Rivales con derecho a roce Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Eso ha sonado a irritación —opinó, mirándola con atención—. ¿Acaso te molesta mucho que alguien más visite mi alcoba?

—Solo cuando me dejan a medias —se encogió de hombros.

—Aún podemos remediar eso.

—No, ya se me ha cortado el rollo —aseguró.

«¡Ni aunque seas el último hombre sobre la tierra, mujeriego y prepotente cabronazo!

», habría querido gritarle, pero no tenía ningún derecho.

Debía largarse cuanto antes, odiaba sentirse así, vulnerable y desconcertada, y le habría gustado poder echarle la culpa a las hormonas, pero para eso debía recordar que estaba embarazada de aquel… ¡uf!

—Disfruta de la fiesta —se permitió el lujo de decir, justo antes de girarse dispuesta a irse.

—Que a ti te importa una mierda, ¿no? —replicó con evidente irritación, reteniéndola de un brazo.

Arizona respiró despacio unos segundos antes de volverse a mirarlo de nuevo.

—Mierda y media —afirmó alto y claro, mirándolo a los ojos—. Lo que sí me toca las narices es esa costumbre tuya de retenerme.

Miró la mano que la sostenía del brazo a insistió:

—No entiendo el sentido de esta conversación —intentó sonar indiferente—. Podría entender que te sintieras frustrado si te dejara con… —miró su erección con total descaro— la bandera izada y sin ayuda, pero tienes esperando a alguien que se encargará de bajarla.

Tyler apretó los dientes y acabó sonriendo al tiempo que le soltaba el brazo.

—¿Sabes qué? —fingió sopesarlo—, tienes razón, y ya estoy perdiendo un tiempo valioso.

—Pues venga —señaló sonriente—. Ya quisieran muchos tener a dos mujeres distintas en la misma noche.

—Correcto, soy un tipo afortunado.

Sin más, se giró sobre sus talones, regresó a la habitación y cerró la puerta de un tremendo portazo.

Arizona no quería pensar, no podía. Tenía instintos asesinos en ese instante. Acostarse de nuevo con aquel estirado había sido un error de proporciones bíblicas.

«¡Que se la tire todas las veces que dé de sí la noche! ¡A mí qué me importa!». Y habría sido muy convincente… si en ese momento no hubiera tenido que correr a su habitación presa de unas arcadas horribles que le cortaban el cuerpo.

Tyler cerró de un portazo que resonó incluso dentro de su cabeza. Se apoyó en la puerta con una irritación apenas controlable, blasfemando por lo bajo.

Cuando posó sus ojos en la cama, descubrió a Dafne totalmente desnuda sobre las sábanas.

«¡Debería tirármela, maldita sea!», bramó para sí, sintiendo su erección aún inflamada entre sus piernas.

Joder, ¿cómo era posible que se hubiera largado dejándolo con aquel calentón y con otra mujer bien dispuesta en la habitación? ¿Es que no le molestaba ni un poco? ¿Tan poco le importaba? Aquella mujer era insoportable e insufrible, en aquel momento sentía unas ganas inmensas de estrangularla.

Dafne salió de la cama al ver que él no avanzaba hacia ella y Tyler la miró de arriba abajo intentando encontrar algo de motivación, pero ni con una erección del tamaño de Groenlandia sentía el más mínimo deseo de tocarla.

—Vístete —le pidió de inmediato—. ¿Y qué narices haces aquí? No recuerdo haberte invitado.

—Creí que podría darte una sorpresa.

—Pues no vuelvas a hacerlo —exigió en un tono frío.

Sí, solía echar un polvo con Dafne de vez en cuando, como con varias de sus compañeras, pero jamás había invitado a ninguna de ellas a su alcoba.

Estaba muy enfadado: con aquella mujer por interrumpir, con él mismo por sentirse tan frustrado por quien no debía y con Arizona por… ¡joder, por todo, lo bueno, lo malo y hasta lo regular!

Apretó los dientes con fuerza.

Dafne avanzó ahora hacia él con una sonrisa lasciva.

—Ya que estoy aquí, podemos jugar un ratito y…

—No me apetece.

La chica lo miró perpleja y señaló sus partes bajas.

—Pero es evidente que estás muy motivado —ronroneó, llegando hasta él.

Le echó los brazos al cuello y Tyler se desesperó.

«Joder, está desnuda», se recalcó para hacerse entrar en razón

—Puedo hacerte cambiar de opinión.

—Estoy cansado.

—Pues deja que trabaje yo —propuso, e hizo amago de hincarse de rodillas frente a él.

Tyler la detuvo antes de que pudiera hacerlo. Joder, no recordaba haberle dicho que no a una buena mamada en toda su vida… hasta ahora. Pero su amiguito comenzaba incluso a decaer.

«Solo estoy agotado», se dijo para reconfortarse. Aquella falta de motivación no tenía nada que ver con Arizona. Su reacción sería la misma si fuera ella quien tratara de arrodillarse frente a él y…

«Mierda», casi blasfemó cuando su cuerpo reaccionó con la virulencia de un adolescente frente al simple pensamiento.

—Sal de aquí, por favor.

—Venga, deja que… —intentó meter la mano por dentro de los pantalones.

—¡Que te largues, hostias! —exigió, llegando al límite de su resistencia.

Por suerte no insistió y, para alivio de Tyler, solo tardó un minuto en ponerse la bata y salir del cuarto.

Desconcertado y molesto, caminó hasta la ducha y se metió bajo el chorro de agua fría, soltando un gruñido de desagrado.

Cuando ya estaba empapado, fue consciente de que aún tenía en su muñeca las bragas de Arizona. Se habían mojado, pero las desenredó y las acarició con una mano mientras que con la otra… descendía hasta su sexo sin remedio. Se volvería loco si no lograba acallar un poco la excitación.

Destellos de lo sucedido en la cocina lo llevaron al límite con una velocidad que lo sorprendió. Joder…, aquello había sido… ¡guau!

Su respiración se aceleró mientras seguía acariciándose ahora con urgencia.

Hundirse en ella era tan increíble… Dios, joder… Arizona…

…Arizona…

Al fin alcanzó la liberación… mientras tras sus retinas había sitio para una única imagen: Arizona, acalorada y preciosa, a la que casi podía escuchar aún jadear en su oído.