Capítulo 25 #2
«Solo quiero abrazarla el tiempo justo para meterme entre sus piernas», se dijo con pleno convencimiento, y recordó que a ella parecía importarle poco o nada que se metiera entre las de otra…
«Pues a mí tampoco me importa que ella…».
No terminó ni la frase, solo imaginarla en brazos de cualquier otro le provocaba instintos asesinos.
«Necesito cansarme de ella antes de cedérsela a otro, eso es todo».
—¿Te parece si entramos? —sugirió Helen ahora—. ¿Has tomado suficiente aire?
Tyler consultó su reloj de forma discreta y frunció el ceño.
—Aún no.
Recibió una mirada curiosa.
—Pues sí que estás acalorado —murmuró Helen casi para sí, y señaló en la distancia—. Viene un coche.
Sí, Tyler ya lo había visto y tenía muy claro quién era, pero se lo calló.
Debería haber avisado a Frederick de que no le abriera la cancela de acceso principal a nadie.
Hacerla caminar el trayecto hasta el palacete habría sido un excelente castigo.
Le habría encantado verla avanzar, agotada, mientras la esperaba cómodamente apoyado en su coche.
«¿Estás seguro de que no hubieras sido tan gilipollas de buscar una excusa para recogerla por el camino?», le preguntó su conciencia, que en los últimos días parecía de otro.
Cuando el vehículo se detuvo y Arizona bajó del coche, la miró como si le debiera dinero.
Y para su desgracia no era solo que las pintas que traía fueran de lo más reprochables, sino…
que a su cuerpo parecía importarle un pimiento lo que su moral dijera al respecto y aquello le pateaba el hígado.
Observó con atención cómo se cerraba aquel corpiño a sus pechos y los alzaba como si fueran dignos de exposición, ¡y joder si lo eran!
Pero no era lo único digno de admirar en ella.
Siempre le sorprendía la belleza de su rostro, que en aquel instante sonreía hasta cortarle el aliento.
«Pero esa sonrisa nunca es para mí», se lamentó por un segundo y se enfureció después. Jamás le había sonreído así, como lo hacía en aquel momento para su madre, para Vince…
—Guau, estás sexy que te mueres —comentó Helen, admirando el atuendo.
—Muy Isabella —rio Arizona.
—¿No me dijiste que era virgen? —insistió la mujer.
—Inocente y pura.
—En pleno siglo XIX, trabajando en una taberna y con ese aspecto —Helen negó con la cabeza— lo de inocente te lo compro, pero lo de virgen… A la pobre solo le habría durado la virginidad el tiempo de atarse el mandil. Por suerte tú vives en el siglo XXI —suspiró—. Estás preciosa.
Tyler se cansó de aquella conversación.
—¿Puedes dejar de alentarla, mamá? —intervino con una expresión de malhumor—. No puede pasearse por Londres con esas pintas.
Helen miró a su hijo con curiosidad.
—Si la ha traído este chico tan majo —miró a Vince con una sonrisa—. Te conozco. Estabas guapísimo en esa película en la que salías con aquella cosa… —señaló su entrepierna.
—Un taparrabos —reconoció divertido el propio actor.
—¡Eso! Producción no gastó mucho en tu vestuario —sonrió—. Ni falta que hacía, claro.
—¡Mamá! —se quejó Tyler ahora, pero todos lo ignoraron.
—¿Por qué no he visto esa película? —interrogó Arizona de inmediato con una sonrisa divertida—. ¿Dónde la encuentro?
Vince parecía disfrutar de la conversación, y Tyler miraba de unos a otros con un gesto de desagrado.
—Está descatalogada, me temo —contó el actor, y miró a la chica con evidente interés—, pero me dejaron quedarme con el taparrabos…
—Interesante —sonrió.
¿Estaban tonteando en su cara? Tyler no podía creerlo, pero ni loco daría muestras de cuánto le molestaba, antes se pondría un piercing en la punta de…
—La abuela ya hace rato que nos espera para cenar —se encontró diciendo un segundo después, y miró a la chica—. Sube a cambiarte rápido y…
—No.
—¡Uf! Mira que eres desesperante.
—No he venido hasta aquí con estas pintas para rajarme ahora que precisamente puedo ponerme en la piel de Isabella la primera vez que llegó a palacio —explicó en un tono que no dejaba lugar a las protestas—. Además, Vince y yo vamos a ensayar un par de horas, así que me tomaré un sándwich y…
—No vas a hacerle ese feo a mi abuela —sentenció Tyler de inmediato.
—Bueno, hijo, tampoco creo que… —intentó intervenir Helen.
—¿Qué? —Miró a Arizona, molesto—. ¿Tan difícil es que tengas un poco de respeto por quien te ha abierto las puertas de su casa?
Arizona lo observaba con evidente desconcierto.
—Y antes de que preguntes —insistió Tyler, y miró a Vince—, tampoco es adecuado invitar a cenar a alguien en una casa que no es la tuya.
—¡Tyler! —protestó su madre—. ¿Qué demonios…?
—Ella quiere conocer las costumbres de la alta sociedad para meterse en su maldito personaje —les recordó—, solo se las muestro.
—No te molestes, Helen —intervino Arizona muy seria mirando a Tyler con evidente irritación, después se giró hacia Vince—. Te pido disculpas.
Tyler soltó un chasquido desaprobatorio al escuchar justo aquellas palabras, que era evidente que ella había escogido aposta.
—Nos vemos mañana.
—Puedo pasar a recogerte —propuso Vince.
—Al final nos lo comeremos todo frío —bufó Tyler, consultando su reloj.