Rivales con derecho a roce Capítulo 21
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Capítulo 21

Arizona era incapaz de aplacar su irritación cuando entró en el teatro cerca de las nueve.

Apenas había descansado unas horas, fustigándose con imágenes de él con aquel caramelo empalagoso, dándose un banquete de azúcar.

Para colmo, a pesar de su furia, había tenido que…

aliviarse la tensión hasta tres veces, incluso al despertar por la mañana.

No entendía qué tenía aquel odioso para que su cuerpo lo deseara con aquella intensidad insoportable y fuera de toda lógica.

Esperaba no tener que verlo en unos días, al menos hasta que su piel dejara de gritar su nombre con aquel ensañamiento. Incluso había salido sin desayunar aquella mañana para evitar cruzárselo. Sería mejor…

—Buenos días —escuchó una voz demasiado familiar desde uno de los pasillos laterales.

«¡No puede ser! ¡¿Qué mierdas hace aquí tan temprano?! ¿Vengo muerta de hambre por nada?». Sí, siempre encontraría un motivo para querer estrangularlo.

¿Y qué demonios estaba haciendo allí?

No la miraba, estaba muy concentrado, inclinado sobre uno de los paneles de madera del pasillo izquierdo. Parecía haber retirado una de las molduras y examinaba… vete a saber qué.

Le picó la curiosidad. Demasiado como para pasar de largo. Por suerte, Will salió de entre bastidores, la saludó con cordialidad y caminó hasta Tyler, al que le tendió uno de los cafés que llevaba en la mano.

—Toma, ¿quieres este? —ofreció el otro a Arizona—. No sabía que estabas aquí. ¿Has desayunado?

La chica recortó la distancia hasta ellos.

—Ella no puede beber café —murmuró Tyler sin mirarla.

Will frunció el ceño.

—¿Por qué?

—La cafeína no es buena en su estado —aclaró como si hablara del tiempo.

«¡Lo mato! ¡Uf!».

—¡Por supuesto que voy a tomarme ese café! —aseguró casi quitándole el vaso a Will de las manos. Pero se sintió fatal tras dar el primer sorbo.

«¡Joder, el puto Pepito Grillo se podía haber callado!».

—Me temo que al final tengo que levantar este panel completo —explicaba ahora Tyler para Will, señalando entre la unión de dos piezas—. La madera original ha cedido más de lo previsto con la humedad. Si no lo corrijo ahora, en unos meses volverá a abrirse y será mucho peor.

Arizona miraba de uno a otro con el ceño fruncido.

—Joder, ya lo siento, Ty —suspiró Will—. Sé que tienes mucho trabajo acumulado por pasar tantas horas aquí.

—No importa —afirmó—. Todo debe quedar perfecto a tiempo.

Ambos miraron a su alrededor con una sonrisa en los labios. Por un instante parecían haberse olvidado de Arizona por completo.

—Jamás podré agradecértelo lo suficiente —repuso Will, feliz.

—Para eso está la familia —se encogió de hombros—, y que conste que he disfrutado hasta el último segundo de trabajo.

Will pareció recordar ahora que no estaban solos y miró a la chica con una sonrisa de satisfacción.

—Deberías haber visto este sitio hace tan solo unos meses —contó—. Parecía un edificio fantasma hasta que este tipo llegó con su varita a hacer pura magia —sonrió, volviendo a mirar a su alrededor, sin ser consciente del estupor que había causado en ella.

«Joder, ¿Tyler era el responsable de que a ella se le hubiera cortado la respiración cuando días atrás entró en el Lyric Hall? ¡Lo último que necesitaba era añadirle sensibilidad y genialidad a aquel envoltorio!

Frunció el ceño, irritada consigo misma por el modo en que se le aceleró el corazón, y se alejó de ellos hacia bastidores sin decir una sola palabra.

—¿Qué demonios le has hecho a esa mujer? —indagó Will de inmediato, con una expresión divertida.

Tyler torció el gesto.

—¿Por qué no preguntas qué me ha hecho ella a mí?

Will lo miró con curiosidad.

—¿Te ha hecho algo?

—La vida imposible desde que nos conocemos.

—Ya será menos —rio—. Si es un encanto.

—Será contigo.

—¿Y contigo no? —preguntó con una expresión curiosa—. ¿Qué hay de esas fotos de las que no quieres hablar?

Tyler soltó un improperio.

—Sigo sin tener nada que decir sobre ellas —insistió por al menos cuarta vez desde el día anterior—. El ángulo desde el que están tomadas es engañoso. Fin del comunicado.

Estaba frunciendo el ceño y lo sabía, pero su cuerpo era un coctel de hormonas que lo tenía irascible del todo.

Había salido temprano del palacete y sin desayunar para no tener que topársela, confiando en que la visita al teatro fuera corta, pero se le había complicado.

A pesar de que durante la noche se había mentalizado de que debía mantenerse lejos de aquella fuente inagotable de problemas, verla y querer arrastrarla a algún lugar oscuro había sido todo uno.

Y eso que se había asegurado de mirarla lo menos posible.

Su cuerpo era ya capaz de reconocer incluso el olor de su perfume, al que respondía sediento de ella. ¡Lo enervaba tanta intensidad!

«Solo es físico. Es cuestión de tiempo que todo se apague», se dijo por enésima vez desde la noche anterior.

«Ya van dos polvos, ¿cuánto puede tardar en ceder la intensidad?

». Suspiró. Si el primero fue increíble, lo de la cocina podía considerarse de otro planeta, la cosa ya no podía superarse, así que quizá solo debía tenerla de nuevo para sentir que todo volvía a su cauce y dejar de desearla.

«Mierda», soltó un improperio al ser consciente de que su cuerpo respondía solo al simple pensamiento.

—Oye, ¿piensas seguir mirando la pared mucho rato? —se burló Will, observándolo con atención.

Tyler le devolvió un gesto nervioso, como si se sintiera pillado in fraganti.

—¿En qué pensabas?

—En la humedad —señaló la pared, y no pudo evitar sonreír para sí.

—Ty, no sé qué problema tienes con Arizona —declaró ahora Will con cautela—, pero necesito que intentéis llevaros bien.

—No tenemos que ser amigos.

—No, ya, pero…

—Sin peros —interrumpió—. Seré todo lo cordial que pueda. Esa mujer me saca de quicio.

«En todos los sentidos», admitió para sí.

Will suspiró y se alejó de allí para dejarlo trabajar. Tyler pasó la mañana más incómoda de toda su vida viendo, o intentando no ver, más bien, cómo Arizona trabajaba sobre el escenario con una naturalidad que resultaba casi irritante.

Debía reconocer que era una experiencia enriquecedora y poco común verla trabajar.

Durante el primer par de horas se volcaron en una de las escenas de apertura de la obra, y lo primero que le sorprendió fue la facilidad con la que manejaba el texto.

Apenas consultaba el libreto, no lo necesitaba.

Las palabras parecían formar parte de ella, salirle sin esfuerzo, como si llevara años habitando ese personaje.

¿En qué momento se había aprendido todo aquello?

¿Cómo era posible? Eso por no hablar de que parecía mimetizarse con Isabella por completo.

De hecho, la persona que había sobre el escenario era muy diferente a Arizona.

Había algo en su postura, en la forma en que modulaba la voz, en cómo sostenía las pausas…

que la transformaba por completo. No era solo interpretación, sino una especie de fusión tan precisa que resultaba difícil distinguir dónde terminaba una y empezaba la otra, salvo cuando reía con aquella risa cantarina… tan suya.

Tyler frunció el ceño, incapaz de apartar la vista. Apenas le había cundido nada la mañana de trabajo aún. Y fue mucho peor cuando llegó el coreógrafo.

La energía del escenario cambió al instante.

Las marcas se desplazaron, la música empezó a sonar a intervalos y Arizona pasó de la palabra al movimiento con una facilidad que lo dejó momentáneamente sin reacción.

No se limitaba a seguir pasos, los absorbía, los ajustaba, los hacía suyos mientras contaba, corregía posiciones o repetía secuencias con una precisión casi obsesiva.

Uno, dos, tres… Pausa. Giro. Otra vez.

Y en medio de todo eso hablaba, cantaba fragmentos, probaba entradas de voz mientras se movía, ajustando respiración, ritmo, intención, como si su cuerpo y su voz fueran una misma herramienta perfectamente calibrada.

Se detenía, preguntaba, proponía cambios y volvía a empezar con una concentración feroz.

Aquella versión de Arizona lo fascinaba, lo desarmaba, porque era brillante.

El escenario comenzó a llenarse poco a poco de bailarines y actores, uniéndose a ella, pero incluso con veinte personas a su alrededor sobre el escenario, seguía acaparando miradas, como si tuviera un enorme foco sobre su cabeza que solo la enfocara a ella.

Y verla bailar era…

«Joder, ¿en qué momento me he sentado aquí con la baba colgando?

», se amonestó cuando fue consciente de que hacía rato que ni siquiera disimulaba para mirarla.

Había tomado asiento en una de las butacas del extremo y había pasado de fingir examinar uno de los paneles de madera… a nada, a deleitarse la vista sin más.

«Bueno, yo pago su desorbitado caché…, tendré que asegurarme de que lo vale», justificó el hecho.

«Y lo vale, ¡vaya que sí!». Ahora sí podía entender por qué Will y Arthur estaban tan obcecados en que fuera su Isabella.

Tenía un talento fuera de serie, en cualquiera de las tres disciplinas: cantando, bailando y, por supuesto, interpretando.

«Más me vale mantenerme lejos», se dijo. Sería muy estúpido si no se diera cuenta de cuánto lo afectaba aquella mujer en todos los sentidos. Cómo lograría no sucumbir… era la gran duda.

—Es increíble, ¿verdad? —repuso Will tomando asiento a su lado.

—Parece que vale lo que cobra, lo admito —fue toda la concesión que hizo en un tono neutro.

Will sonrió.

—Venga, puedes hacerlo mejor.

Tyler miró a su amigo con una expresión resignada.

—¿Por qué querría hacerlo mejor? —arqueó las cejas.

Pero Will se limitó a ampliar su sonrisa un poco más antes de añadir:

—Háblame del ángulo de esas fotos —murmuró, y rio a carcajadas cuando Tyler soltó un improperio exasperado—. Vale, si en el fondo me encanta saber que están sacadas de contexto.

Apretando los dientes, Tyler intentó concienciarse de que no debía preguntar, pero fue inútil

—¿Por qué? ¿A ti qué más te da?

Will lo miró con un gesto ahora algo más serio.