Capítulo 27
Si Tyler no hubiera estado rápido de reflejos, habría caído a plomo sobre el suelo de mármol.
—Arizona, por favor… —sonaba asustado mientras la tumbaba en el sofá—, dime algo.
Ella sonrió o eso intentó, al menos.
—Estoy bien.
Pero no lo estaba. Se sentía pesada, abotargada, como si de repente hubiera sido consciente de la fatiga y el agotamiento y su cuerpo hubiera dicho hasta aquí, sin previo aviso.
Jamás le había pasado algo así, incluso trabajando hasta la extenuación, pero nunca había estado embarazada.
¿Acaso no le había advertido Greg que el primer trimestre resultaba agotador?
«Dios, necesito dormir», se recordó mientras cerraba los ojos, dejándose invadir por una sensación de laxitud exquisita, pero fue solo hasta que fue consciente de que eran los dedos de Tyler acariciando su rostro los que provocaban aquel abandono.
Intentó incorporarse, pero se sentía demasiado pesada como para conseguirlo.
—Te llevo al hospital —le susurró Tyler en un tono serio.
—No hace falta —opinó, conmovida por su preocupación—. Solo estoy agotada. Ha sido un día largo y anoche casi no dormí.
«Uf, no hables de más».
—Sí, yo tampoco descansé demasiado —suspiró él.
Por suerte Arizona no tenía fuerzas… o le habría golpeado. Estaba claro que la falta de descanso era por causas bien distintas.
«¡Cabronazo! No necesitaba para nada saberlo. ¿Es que no tienes consideración alguna?».
—Imbécil —murmuró sin poder contenerse.
—¿Qué?
No contestó. En su lugar hizo un esfuerzo y se sentó en el sofá, obligándose a ponerse en pie unos segundos después.
—Me voy —dijo en un tono irritado, y rechazó su mano cuando él se la ofreció.
—¿Reptando?
—Qué gracioso. —Apretó los dientes, estaba cada vez más mareada—. No necesito tu ayuda.
Él se retiró un paso.
—Treinta y cuatro.
Lo miró confusa.
—¿Qué?
—El número de escalones hasta la primera planta.
Oh… ¿No era la Gran Muralla china más corta?
—Eh…, ya, entonces cuanto antes empiece… —avanzó unos pasos intentando caminar recta y a buen ritmo, pero sentía el cuerpo como si acabara de correr una maratón de varias horas.
—He visto octogenarias más rápidas —repuso Tyler a su lado.
—Y yo he visto payasos muchísimo más graciosos —se defendió irritada—, aunque no tan de cerca.
El esfuerzo que estaba haciendo para avanzar estaba acabando con las pocas fuerzas que le quedaban. No sabía si podía conseguirlo, debía reconocerlo. Tendría que ir sentándose cada tres escalones para llegar arriba.
No tuvo que comprobarlo.
—¡Oh, por favor, basta ya de tonterías! —escuchó decir a Tyler tras ella.
Un segundo después la alzaba en brazos sin admitir una negativa como respuesta, algo de lo que tampoco tuvo que preocuparse, porque Arizona ya no tenía fuerzas ni para protestar.
Vencida, se agarró a su cuello para no caer, apoyó la cabeza contra su pecho y se dejó arrullar hasta el piso superior sin una queja.
La sensación de seguridad, consuelo y bienestar que sentía entre sus brazos la consoló unos largos segundos, hasta que fue consciente.
«Esto no está bien», suspiró abatida. «¿Qué me está pasando?».
—Bájame ya —exigió en cuanto pisaron el último escalón del descansillo.
—Solo quedan unos metros.
—Suéltame.
—No seas impertinente, Arizona —la silenció—. No tienes forma de que te deje tirada aquí en mitad del pasillo, así que ahorra fuerzas.
Guardó silencio hasta la puerta de su alcoba.
—Ni se te ocurra entrar en mi…
Para cuando quiso acabar la frase, Tyler no solo estaba dentro, sino que la dejaba ya sobre la cama con sumo cuidado.
Arizona lo miró desde el colchón. Estaba tan guapo…, y en su cuarto.
—¿Puedes ponerte en pie un segundo? —pidió Tyler—. Será más fácil desvestirte si te incorporas.
—¡No! —protestó—. Si crees que nosotros vamos a…
Tyler soltó un improperio.
—¿Es que crees que soy un depravado? —declaró irritado—. Me gusta que las mujeres tengan fuerzas para colaborar cuando las meto entre las sábanas.
Para su bochorno, incluso agotada y hecha polvo, su cuerpo reaccionó declarando un incendio.
«Esto no puede ser sano…», se amonestó.
—Necesitas descansar toda la noche —informó él—, y ese vestido no tiene pinta de ser muy cómodo.
Tenía razón. Lo miró con el entrecejo fruncido. ¡Y odiaba darle la razón!
Él le tendió las manos para ayudarla a ponerse en pie, pero Arizona las rechazó. Como si estuviera pletórica de energía para permitirse ese lujo. Cuando estuvo a punto de caer hacia atrás, él impuso de nuevo su ayuda y la retuvo de las manos con cuidado.
—Yo puedo desnudarme sola —anunció—. No vas a… hacerlo tú.
Tyler suspiró y guardó silencio.
—Gírate.
—¿Para que te caigas redonda?
—No… yo…
—¡Déjate de tonterías, Arizona! —se exaltó, y le tendió el camisón que reposaba a su lado sobre la almohada—. Acaba pronto para que puedas acostarte.
—Tyler…
—¡Uf!
—Es que…
—¡¿Qué?!
—No llevo ropa interior.
Aquello sí pareció silenciarlo por completo.
Arizona alzó su muñeca con desgana para recordarle dónde llevaba las bragas.
—Y esta camisa tiene el sostén incorporado —informó—, si me la quito…
—Sí, ya lo entendí.
La miró, tenso, con una irritación que no lograba disimular del todo.
Pareció dudarlo unos segundos, hasta que acabó soltando un bufido de impotencia y él mismo comenzó a desabrochar las cuerdas que cerraban el corpiño en la parte delantera, pareciendo tener mucho cuidado para no tocar de más… donde no debía.
—Joder, ¿cuántos nudos tiene esto?
Tiraba, aflojaba, volvía a empezar. Y aunque intentaba concentrarse en la tarea, sus ojos traicionaban cada intento de compostura, deslizándose una y otra vez hacia su escote con un deleite apenas contenido.
Arizona estaba obnubilada con la concentración que él tenía puesta en su delantera. Casi no se sostenía en pie, tenía la cabeza embotada, el cuerpo rendido y, aun así, una calidez traicionera le latía bajo la piel.
—Pensé que se te daba mejor desnudar mujeres —musitó sin fuerzas pero sin filtro.
Él alzó la mirada de golpe, brillante, contenida.
—Sin coñas. No sabes el esfuerzo que estoy haciendo.
Arizona parpadeó despacio, como si regresara a la escena desde muy lejos, y soltó un suspiro de resignación.
—Tyler… —murmuró casi arrastrando las palabras—, los cordones son de adorno.
Él se quedó inmóvil.
—¿Cómo?
—La cremallera va detrás —informó—. Escondida en uno de los pliegues.
El silencio que siguió fue breve, pero cargado de una tensión mucho más peligrosa que todos aquellos nudos juntos.
—Da gracias por estar indispuesta —lo escuchó murmurar—, pero esta te la guardo.
Arizona no pudo evitar sonreír a pesar de todo, aunque solo le duró hasta que él rodeó su cuerpo con los brazos para que ella no tuviera que girarse y recorrió su espalda en busca de la cremallera.
Apenas pudo contener un ronroneo de satisfacción cuando sintió aquel torso fuerte y musculoso contra su pecho, sus brazos firmes…
—No la encuentro —susurró él, sin dejar de acariciarle la espalda, estrechándola aún más en sus brazos.
—Te estás… aprovechando.
—Qué más quisiera —declaró él en un tono ronco, pero irritado—, esto es una tortura china.
Las mejillas de Arizona habían recuperado su color y ahora lucían rojas y acaloradas. Ojalá se sintiera tan solo un poco mejor para…
—Hace un rato no te resultaba tan desagradable —musitó, y no pudo evitar besarle el cuello.
—Deja de provocarme, Jezabel —apretó los dientes—, intento comportarme como un buen samaritano.
Arizona suspiró.
—Claro, como eres honorable y todo eso… —se mofó incluso sin fuerzas y sonrió al escucharlo bufar—. Pero ¿podrías no llamarme así?
—¿Cómo? ¿Jezabel? —Ella asintió—. ¿Ahora te molesta?
—Sí, yo… —tragó saliva— te deseo mucho cuando te escucho llamarme así.
—Pues te aguantas —repuso muy serio—, así sabes cómo me siento yo…
—¿Cuándo? —interrogó tras su silencio.
Él suspiró mientras tiraba al fin de la cremallera fantasma.
—Siempre, Jezabel, a todas horas —soltó un jadeo y pareció tener que esforzarse mucho para apartarse.
Después tiró del corpiño, se lo sacó por las mangas y miró hacia otro lado mientras lo hacía.
—Tápate —se lo apoyó en el pecho mientras él tomaba el camisón.
—Aún tengo la falda —le recordó ella.
—Primero el camisón —ordenó, metiéndole la prenda ya por la cabeza—. Quitarte esa falda ahora es más de lo que puedo soportar.
Arizona lo miró confusa. Estaba abotargada, sentía que no podía pensar con la claridad que debería. No tardaría en desvanecerse de nuevo. Ni siquiera recordaba… que las bragas que tendría que llevar debajo adornaban su muñeca.
Izó los brazos para meterlos en el camisón y la camisa que sujetaba cayó al suelo antes de tiempo.
—Joder… —lo escuchó murmurar cuando la visión de aquellos pechos perfectos llenó sus sentidos.
Ella apenas si fue consciente.
—Estás muy protestón.
—¡Por Dios, mete la otra manga, colabora!
—¡Qué gruñón eres! —se quejó mientras obedecía, ajena al esfuerzo titánico que él estaba haciendo para ayudarla—. Ni estando agotada dejas de regañarme.
Él guardó silencio.
—Es que eres un dolor de cabeza que no te haces idea —suspiró.
—Idiota.
—Vaya, gracias. —Se centró en quitarle la falda cuando al fin el camisón estuvo en su sitio y tapaba lo suficiente.
—Podría decírtelo en italiano, pero… —frunció el ceño—, ahora mismo no me acuerdo de cómo era.
—Por fortuna —gruñó él.
—Creo que… pienso lento —casi arrastró las palabras.
—Es por el cansancio.
—Greg dijo que el primer trimestre sería agotador por culpa de la progesterona. —Se sentó en la cama, incapaz ya de permanecer en pie ni con ayuda.
—¿La progesterona?
—Sí, y un montonazo de cosas más —suspiró mientras se tumbaba—, a las que no presté atención porque me estaba acordando de tu madre.
Tyler la miró confuso.
—¿Y qué culpa tiene mi madre de nada?
—Ella te dio a luz —murmuró, metiéndose ya entre las sábanas—. Si no lo hubiera hecho —se abrazó a la almohada—, yo no estaría…
—¿Qué?
—¿Eh?
—¿Tú no estarías qué?
Nada. El sonido de su respiración fue la única respuesta.
—¿Arizona?
Más silencio.
Tyler suspiró y soltó un improperio. Era evidente que estaba dormida.
Miró su muñeca con una expresión de horror.
—Esto es una pesadilla —susurró para sí mientras rescataba la prenda anudada alrededor.
Debía ponérselas. Tenía toda la intención de quedarse un rato con ella hasta que estuviera seguro de que estaba bien y a salvo, pero también se sentía agotado, no podía permanecer sentado en una silla.
Pero… su salud mental no soportaría meterse en la cama junto a ella sabiéndola sin bragas bajo las sábanas.
Sentía su cuerpo tenso en todos los sentidos y no solo en los bajos.
El esfuerzo titánico que había hecho para no tocarla le tenía todos los músculos sobrecargados.
—¿Qué demonios tienes para tenerme así?
Después se centró en destaparla y colarle las bragas por los tobillos.
Cuando las llevaba por los muslos, Arizona abrió los ojos y lo miró soñolienta.
—¿Qué… me haces?
—¿Eh? Yo… estoy…
—¿Te estás aprovechando?
—¡No! —Sintió como la vergüenza lo inundaba
—Me estás quitando las bragas.
—Joder, no… yo… —No sabía dónde meterse.
Y entonces la escuchó reír en un tono apenas audible mientras colaboraba para subirse la prenda. Era evidente que acababa de vacilarle y Tyler la habría matado… si no se sintiera tan aliviado.
Ella esbozó una perezosa sonrisa y lo miró con los párpados cerrándose de nuevo.
—Me reiría, pero… —apenas murmuró justo antes de acomodarse y volver a dormitar.
Tyler la observó durante unos interminables segundos y él mismo acabó esbozando una sonrisa sincera mientras la contemplaba.
Se veía tan hermosa y adorable dormida…
«Y calladita, así da gusto, ¡qué paz!», se dijo, aunque sin borrar la sonrisa del rostro.
Se dejó caer a su lado con cuidado. Si se iba a su alcoba no podría dormir, sabiéndola sola, era mucho más práctico quedarse un rato…
…pero el rato se convirtió en unas cuantas horas cuando cayó también en un necesario descanso.
Cuando despertó, Arizona estaba acurrucada por completo junto a su costado. Abrir los ojos y toparse con aquella imagen fue… algo difícil de describir para Tyler, que sintió que su corazón palpitaba de la forma más absurda.
La contempló durante una eternidad y acabó forzándose a marcharse… cuando las manos comenzaron a hormiguearle por las intensas ganas de tocarla.
Justo cuando se movió para salir de la cama, Arizona abrió los ojos y lo miró adormilada, entre las largas pestañas.
—Eh…, sal de mis sueños —musitó soñolienta.
Volvió a cerrar los ojos y Tyler sonrió. Era evidente que estaba dormida.
—Ya me voy.
—Bien, no puedes… estar aquí.
—¿Tanto te molesto? —bromeó.
No esperaba respuesta y rio cuando ella murmuró algo ininteligible. La vio suspirar y acomodar la postura.
—Él no puede enterarse —la escuchó susurrar ahora con mucha más claridad.
Tyler la miró confuso.
—Ese estirado sexy…
«¿Habla de mí?».
—¿De qué no puede enterarse?
—Es… un secreto —suspiró ella muy bajito.
«No preguntes, Tyler», se rogó, sintiendo que de alguna manera estaba invadiendo su intimidad.
—¿Un secreto?
Sí, se sintió fatal, pero ni mordiéndose la lengua en sentido literal pudo contenerse.
—Prometo no decírselo a nadie.
—Solo Arthur lo sabe —musitó—, el único de la lista.
Cada vez entendía menos.
—¿Qué lista?
—Esa.
—Ah, claro —sonrió divertido—. Esa lista
¿De veras esperaba entender algo? Era todo tan absurdo… Pero se resistía a salir de la cama.
—Así que ese secreto… —insistió, ya sin remordimientos
— Shhh —lo silenció entre suspiros—. Las semanas son médicas…, pero no se lo digas.
—¿A Arthur?
—A… nadie.
Aguardó a que ella dijera algo más, pero se quedó con las ganas. Arizona acabó suspirando y girándose hacia el lado contrario, donde volvió a acurrucarse con la almohada.
—Pues vaya… —protestó Tyler, y aún se quedó en la cama dándole vueltas al asunto durante un rato.
¿Era posible que su subconsciente hubiera hablado por ella y que todo aquello tuviera algo de sentido?
Era obvio que se quedaría sin saberlo.