiró.
—Lo segundo —admitió.
—¡Eso contesta a lo primero!
—No te entusiasmes tanto —se quejó—. Solo fue algo rápido.
—¿Y no tan bueno como en la cocina?
Arizona recordó los minutos tras aquella columna… y los de aquel sofá, Joder, había sido genial, pero le sabían tan a poco que le daba vergüenza hasta admitirlo.
—La verdad es que el sexo es… —buscó las palabras.
—¿Bueno? ¿Mejor que bueno? ¿Increíble?
—Eh… —No tenía palabras para describirlo, y eso que ni siquiera se habían desnudado aún, algo que a él parecía molestarle muchísimo.
Sonrió al recordar las veces que había protestado por aquello y…
—¡No me dejes así! —interrumpió Harper, sacándola de sus pensamientos.
Arizona se esforzó por enfriar sus recuerdos y echarlos a un lado.
—Alucinante —acabó admitiendo—. Y no termino de entenderlo, porque el resto del tiempo siento ganas de matarlo.
Pero frunció el ceño al darse cuenta de que aquello no era del todo cierto.
Sí, Tyler podía ser irritante, estirado, arrogante como él solo…
, pero también sabía ser divertido y locuaz cuando le daba la gana, además de un conversador brillante.
Era leal hasta extremos casi absurdos con los suyos, como había demostrado con Arthur, y tenía un instinto protector que rozaba lo tierno, si pensaba en lo que había hecho por ella la noche anterior.
Además, después de ver en lo que había convertido aquel teatro, resultaba imposible no reconocerle un punto de genialidad que la fascinaba…
y, para culminar, era sexy hasta decir basta.
—Es un capullo —acabó diciéndole a Harper, algo incómoda.
—¿Y ese capullo… ya sabe la verdad sobre tu embarazo?
—No, para él este bebé sigue siendo producto del incesto.
—Joder, Ari…
—No me regañes, que ya me siento muy mal sin tu ayuda —reconoció—. Pero no puedo decírselo —soltó aire y sonó triste—. Voy a ver a un médico pronto para que me dé una de esas pastillas. No puedo seguir posponiéndolo, el tiempo pasa.
Harper guardó silencio. Le costó unos segundos largos preguntar:
—¿Ya lo tienes decidido? ¿Estás segura?
—Debemos valorar todos los proyectos que tenemos sobre la mesa —dijo en lugar de admitir abiertamente su decisión—.
En menos de un mes estrenaremos aquí Almas Errantes y regresaré a Broadway.
Volveré a subirme a los patines de Camilla unos meses mientras escogemos entre el resto de libretos. Algunos son muy buenos.
—Quieren llevarse a Callie West a Nueva York —informó Harper ahora—. Me lo han comentado esta mañana. Lo están valorando.
Arizona sonrió a medias. Camilla y sus patines, Callie y aquel toro mecánico, ninguna de las dos era compatible con un embarazo, quizá ninguno de sus papeles lo sería.
«Isabella sí», le susurró una vocecilla. «Y quizá…».
No. No había quizás que plantearse, pero Harper pareció leerle el pensamiento.
—Siempre has anhelado trabajar en Londres —le recordó ahora su amiga.
Y era muy cierto. Broadway era un sueño para cualquier actor, sí, pero el West Side londinense era la consagración.
—Si deseas…
—No.
—Ari, piénsalo —rogó—. ¿Y si pudieras tenerlo todo?
—¿Y qué es todo? —interrogó, y le recordó—. Jamás he querido lo que todo el mundo. Mi vida es mi trabajo y debe seguir siendo así.
«Aunque para ello tenga que sacrificar lo que… ya duele solo con pensarlo».
Cambió de tema, incapaz de procesar un segundo más de aquella conversación.
—Dime que vas a venir al estreno de Almas Errantes —rogó, muy consciente de que eso desconcertaría lo suficiente a su amiga como para permitirlo.
—Me muero de ganas —admitió.
—¿Pero?
Harper soltó un suspiro.
—Sabes que no puedo pisar Inglaterra.
Sí, a aquellas alturas lo tenía claro, aunque no supiera el porqué.
Eran amigas desde hacía muchos años, pero Harper seguía siendo un misterio en algunos aspectos.
Como el hecho de que se tiñera el cabello, a pesar de que su color natural fuera un precioso tono cobrizo, o que usara lentillas marrones cuando sus ojos eran del azul cobalto más impresionante que había visto jamás.
—Te echo mucho de menos aquí —reconoció Arizona—. Necesitaría uno de tus abrazos de oso cada cinco minutos.
—Pídeselo a su Alteza Real —bromeó—. Me da que siempre está dispuesto a darte uno.
Arizona suspiró.
—Sí, a mí y a la mitad de las chicas del servicio.
—¿Qué?
—Nada, es igual. —La ponía de mala leche ese hecho y Harper la conocía demasiado bien—. Te dejo, necesito bajar a desayunar.
«Y espero no toparme con cierto… honorable y futuro vizconde».
Tyler, al teléfono, aguardaba desde hacía rato a que Dylan Parker, ex amigo, aunque también el mejor obstetra de la ciudad, tuviera a bien concederle audiencia.
Hacía al menos diez minutos que se había dignado a contestar el teléfono, tras tres llamadas, solo para dejarlo con la palabra en la boca con un sospechoso dame un segundo que sonaba a excusa barata.
Casi podía imaginarlo repanchingado en la silla, con los pies sobre la mesa, observando el teléfono con una media sonrisa satisfecha mientras se dedicaba a algo tan productivo como… vegetar.
Cuando al fin tuvo a bien ponerse al teléfono, habló en un tono mordaz, cargado de cinismo.
—Me puede la curiosidad, Tyler —empezó diciendo—, ¿a qué debo el honor de tu llamada?
—¿Así, sin medias tintas? —ironizó—. ¿Sin un qué tal te va la vida ni nada?
—Irnos por las ramas nunca fue nuestro estilo.
Tyler suspiró. Seguía sin entender del todo el motivo por el que Dylan se había molestado tanto con él hasta el punto de retirarle la palabra.
Como casi en todas las rencillas entre amigos, había involucrada una mujer.
Esperaba que pasados tantos años al menos se comportaran como adultos, aunque llamar para pedirle un favor no ayudaba.
—He marcado a la centralita del hospital —empezó diciendo—, pero me han indicado que tienes una lista de espera de meses.
—Correcto, ¿y?
—¿Puedes abrirme un hueco, por favor? —le costó pedir.
—¿Lo dices en serio? —casi pudo verlo sonreír con arrogancia—. ¿No hay más obstetras en Londres?
—Supongo, pero tú eres el mejor.
—¿Puedes repetirlo?
—Narices, Dylan, dejemos todo lo pasado atrás —protestó—. Hace muchos años de aquello y sabes que no fue culpa mía.
—Eso es discutible, pero vale, hagamos eso a un lado —admitió en un tono serio—. Te recuerdo que soy ginecólogo y para tus problemas vas a necesitar un urólogo, y de los buenos.
—No entiendo por qué no elegiste esa especialidad con lo bien que se te da tocarme los huevos.
El tono de evidente diversión del médico al otro lado alentó un poco a Tyler, que se obligó a serenarse.
—Siempre se te dio fatal pedir favores —repuso Dylan ahora—. ¿Vas a decirme que el soltero de oro ha dejado embarazada a alguien?
Aquello irritó a Tyler y no entendió el motivo hasta que fue consciente de que le molestaba tener que confesar que aquel bebé no era suyo
«¿Y por qué tengo que decírselo?».
—¿Vas a darme esa cita o qué? —insistió.
Al otro lado se hicieron unos largos segundos de silencio, hasta que Dylan al fin habló:
—El domingo estoy de guardia. Venid rondando el mediodía —concedió—, pero solo porque me muero de curiosidad.
—No he dicho que ese bebé sea mío —le recordó, muy a su pesar.
—Eso me da igual —reconoció en un tono jocoso—. Lo que de verdad me intriga es conocer a la mujer que ha conseguido que te humilles hasta el punto de llamarme.
Tyler suspiró. Sí, aquel era un gesto al que prefería no darle muchas vueltas.