Capítulo 21 #2
—Sabes que me encanta Arizona.
«Si por algo no quería preguntar».
—Si me dices que esas fotos no significan nada, creo que voy a intentar… —suspiró mirando hacia el escenario—, bueno, ya sabes.
—Pues no me parece muy profesional por tu parte mezclar los negocios con el placer —replicó Tyler en un tono ácido que no pudo controlar—, pero tú sabrás.
—Directo y a la yugular —protestó Will, mirándolo con cierta irritación ahora—. ¿Estás seguro de que esas fotos…?
—Joder, qué perra con las dichosas fotos —se quejó molesto—. No quiero que Arthur las vea y al final se te va a escapar delante de él.
—Arthur tiene ojos y un quiosco en la puerta de casa —informó la voz del susodicho, sobresaltándolos a ambos.
Se giraron para mirar al hombre, que estaba de pie tan solo a un par de pasos de ellos, con la revista de marras en la mano. Se la mostró a Tyler alzándola frente a sus ojos.
—¿Tengo que felicitarte? —interrogó ahora con una sonrisa.
—Ay, Dios… —se le escapó a Tyler entre dientes, exasperado.
—Cuéntale lo del ángulo antes de que se compre el esmoquin para la boda —bromeó Will solo para su amigo.
—Ya estoy harto de las malditas fotos —gruñó.
Will no pudo evitar reír y miró a su padre.
—Papá, las fotos están trucadas —explicó en un tono casual—. En realidad no está a punto de arrastrarla a uno de los baños del aeropuerto tal y como parece.
—Me parto contigo, eres de un gracioso… —murmuró Tyler entre dientes.
—Así que no… —Arthur se veía desconcertado.
—¡No! —se quejó molesto. Lo último que necesitaba era recordar lo dulce que sabía aquella boca y lo poco que le importaría tomarla en un baño, un coche o… bajo el hueco de las escaleras.
—Pues mejor —apostilló el hombre.
Tyler frunció el ceño, pero se quedó callado.
—Creo que es la mujer adecuada para Will —aclaró Arthur.
«¡Y una mierda!», estuvo a punto de gritarle, enfurecido. Y las ganas fueron tan intensas que prefirió no arriesgarse más.
—Necesito unos materiales de la sala de utilería —dijo en un tono rígido.
Will le tendió las llaves del despacho y Tyler se largó sin añadir una sola palabra más.
Los Marlow lo observaron alejarse con una sonrisa en los labios.
—Papá, del uno al diez, ¿cuánto riesgo crees que corro si le pido una cita a Arizona?
Arthur soltó una carcajada divertida.
—Yo no me arriesgaría…
—No he tenido náuseas ni vómitos, mareos o cualquier otro síntoma —suspiró Arizona al teléfono en un tono de resignación—. Estoy perfecta, Dannie, trabajando a tope.
«Aunque agotada», debió reconocer ante sí misma, pero aquello no lo dijo.
—No puedo pasarte el parte con mi estado de salud cada dos horas —se quejó—. ¿Y qué hora es ahí? ¿Las siete de la mañana?
Para su desconcierto, sintió un ligero vaivén en ese momento y tuvo que apoyarse contra la pared. Necesitaba descansar y comer algo con urgencia. El estrés, las pocas horas de sueño, el no haber desayunado y el desgaste físico enorme de aquella mañana le estaban pasando factura.
—Te llamo esta noche —le dijo a su hermano—, ahora tengo que…
Comenzó a ver estrellitas frente a sus ojos mientras se sentía algo aturdida, y un segundo después unos brazos fuertes la sujetaban para impedir que cayera, pero el teléfono no tuvo tanta suerte.
—Oh…
Por fortuna, el ligero mareo solo duró unos instantes, que fue lo que ella tardó en ser consciente de que aquellos brazos eran los de Tyler.
—Mi móvil… —señaló el teléfono en el suelo.
—Tú eres primero.
—Dámelo —rogó—. Estoy bien, no quiero que se preocupe.
Dannie estaría al borde del colapso nervioso en aquel momento.
Con una expresión de irritación, Tyler se aseguró de que se sostenía en pie y se agachó a recogerlo.
—Todo bien —repuso ella de inmediato, incluso sin saber si la llamada seguía activa—, se me ha caído el… ¡que estoy bien, Dannie, ¿te puedes calmar? Es Tyler, pero… ¿Qué?… ¡No pienso pasártelo!
Arizona se retiró el teléfono y soltó un improperio. En aquel punto sería mejor dejar a su hermano hacer un monólogo o ceder a sus exigencias. Le tendió el teléfono a Tyler.
—¿Puedes decirle que estoy bien, por favor?
Frunciendo el ceño, Tyler tomó el móvil.
—Está perfecta —informó alto y claro, y para asombro de Arizona se permitió el lujo de colgar.
—¡¿Eres idiota?!
La respuesta fue tomarla en brazos y caminar con ella hasta el despacho, incluso frente a las protestas.
—¿Desde cuándo no comes? —le preguntó en un tono seco mientras la soltaba en una de las butacas del despacho.
—Tenía prisa esta mañana y…
—¿No has desayunado nada? —Sonó a reclamo—. ¡Llevas horas bailando, Arizona, maldita sea!
—Oye, no me grites —protestó malhumorada—. Joder, qué mala suerte que precisamente tú estuvieras en el pasillo.
—¿Habrías preferido pegarte un batacazo?
—No, pero…
—Ah, claro, preferirías que fuera tu Dannie quien estuviera aquí —ironizó—, pues lo siento, solo soy yo, la vida no es justa.
Ahora estaba perpleja. Pero ¿qué demonios le pasaba? ¡Ni que le debiera dinero! Ella sí tenía motivos para estar enfadada.
—Es muy tarde —siguió diciendo Tyler—. Hora de hacer un descanso para comer.
—Oye, ¿quién te ha nombrado jefe supremo?
—Lo soy —le recordó—, y tengo que proteger mi inversión.