Capítulo 20
Arizona no protestó. Lo miró desde esa nueva cercanía, demasiado consciente de él otra vez. De su calor, de la firmeza de sus brazos, de lo fácil que parecía para él sostenerla como si no pesara nada.
—Se me olvidaba que eres…
—Como digas honorable voy a dejarte caer —amenazó mientras comenzaba a subir las escaleras.
—Iba a decir un caballero —admitió, y sonrió antes de añadir—: Alteza.
Tyler le lanzó una mirada de advertencia que prometía represalias, y ella no pudo evitar reír, acomodándose un poco más contra él, como si aquel fuera ya el lugar más natural del mundo.
Él siguió subiendo sin titubear, sin mostrar el más mínimo esfuerzo, con una seguridad que resultaba casi insultante.
—Si necesitas hacer un descanso… —dejó caer ella cuando iban por la mitad, con un deje burlón.
Tyler soltó una exhalación breve, casi una risa mezclada con un punto de arrogancia.
—¿Te ha parecido en algún momento que no estoy muy en forma?
Arizona alzó una ceja y recorrió su rostro con la mirada mientras acariciaba su torso con descaro con la mano libre.
—Estoy impresionada, lo admito —reconoció, y volvió a sonreír—, en todos los sentidos.
—Guau, no añadas nada más —pidió Tyler en un tono de fingida emoción—, déjame disfrutar de ese comentario hasta arriba.
—Si no queda mucho… —concedió con ligereza—, puedo hacer el esfuerzo.
—Déjalo —replicó él soltando un suspiro divertido—. Acabas de arruinar el momento.
Arizona sonrió a medias. Le gustaba muchísimo aquella cercanía. Poder bromear con él, con aquel humor ácido que empezaba a ser evidente que ambos disfrutaban. Tyler poseía una habilidad que la fascinaba para moverse entre el filo del sarcasmo y algo mucho más peligroso.
Cuando llegaron arriba, él no se detuvo de inmediato. Avanzó por el pasillo unos metros más, en silencio, con esa misma determinación que parecía no abandonarlo nunca. Cuando la soltó, casi le dio pena tener que despedirse. Moría de nuevo por…
«Tres orgasmos, Arizona, no seas avariciosa», se reclamó mientras su cuerpo exigía mucho más de nuevo. Suspiró y miró a su alrededor.
—Este no es mi cuarto —informó cuando se vio de pie ante una puerta que no reconocía.
—Lo sé —clavó en ella una mirada brillante—, es el mío
El pulso de la chica se aceleró sin remedio mientras la cercanía de aquel cuerpo de infarto, que se moría por saborear, comenzaba a marearla de nuevo. Y que él la mirara como si aún estuviera dentro de ella… no ayudaba.
—¿Vas a dejarme tirada en mitad del pasillo solo por no caminar unos metros más? —sonó con un divertido tono indignado.
—Por supuesto.
Arizona suspiró de forma exagerada.
—Si es que nadie puede ser tan honorable —murmuró con fingido pesar, antes de reparar en algo y señalar su muñeca—. ¿Me devuelves mis bragas?
Él se miró la mano con desinterés, como si apenas recordara que las llevaba allí.
—No.
El calor que la asolaba por dentro se intensificó, expandiéndose con rapidez por cada centímetro de su piel.
—Pues no vas a quedártelas —aseguró, clavando en él una mirada cargada de intención—. Van a juego con un sujetador monísimo.
—Entonces te las devolveré cuando me lo enseñes.
Arizona no pudo evitar reír. La tensión seguía creciendo entre ambos, cada vez más palpable.
—¿Y si ya has visto todo lo que estoy dispuesta a enseñarte?
Tyler frunció el ceño, pero no apartó la mirada. Al contrario, la recorrió despacio, de arriba abajo, sin ningún intento de disimulo, como si necesitara comprobarlo por sí mismo.
—Imposible.
—¿Por qué?
Él alzó apenas las cejas, acercándose lo justo para que el aire volviera a cargarse entre ellos.
—Aún llevas puesta la ropa.
Arizona sostuvo su mirada, notando cómo esa frase se asentaba en su pelvis.
—¿Y?
Él arqueó las cejas y declaró como si fuera obvio.
—Que me muero por verte desnuda.
Sin ser consciente, Arizona se mordió los labios. Aún no se acostumbraba a escucharlo reconocer su interés en ella.
—¿Y quieres que sea hoy? —indagó en un tono de falsa incredulidad—. Igual te estás subestimando y…
No pudo acabar la frase. Tyler la arrastró a sus brazos y la apretó contra su evidente y renovado entusiasmo en una secuencia de apenas una décima de segundo.
—¿Decías? —interrogó, atrayéndola más y más del trasero contra él.
—Eh… —suspiró—, ya no lo recuerdo…
—Pues quizá debería darte un recordatorio —murmuró, metiendo sus manos por debajo del dobladillo del camisón.
—¿Y tiene que ser en el pasillo, porque…?
El resto de la frase se perdió en un pequeño grito de sorpresa cuando Tyler abrió la puerta sin previo aviso y tiró de ella hacia dentro con rapidez, cerrando a su espalda como si de repente necesitara aislarlos del mundo.
—¡Me vas a matar de un susto! —se quejó entre risas mientras él la tomaba en sus brazos sin perder un solo segundo.
Su boca descendió por su cuello con una urgencia que no había desaparecido tras todo lo sucedido en la cocina, como si aquel breve paréntesis en el pasillo solo hubiera servido para tensarlo más.
—Puedes castigarme como quieras —susurró contra su piel antes de volver a buscar sus labios.
La simple idea la fascinó, pero pronto el calor de aquella boca comenzó a cobrar un protagonismo que ya no pudo controlar. Aquel beso volvió a arrastrarla, a ocuparlo todo, a borrar cualquier hilo de pensamiento coherente.
Las manos de Tyler parecían estar por todas partes, como si necesitaran acariciar cada poro de su piel al mismo tiempo. Y ella moría también por recorrer cada centímetro de su cuerpo con las manos, la boca, la lengua… Lo quería entero. Sin pausas, interrupciones ni límites.
Las tirantas de su camisón cedieron bajo los dedos de él, que ya tiraban de la tela con clara intención de hacerla desaparecer por completo…, cuando llamaron a la puerta.
El sonido fue seco, fuera de lugar, y ambos se quedaron inmóviles al instante, como si alguien hubiera cortado el aire de golpe.
Arizona giró la cabeza hacia la puerta, todavía con la respiración descompasada.
—¿Quién puede ser a la una de la madrugada? —interrogó desconcertada.
Tyler no respondió de inmediato. Su expresión cambió apenas un segundo.
Lo justo. Un leve gesto de fastidio, de reconocimiento, y eso fue lo que hizo saltar todas las alarmas en ella.
Él no parecía sorprendido, solo molesto.
Después, miró la boca de Arizona, sus mejillas acaloradas…
y volvió a recortar la distancia hasta ella.
—Quien sea, ya se largará.
Se inclinó intentando retomar lo que habían dejado a medias, pero esta vez Arizona no respondió igual. Se quedó quieta un segundo, mirándolo con el ceño apenas fruncido.
—Abre.
—No es necesario.
—¿Y si le ha pasado algo a Eloise?
—Habrían aporreado la puerta —replicó él sin apartarse del todo, como si aún confiara en poder esquivar la interrupción.
Los golpes sonaron de nuevo, más insistentes, más incómodos, y Arizona frunció el ceño frente a la evidente irritación del chico.
No esperó más. Lo empujó con una determinación que lo pilló desprevenido y caminó hasta la puerta ignorando su protesta.
Y de alguna forma no le sorprendió encontrarse a una de las chicas de servicio al otro lado, la que durante la cena anterior se afanaba tanto por darle un tetazo .
A Arizona no debió molestarle tanto verla allí, con aquel conjunto de camisón y bata rosa pastel que dejaba poco a la imaginación. Solo tenía que echarla y seguir a lo suyo, acabarlo y largarse satisfecha a su cuarto…
…pero no hizo nada de todo eso. Una furia asesina creció dentro de ella a una velocidad que la sorprendió. Y no era solo contra aquella mujer que parecía un empalagoso caramelo de fresa, sino también contra él, a quien, por razones inexplicables, deseaba sacarle los ojos.
Y eso fue lo que más la desconcertó.
«Mierda, Arizona, no debería molestarte tanto».
Pero así era. Más de lo que estaba dispuesta a admitir…
y aquello la desestabilizó demasiado. No se podía permitir nada de aquello, no debía.
Cualquier tipo de acercamiento con alguien como Tyler Hamilton era un error garrafal que podía complicar su vida de formas en las que jamás estaría dispuesta.
Y recordar que estaba embarazada de aquel hombre acabó de darle la puntilla.
—Dafne, ¿qué narices haces aquí? —interrogó Tyler, caminando ya hasta la puerta.
—Yo…, eh…
Arizona se esforzó en reír y buscó su tono más despreocupado para decir:
—Era una pregunta retórica, Dafne, no tienes que contestar.
—Es evidente que no es buen momento —repuso Tyler—, así que…
—No, no te preocupes —interrumpió Arizona de inmediato—, pasa, soy yo quien me retiro.
Tyler la miró perplejo, como si no pudiera creer lo que escuchaba.
—¡No digas tonterías! —protestó de inmediato.
Pero Arizona estaba tan concentrada en controlar sus emociones sin que se notaran que le importaba un bledo lo que él tuviera que decir.
Miró a la chica que permanecía en la puerta.
—Ya te lo he dejado calentito —dijo en un tono jovial—, pero no hace falta que me lo agradezcas.
—Arizona… —sonó a reclamo.
No lo escuchó, salió por la puerta con lo que parecía una tranquilidad pasmosa.
—Arizona, para —casi gruñó, yendo tras ella—, como broma ya estuvo bien.
Ella se giró a mirarlo con lo que esperaba que fuera una expresión de inocencia.
—¿Broma? —Lo observó fingiendo confusión.
—Regresa a la habitación —exigió—, le pediré que se vaya y…
La carcajada sincera que salió de la garganta femenina retumbó en mitad del pasillo. Él la miró desconcertado, hasta que ella aclaró:
—Eso sí que ha sonado a broma —repuso con una sonrisa que le estaba costando mantener—. Te aseguro, Tyler, que no tienes forma de conseguir que vuelva a entrar en esa habitación por voluntad propia.
Y era sincera, tanto que incluso él tuvo la certeza.
—Quizá deberías poner en la puerta una maquinita para sacar turnos —sugirió, incapaz de permanecer callada—. ¿Cuántas de las chicas de servicio te tiras? Solo por curiosidad, porque todas ellas se ponen rojas y te miran con adoración cuando te las cruzas.
«Por Dios, Arizona, ¿qué te pasa? ¡Calla ya!», se regañó.
Tyler soltó un improperio entre dientes.