Rivales con derecho a roce Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

La lujuria estalló en los ojos de Tyler con absoluta claridad ahora, y Arizona tuvo que controlarse mucho para mantener las manos sobre la encimera. Moría por atraerlo hacia ella.

—…no quiero imponerte tal sacrificio… —dijo en su lugar.

Lo vio apretar los dientes con fuerza y estuvo a punto de claudicar y dar el primer paso, pero no iba a ponérselo tan fácil…, y en aquella ocasión no le permitiría disfrazarlo de nada más.

—…así qué, si me ayudas a salir de aquí —continuó ella como si nada—, subiré a mi habitación para… lidiar con mis instintos en soledad.

—Me sabe mal no solidarizarme —repuso él con rapidez.

—No te preocupes, mis hormonas están revolucionadas, pero no me controlan —suspiró mientras se mordía los labios con un movimiento que simulaba ser de lo más inocente.

Tyler apenas parecía poder controlar ya sus propias reacciones. Miraba su boca con los ojos encendidos y tragó saliva de forma inconsciente cuando la vio mojarse los labios ahora con la punta de la lengua.

—Así que… ¿rechazas mi ayuda? —interrogó casi en susurros con una ronquera muy pronunciada ya.

—No, solo rechazo el sacrificio —se encogió ella de hombros.

—¿Y si estoy dispuesto a inmolarme?

Arizona apenas podía contener el fuego que corría por sus venas, asolando su pelvis, provocando una imperiosa necesidad de él que comenzaba a marearla.

—No es suficiente —murmuró, y clavó una mirada resuelta en sus ojos—. ¿Quieres meterte entre mis piernas, Tyler?

Separó los muslos como una clara invitación y lo vio contener la respiración.

—Bien… —susurró sin dejar de mirarlo—, en cuanto admitas… que te mueres de ganas de hacerlo.

Los segundos que él tardó en reaccionar al evidente desafío fueron eternos para Arizona. Aguardaba su decisión con el corazón acelerado, muriendo de calor y necesidad como nunca antes, pero no iba a mendigar. Ella había admitido que estaba dispuesta, solo le pedía lo mismo.

Lo que la pilló desprevenida fue la forma en que él claudicó.

Las yemas de los dedos masculinos recorrieron sus muslos de nuevo hasta tomar una de sus manos y, para asombró de Arizona, tiró de ella, obligándola a inclinarse hacia él, sin dejar de mirarla a los ojos un solo segundo.

Sin previo aviso… se llevó aquella mano al paquete.

Arizona tuvo que contener un gemido cuando sintió su erección bajo sus dedos, enorme, orgullosa, y no pudo contener el impulso de cerrar la palma sobre ella y acariciarlo con descaro; y el sonido ronco de satisfacción que salió de la garganta de Tyler la fascinó

—¿Necesitas que te lo diga más claro? —murmuró con voz casi gutural.

Arizona se limitó a negar con un gesto.

—Entonces… deja de hablar —fue todo lo que él añadió.

Una décima de segundo después él asaltó su boca, devorándola como si llevase siglos conteniéndose.

La oleada de excitación que la atravesó fue tan instantánea y brutal que le robó el aire.

Durante unos segundos intentó pensar, controlar un poco su ansia de él en lugar de dejarse arrastrar, pero no lo consiguió.

Acabó cediendo por completo a sus instintos, lo atrajo del cuello y enterró la mano en su pelo mientras él recorría cada recoveco de su boca con un hambre apenas contenida.

La forma en la que aquel hombre la besaba anulaba su voluntad en todos los sentidos. Él no dejaba espacio para la duda y la obligaba a responder, a entregarse por completo, a seguirle el ritmo y exigirle aún más.

Muy pronto el aire se sintió denso, caliente, difícil de respirar, y la necesidad de avanzar se volvió imperiosa.

En algún momento él se había deshecho de la bata y ahora descendía ya por su cuello, besando y lamiendo con devoción cada centímetro, marcando un camino de calor que la hizo arquearse sin poder evitarlo.

Cada roce, cada pausa, cada respiración sobre su piel la desarmaba un poco más.

Un gemido bajo escapó de su garganta cuando sintió que su camisón cedía, que los dedos de Tyler bajaban una de las finas tirantas mientras que de la otra tiraba ahora con los dientes, hasta que la prenda cayó lo suficiente como para centrarse en los turgentes pechos que se izaban frente a él, anhelantes de atención…

…y Tyler estaba mucho más que dispuesto a dársela.

Con un ansia apenas controlada, sembró un reguero de besos desde el hombro hacia la clavícula, descendiendo al fin por su escote hasta llegar al lugar en el que se había perdido en sueños desde el primer día.

Los pechos de Arizona lo fascinaban y era evidente por el modo en que los acariciaba, lamía, succionaba y disfrutaba de ellos.

De una forma magistral que tenía absorta y jadeante a Arizona, él usaba las manos, la boca, la lengua, incluso los dientes para provocarle una deliciosa sensación que recorría su cuerpo como la pólvora, de forma exquisita.

Ascendió de nuevo hasta su boca mientras sus manos descendían por su cuerpo, su cintura, sus caderas…

y se metían dentro del dobladillo del camisón con apremio.

Cuando llegó hasta sus braguitas y la instó a alzar el trasero para quitárselas, Arizona estaba en un punto de excitación que apenas lograba controlar.

Él se alejó de sus labios para tirar de la prenda…

y Arizona contempló, embelesada y al borde del delirio, cómo se la sacaba por los pies.

Y entonces él posó sus ojos en ella y la chica estuvo a punto de culminar su clímax solo por la intensidad de su mirada.

Dios, aquel hombre era sexy hasta decir basta.

Para colmo, lo vio ponerse sus braguitas alrededor de la muñeca, dándose un par de vueltas para ajustarlas, y de alguna forma aquello le resultó de lo más erótico.

Ninguno de los dos tenía ya dónde esconder el deseo brutal que los asolaba por dentro.

Ahora fue ella quien alargó la mano y lo atrajo hacia sí de la camiseta para saborear su boca en profundidad de nuevo mientras enredaba los dedos en su pelo y se pegaba a su cuerpo con apremio.

La respuesta de Tyler fue un leve gruñido, bajo, contenido, que vibró contra sus labios y la hizo perder un poco más el equilibrio.

—Arizona…, tenemos que…

—No quiero parar… —protestó cuando él se alejó de sus labios y volvió a reclamarlo.

—¡Joder, ni yo! —reconoció sobre su boca—, pero tenemos que subir.

—¿Eh? —apenas era capaz de razonar.

—No puedo desnudarte en mitad de la cocina —sonó a ruego, pero se le olvidó en cuanto ella volvió a besarlo—. Joder…, necesito sentirte…

La atrajo hasta el borde de la isleta y tiró de ella hacia su entrepierna. Arizona se dejó caer y rodeó sus caderas con las piernas, sintiendo por primera vez aquella enorme promesa justo en la zona donde la anhelaba con desesperación.

Ambos soltaron un gemido intenso mientras volvían a devorarse. Tyler la apretaba contra su dureza y ella moría por sentirlo más y más cerca, si aquello era posible.

—Vamos… a mi cuarto… —giró con ella en brazos…

…pero en lugar de avanzar la acomodó ahora sobre la mesa y claudicó a besarla de nuevo, incapaz de abandonar su boca.

Allí estaban mucho más cómodos, demasiado…

, y Tyler no pudo controlar las ganas de acariciarla de forma más íntima.

Una de sus manos se coló bajo el camisón y ascendió sin un ligero titubeo hasta empaparse de su deseo por completo.

—Oh, joder… —murmuró al sentir el grado de excitación entre sus piernas, y la acarició de forma exquisita, presionando sobre la fuente de su placer con dedos expertos, dedos que no tardaron en buscar un lugar mucho más caliente.

Arizona soltó un gemido gutural cuando sintió aquellos dedos dentro de ella, haciendo gala de la misma maestría que ya le mostró una vez.

La forma en la que los movía en su interior la enloquecía, ni siquiera sola era capaz de estimular el punto g de aquella manera tan asombrosa, y cuando él usó ahora el pulgar para aplicar presión al mismo tiempo sobre su clítoris, Arizona supo que no podría aguantar mucho más.

—Tyler… —jadeó, intentando avisarlo.

—Déjate ir.

—Pero…

—Córrete para mí, Jezabel —le susurró al oído, sonando mitad exigencia y mitad ruego.

Y, como con cualquier otra cosa que le pidiera en aquel momento, obedeció.

El clímax la golpeó con una intensidad arrolladora, arrancándole cualquier intento de control mientras se aferraba a él con fuerza.

Su mundo estalló en un universo de colores que le robó la razón al mismo tiempo que Tyler seguía ejerciendo su magia, como en aquella otra ocasión, alargando el placer de forma espectacular, como si tuviera el control sobre cada una de sus células nerviosas.

«¡Joder, ¿cómo… conseguía aquello?!». Eso fue lo poco que pudo pensar… antes de sentir la imperiosa necesidad de tocarlo de la misma manera.