Rivales con derecho a roce Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

—No quiero a nadie más —afirmó con evidente ronquera—. Es tu escote el que me está volviendo loco desde hace horas.

—Pues no me mires —replicó, intentando salir de sus brazos.

—¿Crees que si pudiera no mirarte…?

—¡Me da igual! —interrumpió. Necesitaba alejarse, el calor comenzaba a sofocarla, estaba a nada de claudicar.

—Maldita sea, Arizona, sé que también me deseas —se quejó.

—Suéltame.

Pero deseaba ceder como nada en el mundo. Abandonarse a sus brazos, sus manos, su boca…

—Joder, no me hagas esto de nuevo, Arizona —sonó irritado—, necesito…

—¿Qué? —lo miró también molesta—. ¿Sexo? ¿Quieres tirarte a la tabernera de la que llevas despotricando media tarde?

—Pues mira, sí —la atrajo con fuerza hacia él—, es lo que tiene ir vestida de fulana del siglo XIX.

En cuanto Arizona sintió aquella enorme erección contra su pelvis, supo que estaba perdida. La quería dentro de ella, así de simple, y cuanto antes. Pero sin romanticismo, palabras bonitas ni adornos innecesarios. Comprobó que no quedaba nadie en el salón y que la puerta estaba entornada.

—Vale, ¿quieres a la fulana de la que voy vestida?

Tyler tardó unos segundos en contestar.

—Es una pregunta sencilla —insistió Arizona.

—¿Tiene trampa?

Ella sonrió con un punto de lascivia.

—No —acarició su torso por encima de la camisa y ronroneó—, ¿quieres o no un… desahogo con esta tabernera?

—Quiero, sí —susurró, deslizando las manos por su trasero—, ¡joder que si quiero!

—Entonces eso es lo que vas a tener —sonrió mordaz y metió la mano entre ellos, llevándola directa a su bragueta—, ni más ni menos.

Movió la mano con fuerza sobre su dureza y observó cómo los ojos de Tyler ardían con una mezcla de sorpresa y lujuria. Después puso una de sus manos sobre la de ella para detenerla y clavó una mirada de puro fuego en sus ojos.

—Solo para que no haya malentendidos… —murmuró, contemplando sus labios—. Estamos hablando de follar, ¿verdad?

—¡Esa boca, Alteza!

—Sí, más tarde te enseñaré todo lo que puedo hacer con ella —afirmó—, pero ahora no quiero ningún tipo de sustituto, ni siquiera tus manos. Te necesito a ti, Arizona, y de forma urgente, estoy muy al límite.

—¿Arizona? —Ella sonrió con lascivia y movió la mano para librarse de la de él—. No te equivoques, Arizona no está aquí.

Él la miró algo confuso mientras ella desabrochaba el botón de sus pantalones y un segundo después metía la mano por dentro de sus calzoncillos sin un ligero titubeo.

Tyler apenas pudo contener un jadeo y pidió:

—Podemos subir a…

—No.

—¿Qué?

—Este sitio es lo más parecido a una taberna, Alteza.

Él sonrió a medias, miró hacia la puerta, que estaba medio entornada, y permitió que ella siguiera acariciándolo cada vez con más intensidad.

—Si lo que intentas —jadeó— es que me raje…

—Dios, no —suspiró Arizona, disfrutando de la caricia incluso más que él—, estoy a cien, ya no estás a tiempo de echarte atrás.

—Bien…, porque tampoco sé si podría —admitió con la voz entrecortada.

Recortó la distancia hasta su boca e intentó besarla, pero ella apartó el rostro con un movimiento rápido.

—Vuelve a confundirse, Alteza —susurró, haciendo un esfuerzo enorme para mantenerse cuerda y centrada—. El tipo de mujer que pidió no lleva incluidos los besos, las caricias…, ningún tipo de sentimentalismo.

—Entiendo… —sonrió.

—Solo vamos a satisfacer nuestros más bajos instintos.

Lo empujo del pecho hasta obligarlo a sentarse en el sofá y desde arriba clavó una mirada de pura lujuria sobre él mientras se bajaba las bragas, se las sacaba por los pies y se las enroscaba en su propia muñeca para evitar que él se las apropiara de nuevo.

Lo vio tragar saliva con total claridad mientras la observaba a conciencia. Arizona sabía cómo se sentía, porque ella… estaba casi al borde del precipicio solo de pura anticipación.

Cuando se sentó a horcajadas sobre él, apenas podía contenerse ya, pero se aseguró de que la falda ocultase al completo lo que ocurría debajo por si alguien entraba en el salón.

Tyler la abrazó con fuerza e intentó besarla de nuevo, pero obtuvo idéntico resultado.

—¡Venga, joder! —protestó.

—Solo sexo.

—Los besos forman parte del sexo.

—Con esta tabernera no.

—¿No lo estarás diciendo en serio?

—Piénsalo mejor la próxima vez que me llames fulana del siglo XIX.

—No me jodas, Arizona, solo dije que con esa ropa lo parecías.

La chica se sentía demasiado poderosa como para detenerse ahí. Metió la mano entre ambos sin dejar de mirarlo, liberó su erección y se perdió en sus ojos.

—¿Quiere o no que le folle, Alteza? —preguntó a bocajarro, elevándose sobre las rodillas.

Solo tenía que descender… y tomarlo, y moría de las ganas. Aguardó su respuesta con el pulso descontrolado. Lo deseaba ya con una desesperación que comenzaba a costarle ocultar. Ya no había marcha atrás, pero tampoco pensaba ceder.

—Si digo que no… —susurró él con los ojos echando fuego—, ¿tendré que pagarle igual?

Arizona contuvo la respiración. Lo necesitaba dentro de ella ya.

—¿Cree poder decir que no? —interrogó, y bajó su trasero lo justo para frotarse con la punta de su erección.

—Joder, deja… ya de torturarme —sonó a ruego.

—¿Eso quiere decir qué… exactamente? —Se movió con suavidad.

—Que hagas conmigo lo que quieras, Jezabel —suspiró resignado—, en este momento no tengo control alguno sobre mis instintos.

No necesitó escuchar más, ya no podía esperar. Descendió sobre su sexo y lo acogió entre sus piernas muy despacio, sintiendo cada centímetro de él hundirse en ella, deleitándose con la sensación de plenitud que estalló en su cuerpo cuando lo tuvo al completo en su interior, enorme, duro, poderoso…

—Joder… —jadeó Tyler casi en un susurro.

Arizona exhaló idéntico gemido. Adoraba sentirlo así dentro de ella. Lo contempló con intensidad y la fascinó encontrarlo totalmente rendido a ella, mirándola con los ojos turbios de deseo, como si estuviera al borde del abismo y dispuesto a morir sin oponer resistencia.