Rivales con derecho a roce Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Arizona se ofuscó y se puso en pie para enfrentarlo, pero lo hizo demasiado rápido y tuvo que dejarse caer de nuevo en la silla, gesto que no pasó desapercibido para Tyler, que se hincó de rodillas frente a ella en un suspiro.

—¿Estás bien?

La chica asintió.

—¿Seguro?

«¡Pues no! Por tu culpa no he dormido ni desayunado y, para colmo, estás demasiado cerca y solo quiero… ¡uf, qué calor de repente!». Ni muerta le diría nada de aquello.

Tyler la miraba a los ojos con una expresión que por un segundo le pareció una mezcla de preocupación y deseo, pero acabó descartando ambas para preservar su propia cordura.

«Joder, quiero besarte», estuvo a punto de suspirar.

Seguían demasiado cerca, mirándose a los ojos como si el mundo a su alrededor se hubiera esfumado de repente.

—¿Qué ha pasado? —interrogó Will, entrando ahora en el despacho.

Ambos se sobresaltaron. Tyler se puso en pie de inmediato y miró a su amigo, que venía acompañado de Arthur.

—Le exiges demasiado —acusó Tyler.

—Yo no —protestó Will—, ella marca sus pautas y es muy exigente.

—Es que no nos sobra tiempo —les recordó Arizona, y miró a Tyler—. Y no sé por qué tienes que hablar por mí.

Tyler blasfemó por lo bajo, irritado.

Arthur, que había permanecido en silencio, se sentó junto a la chica y le tomó las manos.

—¿Te encuentras mal?

—No —aseguró de inmediato, aunque admitió—: pero sí necesito comer algo.

Miró a Tyler, advirtiéndole con un gesto que ni se le fuera a ocurrir mencionar su mareo y mucho menos su embarazo.

—Pues yo me apunto a comer —declaró Arthur ahora—, pero agradecería no tener que moverme de aquí.

Se le veía cansado y todos eran muy conscientes de ello.

Encargaron comida china y se desperdigaron a descansar entre el sofá y los sillones, charlando con interés.

Arizona agradecía también el rato de relax, si es que se podía llamar así.

Que Tyler estuviera en la habitación le suponía un estrés extra en todos los sentidos.

Hubo un momento en el que el chico andaba por allí, entre el escritorio y la sala de utilería, y a ella se le iban los ojos una cosa mala…

«¿Habrá sido igual de bueno con ella que conmigo?

», no pudo evitar preguntarse tras repetirse que debería estar prohibido que te sentaran así unos vaqueros.

Frunció el ceño y no pudo evitar sentirse mucho más que molesta.

«Mierda, Arizona, ¿por qué narices te fuiste de la habitación?

». Se había repetido aquello mismo una decena de veces durante la noche.

A menudo no medía las consecuencias de sus actos y aquella era una de esas veces. Aunque sabía por qué lo hizo…

Un acceso de tos seco y profundo arrastró toda la atención hacia Arthur.

El cuerpo del hombre se sacudió con una violencia que helaba la sangre, obligándolo a inclinarse hacia delante mientras intentaba recuperar el aire.

Will le frotaba la espalda con cuidado, murmurando algo en voz baja; Arizona lo observaba con los ojos muy abiertos, atrapada entre el miedo y la impotencia; y Tyler…

Tyler parecía haberse quedado sin color, rígido, como si aquel sonido le estuviera arrancando algo por dentro.

Fueron unos segundos demasiado largos. Eternos. Cuando por fin la tos remitió, Arthur se dejó caer contra el respaldo del sofá, respirando con dificultad. Alzó la vista hacia ellos y frunció el ceño, irritado.

—¿Podéis dejar de observarme todos como si ya estuvierais eligiendo mi ataúd? —gruñó, todavía con la voz tomada—. Aún tengo algunos meses de tregua.

Los chicos estaban acostumbrados, por desgracia, pero Arizona no podía soportar escucharlo hablar así.

—Arthur, accede a tratarte, por favor —su voz salió suave, casi temblorosa—, tienes posibilidades…

—Apenas —replicó él, cansado.

—Un veinte por ciento no se puede considerar un apenas —intervino Will con firmeza.

Arthur soltó un suspiro largo, como si aquella conversación le pesara más que la propia enfermedad.

—Alguien tiene que formar parte de ese ochenta —murmuró.

—Y alguien del veinte —añadió Tyler en voz baja, sin apartar los ojos de él—. ¿Por qué no tú?

Arthur los miró entonces, uno a uno, como si intentara retenerlos en su memoria. Había resignación en sus ojos. Una calma que no era paz, sino aceptación.

—En un mes —dijo al fin, casi en un susurro— veré cumplido uno de los sueños de mi vida.

Giró la cabeza hacia Arizona y su expresión se suavizó de inmediato.

—Isabella en mi teatro… y tú dándole vida.

Arizona tragó saliva, conmovida.

—Pero no es tu único sueño —insistió Will ahora—. Querías dejarnos felices y enamorados, formando nuestra propia familia —le recordó—. Y yo soy fácil de enamorar, pero aquí tu hijo postizo… —esbozó una media sonrisa y señaló a Tyler con la barbilla— va a necesitar más meses de los que tienes.

Arthur dejó escapar una leve risa, casi sin aire, y volvió a mirar a Tyler.

—Si supiera que hay tan solo una mínima posibilidad… —suspiró.

La frase quedó suspendida en el aire, incompleta, y algo en Tyler se tensó, algo que llevaba demasiado tiempo contenido.

—La hay.

Todos lo miraron con extrañeza y Tyler no dudó en anunciar:

—Arizona está embarazada.

—¡Tyler! —exclamó ella, girándose hacia él con incredulidad.

—¡Vamos a tener un bebé!