Rivales con derecho a roce Capítulo 24
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Capítulo 24

La tarde fue igual de intensa para Arizona, a pesar de que Will intentó que se lo tomara con calma y descansara a menudo, pero era demasiado consciente de todo el trabajo que tenía por delante.

Lo que el resto del elenco había ensayado y perfeccionado durante meses, ella debía hacerlo en uno solo y, para rematar, era quien llevaba todo el peso de la obra sobre sus hombros, además del ochenta por ciento de los números musicales.

Por fortuna las coreografías en su caso eran algo menos intensas en algunas canciones, puesto que exigían demasiado a nivel vocal.

Como fuera, no se podía permitir el lujo de descansar tan a menudo como lo necesitaría.

A las siete de la tarde, la encargada del vestuario le concedió un pequeño favor que Arizona recibió con entusiasmo.

Había pedido poder usar para los ensayos uno de los vestidos que Isabella lucía durante las primeras escenas, uno que reflejaba la vida en una taberna del siglo XIX.

La prenda era atrevida, ceñida al torso para realzar los pechos como se estilaba entonces, con corsé ajustado y escote insinuante, pero sin rozar lo vulgar.

La falda caía hasta un poco por debajo de la rodilla, dejando adivinar las curvas sin revelarlo todo, y el terciopelo rojo y los encajes negros, demasiado ricos para una simple tabernera, añadían un aire sensual, insinuante y elegante a la vez.

Arizona lo sostuvo entre las manos, girándolo con cuidado mientras lo examinaba, consciente de que aquel atuendo no solo era ropa, sino una llave para entrar en la piel de Isabella, para sentirla y respirar su mundo.

El personaje era toda una contradicción en su propio universo.

Una mujer dulce, sensible y cargada de una inocencia inusual, que se veía obligada a vivir en un mundo de hombres en el que no encajaba.

Al ponérselo, ajustando las tiras del corsé y la falda, sintió cómo el personaje empezaba a apoderarse de ella, cómo cada movimiento se llenaba de intención y sensualidad imposible de ocultar, pero no buscada, tal y como se esperaba de Isabella.

El vestido abrazaba cada curva de su cuerpo, realzando su figura y haciéndola sentirse peligrosa y tentadora, con un magnetismo que ni siquiera necesitaba palabras.

Sí, no cabía duda de por qué la dulce y al mismo tiempo sensual Isabella hechizaba al joven duque protagonista desde la primera escena. Cualquiera caería rendido a sus pies, con o sin título nobiliario.

Se acomodó los pechos con una sonrisa divertida.

En aquella época sí que sabían lucirse, no había duda.

Incluso el vestido de una tabernera parecía llevar incluido un Wonderbra con efecto push up que mostraba más atributos de los necesarios, aunque sospechaba que aquello debían agradecérselo a quien había diseñado aquella prenda para lucirse sobre un escenario.

«Joder, ¿todo esto es mío o es el efecto del embarazo?», se preguntaba mirándose los pechos mientras regresaba al escenario desde el vestuario. Iba tan distraída apreciando sus recién crecidos atributos que no se dio cuenta de que alguien venía de frente,

—Lo siento, yo… —se le secó la garganta.

—¿Un lo siento saliendo de tu boca? —exclamó Tyler en un tono de algarabía teatral—. ¡Que se pare el mundo que ya puedo bajarme tranquilo!

—¡Guau, creo que me bajo contigo! —replicó Arizona con rapidez—. ¡Tyler Hamilton haciendo una broma! ¡Ya lo he visto todo!

—Soy perfectamente capaz de… —se le atragantaron las palabras en cuanto desvió sus ojos—. ¡Joder, qué llevas puesto!

Arizona se miró a sí misma como si hubiera podido olvidarlo.

—¿A ti qué te parece? —interrogó con cierta ironía—. ¿Has leído el libreto?

—Sí, pero hasta ahora no había entendido por qué el duque perdió el norte de aquella manera nada más ver a su Isabella.

—Fue amor a primera vista.

Tyler soltó una carcajada divertida.

—¿Amor? No te confundas, no metamos el amor en esto —la miró con descaro de arriba abajo—. Sí, estoy seguro de que el duque tenía… mucho amor que dar, y te podría decir dónde lo tenía acumulado.

—¡Deja de pervertir la historia! —protestó.

Tyler continuaba admirando su atuendo, cada centímetro de ella y sin cortarse un pelo.

—Oye, si necesitas meterte en el papel… —la miró con una intención evidente—, no soy duque, pero…

—Ni se te ocurra acabar la frase —interrumpió Arizona con un gesto huraño—. Si tienes… amor acumulado donde sea… —le miró la entrepierna—, ve en busca de tu doncella disfrazada de gominola gigante.

Pasó ante él con intención de continuar su camino, pero Tyler extendió el brazo para cortarle el paso. Arizona apretó los dientes y volvió a detenerse. Él estaba muy cerca, tanto que casi le susurró al oído:

—No era a ella a quien quería anoche en mi cama y lo sabes.

Arizona habría debido callarse, pero no pudo. Preguntó con más interés del que admitiría:

—¿Estás diciendo que la echaste cuando me fui?

—No lo sé, ¿cuánto te importa la respuesta?

—Poco o nada —se encogió de hombros.

Él soltó aire despacio antes de contestar.

—Entonces supongo que me la guardaré para mí.

Se dio media vuelta y se alejó de allí sin más, y Arizona tuvo que contenerse para no quitarse un zapato y lanzárselo a la cabeza.

Intentó centrarse en el trabajo, pero debía reconocer que estaba demasiado agotada como para dedicar el par de horas o tres más que tenía pensadas. Sería mejor volver al palacete, donde al menos podría trabajar con otra calma.

Se miró el atuendo y se planteó sus posibilidades.

Tenía permiso de vestuario para llevarse la ropa, y de veras lo necesitaba para afianzar algunos matices de su personaje.

El peso de las miradas críticas y el juicio silencioso que estaba segura que encontraría en cuanto cruzara las puertas del teatro serían una fuente de inspiración infinita para entender a Isabella, para fundirse con ella, para comprender en carne propia cómo se sentiría una mujer dulce como ella lidiando con una sociedad que la condenaba por algo de lo que no tiene culpa alguna.

Y no se sorprendió cuando cierto… honorable de las narices se erigió como representante supremo de aquella sociedad que quería experimentar.

—¿Dónde crees que vas? —interrogó Tyler, interponiéndose en su camino en cuanto la escuchó despedirse y enfiló el pasillo.

Arizona frunció el ceño.

—Pues lo estaba decidiendo —lo miró con inocencia ensayada—. No sé si ir adonde quiera o adonde me dé la gana. Aún estoy indecisa.

—Adonde sea, no irás así —aseguró.

Arizona intentó respirar hondo antes de contestar.

—No espero que tú lo entiendas —le explicó en un tono para tontos—, pero me falta un punto de conexión con Isabella que…

—Tu interpretación es perfecta.

—Aún no.

—¿Y para lograrlo tienes que pasearte por Londres de esa guisa? —sonaba incrédulo.

—Voy directa al palacete.

—¿Y quieres que te violen antes de llegar? —preguntó irritado—. Empieza a oscurecer.

—¿Es que Jack el Destripador sigue suelto y no me habéis dicho nada?

La exasperación de ambos comenzaba a ser evidente.

—Ese atuendo no es como ir disfrazada de Callie West.

—Yo no me disfrazo, idiota.

—Llámalo como quieras.

—Igual es que crees que te estoy pidiendo permiso —le sostuvo la mirada—. No tienes ningún derecho a…

—¡Por supuesto que lo tengo! —exclamó ya muy irritado—. Por lo que a mí respecta, eres una inversión astronómica de dinero que no voy a arriesgar porque seas una descerebrada sin remedio.

Aquello la llenó de una furia que apenas podía controlar. Los ojos y oídos que aún quedaban en el teatro permanecían en silencio, pero era evidente que ninguno perdía detalle.

—Tyler…, ¡aparta o te empujo! —exigió entre dientes.

Will llegó justo a tiempo para mediar. Ambos se sostenían la mirada con un enfado palpable y nada dispuestos a ser el primero en dar su brazo a torcer.

—Seguro que hay una forma de solucionarlo —expuso el director con rapidez, y miró a Arizona—. ¿Vas directa al palacete?

—Sí.

—¿Y tú no ibas también para allá? —le preguntó a Tyler.

El chico asintió y Will continuó:

—Pues quizá podríais…

—¡Con esas pintas no va conmigo a ninguna parte! —cortó Tyler antes de que siquiera lo propusiera.

—Ni con estas pintas ni con ninguna otra —aclaró Arizona—. Ya te he soportado bastante por hoy.

Will soltó aire con fuerza y los miró con evidente desconcierto.

—Yo te llevaré —se ofreció.

—Tomaré un taxi —repuso la chica.

El bufido de irritación de Tyler dejó claro lo que opinaba al respecto.

—¡Deja de hacer ruiditos! —lo enfrentó Arizona. La furia que leía en sus ojos alimentaba la suya.

—Vivo cerca de CastleHill —intervino ahora Vince con cierto titubeo, y se ganó la atención de todos—. Puedo acercarte al palacete.

Arizona miró al actor con una expresión amable.

—¿No te importa?

—No, y quizá podríamos pasar parte del texto por el camino —sugirió el tipo con una sonrisa en los labios de lo más encantadora… que no gustó a todo el mundo.

Complacida, Arizona sonrió. Y no era tanto ante la idea de trabajar durante el trayecto, sino por haber sido capaz de acabar con aquella discusión sin ceder. En realidad estaba agotada. Aun así, miró a Tyler con una expresión satisfecha.

—¿Te sirve, boss ? —ironizó.

No obtuvo respuesta. El chico se limitó a mirarla de arriba abajo con un gesto de censura total y absoluto, se dio media vuelta y se largó sin siquiera despedirse de Will.

Vince aprovechó para alejarse hacia el escenario en busca de sus cosas, y Arizona se giró a mirar al director.

—No voy a permitirle que se meta en todo, Will —le dijo en un tono serio.

—Arizona… —suspiró algo superado por el momento—, sé que tienes un modo muy particular de trabajar en tus personajes, pero Londres es una ciudad peligrosa.

—Ah, ya, a veces se me olvida —declaró mordaz—, como yo suelo vivir en ese pueblito pequeño en el que nunca pasa nada llamado Manhattan…

Will le regaló una sonrisa diplomática.

—Entiendo tu punto de vista —concedió—, pero Tyler solo quiere protegerte.

—No, él quiere proteger su imagen, su inversión e imponer sus exigencias —opinó convencida—. Yo le importo un carajo.

Y aquello le molestaba mucho más de lo que jamás admitiría.

—Le da vergüenza ir por la calle con alguien como yo —insistió—.

Y le da igual que vaya vestida así, de Callie West, de monja o de la rockera que soy —apretó los dientes—, como si a mí me hiciera especial ilusión pasearme en compañía de un estirado al que el mismísimo Armani parece hacerle los trajes a medida.

«Por bien que le sienten esos trajes».

Por suerte, Vince regresó en ese instante y prefirieron dejar la conversación allí.

Cuando salieron a la calle principal del teatro, Arizona se alegró por primera vez de no haberse empeñado en irse sola.

El aire frío le rozó la piel como una advertencia y la incomodidad no tardó en llegar en forma de miradas persistentes que se detenían más de la cuenta, que la recorrían sin pudor, deslizándose por su cuerpo con una familiaridad que le erizaba la nuca.

Se le tensaron los hombros, sintiéndose demasiado expuesta, consciente de cada paso y de cada gesto, incluso de las personas que la miraban como si fuera una loca que hubiera que eliminar o de los que no lo hacían, como si al ignorarla pudieran conseguir que desapareciera por sí sola.

Cuando al fin llegaron al coche de Vince, estaba al fin mimetizada con la piel de Isabella. Había logrado comprender en escasos minutos… lo que jamás hubiera conseguido sin salir del teatro. Ahora solo tendría que usarlo para darle vida.

Aun así, no pudo evitar agradecerle en silencio a aquel patán odioso la discusión. Sí, salir sola del teatro habría sido un pelín temerario por su parte, pero antes se convertiría en faquir que admitirlo frente a él.

Mientras Arizona abandonaba el teatro, ajena a cualquier otra cosa que no fueran sus propias cavilaciones, desde algún punto cercano alguien observaba con más interés del que aquella curiosa escena y atuendo parecían merecer.

Sacó su teléfono, abrió un chat de WhatsApp y escribió mientras sonreía.

MACBETH:

Es hora de poner en marcha la fase 2

OFELIA:

Mañana mismo

MACBETH:

Empieza por algo sutil, lo justo

para lograr nuestro propósito

OFELIA:

Entendido

Te iré informando