Capítulo 22 #2
Cada poro de piel del cuerpo de Arizona se erizó frente a la declaración de intenciones, que a aquellas alturas no era solo una amenaza.
Intentó empujarlo, pero sin esforzarse mucho.
Aquella mano estaba demasiado cerca de su objetivo como para seguir cuerda.
Sus piernas ni siquiera se esforzaban por exigir un mínimo de decoro y permanecer cerradas y cada vez le facilitaban más y más el acceso.
—Es que tu… concubina no te dejó satisfecho anoche —protestó solo para intentar molestarlo, incapaz de oponer resistencia física.
—No, tuvo la desfachatez de dejarme a medias y largarse a su cuarto —le susurró al oído, llegando ya hasta su objetivo.
—¡Eh! ¿Acabas de llamarme concubina? —se quejó, e intentó revolverse.
— Shhh , quédate quieta Jezabel —musitó en su oído, empapándose ya de su excitación—. Mira cómo estás…, es evidente cuánto deseas esto.
Y sería absurdo negarlo. Casi sin pretenderlo, se meció contra sus dedos incapaz de evitarlo. Y fue mucho peor cuando lo escuchó a él jadear en su oído.
—Repíteme lo irrelevante y poco importante que es esto —exigió ahora, y hundió dos dedos en su interior de una embestida certera—. Si consigues decirlo sin jadear, prometo soltarte al instante.
¡Ni loca pronunciaría una sola palabra en ese momento! Aquella era la realidad y no pensaba sentirse ni un poco culpable al respecto.
—Deja… de hablar.
Tyler rio entre dientes, un sonido bajo y ronco que le recorrió la piel, mientras la masturbaba a conciencia, arrancándole deliciosos e incontenibles gemidos.
Por fortuna la columna los escondía lo suficiente como para alejarlos en parte de miradas indiscretas, porque ninguno de los dos se molestaba en disimular lo más mínimo.
—Oh, por Dios… —gimió Arizona, aferrándose a su cuello cuando las rodillas amenazaron con cederle—. Tyler…
Él disfrutaba de cada uno de sus gemidos tanto como si fueran propios.
—¿Quieres más?
—Sí… sí… —susurró al borde del abismo.
—Dime cuánto lo deseas.
Ella guardó silencio. Su cuerpo ardía con una virulencia que amenazaba con enloquecerla, necesitaba aquel alivio tanto como respirar.
—Dilo —exigió él de nuevo—. Dime cuánto te gusta que te toque así…
«Ni muerta».
Tyler detuvo su mano al instante y Arizona dejó escapar un gruñido de frustración.
—Tyler…
—¿Qué? —interrogó, mirándola ahora a los ojos, donde ella leyó con claridad un reflejo de su propio deseo, aunque tenía mucho cuidado de no mover un solo dedo.
La frustración empezaba a ser insoportable y fue ella quien comenzó a moverse contra sus dedos, incapaz de evitarlo, pero no era lo mismo, necesitaba que él ayudara.
—Joder, Tyler… —se quejó entre jadeos— colabora…
Él sonrió y murmuró en su oído:
—Ruégame.
—¡Cabrón!
Contra todo pronóstico, él soltó una risa ronca que la fascinó.
—Creo que podría tomar eso como un ruego —concedió, y movió los dedos con suavidad—, habla por sí solo.
Arizona soltó un gemido inevitable.
—¿Te gustaría eso, Jezabel? —volvió a moverlos—. ¿Admito tu grado de frustración como una confesión y sigo adelante?
Era una pregunta… cuya falta de respuesta provocó que se detuviera de nuevo.
—¡Sí, maldito seas, sí! —rogó, moviéndose con fuerza contra su mano buscando su alivio de forma desesperada—. ¡Lo que quieras!
—¿Quieres saber lo que querría de verdad en este momento? —repuso, comenzando a mover sus dedos muy despacio,
Arizona gimió y asintió mientras se abandonaba a la sensación exquisita que solo él sabía provocarle.
—Quiero follarte en todas y cada una de las posturas del Kama Sutra —susurró mientras aumentaba el ritmo de sus dedos.
—Sí…, sí…
—¿A qué?
—A todo lo que quieras —admitió entre gemidos.
—Joder… —lo escuchó jadear en su oído al tiempo que acariciaba su punto g con un movimiento tan exquisito que la dejó sin aliento—. No te haces idea de… cómo te deseo…
Aquellas palabras colaboraban a acercarla a lo inevitable…
Y cuando el pulgar se unió a la caricia, rozando su clítoris con la presión justa, ya no pudo contenerse.
Se arqueó con un grito ahogado y el mundo se disolvió en una oleada de placer cegadora, que una vez más él tuvo la maestría de prolongar hasta la locura.
Cuando al fin llegó la calma, Tyler retiró la mano, pero no se apartó. Arizona necesitó unos largos minutos para recuperar la calma… y la vergüenza.
Tyler sonrió con evidente regocijo frente a su gesto de azoramiento.
—Te odio mucho en este momento —afirmó Arizona, intentando empujarlo para recuperar el control de sus emociones, pero él no se dejó apartar.
—Define irrelevante, porque…
—¡Vete al pedete!
Tyler no pudo evitar reír y aquel sonido obnubiló por completo a Arizona, que lo miró fascinada. La risa franca multiplicaba su atractivo por mil.
Le miró la boca y deseó besarlo con imperiosa necesidad. Estaba demasiado cerca, demasiado tentador…
…pero cuando intentó hacerlo, él apenas permitió que rozara sus labios con los suyos.
—Los besos los carga el diablo, Jezabel —murmuró, distanciándose un poco.
—¡Vete a la mierda! —masculló, empujándolo ya con tanta fuerza que Tyler no tuvo más remedio que dejarla marchar.
«Acaba de hacerme una cobra. ¡No me lo puedo creer!», se lamentó con una mezcla de vergüenza, abatimiento y rabia.
Tyler estuvo a punto de sujetarla para impedirle alejarse, pero hizo un esfuerzo sobrehumano por controlarse. Estaba en un punto crítico en aquel momento, no era buena idea seguir tan cerca, mucho menos besarla, o acabarían dando un espectáculo porno nunca visto en un teatro.
Joder…, había disfrutado aquello casi tanto como ella.
Estaba desconcertado frente a la intensidad de su propio deseo.
Cuando ella se había abandonado por completo a su clímax entre sus brazos, él mismo había estado a punto de acompañarla, y la sensación había sido tan intensa que ni siquiera estaba seguro de no haberse corrido.
—¿Qué demonios me haces, Jezabel? —murmuró entre dientes, avanzando con una distancia prudencial tras ella de vuelta al despacho, intentando concentrarse en otra cosa que no fuera el trasero perfecto que le hacían aquellos leggins.
No era una gran idea entrar en el despacho tal y como estaba, pero necesitaba saber qué iba ella a decirle a Arthur sobre su embarazo. Por suerte Arizona debió pensar lo mismo que él, puesto que se detuvo tras la puerta cerrada antes de entrar.
—Ni me roces —exigió cuando Tyler llegó hasta ella.
Él se detuvo a mirarla con cierta diversión.
—No te preocupes —repuso—. No te tocaría ni con un palo en este momento.
—No te molestaba tanto hace un segundo —protestó irritada.
Tyler la vio fruncir el ceño y no pudo evitar ampliar su sonrisa.
—Ni a ti —le recordó con cierto regocijo.
—Sí, lo sé, pero al menos yo no lo niego.
Sin cortarse, Tyler clavó una mirada de puro fuego en sus ojos.
—Ni yo tampoco —aclaró, contemplando sus labios como si quisiera pegarse un festín.
Fue evidente que ella leyó su deseo con absoluta claridad por el modo en que le devolvió aquella mirada, tragó saliva y se mordió los labios.
—Compórtate, Jezabel —exigió en un tono ronco—, ya me está costando no arrastrarte al baño sin que colabores.
Ella parecía desconcertada y lo miraba con una mezcla de curiosidad y anhelo, había aprendido a conocerla un poco.
—¿Por eso no… has querido besarme? —indagó, y era evidente que no le entusiasmaba preguntar, pero no podía contenerse,
Tyler acabó suspirando, resignado, miró su boca y soltó un gruñido.
—¿Por qué otra cosa iba a ser… —terminó admitiendo, y se acercó a su oído para susurrar— si tienes la boca más dulce que he besado jamás?
Sin mirarla de nuevo por miedo a ceder a sus deseos, abrió la puerta del despacho y se coló dentro.
«Mierda, Arizona, cierra la boca antes de que te cuelgue la baba… o perderás toda dulzura», se amonestó, pero no pudo evitar sonreír.