Capítulo 25
En el palacete, Tyler hacía tiempo en su coche aguardando a que aquella maldita mujer hiciera su aparición estelar.
Si se paraba a pensarlo, en los últimos días no hacía otra cosa más que estar pendiente de ella y le enfurecía reconocerlo.
En realidad, aunque jamás lo aceptaría ante nadie, no había vuelto a ser el mismo del todo desde la primera vez que se cruzaron sus caminos, y en ese momento tenía muy claro ya cuándo había sido.
«Maldita sea», apretó los dientes. «O mejor dicho… ¡ porca miseria !». Sonrió sin rastro de humor.
¿Y por qué demonios tardaba tanto?
Seguro que el tal Vince Newman estaría encantado y disfrutando de la vista que ella le regalaba desde el asiento del copiloto. El tipo era todo un galán picaflor y era evidente la forma en que miraba a Arizona.
«¿Y qué hombre que se precie de serlo no la miraría?», tuvo que admitir, también en contra de su voluntad.
Se apoyó en el maletero del coche mirando hacia el camino de acceso. No quería perderse la entrada de Arizona, sobre todo para que le diera tiempo a fingir que acababa de llegar.
—¿Qué haces ahí? —interrogó Helen, sobresaltándolo.
—Mamá, ¡qué susto! —se quejó.
—Será por mala conciencia.
—O que tú llegas muy sigilosa.
La mujer lo observó con evidente atención y se apoyó sobre el coche a su lado, inquietando demasiado a Tyler.
—¿Por qué no entras? —protestó el chico, irritado.
—¿Y tú?
—Estoy tomando el aire —se le ocurrió.
—Ah, pues te haré compañía —se ofreció—. ¿Y Arizona? ¿Sabes si viene a cenar?
Tyler frunció el ceño.
—¿Por qué iba a manejar yo esa información?
Su madre lo observó un tanto perpleja y no pudo contenerse.
—¿Por qué demonios te pones a la defensiva en cuanto pronuncio su nombre?
—No es verdad.
—Sabes que sí.
Tyler apretó los dientes.
—Me resulta indiferente Arizona, mamá, no inventes —afirmó molesto—, qué defensiva ni qué leches.
La mujer suspiró, resignada, y guardó silencio durante unos largos segundos en los que de reojo no dejó de observar a su hijo.
—¿Qué te molesta tanto de ella?
Recibió una mirada severa en respuesta.
—Vale, ya me callo —aceptó la mujer, y murmuró casi para sí—. Me pregunto qué decisión tomará con respecto a su embarazo.
Aquello sí consiguió que él le prestara atención. Se giró a mirarla de frente con una expresión de asombro.
—¿Cómo demonios sabes lo de su embarazo?
—Ella misma me lo contó —confesó.
—¿Cuándo? —De veras estaba sorprendido.
—El día que te llevé al hospital me la topé en la puerta —reveló—. Pobre, acababa de enterarse y estaba muy tocada.
Tyler hizo memoria. Así que eso era lo que le pasaba cuando se topó con él al salir de aquella consulta. En aquel momento habría jurado que era algo personal en su contra, pero al parecer se había equivocado.
Le costó morderse la lengua. Habría querido hacerle mil preguntas, pero se tenía que limitar a lo que su madre quisiera contarle.
—Desde que he llegado no he podido hablar con ella demasiado sobre el asunto —continuó la mujer—, no parece estar cómoda cuando lo intento.
Miró hacia el camino como si estuviera recordando aquella tarde días atrás.
—Supongo que aún tiene decisiones que tomar —suspiró—, aunque venir a Londres parece haberle sentado bien. No tenía ni idea de cómo hablar con Dannie sobre el asunto, ni con su madre.
Tyler la miró un tanto contrariado.
—¿Ella… te habló de Dannie?
La mujer asintió.
—Quería tomar decisiones antes de decírselo —recordó—, para que no se hiciera ilusiones si al final decidía interrumpir su embarazo —aclaró—. No sé si al final se lo habrá dicho o…
—Sí.
—¿Qué?
—Lo sabe —admitió entre dientes.
—¿Y cómo se lo ha tomado? —insistió Helen—, ¿y contigo sí habla de estas cosas?
—Ya son muchas preguntas.
Y las respuestas lo ponían de mal humor. Sería mejor no ahondar en ellas o no sabía si podría seguir aparentando indiferencia.
—Pero me resulta increíble que no te moleste ni un poco lo de Dannie —apretó los dientes y tuvo que contenerse para no ponerse a soltar improperios.
Helen lo miró confusa.
—¿Qué es lo de Dannie? Yo no era quien para decírselo.
—¡Déjalo! —ya sonó enfadado, tanto que no pudo morderse la lengua—. Pero me parece muy deshonesta tu actitud, mamá —acusó—. Entiendo que te caiga bien Arizona, pero Judd es una de las mejores amigas de Sarah y la quieres mucho.
—Eh…, ya, ¿y es una competición? —frunció el ceño, confusa—. Dios, Tyler, creo que no te sigo.
El chico no daba crédito a lo que escuchaba.
Tenía diferencias con su madre, y sí, a veces lo desquiciaba que no se comportara con más decoro y hablara tan abiertamente de todo, incluido el sexo, como para avergonzarlo, pero siempre la había considerado íntegra en los aspectos más esenciales.
Y acostarte con otra que no es tu novia y dejarla embarazada era uno de aquellos aspectos.
—¿Tú no ves ningún dilema moral ahí? —preguntó mordaz en un tono de evidente reproche.
La mujer parecía de veras perdida.
—¿Te encuentras bien, Ty? —intentó tocarle la frente, pero el chico se revolvió.
—¡Maldita sea, mamá, para! —exigió irritado.
—Pero ¡¿qué narices te pasa?! —acabó acusándolo—. Estás muy raro.
—Me molesta la hipocresía —apretó los dientes—. Y sí, no me cae bien el puñetero padre del bebé, ¿contenta?
Helen lo miró con una mezcla de asombro y curiosidad.
—¿Es que tú sabes quién es? —indagó de inmediato—. Anda, cuéntame, te juro que soy una tumba.
Tyler soltó un improperio.
—¿Te burlas de mí?
—A ver, sé que a veces soy un poco bocazas —admitió pesarosa—, pero si te digo que no lo cuento, es que…
—¡Hostias, mamá, ¿alguna vez te he mandado a la mierda?! —interrumpió muy molesto—. ¡Porque estoy a punto!
—Oye, ¿qué pasa con la educación de la que tanto te vanaglorias? —lo amonestó.
¡Que se iba por el retrete en cuanto Arizona Kerrs entraba en escena! Aquello pasaba.
—Tu padre se pondría amarillo si te escuchara hablar así después del gasto astronómico en los mejores colegios —sonrió a medias.
—Me importa un carajo lo que precisamente él tenga que decir.
Helen amplió su sonrisa.
—Si en algún momento decides decírselo, me gustaría estar presente —bromeó.
Tyler soltó un improperio, la amonestó con la mirada y Helen rio.
—Sí, supongo que sería demasiado bonito para ser verdad —suspiró la mujer, y se puso algo más seria—. No permitas que te inculque sus mierdas moralistas y elitistas, Ty.
—¿Quién?
—Lionel.
La miró algo sorprendido y Helen insistió:
—Tú no eres como él, hijo, tenlo claro.
—Lo sé.
—Pues no permitas que influya en tus decisiones —casi rogó—. Escoge estar con quien te haga feliz, siempre, solo eso importa.
El chico frunció el ceño, incómodo.
—¿Debería saber de qué demonios hablas?
—Deberías, sí —admitió—, otra cosa es que estés o no preparado para hablar sobre ello.
Tyler guardó silencio, señal inequívoca de que tenía muy claro de qué estaban hablando y, tenía razón, no estaba ni nunca estaría preparado para aquella conversación.
Amaba a su madre, pero también era la persona con la que más crítico era.
Si de algo no se había arrepentido nunca era de haber escogido quedarse en Londres cuando sus padres se divorciaron y ella decidió regresar a Estados Unidos, llevándose también a Sarah.
—Sé que quizá soy la última persona de la que aceptarás consejos —concedió Helen con una expresión algo afligida—, pero te aseguro que lo que más quiero en esta vida es que mis hijos sean felices.
—Voy a permitir que me escojáis una esposa, ¿qué más quieres? —ironizó—. Espero que sea adecuada.
Helen sonrió a medias.
—Adecuada… —murmuró—, curiosa elección de palabras para definir al amor de tu vida.
—¿Quién ha hablado de amor? —la miró ahora con una expresión fría—. He cedido a esta pantomima del matrimonio para que la abuela me deje en paz…
«Y para molestar a cierta… tabernera descocada».
—…pero nadie dijo que tuviera que amarla.
—¿Vas a casarte con alguien que no ames? —Helen lo miraba algo alucinada.
«¡No pienso casarme en absoluto!», habría podido decirle, pero aquello arruinaría la diversión.
—No lo hagas, Ty —rogó ahora la mujer.
—Bien, díselo a la abuela —se encogió de hombros.
—¡Venga ya! ¿Cuándo has obedecido tú las órdenes de nadie? —se ofuscó ahora—. Abre tu mente y tu corazón, hijo, y encuentra a la persona que lo acelere hasta el punto de sentir miedo de que te estalle.
—¿El corazón? —sonrió, con su madre nunca se sabía.
—El corazón y la bragueta, por supuesto —recalcó muy en su línea—.
Escoge a alguien capaz de darte el orgasmo de tu vida y que al segundo siguiente te arranque una carcajada que te quiebre la voz; alguien que te vuelva tan loco que estés dispuesto a hacer cualquier cosa, incluso la más ridícula, solo por verla sonreír, una persona que te caliente el alma con una mirada y te acelere el pulso con un solo beso.
Todo aquello lo incomodó demasiado.
—¿Algo más? —interrogó con cinismo.
—Sí —afirmó—, que ella se sienta igual que tú.
Esa frase le dio la puntilla y rio sin rastro de humor.
—Deja de leer tanta novela romántica, mamá —ironizó con una desazón que no le gustaba nada—. Cambia al thriller, que es más propio de la vida real.
Helen acabó admitiendo.
—Supongo que echo mucho de menos a Joe —repuso con una sonrisa, y miró a su hijo de frente—. Él es mi novela romántica, ¿sabes?
—Sí, lo tengo claro —aceptó de inmediato con una expresión de horror—. Ahórrate los detalles, por favor, que nos conocemos.
Ambos sonrieron a medias.
—Si te doy detalles… —suspiró la mujer—, me subo al primer avión de vuelta a sus brazos —lo miró de reojo y añadió—: Ojalá algún día encuentres una persona a la que desees abrazar.
Sin remedio, Tyler maldijo entre dientes. No le gustaba nada aquella sensación de malestar, y mucho menos que la imagen de Arizona flotara en el ambiente como si estuviera muy presente en una conversación donde nadie le había permitido entrar.