Rivales con derecho a roce Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Sí, incluso él se sentía estúpido e infantil en aquel momento, no necesitaba ni la expresión irritada de Arizona ni la mirada crítica de su madre, pero no podía evitarlo.

Tras despedirse y mientras subían la escalinata, las mujeres iban charlando como si fueran amigas de toda la vida.

—¿Me podrías prestar este atuendo para mi próxima fiesta de disfraces? —bromeó Helen, divertida.

—Para Halloween sería ideal —rio Arizona—. Para muchos hombres una mujer así puede resultar aterradora.

—Mira, en eso te doy la razón —murmuró Tyler, fingiendo hablar solo para sí mismo—. Puede tardar apenas unos minutos en arruinar tu reputación.

Arizona soltó un bufido.

—Este tipo es adoptado, Helen, reconócelo.

La mujer acabó alzando las manos en señal de resignación.

—¡Me rindo! —dijo soltando un suspiro y alejándose ya con paso rápido hacia el comedor.

Tyler miró a Arizona con una expresión de disgusto.

—Estarás contenta —atacó—, has acabado avergonzando hasta a mi madre, y mira que eso es difícil.

Arizona se detuvo a encararlo.

—De verdad, tanto tu madre como tu hermana son un encanto —insistió irritada—, ¿qué salió mal contigo?

—¿Acaso eres muy amiga de mi hermana?

—Por supuesto —sonrió con descaro—, incluso estuve en su fiesta de compromiso.

—¿Tú? No lo creo —repuso con acidez—. Te recordaría. Habrías sido la única vestida de forma inapropiada, seguro.

Vio cómo sus ojos lanzaban chispas de furia y aquello lo fascinó.

—Pues estuve allí —aseguró conteniendo la rabia—. Estarías entretenido en otros… menesteres.

El chico entrecerró los ojos y clavó sobre ella una mirada cargada de algo más que enfado, mucho más.

—Eso es posible, sí —admitió en un tono ronco—. Estuve a nada de tirarme a una italiana en mitad de un pasillo.

—¡Y una mierda! —le salió solo de inmediato.

—¿No me crees?

—¡Ni un poco! —exclamó en un tono que sonaba a indignación—. Inventas más que hablas.

Él sonrió frente a su furia y se mordió los labios alimentando el recuerdo mientras avanzaba en su dirección. Joder, era incapaz de contenerse ya. Arizona reculó hasta que ya no le quedó margen y se vio acorralada contra la pared, junto a la puerta abierta.

—No te imaginas… cuánto me ponía la bella donna —suspiró él, apoyando una mano sobre la pared justo encima de su cabeza.

La vio tragar saliva con total claridad.

—Joder…, hasta insultándome me ponía a mil —le miró la boca—, todo suena tan sexy en italiano…

Arizona lo miraba con el mismo infierno en los ojos que él sentía en cada poro de su piel.

—Llámame… imbezille —susurró, y recortó la distancia hasta su oído—, y te arranco las bragas aquí mismo.

Lo fascinó ver el estallido de lujuria que asomó a sus ojos. De veras parecía estar a punto de claudicar. Él mismo apenas se contenía ya.

— Voglio strapparti i vestiti di dosso, mia bellissima pattinatrice —murmuró en un perfecto italiano—, e scoparti finché non implori pietà in ogni lingua.

Arizona lo miró entre asombrada y molesta.

—Hablas italiano —declaró en un tono acusatorio.

—Soy arquitecto —afirmó como si aquello fuera una respuesta—. Terminé mi carrera en Italia.

La vio apretar los dientes. Era evidente que se sentía algo avergonzada ahora, y no había que ser un genio para entender por qué.

Se miraron a los ojos durante unos eternos segundos, hasta que un ligero carraspeó los sacó de su ensimismamiento.

—Su abuela comienza a estar molesta —informó Frederick en un tono neutro—. Tiene hambre.

Tyler acabó suspirando y poniendo distancia sin poder evitar morderse los labios. ¡Él sí que tenía hambre! Famélico estaba en aquel momento.

No dijo nada más. Ni siquiera cuando Arizona se quedó rezagada. Necesitaba poner distancia antes de hacer algo tan descabellado como arrastrarla al cuarto de la colada.

La chica sacó su teléfono móvil en cuanto él se alejó lo suficiente.

Apenas chapurreaba algunas palabras en italiano, pero durante los meses que estuvo interpretando a Camilla sí trabajó mucho sobre el acento.

Tenía una facilidad asombrosa para retener y repetir casi cualquier frase en un italiano perfecto, aun sin tener ni repajolera idea de qué significaba.

Abrió el traductor de Google, activó el micrófono y repitió la frase que él acababa de decirle en perfecto italiano antes de olvidar las palabras.

— Voglio strapparti i vestiti di dosso, mia bellissima pattinatrice , e scoparti finché non implori pietà in ogni lingua.

Inquieta, miró la pantalla para comprobar la traducción… y soltó un bufido.

—¡La madre que lo parió! —estalló en alto sin tener claro si sentirse burlada, halagada, ofendida o… más caliente que el tridente de Lucifer.

Volvió a leer la traducción de Google de nuevo:

Quiero arrancarte la ropa, mi hermosa patinadora,

y follarte hasta que supliques clemencia en todos los idiomas.

Se abanicó con la mano mientras intentaba que la furia porque él se hubiera callado hasta ahora que sabía que era aquella patinadora… pudiera más que el calor, pero no lo consiguió.

«Joder…, ¿en cuántos idiomas soy capaz de decir sí y por favor?», se preguntó.

A punto estuvo de consultarlo en Google… por si acaso.