Rivales con derecho a roce Capítulo 22
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Capítulo 22

Arizona se había quedado muda por la sorpresa. Miraba a todos en el despacho como si nada de aquello fuera con ella.

«Esto no puede estar pasando», se repitió varias veces, pellizcándose en un intento de despertar.

—Como ya supondréis, es obvio que no había nada de truco en esas fotos —siguió diciendo Tyler como si no estuviera causando una conmoción absoluta en el despacho.

El rostro del anciano se iluminó como un árbol de Navidad recién encendido y su mirada saltó a Arizona con una intensidad casi infantil.

—¿Es… cierto?

Ella lo miró, descolocada por completo aún, con la mente girando demasiado rápido. No sabía si contestar o cargarse a Tyler primero. ¡¿Cómo se atrevía a exponerla así?!

«¿Y cómo mierdas sabe que es el padre del bebé? ¿Y por qué no ha dicho nada hasta ahora?».

La chica estaba tan concentrada en imaginar la cantidad de formas distintas en las que podía matar a Tyler que le costó contestar.

—Arizona —insistió Tyler sin apartar la vista de ella—, no tiene sentido ocultarlo.

—¡¿Puedes callarte?! —estalló, poniéndose en pie de golpe.

El corazón le latía desbocado. En aquel momento estaba demasiado en shock como para decir nada más. Tenía motivos de peso para no hacer público su embarazo.

—¿Voy a ser abuelo postizo? —preguntó Arthur, casi sin aliento, mirando de uno a otro con una esperanza que dolía.

—Sí —aseguró Tyler sin un ligero titubeo.

—¡Tyler! —protestó Arizona de nuevo, fulminándolo con la mirada.

Él le devolvió una expresión inocente, como si no estuviera complicando su vida sin consultarle.

Intentando guardar la calma, Arizona se giró hacia él, lo agarró del brazo con más fuerza de la necesaria y lo empujó hacia la puerta.

—¿Puedo hablar un segundo contigo?

No aguardó respuesta.

Tyler asintió como si hubiera estado esperando justo aquello y salió tras ella, dejando atrás un despacho cargado de emoción y una esperanza que no existía hacía apenas unos segundos.

Arizona avanzó unos pasos por el pasillo sin detenerse, hasta alcanzar uno de los recodos donde el corredor se ensanchaba, junto a una columna y un tramo de pared que los resguardaba parcialmente de la vista desde el despacho. No estaban a solas, no del todo, pero al menos no quedaban expuestos.

Se giró entonces y clavó en él una mirada cargada de tensión. Tyler intentó adelantarse a sus protestas:

—Antes de que digas nada…

No le dio tiempo a completar la frase. Arizona le arreó un guantazo que le salió del alma.

Tyler se limitó a suspirar y la miró con resignación, como si entendiera y aceptara que se lo tenía merecido.

—¿Más tranquila? —interrogó con calma.

—¡Vete a la mierda! —le gritó iracunda—. ¡¿Cómo se te ocurre anunciar algo así sin consultarme?!

Él la miró con cierta seriedad, pero cero arrepentimiento.

—Lo siento —empezó diciendo—, pero es lo único que se me ha ocurrido para animarlo a aceptar el tratamiento. Sí, quizá he debido consultártelo antes, pero…

—¿Solo quizá? —interrumpió molesta—. ¿En serio?

«¿Y por qué él no me reclama nada sobre su paternidad? No tiene sentido. ¿O es que no le importa gran cosa?».

—Necesita un motivo para tratarse, Arizona —declaró ahora en un tono que la conmovió—. Y tu bebé puede incitarlo a darse esa oportunidad.

«¿Tu bebé?», lo miró con las cejas arqueadas por la sorpresa.

—Siento haber tenido que mentir y decirle que es mío —siguió hablando él, y ahora parecía avergonzado—, pero creo que así tendremos más posibilidades de que acepte.

Arizona lo miraba con los ojos como platos. ¿Se lo había inventado? Bueno, eso creía él, al menos. No sabía si sentirse aliviada o golpearlo de nuevo.

—Si es que no se puede ser más imbécil… —murmuró casi para sí.

Lo escuchó soltar un suspiro mezcla tristeza y resignación.

—Arizona, ese hombre es una de las personas más importantes de mi vida —confesó en un tono sincero que logró apaciguarla—.

Como podrás suponer, Lionel nunca fue un padrazo, pero por suerte Arthur me acogió en la peor época de mi vida.

Él estuvo ahí para mí cuando necesitaba un guía para no perderme del todo. Le debo todo lo que soy

La chica lo miraba confusa, preguntándose de qué podía estar hablando, pero no era momento para indagar.

—Quiero hacer todo lo que esté en mi mano para devolverle el favor.

—Y puedo entenderlo, Tyler —admitió con sinceridad—, pero entiéndeme tú a mí.

Él la miró con cierta resignación.

—No puedo encariñarme con el bebé —suspiró exasperada—. Ni siquiera debería llamarlo bebé aún. No hasta que decida qué quiero hacer con mi embarazo y, como supondrás, no puedo tomar mi decisión solo pensando en Arthur.

—Y no te estoy pidiendo eso.

—¿Entonces?

—Veamos qué dice —sugirió—. Si accede al tratamiento, una vez que comience dará igual lo que decidas. Podemos ocultárselo el tiempo suficiente para…

—¡No!

—Arizona…

—¡Deja de jugar con la vida o la… no vida de mi bebé! —rogó, intentando que las lágrimas que le escocían en los ojos no se derramaran—. Ya va a ser muy duro si decido no tenerlo. No puedo hablar de él a todas horas, eso hará la pérdida demasiado real.

«Dios, ya dolía, ¿cómo era posible?».

Por primera vez Tyler la miró con una expresión sincera y sin dobleces, como si solo en aquel momento hubiera comprendido al fin cómo se sentía.

—Vale, lo entiendo, tienes razón —acabó admitiendo—. Vamos a decirle toda la verdad. Siento haberte metido en este lío.

Arizona se sintió un poco mejor al fin.

—Si prefieres que diga que me lo he inventado todo… —insistió él.

—No, lo de la verdad me gusta —admitió—, aunque no me deje en un buen lugar.

—¿Por qué piensas eso?

Ella se encogió de hombros, cohibida.

—Que me esté planteando interrumpir mi embarazo no suele ser una decisión muy bien comprendida.

—A mi parecer, estás actuando con mucha responsabilidad —opinó Tyler—. Estás valorando todas las opciones sin precipitarte, pensando en lo mejor para ambos.

Aquello la sorprendió, pero no se dejó influir. Bastante le gustaba ya aquel hombre como para añadir más virtudes a la lista.

—Lo que no me queda muy claro es qué piensa el padre de todo esto —dijo como de pasada—. También es su problema.

De forma absurda, le molestó que usara la palabra problema para referirse a su hijo.

—Deja a su padre fuera de esto, no tiene nada que opinar aquí.

Tyler entrecerró los ojos, era evidente que seguía en desacuerdo con aquella afirmación.

—Ah, sí, se me olvidaba que te quedaste embarazada por obra y gracia del Espíritu Santo.

—¡Imbécil!

—Dannie no es mi persona favorita, lo admito, pero insisto en que tiene derechos.

Arizona cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró ahora con cierta irritación.

—¿Le dijiste lo mismo a Jennifer cuando le ocultaba su hija a James? —interrogó sin pararse a pensarlo.

Tyler la miró asombrado.

—¿Cómo?

—¿Le hablabas de los derechos del padre de su hija?

—Yo no tenía ni idea de todo aquello —se defendió.

—Porque estabas loco por ella, la querías para ti y no te interesaba decírselo.

—¡Porque no teníamos tanta confianza! —aseguró, y parecía muy desconcertado.

—Pero conmigo sí te atreves a opinar —apretó los dientes—, como si tuvieras derecho. Eres un hipócrita.

Tyler parecía muy desconcertado ahora. La miraba con una expresión de cautela.

—¿Quién te ha contado lo de Jennifer? —preguntó tras unos segundos—. ¿Has cotilleado con Dannie sobre mí?

Arizona sonrió mordaz.

—Puede ser —se encogió de hombros—. ¿Era un secreto?

—Ni mucho menos. Solo me sorprende un poco.

—Tengo una comunicación excelente con Dannie —afirmó, mordiéndose la lengua para decir solo lo justo.

—¿En serio? —replicó él, con una sonrisa que no tenía nada de amable—. ¿Le has contado todo lo que ha pasado entre nosotros?

Arizona tragó saliva y se cruzó de brazos con más fuerza, como si así pudiera sostener también el control que empezaba a resquebrajarse. Dannie no debía enterarse de aquello, apenas soportaba a aquel tipo. Su silencio fue demasiado elocuente y habló por sí solo.

Tyler rio con evidente falta de humor.

—Ya veo —murmuró—. Soy tu pequeño secretito, ¿no?

—No —aseguró, fingiendo una indiferencia que no sentía—. Solo eres… algo sin importancia. No voy a contarle cada pequeño detalle de mi vida.

Para sorpresa de Arizona, aquello pareció enfurecerlo más de lo que esperaba. Lo vio apretar la mandíbula con tanta fuerza que fue demasiado evidente. Sus ojos se oscurecieron con lo que parecía rabia contenida, mezclada con una necesidad mucho más visceral y primitiva.

—Algo sin importancia —repitió él en voz baja, como si estuviera probando el sabor de las palabras—. Curioso, anoche no parecía tan… irrelevante.

Recortó la distancia sin dejar de mirarla a los ojos. Arizona tragó saliva, pero se negó a retroceder, incluso sabiendo que él tenía toda la intención de darle un recordatorio, uno que su traicionero cuerpo ya celebraba.

—¡Ni se te ocurra acercarte más! —exigió, intentando disfrazar su necesidad de irritación.

Él le hizo el mismo caso de siempre: ninguno. Un segundo después la tenía acorralada contra la columna, tras la que quedaban semiocultos.

—Tyler…

Se le veía muy enfadado como para venirse a razones y Arizona se preocupó. Moría de ganas de dejarlo avanzar y pronto no tendría dónde esconderlo.

Para su asombro, él no se anduvo con rodeos. Clavó una mirada de pura lujuria en sus ojos que casi la hipnotizó mientras con una de sus manos buscaba el elástico de sus leggins bajo su ombligo.

—…¿qué haces? —murmuró la chica con la voz ahogada por la excitación.

Pero era evidente. La mano de Tyler se adentraba ya con total descaro por dentro de sus leggins, sin permiso y sin un ligero titubeo, buscando la forma de colarse en sus bragas.

—Vamos a comprobar cómo de irrelevante y falto de importancia soy —susurró.

—¡Estamos en mitad del pasillo! —intentó apartarse, pero el morbo, la necesidad y el deseo hablaron por ella.

—Lo tengo claro —aseguró, traspasando el elástico de la ropa interior—, ¿quieres saber qué más tengo claro?

Arizona aguardó con el corazón acelerado. Tyler recortó la distancia hasta su oído y murmuró:

—Voy a masturbarte… y te aseguro que no va a tener nada de irrelevante.