Capítulo 18
«No es momento de pensarlo», se dijo Arizona mientras apagaba el ordenador. El problema era que nunca parecía serlo y no podía seguir posponiendo mucho más la decisión. La conversación con su hermano la había dejado tocada. Hablar de su embarazo en voz alta lo volvía demasiado real.
Y luego estaba… aquel otro problema de casi metro noventa. Que Tyler supiera lo del embarazo no entraba en ninguno de sus planes. Solo esperaba que no hiciera preguntas.
«Ja. De ilusión también se vive», se burló su conciencia mientras caminaba hacia la puerta. Conociendo a Tyler, aprovecharía la menor oportunidad para restregárselo por la cara…
…Lo que no esperaba era que fuera tan pronto.
—¿Qué mierdas haces? —protestó cuando el chico se interpuso en su camino para impedirle salir del despacho.
¿La había estado esperando? Parecía evidente que sí.
—Aparta.
—Sí, ya, claro —ironizó. Avanzó hacia ella, obligándola a recular hacia el interior, y cerró la puerta tras él.
Arizona detestó que su corazón se acelerara de aquella forma.
—¿Por qué no sabía nada de tu embarazo? —preguntó Tyler sin rodeos.
Alucinada porque él fuera tan directo, le costó unos segundos responder.
—¿Por qué debería informarte de mi vida privada? —replicó, obligándose a sonar fría—. No tiene nada que ver contigo.
—Ahí te equivocas.
La seguridad con la que lo dijo le heló la sangre.
«Mierda, él no podía saberlo, ¿o sí?». Lo miró confusa, pero Tyler aclaró rápido.
—Como productor —añadió con un tono seco—, creo que tengo derecho a saber algo tan importante sobre mi actriz principal. ¿No te parece?
«Sí, mirándolo así…». Aquello la ayudó a respirar un poco más relajada. No era adivino, por suerte.
—¿Lo saben Arthur y Will?
El tono era acerado y cada frase que pronunciaba sonaba casi a reproche.
—Aún no lo sabe nadie —aclaró la chica.
—Salvo el padre de la criatura —le recordó Tyler con una sonrisa afilada mientras señalaba el ordenador—, que se acaba de enterar.
Arizona apretó los labios.
«Sí, del todo correcto, por desgracia», suspiró la chica
—Que decida seguir adelante con mi embarazo o no —dijo con frialdad estudiada— no afecta a mi trabajo, Tyler. Te recuerdo que solo estaré aquí un par de meses.
Él la observó en silencio. No era una mirada casual. La recorría con una intensidad incómoda, como si intentara descifrar algo que no terminaba de encajar.
Y eso la puso nerviosa. Porque en los ojos de Tyler había algo más que irritación, algo oscuro y que se parecía demasiado a la rabia.
—¿Te estás planteando interrumpirlo?
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápida y fría. Tyler parpadeó, como si le pillara por sorpresa.
—¿Por decisión propia o es que Dannie no…?
—¡¿A ti qué carajos te importa?! —estalló antes de que pudiera terminar.
El eco de su voz rebotó contra las paredes del despacho y respiró hondo, intentando recomponerse.
—En lo que al espectáculo respecta —añadió, obligándose a hablar con calma—, tendréis a la mejor Isabella que soy capaz de interpretar, te lo aseguro, con o sin bebé.
«Joder, ¿por qué demonios sigo llamándolo bebé?», se recriminó una vez más.
La mirada de Tyler la escrutaba con tanta intensidad que comenzaba a ponerse muy nerviosa.
—¿Crees que él va a dejar a Judd para estar contigo? —interrogó de repente—. ¿De eso depende tu decisión?
«Joder, aquello era una pesadilla».
—Nadie afectará a mi decisión —aseguró de inmediato—, la tomaré sola.
—Bueno… —replicó él con sequedad—, el padre tendrá algo que decir.
—No —negó tajante—. Él solo puso un rato divertido.
«Poco más de veinte minutos», recordó sin querer.
Tyler la miró entonces con una mezcla extraña de desconcierto e irritación, como si aquella explicación lo enfadara más que cualquier otra cosa.
—¿Dices que un hombre no tiene derecho a opinar si su bebé nace o muere?
Aquella frase, dicha de esa manera, la golpeó como una bofetada. Sintió que algo se le tensaba en el pecho, pero apretó la mandíbula antes de que se le escapara cualquier emoción.
—Aún no podemos llamarlo bebé —dijo al final, con un esfuerzo evidente por sonar impersonal.
—Llámalo como quieras.
—¿Tú querrías opinar? —interrogó ahora cruzándose de brazos—, ¿o preferirías ni siquiera saberlo?
Tyler entrecerró los ojos.
—No estamos hablando de mí —repuso en un tono bajo, y clavó una mirada perspicaz sobre ella—, porque… no hay ninguna posibilidad de…
—¡No!
La respuesta salió demasiado rápido y brusca.
—¿De cuánto estás?
—¿Qué?
«Mierda».
—En semanas.
—¿Me estás interrogando?
Tyler apretó los dientes.
—Pues eso parece. ¿Cuántas?
Arizona recordó su conversación telefónica con Greg, cuando la informaba de los tiempos que barajaba para tomar sus decisiones. Todo en un embarazo se medía en semanas médicas, contadas desde la fecha de inicio de la última regla.
—Cinco —aclaró al fin, intentando que su voz sonara firme.
Observó la expresión de Tyler, su silencio… Era evidente que estaba echando sus propias cuentas en su cabeza.
«En realidad… no estoy mintiendo. Es él quien lo está interpretando mal», se dijo Arizona para no sentirse tan miserable.
—En esas fechas no estabas en Santa Carla aún —observó Tyler con el ceño fruncido—. ¿Tampoco es de Dannie?
Arizona lo miró con incredulidad.
—De verdad, te estás extralimitando.
—¿Ah, sí?
La estudió de arriba abajo con una mirada que la irritó profundamente.
—¿Con cuánta frecuencia sueles… disfrutar de tu soltería?
Arizona sintió un impulso muy claro de cruzarle la cara, pero se contuvo.
—¿Y tú? —replicó con frialdad.
—A menudo —admitió él sin inmutarse—, pero suelo tener cuidado.
«¡Uy, qué hostia le meto!».
—¿Y yo no, dices?
Tyler alzó una ceja.
—A la vista está, ¿no? —Señaló su abdomen.
La rabia le subió a Arizona por la garganta como fuego.
Aquel tipo conseguía enfurecerla con una facilidad exasperante.
Pero, siendo justa, tampoco podía culparlo del todo por pensar así…
después de lo que había pasado entre ellos.
Aun así, no tenía la menor intención de explicarle que jamás se había acostado con nadie sin protección.
Y mucho menos con un desconocido diez minutos después de conocerlo.
—¿Esta conversación va a llevarnos a alguna parte? —interrogó ahora, irritada.
No se le escapó el modo en que él la miró. Lo vio morderse los labios y tragar saliva, como si por su cabeza acabara de pasar una idea de lo más sugerente… y peligrosa. El cuerpo femenino ardió con una intensidad alarmante solo frente a lo que era pura conjetura en realidad.
Arizona se esforzó para llevarse la conversación por otros derroteros más seguros.
—Te agradecería que no le hablaras a nadie de mi embarazo aún.
Tyler no respondió, solo la observaba con una mirada fija y pesada, como si estuviera intentando descifrar algo que no terminaba de encajar.
—Quizá ni sea necesario. Quiero ir al hospital en estos días —informó ella, obligándose a continuar—. Necesito conocer un poco mejor mis opciones.
Aquello la asustaba mucho y apenas pudo ocultarlo del todo.
Greg le había asegurado que el procedimiento era sencillo, que solo tendría que tomar la medicación, pero Arizona no tenía ni idea de cómo se sentiría, ni física ni emocionalmente.
Y de pronto, en ese despacho silencioso, con el peso de todo aquello cayéndole encima, sintió que necesitaba un abrazo como jamás antes.
Miró al hombre que tenía ante sí, al padre de su bebé, y durante un segundo estuvo a punto de confesárselo todo a cambio de aquel abrazo y algo de comprensión, aunque fuera fingida.
—Puedo acompañarte, si quieres —la sorprendió diciendo Tyler tras unos segundos.
Arizona parpadeó.
—¿Qué?
—Al médico —aclaró él—. Puedo ir contigo… si no quieres ir sola.
Aquello la descolocó.
—Eh… no es necesario.
Se movió deprisa, pasando junto a él hacia la puerta.
—Arizona… —intentó retenerla, pero ella se revolvió con fuerza.
No. Necesitaba alejarse de allí antes de hacer alguna tontería como echarse a llorar. Salió del despacho sin mirar atrás.
Tyler se quedó mirando la puerta cerrada con el ceño fruncido y una sensación incómoda en el pecho.
Esa era la primera vez que había leído la vulnerabilidad en los ojos de aquella mujer…
y lo había golpeado de lleno. En aquel momento solo quería correr tras ella para darle el abrazo que era evidente que necesitaba…
…pero no podía permitirse semejante estupidez. Consolar a Arizona era, sin duda, la peor idea del mundo.
El modo en que la deseaba aún lo desconcertaba. Apenas podía contenerse, ni siquiera sabiendo que estaba embarazada de otro.
Comenzaba a desesperarse. No había estado con nadie más desde aquel día en el túnel de lavado y no había sido por falta de oportunidades, sino de ganas. Su cuerpo no mostraba interés alguno en nadie más.
—Maldita sea, ¡si ni siquiera me gustan las rubias! —murmuró entre dientes—. Tengo que encontrarle un reemplazo cuanto antes.
Y la oportunidad a su problema se presentó aquella misma noche.
A las doce de la noche, Tyler se maldecía a sí mismo mientras caminaba hacia la cocina del palacete.
Se amonestó por enésima vez por haber cedido a hacer noche allí.
Se debería haber limitado a cenar con su madre y largarse, pero…
Arizona se había retrasado y, por mucho que se lo negó durante un par de horas, él había hecho tiempo para esperarla, obcecándose en no preguntar, hasta que por casualidad se enteró de que la chica no cenaría con ellos aquella noche.
Después se había dejado convencer por su madre de que ya era tarde para regresar conduciendo a su casa.
—¿Por qué carajos no he insistido en irme? —se amonestó, molesto, mientras descendía las escaleras.
Ya había probado de todo: una ducha fría que apenas le había dado cinco minutos de tregua, un paseo descalzo por la terraza para que el aire nocturno le despejara la cabeza y hasta subir el aire acondicionado hasta un punto en el que la habitación parecía el Polo Norte.
Nada funcionaba. Y sabía perfectamente por qué. Toda la culpa era de aquella maldita mujer.
La imagen de Arizona, acostada entre sábanas de seda en alguna de las habitaciones del palacete, apenas a unos metros de la suya, lo perseguía sin descanso. Cada vez que cerraba los ojos la veía tras sus retinas. Su boca, su forma de mirarlo, la manera en que su cuerpo se tensaba cuando discutían…
Tyler resopló con irritación. Dormir era imposible, así que había acabado rindiéndose y bajado a la cocina en busca de algo frío que beber.
Lo que no esperaba era encontrar luz.
Una iluminación tenue, casi íntima, caía sobre la estancia desde la campana extractora. No era más que un resplandor cálido y suave, pero bastaba para transformar la cocina en un rincón silencioso y acogedor en mitad de la noche.
Tyler frunció el ceño.
«Pero ¿por qué demonios está encendida?».
Y entonces miró hacia la nevera para descubrir a la mujer que husmeaba dentro, como si también luchara contra el mismo calor sofocante.
Solo podía verla de espaldas, pero ¡joder, daba gusto mirarla!
Su pelo, negro como el azabache, caía en una melena larga por su espalda, con un brillo sedoso que capturaba la luz amarillenta de la cocina. Llevaba una bata de raso negra, ligera, que apenas rozaba la mitad de sus muslos. Demasiado corta. Demasiado sugerente.
Su cuerpo reaccionó al instante, con una virulencia que estuvo a punto de arrancarle un aleluya. ¡Por fin su amiguito se alegraba de ver a alguien más tras días obsesionado solo con quien no debía!
Seguro que era una de las nuevas chicas del servicio que su abuela había contratado. Tenía sentido. Con aquella casa llena de invitados, había reforzado el personal.
Tyler avanzó con cautela hasta quedar a apenas un par de metros y se apoyó sobre la isleta, observándola en silencio.
La forma lenta y distraída en que se movía lo tenía obnubilado. Con una mano la vio apartarse el cabello mientras miraba dentro de la nevera, y le mostró un cuello delicado, perfecto… y aquello fue suficiente para que a Tyler se le secara la boca.
No podía verle la cara, pero su imaginación empezó a trabajar por su cuenta. La recorrió con la mirada sin ningún disimulo. La curva suave de la espalda, la cintura estrecha, las piernas largas que asomaban bajo la seda negra…
Y por primera vez en toda la noche, el recuerdo de Arizona dejó de martillearle la cabeza durante unos segundos.
Quizá aquella noche no estuviera tan perdida después de todo.
La chica terminó de rebuscar entre las baldas de la nevera, apartando un par de zumos con gesto distraído, hasta que se decidió por un tetrabrik de leche. Lo sacó, cerró la puerta con la cadera y se centró en servirse un vaso.
Tyler seguía sin poder apartar sus ojos de ella. Había algo hipnótico en la forma en que aquella morena se movía en medio de la penumbra, en el leve balanceo de sus caderas bajo la bata de raso, en el modo en que sus dedos largos rodearon el vaso antes de empezar a servir la leche.
Él seguía apoyado sobre la isleta, en silencio, sin hacer el menor intento de anunciar su presencia. Era como una aparición en mitad de la cocina…
…y precisamente por eso…, cuando ella giró apenas la cabeza y lo vio, la reacción fue llevarse un susto de muerte.
Soltó una exclamación ahogada y el vaso se le escapó de los dedos y se hizo añicos contra el suelo de mármol, esparciendo fragmentos brillantes que capturaron la luz tenue de la campana.
Durante un instante nadie se movió.
Ella respiraba rápido, como si el susto le hubiera cortado el aire… y entonces levantó la cabeza y sus ojos se encontraron.
—¡Joder, Tyler, ¿qué mierdas haces ahí como si fueras un fantasma?!
El chico sintió que toda la sangre se le subía de golpe a la cabeza.
La melena oscura enmarcaba un rostro que conocía demasiado bien, uno que había estado intentando quitarse de la cabeza durante horas… y que ahora lo miraba desde el otro lado de la isleta con la misma sorpresa.