Rivales con derecho a roce Capítulo 26
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Capítulo 26

Cuando se sentó a la mesa donde ya esperaban solo por ella, lo primero que Arizona hizo fue matar a Tyler con la mirada, pero él se limitó a devolverle una sonrisa mordaz en respuesta. Podía entender por qué estaba enfadada.

Después la escuchó disculparse con Eloise por la tardanza. Al parecer, él era el único con el que jamás estaba dispuesta a disculparse por nada, y daban igual copas de vino que batidos de chocolate.

Disfrutó del momento en el que su abuela la miró con una expresión de asombro frente a su vestimenta.

—Entiendo que ese… descocado atuendo forma parte del mundo de Isabella —repuso la mujer observándola con atención—. ¿De qué se supone que va vestida, joven?

—De tabernera —aclaró Arizona.

—De tabernera putilla.

—¡Abuela!

Contra todo pronóstico, Arizona rompió a reír, Helen la siguió y Eloise terminó también haciendo bromas con ambas.

Tyler miraba la escena con el ceño fruncido, preguntándose qué clase de magia empleaba aquella mujer para meterse en el bolsillo incluso a su abuela, que no era una persona lo que se decía fácil de agradar.

Recordaba haberse preguntado lo mismo el día que Rob entró en aquel palacete para ponerlo patas arriba dispuesto a hacer lo que fuera para recuperar a la mujer de su vida, pero a él no quería tirárselo cada cinco minutos.

Arizona rio y su mente añadió por sí sola:

«Cinco minutos es quedarme corto. Podría no salir de entre sus piernas ni para reponer fuerzas».

¿Qué demonios le pasaba? ¡Iba vestida de tabernera del siglo XIX, por el amor de Dios!

Sin duda, no había nadie menos apropiada y adecuada para él que aquella mujer.

Eso sin olvidar que estaba embarazada de otro…

…como fuera… seguro que sería un bebé tan adorable como su madre.

Se le aceleró el corazón solo al imaginarla acunándolo y amamantándolo con ternura mientras él contemplaba la escena, embelesado. Se amonestó a sí mismo, preguntándose si alguien podría haber puesto algún tipo de droga rara en la comida.

Arizona no podía evitar observar a Tyler de vez en cuando con disimulo. Estaba guapo a rabiar aquella noche, maldito fuera, y le molestaba horrores que la doncella, alias caramelo de fresa, no dejara de revolotear a su alrededor pendiente del más mínimo detalle con el que pudiera agradarle.

Por suerte Tyler no parecía hacerle demasiado caso, o ninguno más bien, y debía reconocer que se sentía aliviada. Sí, le molestaba de un modo incómodo y desagradable imaginarlo con ella.

Eloise Hamilton se encargó de sacar a todo el mundo de sus divagaciones en el momento menos pensado.

—Arthur Marlow me ha llamado hace una hora para darme una noticia sorprendente —anunció la mujer observando a su nieto con una expresión vivaracha.

Se hizo el silencio. Arizona miró el rostro descompuesto de Tyler y después observó a Eloise, sin tener ni idea de cómo de incómodos serían los siguientes comentarios.

—Va a tratarse su cáncer —aclaró al fin la anciana.

—Eh…, sí…, son buenas noticias —titubeó Tyler con el ceño medio fruncido—. ¿No te ha dicho nada más?

—¿Te refieres a si me ha contado que voy a tener un bisnieto?

Arizona no se atrevió ni a moverse, aguardando a que fuera Tyler quien hablara. Sería interesante saber qué carajos debía anotar en la lista junto al nombre de Eloise.

—¡¿Cómo?! —exclamó Helen al instante, presa del estupor, y miró a Arizona—. Mi hijo es el tipo del tun…

—¡No! —interrumpió la chica con el corazón en la garganta. Si la dejaba terminar la frase, estaba jodida. Tres palabras tan simples como túnel de lavado serían lo mismo que revelarle a Tyler su paternidad con un puñetero megáfono—. Eh…, no, solo…

—Cuánta elocuencia la tuya —se burló Tyler, y miró a su abuela y su madre—. No encarguéis los patucos aún, las cosas no son como parecen.

—Lo sé —admitió la anciana ahora—. Antes de colgar, Will le ha tomado el relevo y me lo ha explicado todo.

—Pues podrías haber empezado por ahí, abuela —se quejó Tyler.

—¿Y perderme tu cara de horror? —esbozó una sonrisa irónica—. ¿Dónde habría estado la gracia?

Arizona soltó aire muy despacio e intentó que su pulso se calmara poco a poco. Nadie más que ella sabía lo cerca que habían estado de la hecatombe.

«Por Dios, este estrés no puede ser bueno». Exhaló con fuerza.

—¿Podéis ponerme al día? —rogó Helen ahora.

La sombra de aquella tarde frente al hospital aún revoloteaba sobre la cabeza de Arizona, atormentándola. ¿Por qué se le ocurrió darle todos los puñeteros detalles de su desliz precisamente a ella?

Tyler resumió la mentira que le habían contado a Arthur para su madre, que escuchó con atención.

—¿Así que frente a Arthur voy a ser abuela de nuevo? —suspiró la mujer—. Pues no sabes la ilusión que me hace.

Arizona comenzaba a hiperventilar. Empezaba a sentir una mezcla de ansiedad y culpa difícil de gestionar.

—No tengo yo pelos en la lengua ni soy partidaria de la mentira —declaró Eloise ahora—, pero a veces el fin justifica los medios.

—¿Y Arthur se lo habrá creído? —se preguntó Helen.

—Ha querido creerlo, más bien —opinó Eloise.

Tyler la miró con curiosidad.

—¿Tú lo harías, abuela? —interrogó—. Si estuvieras en su lugar.

La anciana sonrió con cierta arrogancia.

—A mí es difícil esconderme nada, ya lo sabes —afirmó—. Pocas cosas ocurren a mi alrededor sin que yo lo sepa.

Arizona habría querido soltar un ¡ ja, qué risa ! en la misma cara de la anciana, pero se contuvo e hizo una anotación mental en su lista imaginaria.

«Eloise: ni repajolera idea de que va a ser bisabuela».

Ya no sabía si reír o llorar.

«Corrección mental lamentable: ni repajolera idea de que quizá, solo quizá, con un porcentaje mínimo de posibilidades, podría ser bisabuela».

—En otro orden de cosas, Tyler —siguió diciendo la anciana mirando a su nieto—. Te recuerdo que mañana es la cena de los Carrington y prometiste acompañarme.

Por la expresión de horror del chico era evidente que se le había olvidado o, más bien, que había querido olvidarlo

—¿Tengo forma de escaquearme? —interrogó con una expresión de disgusto.

—No.

Helen rio mirando a su hijo con diversión.

—Ya veo que te siguen encantando esas reuniones.

—Claro, es que siguen siendo igual de divertidas y amenas —ironizó.

—Y cortas —le recordó Helen.

—Ah, sí —suspiró Tyler, desalentado—, sobre todo cortas.

Tyler soltó un chasquido de desagrado que Eloise ignoró de forma muy conveniente para añadir:

—Ya que algunas de las potenciales mujeres casaderas de mi lista estarán presentes, quizá podríamos aprovechar para elegir a la primera candidata.

«Joder, detrás de una cosa otra, esto es un no parar, ¡qué sin vivir!», protestó Arizona para sí, pero guardó silencio. Al menos hasta que Eloise posó sus ojos sobre ella.

—Dado que mi nieto quiere que lo ayudes a elegir…

—¡Ni hablar, abuela!

Arizona no entendía nada.

—Es ideal, Tyler.

—¡Ella no viene a esa fiesta!

—¿Una fiesta? —se interesó Arizona de inmediato—. ¡Me apunto!

Y le sonrió a Helen, que se apresuró a confirmar:

—A mí ni me mires. A más de uno le daría un parraque si me diera por asistir —rio divertida—. No soy lo que se dice bienvenida en esos círculos…, por suerte.

A Tyler le faltó tiempo para decir:

—No creo que tampoco sea tu tipo de reunión, Arizona —declaró convencido—, dada tu aversión a la aristocracia.

—Tu abuela me cae bien —se encogió de hombros.

—No creo que con el marqués Leonard Carrington te sientas igual.

—¡Un marqués! —Se le iluminaron los ojos—. Yo lo detestaré, seguro, pero Isabella estará encantada de conocerlo.

Tyler bufó.

—Lo que faltaba. —Apretó los dientes.

—Prometo que escogeré un atuendo algo más recatado —concedió con cierta diversión—. Creo que el vestido con el que cierro el segundo acto servirá. Lleva debajo de la falda una de esas jaulas con aros.

Lo escuchó blasfemar por lo bajo y estuvo a punto de soltar una carcajada.

—A mí me suena ideal —aseguró Helen con una sonrisa divertida.

Arizona miró a Eloise, sonrió con sinceridad y murmuró por lo bajo:

—Le juro que estaré a la altura.

La mujer no lo dudó un segundo.

—Pues no se hable más… —confirmó la anciana—. Seguro que será una fiesta muy interesante.

Por la expresión de Tyler, él parecía convencido del tormento que lo aguardaba.

Poco después, Eloise alegó estar cansada y se puso en pie, y Helen se ofreció a acompañarla hasta su alcoba.

Mientras se alejaban, Arizona miró a Tyler con cierta aprensión. Sabía que debía salir de allí, pero por algún motivo sus pies se negaban a moverse.

—Yo también me retiro ya —acabó diciendo—. Haré una videollamada con Vince.

Tyler se puso en pie de inmediato tras ella.

—¿Para qué?

—Quiero que me enseñe el taparrabos —bromeó sin un titubeo.

Por lo que sea…, a Tyler no le hizo gracia alguna.

—No suena muy profesional.

—¿No? —fingió sopesarlo—. Entonces quizá solo nos limitemos a pasar el texto.

Tyler suspiró.

—¿Y no podías decir eso desde el principio?

—¿Y perderme tu cara de juez y verdugo de moral intachable?

Tras unos segundos de silencio, Tyler ignoró el comentario para decir:

—Has trabajado duro, necesitas descansar.

—Tengo que memorizar un par de escenas completas hoy —aclaró—, y para aligerar, necesito un sparring .

Tyler la observó con el ceño fruncido unos segundos, en silencio.

—Me refiero a un compañero de réplica —aclaró ella.

—No soy imbécil, Arizona, no me trates como a uno.

—Entonces no te comportes como uno —cruzó los brazos sobre el pecho—. Has echado a Vince de aquí y ahora me obligas a trabajar online hasta tarde.

—Vale, culpa mía, lo admito —suspiró con teatral resignación—. Me ofrezco a ayudarte.

Las carcajadas de Arizona llenaron el salón, hasta que poco a poco se fue calmando y acabó mirando a Tyler un tanto sorprendida.

—Ah…, ¿que lo dices en serio?

—Sé leer, ¿sabes? —ironizó—. Y puede que incluso sea capaz de entonar alguna frase.

Arizona le tomó la palabra. Sabía que era un error pasar con él más horas de las necesarias, pero no pudo resistirse a la idea de llevárselo a su terreno.