Capítulo 26 #2
Se acercó hasta el bolso que había colgado de una silla y sacó el libreto de la obra. Después caminó hasta la zona de sofás del salón.
—¿Quieres hacerlo aquí? —interrogó Tyler.
—¿Dónde si no? —cruzó los brazos—. No pienso dejarte entrar en mi cuarto y ya te dije que no volvería a poner un pie en el tuyo, así que…
—Ni yo tenía pensado invitarte —interrumpió, mirándola con un gesto crítico que molestó a Arizona—. Pensaba más bien en el jardín.
—¿A la luz de una vela?
—Creí que te gustaba el realismo —se encogió de hombros.
—Sí, pero con sentido común.
La miró de arriba abajo con una expresión cínica.
—¿Tienes de eso?
—¡Estás pesadito con mi ropa! —se quejó irritada—. Pues no pienso quitármela.
—Algo que agradezco, no sería prudente en mitad del salón.
—Idiota —no pudo evitar acalorarse.
—Claro que si en algún momento sientes la necesidad de desnudarte…, me avisas.
—Ja, ¿y qué más?
—Si puedo elegir, prefiero ser yo quien te desnude —murmuró casi para sí.
—¿Perdona?
—Estás perdonada —sonrió—. Esas escenas no se van a aprender solas, ¿sabes?
Ella lo miró con una expresión mordaz, intentando buscar las fuerzas para poner una excusa y largarse. No las encontró. Su cuerpo se sentía demasiado enardecido y deseoso de su presencia.
—¿Te vas a arriesgar a que alguien te vea declamando? —preguntó con malicia.
—¿Declamando? Creí que habías dicho que solo tenía que darte la réplica.
—Como sea, ¿no te preocupa hacer el ridículo frente a las doncellas? —repuso divertida. Algunas de ellas aún recogían la mesa unos metros más allá—. Todavía estás a tiempo de rajarte.
Tyler le quitó el libreto de las manos.
—Las doncellas me tienen en alta estima —arqueó las cejas—. Da igual lo que haga.
«Si le sacas los ojos, Arizona, no podrá leer el texto», se recordó, apretando los dientes.
—Primer acto, escena cinco —dijo en su lugar—. ¿Crees poder hacer de duque?
—Me ofendes.
—Como tú solo eres honorable…
Tyler esbozó una sonrisa sincera y a Arizona se le cayeron las bragas.
«Mal empezamos».
—Mi mejor amigo es duque —contó él ahora.
—¿De profesión? —ironizó.
—No, de profesión es abogado.
—Duque y abogado —sonrió—. Pues tiene que ser la alegría de la huerta.
Se ganó una sonrisa algo afilada como respuesta.
—Para ser tan liberal tienes muchos prejuicios, ¿sabes?
Durante unos segundos Arizona se preguntó si podría ser verdad.
—Ningún título nobiliario tiene cabida en pleno siglo XXI —opinó—, y sí, no me gusta la gente elitista y pedante que se considera a sí misma de la alta sociedad, menospreciando así al resto, pero no juzgo a nadie antes de conocerlo —sonrió—.
Quizá tu amigo me caiga bien. Alguien habrá majo… , aunque solo sea por estadística.
Lejos de ofenderse, él volvió a sonreír.
—Tienes un ingenio afilado y la lengua muy larga, Jezabel.
Con solo escuchar aquel nombre su cuerpo reaccionó como si acabara de sugerirle sexo salvaje sobre la mesa del comedor. La punzada de deseo que asoló su pelvis recorrió su cuerpo un segundo después.
—Primer acto, escena cinco —murmuró Tyler aclarándose la voz, que de repente sonaba enronquecida por completo.
Para sorpresa de Arizona, Tyler resultó de inmensa ayuda.
Durante un buen rato trabajaron con una fluidez inesperada.
La capacidad de memorización de Arizona era asombrosa e impecable.
Atrapaba las frases con una rapidez casi instintiva, aunque tropezaba siempre en los mismos puntos y se desesperaba rápido.
Tyler, haciendo gala de una paciencia infinita, le lanzaba pequeños trucos y asociaciones de ideas que, contra todo pronóstico, funcionaban.
Entre réplica y réplica no dejaban de lanzarse pullas divertidas e incluso juguetonas, que hicieron del momento algo muy ameno y especial para ambos.
Que fueran capaces de admitirlo… ya era otra cuestión.
Cuando se metieron en la siguiente escena y pasaron el texto completo, Tyler frunció el ceño.
—¿Qué te pasa?
—Este duque… es blandito.
Arizona rio con ganas y Tyler añadió:
—Dice cosas moñas como… eres la luz de mi vida , tú me completas .
—Se llama romanticismo.
—Se llama optimismo desmesurado—opinó.
—¿Por qué?
—Aún ni la ha besado.
—No, ese es justo el final de esta escena.
—Por eso. Da por hecho que la química va a estar ahí cuando le pegue un magreo, pero la realidad es que no puede estar seguro —expuso, y clavó una mirada brillante en ella—. Igual no se enciende ni una vela, mucho menos la luz de su vida.
La chica suspiró con cierto hastío, aunque en el fondo estaba muy de acuerdo con él. Tuvo que fingir no ver el brillo de deseo evidente en los ojos de Tyler para poder continuar hablando con cierta normalidad. Empezaba a necesitar con urgencia su propia dosis de realidad.
—¿Podemos seguir con el texto? —pidió.
—Es que no entiendo al personaje —frunció el ceño y sonrió a medias—. No soy capaz de meterme en la piel del duque.
La carcajada de Arizona fue épica.
—¿Y si te limitas a leer?
—Quiero ser un buen sparring —afirmó—. ¿Qué crees que hace que el duque esté tan seguro de que Isabella es la mujer de su vida?
—Hay una cosa que se llama amor a primera vista, ¿sabes?
Él frunció aún más el ceño.
—¿Tú crees que eso existe? —interrogó, mirándola con atención—. Porque yo ni siquiera sé si creo en el amor a segundas y terceras vistas.
—Da igual lo que yo crea —se encogió de hombros—, aquí solo importa lo que cree Isabella. Y ella sí lo hace —sonrió a medias—. Muere de amor por el duque desde el mismo momento en que entra por la puerta.
—¿Amor? No sé, yo lo llamaría…
—Me da igual cómo lo llames tú —aclaró ya algo desesperada—. Dame texto.
Durante los siguientes minutos leyeron la escena otro par de veces seguidas para que Arizona la memorizara en medida de lo posible.
Después fueron otras dos repeticiones donde ella falló muy poco, casi nada.
Y luego se pusieron en pie para que Arizona pudiera marcar los movimientos.
Era una escena peliaguda, muy diferente a la anterior, donde los sentimientos comenzaban a surgir, a confesarse, y que culminaba con el primer beso de amor entre los protagonistas antes de que cayera el telón que cerraba el primer acto.
— Eres la luz de mi vida —suspiró Tyler, exagerando cada sílaba con una mueca burlona—. ¿Lo ves? Esto es lo que te digo, nadie habla así sin atragantarse con su propio azúcar.
—Uf…
—¿Y por qué se tutean?
—Porque él se lo ha rogado dos escenas antes.
—Ah, qué conveniente.
—¡Céntrate!
Él exhaló con fuerza, asintió y repitió.
— Eres la luz de mi vida…
— No me mientas .
Se miraron a los ojos.
— Tú me completas , Isabella .
Él avanzó un paso, arrastrando la frase como si le pesara.
—¿Puedes no mirarme el escote? —protestó Arizona—. Se supone que te estás declarando.
—Eh…, no, no puedo. A cualquier tío del mundo se le irían los ojos.
—Al duque no.
—¿Es gay?
—No, es un caballero.
—¿Un caballero gay?
—Un caballero educado.
—Y gay.
—¡Joder, me rindo! —Se giró dispuesta a marcharse.
Él rio sin remedio.
—Vale, no te enfades. —La retuvo por la cintura, acercándola de nuevo, todavía con la risa en la voz—. Venga, sigue.
Arizona suspiró y volvió a mirarlo, pero los ojos de Tyler estaban en otra parte.
—¡Eh!
—Lo siento —se disculpó divertido—. Es que el vestuario no ayuda. Me despista.
—Lo odiabas hasta hace nada.
—Sí, y ya sabes por qué.
Arizona frunció el ceño.
— Somos de mundos distintos —susurró Tyler.
—¿Qué?
—Esa es tu frase —aclaró con una sonrisa burlona—. ¿Puedes decirla ya para llegar pronto al momento del beso?
—No va a haber beso —aseguró, aunque su cuerpo no parecía tan convencido—. Ya sé dar besos, no necesito ensayarlos.
—Entiendo —respondió con evidente arrogancia.
—¿A qué viene el tonito?
—Te da miedo no poder controlarte.
—¡No es eso!
—Lo comprendo, no te preocupes —insistió Tyler—. Tus hormonas están revolucionadas, yo soy irresistible y te pongo a cien, ese beso puede ser un problema.
—¡Ja!
—De verdad, lo asumo —suspiró con teatralidad—, pero déjame seguir con mi texto, aún quedan cursilerías varias antes del beso.
Arizona lo miró intentando no dar muestras de su excitación. Moría por besarlo, casi tanto como Isabella lo hacía por su duque.
Dejó que la atrajera por la cintura, esta vez sin oponer resistencia.
— Somos de mundos distintos … —cedió Arizona a soltar su texto.
Por suerte él debía leer sus frases y solo podía mirarla a intervalos cortos.
— Mi mundo está donde tú estés —replicó Tyler, alzando la vista para sostener la suya—. No hay título, ni nombre, ni destino que valga más que encontrarte al final de cada día. No puedo ni quiero vivir sin ti, mi dulce ninfa.
Tyler frunció el ceño.
—¿Por qué la llama ninfa?
Pero Arizona estaba demasiado tocada en aquel momento como para responder. Algo se había removido muy dentro de ella al escucharlo decir aquellas palabras… Algo que no debería suceder.
—Ah, espera, es porque la primera vez que él la vio estaban en aquel parque —se respondió solo, muy pensativo ahora—, eso sí tiene sentido.
Y entonces la miró a los ojos, la contempló en silencio unos segundos y esbozó una lenta sonrisa. Dejó caer el libreto sobre el sofá y posó sus manos en sus caderas.
—Pasemos a la parte del beso —murmuró, atrayéndola hacia sí mientras le miraba los labios.
Y ella moría de necesidad, demasiada, pero en aquel momento anhelaba mucho más… y aquello era un problema.
—Ya te dije que no necesitamos ensayar esa parte. —Tragó saliva. Sus labios hormigueaban ya de pura anticipación.
—Querría besarte aunque no estuviera en el guion —admitió él entre susurros—, quiero mucho más que un beso en realidad.
«Joder, y yo quiero… de todo, durante toda la noche». Pero eso no podía decírselo, no mientras las palabras del duque aún la incomodaban tanto. No cuando… le molestaba con aquella rabia tan intensa que él pudiera saltar de sus brazos a los de cualquier otra con aquella facilidad.
Arizona tomó aire y lo empujó para apartarlo.
—Busca a una de tus doncellas para eso —sentenció, y se giró dispuesta a irse, pero él la retuvo con firmeza—. Tyler…