Rivales con derecho a roce Capítulo 19
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Capítulo 19

—¿Arizona?

El nombre escapó de sus labios en un susurro incrédulo.

La miró alucinado. ¿Por qué ya no era rubia?

Maldita fuera, aquel simple hecho multiplicaba sus problemas de forma escandalosa.

—¿Qué le ha pasado a tu pelo? —interrogó casi sin pensarlo.

Ella frunció el ceño y lo miró como si se hubiera vuelto loco de remate. No se movía, se limitaba a observarlo sin más.

—Joder, ¿por qué ya no eres rubia? —sonó a protesta. Ahora entendía por qué no había ido a cenar.

No necesitaba ni acercarse para admirar su belleza.

—He recuperado mi color natural —informó con vaguedad.

—¿Eres morena?

—Sí —suspiró—, ¿eso importa mucho?

Joder, sí, importaba…, porque las morenas eran mucho más su tipo… Era lo único que le faltaba.

Se limitó a callar.

—¿Importa más que los cristales del suelo? —insistió Arizona.

—¿Qué?

—Te agradecería algo de ayuda —declaró ya irritada—, puesto que todo esto es culpa tuya.

—¿Ayuda? Recógelo tú —replicó sin moverse de donde estaba.

Abandonar la seguridad de la isleta no era buena idea.

Llevaba un pantalón deportivo fino, donde no sería fácil esconder…

cuánto le gustaba lo que veía. Tragó saliva mientras no podía evitar ser ahora consciente del camisón de raso que ella llevaba bajo la bata abierta, que era aún más corto y mostraba más de lo que Tyler podría soportar en aquel momento sin hiperventilar.

—Pásame ese par de trapos —exigió ella, malhumorada.

—¿Eres manca?

—¡Dámelos!

—¿Para qué?

—¿Para qué crees? —se ofuscó más.

Él frunció el ceño.

—Pero bueno, ¿te falta oxígeno en el cerebro o qué? —protestó ella de nuevo.

«Sí, y sangre…, sobre todo sangre. La tengo concentrada al completo en otra parte», bufó para sí.

—Maldita sea, Tyler, no voy a cortarme porque tú quieras.

—¿Cortarte?

—¡Estoy descalza! —aclaró ya exasperada—. ¿Crees que si pudiera moverme seguiría aquí como un pasmarote?

Aquello pareció hacerlo reaccionar y al fin miró sus pies, que no se habían movido un solo centímetro.

—¡¿Por qué demonios estás descalza?! —la reprendió ahora, saliendo al fin de detrás de la isleta para acercarse.

Le miró las piernas con atención. Eran largas y perfectas, y apenas pudo evitar imaginarlas rodeando sus caderas…, hasta que vio la sangre.

—Joder, te has cortado.

—¿En serio? —ironizó—. Eso explica el escozor.

—¿Por qué narices no lo has dicho antes?

—Solo son un par de rasguños —le restó importancia— y de rebote al saltar el cristal. Tiéndeme los trapos y… ¡eh! —protestó al verse levantada en brazos.

Sin mucha delicadeza, Tyler la sentó sobre la isleta, intentando izarla por encima de… su compañero de juegos, que no entendía de heridas ni momentos incómodos.

—¡Pero sácame hacia el pasillo! —se quejó ella cuando se vio sin posibilidad de huida—. Aquí estoy atrapada.

—Ahí estás perfecta.

—¿Con el culo en la encimera? —arqueó una ceja—. ¿No tenéis protocolos para eso, Alteza?

Dándose la vuelta antes de que su mirada volviera a traicionarlo, caminó hasta el escobero.

—Se me había olvidado lo graciosísima que eres —replicó.

—A la par que encantadora y locuaz.

—Vaya, qué buen concepto de ti misma, ¿algo más?

—Sexy que te mueres.

—Sí, eso es indiscutible —murmuró Tyler casi para sí, intentando mirarla lo menos posible mientras barría lo justo para no pisar los cristales, aunque cada pocos segundos su mirada volvía a ella de forma inevitable, como un imán—. Quédate ahí.

—¿Y dónde voy a ir hasta que no barras bien? —se quejó—. Ni que pudiera levitar.

Tyler ignoró el comentario. Entró en la despensa y salió unos segundos después con un pequeño botiquín en la mano.

Cuando volvió, ella lo observaba entrecerrando los ojos.

—¿Qué es eso?

—Voy a limpiarte los cortes.

—Pero si son minúsculos —protestó—. Llévame hasta la puerta y me los limpiaré en mi cuarto.

Ni caso.

—Oye, te estoy hablando.

Tyler se centró en llegar hasta ella, abrir el botiquín y buscar todo lo necesario.

Si conseguía que ella se concentrara en sus manos, quizá lograría que no se diera cuenta de la tienda de campaña que se izaba entre sus piernas, que ni la ropa interior parecía poder contener ya.

Joder, aquel camisón lo estaba matando.

Tomó un algodón, pulverizó el desinfectante y bajó la vista hacia sus piernas, buscando heridas, obligándose a concentrarse en lo importante; o en lo que debería ser importante…

, pero sus dedos no obedecieron del todo.

Recorrieron su piel con más lentitud de la necesaria, con más atención, con más… intención.

Su piel era tan suave… Demasiado.

—Trae, yo lo hago —pidió Arizona intentando quitarle el algodón.

—No —la miró para apartar los ojos de sus piernas… y aquello fue un error de cálculo.

«Dios, ¡qué belleza la de aquella mujer!». Incluso sin maquillar, como en ese momento, y con una expresión a medio camino entre el enfado y algo más peligroso… era deslumbrante.

—Deja de mirarme así —se quejó ella ahora—. ¿Es que nunca has visto una mujer morena o qué? La mitad de las mujeres lo son.

—Te ves rara —opinó, agarrándose a aquella excusa.

—Vaya, eres único regalando piropos.

—¿Qué quieres que diga? —se encogió de hombros, volviendo a sus piernas como si nada—. No te queda mal.

—¿Ese es tu mejor esfuerzo? —ironizó—. Guau, ya me puedo morir tranquila.

—Pero no desangrada —bromeó, sonando como un médico de urgencias—, no al menos durante mi guardia.

Arizona lo miró con una expresión divertida, como si le sorprendiera que él se hubiera atrevido a bromear. Sí, el concepto que aquella mujer tenía sobre él no parecía considerarlo el alma de la fiesta.

«Y a mí qué más me da», se dijo, pero apretaba los dientes demasiado.

Se centró en el par de picotazos que el cristal había causado en la espinilla.

Arizona no sentía dolor, todo quedaba eclipsado por la oleada constante de deseo y excitación que le recorría el cuerpo sin tregua, dejándola demasiado consciente de cada roce, de cada respiración, de cada segundo que él permanecía casi entre sus piernas.

Se aferraba a la bata, manteniéndola cerrada con más fuerza de la necesaria, como si ese gesto pudiera protegerla de su mirada…

o de sí misma. Porque sabía, con una claridad casi insultante, lo que estaba pasando bajo la tela, la forma en que sus pezones tensaban el camisón, arañando el raso, delatándola sin remedio, recordándole lo imprudente que había sido al no ponerse un sujetador antes de bajar.

Aunque ¿cómo iba a imaginar que él estaría allí?

Se suponía que ni siquiera vivía en el palacete.

«Joder, esto es una tortura».

Tragó saliva mientras él limpiaba los pequeños cortes de sus piernas con una delicadeza que contrastaba de forma obscena con todo lo demás. Sus manos eran firmes, precisas y, aun así, cada roce parecía innecesariamente lento, como si se recreara y no quisiera terminar.

Tuvo que apretar los puños con fuerza cuando él se inclinó para soplar sobre las heridas. El aire tibio le recorrió la piel y se expandió sin permiso mucho más arriba.

«Oh, Dios», tragó saliva intentando no mirarlo. Cuanto más se perdía en sus ojos, más tenía la sensación de que él no estaba mucho mejor que ella en aquel momento. Aquellos luceros verdes parecían arder de deseo contenido y eso la llevaba al límite.

Tyler puso un par de tiritas y continuó revisando sus piernas en busca de más cortes.

Su mano ascendió por sus muslos, acariciando la piel desnuda con la yema de los dedos, como si tuviera una especie de don que le permitiera detectar heridas solo con el tacto.

Para Arizona resultaba cada vez más complicado permanecer inmóvil e inescrutable.

—¿Tienes… alguna otra molestia en cualquier otra parte? —preguntó él en voz baja, casi rozando el susurro—. Estás a tiempo.

«Joder, si yo te dijera dónde…», sentía la garganta seca.

—Tengo, sí —admitió ella, y bajó la vista hacia una de sus piernas.

Un palmo por encima de la rodilla, casi en la cara interna del muslo, se veía apenas un picotazo enrojecido.

—Guau, un cristal muy atrevido este —murmuró Tyler pasándole el algodón con cuidado sobre la zona—, ascendiendo colina arriba sin permiso.

Arizona contuvo un gemido y no se molestó en protestar, y tampoco lo hizo cuando él se inclinó para soplarle sobre la herida, lo que ya franqueaba una línea roja inequívoca.

—Dime, Arizona, ¿cuánto tiempo hace? —La miró a los ojos.

—¿De qué?

—Desde la última vez que alguien coronó la cima.

Ella lo observó dejando que una sonrisa ladeada, casi insolente, le curvara los labios.

—¿Me preguntas con cuántos me he acostado después de… ese túnel de lavado?

Él sonrió.

—Admiro que seas tan directa —aceptó, y clavó en ella una mirada expectante—. ¿Y bien?

—Ah, claro, me halagas para que confiese —respondió con suavidad, inclinando apenas la cabeza—. Lo siento, pero ser directa no significa ser indiscreta.

«¡Y ni muerta admitiría la verdad!». Lo único que le faltaba era que él supiera que su interés por cualquier otro había sido inexistente desde su breve encuentro.

—Solo es curiosidad —aseguró Tyler mientras colocaba la última tirita.

Pero no se apartó al acabar. Ni un milímetro.

—Pareces muy cómoda hablando de todo sin filtros —continuó con un deje casi provocador—, pero si hablar de sexo sí es un tabú, lo respeto.

La estaba retando y lo sabía, pero no pudo evitar entrar al trapo. Le sostuvo la mirada, sintiendo cómo algo en su interior se tensaba, se calentaba, se desbordaba.

—No tengo ningún problema en hablar de sexo —respondió en voz baja, íntima—. Ni nada que esconder.

Se encogió de hombros, fingiendo una indiferencia que no sentía.

—Como podrás imaginar, el embarazo tiene mis hormonas… bastante alteradas. Así que necesito desfogar a menudo —añadió, clavando los ojos en los suyos—. Eso no significa que me haga falta un hombre para hacerlo.

Un destello rápido y oscuro cruzó la mirada de Tyler.

—Vaya, eso tiene que ser un engorro —murmuró con una calma que no engañaba a nadie—. Si puedo ayudar de algún modo…

Ella sonrió e hizo acopio de todo su descaro.

—Qué gran samaritano, pero no te preocupes por mí, tengo dos manos y un cajón lleno de juguetitos…