Rivales con derecho a roce Capítulo 26 #4
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Capítulo 26 #4

Disfrutando del momento, Arizona aguardó unos largos segundos solo sintiéndolo, llenándose de él, hasta que la necesidad la obligó a moverse…

y ya no fue capaz de parar. Se meció sobre él con un movimiento lento y sensual, que le provocaba una deliciosa sensación de plenitud que la enloquecía, tanto que acabó por perder la noción del tiempo, del lugar y de cualquier cosa que no fuera el intenso calor que la arrasaba por dentro.

Las manos de Tyler, apoyadas en sus caderas, la instaban a moverse cada vez con más intensidad mientras Arizona se rendía cada vez más a la cercanía, buscando su aroma, su piel.

—Dios, Jezabel —le susurró él al oído, lamiendo después el lóbulo de su oreja—, me vuelves loco.

Aquellas palabras alimentaron la hoguera que Arizona ya no podía controlar, mientras inclinaba el cuello para darle acceso a su piel. Él no tardó en meter las manos entre su pelo y buscar su boca.

Arizona intentó apartarse…

—Por favor…, no me hagas suplicarte —lo escuchó susurrar con desesperación, sin ser consciente de que de alguna manera acababa de hacerlo.

Y seguir negándose sería un tormento demasiado cruel para ambos.

Se rindió a sus labios y enloqueció cuando Tyler exhaló un gemido ronco, triunfal, y devoró al fin su boca con un hambre que apenas parecía poder controlar.

Arizona le devolvió idéntico anhelo, saliendo al encuentro de su lengua, saboreándolo a conciencia mientras se movía cada vez con más intensidad y su juicio se nublaba más y más… hasta que resultó insostenible.

El clímax estalló casi sin aviso, al unísono, con una intensidad inesperada y fascinante que volvió a sorprenderlos.

Por suerte pudieron exhalar los intensos gemidos dentro de la boca del otro mientras una devastadora corriente eléctrica los recorría, provocándoles pequeños y deliciosos espasmos de placer absoluto.

—Arizona… —susurró Tyler, aspirando aún su aroma—, esto es…

Pero no acabó la frase, como si de repente decidiera que lo que pensaba decir era mejor callárselo.

Arizona se sintió agotada, tanto física como emocionalmente. No era lógico ni medio normal lo que aquel hombre hacía con todos y cada uno de sus sentidos. Cruzaba demasiados límites cada vez que se abandonaba a sus brazos, brazos a los que, además, no parecía poder negarse. Empezaba a preocuparse…

…y entonces recordó el secreto que crecía dentro de ella y casi comenzó a hiperventilar. ¿En qué se estaba metiendo?

—Otra vez que no he podido desnudarte —murmuró Tyler en un tono de protesta—, y van tres.

Arizona se incorporó con rapidez, sin decir nada, y aguardó a que él se acomodara la ropa antes de levantarse mientras lo miraba con cierto disgusto.

—¿Por qué me miras así? —interrogó Tyler en un tono algo confuso—. ¿No esperarías que te desnudara en mitad del salón?

Sí, era evidente que no tenían las mismas preocupaciones. Arizona estaba al borde de la crispación. Intentó levantarse, pero él no se lo permitió.

—¡Eh! ¿Vas a decirme qué te pasa?

—Ya hemos acabado —repuso en un tono neutro.

—¿Así que te largas sin más? —Se veía molesto.

Arizona lo miró con una expresión que esperaba pareciera indiferencia.

—A ver…, me quedaría a echar un cigarrito —ironizó—, pero no fumo.

Recibió una mirada irritada como respuesta y por un segundo se sintió algo aturdida. ¿Él quería más o qué… pretendía? No debería agradarle verlo tan molesto.

—Tyler, no creo que esto sea buena idea —opinó, intentando no mirarlo a los ojos—. Deberíamos controlarnos a partir de ahora.

—¿Dices que no quieres más sexo? —sonó incrédulo.

—Eso digo, sí.

Tyler sonrió con evidente arrogancia al tiempo que una de sus manos se perdía dentro de su falda y ascendía por su muslo.

—Repítemelo en unos segundos.

—Tyler… —protestó, sintiendo el calor de nuevo con denigrante facilidad.

La mano se metió en la cara interna de sus muslos y Arizona tragó saliva.

Aún a horcajadas sobre él, sintió cómo la necesidad crecía como la espuma y todo su ser anhelaba la caricia.

¿Cómo podía volver a desearlo de esa manera?

Aquello la trastornó demasiado, tanto que el miedo fue más fuerte que el deseo.

—¡Suéltame! —exigió, tirando de su mano e intentando ponerse en pie al mismo tiempo.

Él la miró desconcertado. Era evidente que no esperaba aquel desenlace.

—¿Puedes calmarte?

—En cuanto me sueltes.

Tyler alzó las manos y Arizona se puso en pie de inmediato, y él tras ella.

—Pero ¿qué te ha dado de repente? —preguntó desconcertado.

—Lo digo en serio, Tyler —lo miró con toda la frialdad de que fue capaz—. Seguir acostándonos no es buena idea.

—¿Acostándonos? —repuso con cierto tono de burla—. Qué más quisiera, pero no hay manera.

—¡Sabes a qué me refiero!

—No entiendo dónde está el problema —se encogió de hombros con lo que parecía indiferencia—, pero como quieras.

Arizona soltó el aire despacio, esforzándose para que no le afectara lo poco que a él parecía importarle.

Sus emociones la estaban desbordando. El cansancio de la noche casi en vela, el largo y agotador día de trabajo, el peso sordo de su embarazo…

comenzaban a pasarle factura. Una sensación incómoda, creciente, le revolvió el estómago y comenzó a encontrarse mal…

…muy mal, en realidad…, pero para cuando fue consciente de cuánto, era tarde.