Capítulo 19 #3
Metió la mano por dentro de sus pantalones y tiró de la tela para liberar su erección, que acarició después con absoluta entrega. Fascinada por los sonidos roncos de satisfacción que salían de lo más profundo de la garganta de Tyler, puso todo su empeño y habilidad para enloquecerlo más y más.
—Dios, Arizona…, joder… —jadeó con fuerza casi en su oído—, por favor…, para…
Tiró de su mano para apartarla y ella protestó, deseosa de continuar.
—Quiero tomarte… —suplicó entre jadeos—, hundirme en ti hasta que no me queden fuerzas…
—Sí.
—Aquí estamos… demasiado expuestos —suspiró, saboreando su cuello.
La alzó de la mesa con un impulso decidido.
—Sujétate —pidió—, te llevaré arriba.
Ella obedeció y rodeó de nuevo sus caderas con las piernas.
—¡Oh, joder! —exclamó Tyler soltando un gemido ronco cuando la humedad desnuda de Arizona se meció sobre su erección al descubierto.
El contacto fue directo y brutal, piel contra piel, y arrasó con todo cuando Tyler se puso en movimiento.
Cada paso los enloquecía de forma ya incontrolable.
Arizona apretó los dientes, intentando jadear lo menos posible, pero a cada paso que él daba caminaba más y más hacia el abismo, extasiada, y de forma inevitable.
Y no habían llegado al pie de la escalera cuando tuvo que rendirse a un clímax que sobrepasó todos los límites que había cruzado en su vida, que recorría su cuerpo con una fuerza imparable que no parecía dispuesta a apagarse.
—Arizona… —lo escuchó susurrarle al oído—, joder… yo…
Ella se convulsionaba entre sus brazos sin remedio, abandonada a la culminación más increíble.
Tyler seguía inflamando sus sentidos hablándole al oído.
—Yo… no… puedo… contenerme más —susurraba entre jadeos—, Dios… cómo te deseo, Jezabel, eres… ah… sí… sí…
Y solo entonces Arizona fue consciente de que la increíble sensación de laxitud que recorría su cuerpo y que impedía que su clímax se apagara… se movía ya entre sus piernas con una precisión e intensidad perfectas.
En algún momento Tyler había perdido del todo el control y cedido al imperioso deseo, y ahora embestía en su interior mientras la empotraba contra la pared que se alzaba bajo la escalera.
Sus caderas se movían con una precisión que la tenía subyugada, mareada de deseo, subida en la cima del mundo.
Lo escuchó jadear en su oído, abandonado por completo a la lujuria y, para su propio asombro, el deseo aumentó de intensidad hasta convertirla en una fuente de lujuria y excitación que comenzaba a alcanzar cotas que no creía posibles.
Y entonces él incrementó el ritmo, su respiración se descompensó…
y los gemidos que exhalaba de su garganta comenzaron a dar muestras del principio del fin…
, algo que Arizona jamás pensó que pudiera arrastrarla al abismo de una forma tan certera, visceral y animal…
como para cortarle la respiración mientras su mundo estallaba a su alrededor.
Ambos se convulsionaron al mismo tiempo mientras se abrazaban con fuerza, intentando ahogar los gemidos sobre el cuerpo del otro, para no anunciarlo en estéreo a todo el palacete.
Poco a poco la tormenta fue remitiendo, dejando tras de sí un temblor persistente, un eco de placer que aún les recorría el cuerpo y les robaba el aliento.
Durante unos largos segundos, el mundo pareció reducirse a su respiración entrecortada y al calor compartido entre sus cuerpos.
Permanecieron así, abrazados, sin decir nada, como si cualquier palabra pudiera romper algo que todavía vibraba en el aire.
Tyler apoyó la frente contra la de ella un instante más de lo necesario antes de separarse despacio, con una cautela que no encajaba con la urgencia de hacía apenas unos minutos.
La ayudó a mantenerse en pie, pero sus manos tardaron en soltarla, como si necesitara ese último anclaje antes de enfrentarse a la realidad
Pero ninguno de los dos era de los que huían. Acabaron mirándose a los ojos, donde era evidente que la llama aún ardía.
—Confirmado —murmuró Tyler al fin con la voz aún ronca—. Este palacete tiene mejor acústica que muchos teatros del West End.
Arizona no pudo evitar soltar una risa suave, todavía sin aliento.
—Pues sí… —replicó con un deje burlón—. Aunque yo echo en falta una ovación o algo.
Tyler ladeó apenas la cabeza, mirándola con una intensidad que no terminaba de apagarse.
—Puedo darte el algo .
—¿Sí? —frunció el ceño con curiosidad.
Él dio un paso más hacia ella, invadiendo de nuevo su espacio sin pedir permiso.
—Puedo admitir… que la ovación sería totalmente merecida.
Arizona dejó escapar un suspiro exagerado, teatral, llevándose una mano al pecho.
—Me vale.
—Me alegro.
Y antes de que pudiera añadir nada más, Tyler se inclinó y la alzó en brazos con una seguridad que la descolocó un segundo, obligándola a rodearle el cuello por puro instinto.
—¡Eh! —protestó, aunque sin demasiada convicción.
—Estás descalza —le recordó él, como si fuera la explicación más obvia del mundo, mientras la acomodaba mejor contra su pecho y enfilaba las escaleras—. Y ya has tenido suficiente aventura por hoy.
—¿Tú crees?
Él sonrió.
—Arriba te lo digo.