Rivales con derecho a roce Capítulo 17
31%

Capítulo 17

La mañana y parte de la tarde en el teatro habían pasado volando para Arizona.

Siempre le ocurría lo mismo con los comienzos.

Le entusiasmaban. Había algo casi íntimo en ese primer acercamiento a un personaje, como un cortejo silencioso en el que, poco a poco, empezaba a conocerlo, a descubrir sus gestos, sus miedos, su manera de mirar el mundo…

hasta que, sin darse cuenta, terminaba mimetizándose con él.

Y en el caso de Isabella, aquello había sido inmediato.

La había adorado desde la primera lectura.

El primer par de horas de la mañana las había pasado trabajando directamente con Arthur.

Sentados frente al guion, habían ido escena por escena mientras él le explicaba las motivaciones del personaje, qué sentía Isabella en cada momento, qué impulsos la movían, qué debía ocultar y qué debía dejar ver al público.

Y era todo un privilegio para ella que Arthur Marlow lo hiciera en persona, aunque en realidad Arizona apenas necesitaba explicaciones.

Tenía una intuición extraordinaria para comprender a sus personajes y era evidente para Arthur.

Isabella parecía cobrar vida con una naturalidad fascinante frente a sus ojos.

Después había llegado el compositor, uno de los más reconocidos a nivel mundial, amigo personal de Arthur desde hacía décadas y que, para su asombro, llevaba años siguiendo la carrera de la actriz, deseando trabajar con ella.

Había aparecido con una energía positiva contagiosa y un pequeño arsenal de grabaciones bajo el brazo.

Juntos, se habían sentado al piano de la sala de ensayo y, apoyándose en él, había ido mostrándole una a una las piezas que había escrito para el musical, muchas de ellas a lo largo de los años.

Todas eran fascinantes, a la altura de Almas Errantes, y tocaban el corazón, el alma.

Arizona había escuchado con atención, probando fragmentos, tanteando las primeras notas que debía cantar.

Era solo un primer contacto, pero ya podía imaginar cómo sonarían aquellas canciones con la acústica perfecta del Lyric Hall.

Más tarde habían pasado a los ensayos. Había observado al elenco trabajar las escenas, cómo se movían por el escenario e iban construyendo poco a poco la arquitectura invisible de la obra.

Conoció al resto de los actores, con los que intercambió bromas, comentarios, primeras impresiones…

y, cuando llegó la hora del almuerzo, habían terminado todos sentados alrededor de la misma mesa, compartiendo comida, risas y el entusiasmo nervioso propio de cualquier compañía que empieza algo nuevo.

Ahora eran cerca de las seis de la tarde.

Aún quedaban varias horas de ensayo por delante, pero Arizona recordó que le debía una llamada a su hermano. Había prometido hablar con él y no podía faltar a su palabra. Dannie no era conocido por su paciencia, sobre todo si estaba preocupado.

Arizona suspiró. La conversación no iba a ser fácil, pero sí era necesaria. Además, aquello le permitiría descansar al menos media hora. Debía reconocer que se sentía algo soñolienta, síntoma inequívoco del embarazo en el primer trimestre.

Buscó a Will entre bastidores y lo encontró ultimando los detalles del escenario junto al escenógrafo y un par de tramoyistas.

—¿Tienes un ordenador que pueda usar unos momentos? —pidió—. Necesito usar Skype.

—En el de mi despacho está instalado —ofreció, y se buscó las llaves en los bolsillos—. He debido de olvidarme de cerrar. Entra sin problema.

La chica le agradeció el gesto y se alejó hacia allí a paso rápido.

—Le diste las llaves del despacho a Tyler para que echara un vistazo a las muestras de barniz, ¿recuerdas? —le dijo entonces el escenógrafo—. Debe de andar por allí.

Will frunció el ceño.

—Cierto. Tengo la cabeza peor de lo que pensaba —suspiró el director—. En fin, que se las apañen.

Alzó la vista hacia la enorme estructura que dominaba parte del escenario.

—Tenemos que aligerar el peso de este armatoste antes del primer ensayo técnico.

Arizona llegó al despacho y miró a su alrededor con interés. Era la primera vez que entraba allí, pero no le sorprendió que estuviera atestado de cosas, siendo el único lugar cerrado con llave del teatro.

A un lado había una pequeña sala de utilería, donde incluso desde fuera se veían apiladas montones de cajas, carpetas, muestras de papel…; al otro lado, el escritorio de Will aparecía invadido por papeles, planos y un par de tazas de café olvidadas.

«Madre mía, qué desastre, Will», suspiró para sí. Menos mal que ella solo estaba allí para hacer una llamada.

Caminó hasta el escritorio y se sentó frente al ordenador que buscaba.

Arrancó e inició sesión sin pararse a pensarlo mucho, pero cuando clicó sobre el botón de llamada y el sonido característico de Skype inundó la estancia, su corazón latía ya algo acelerado.

Ni siquiera sabía cómo comenzar aquella conversación.

Dannie contestó al otro lado sin mucha demora.

—Ya creí que te habías olvidado de mí —se quejó el chico, mirándola con atención.

—¡Venga ya! —protestó divertida—, pero si ahí son apenas las once de la mañana.

—He dormido poco, Ari —confesó su hermano—. Ayer me dejaste aún más preocupado. Dime qué pasa y rápido, por favor, sin paños calientes.

Arizona tomó aire… y fue directa.

—Estoy embarazada.

—¡¿Qué?! —casi gritó el chico. Aquello era lo último que había esperado escuchar jamás de sus labios—. ¡¿Cómo es posible?! ¡¿Cómo ha pasado?!

—Si quieres te hago un croquis —sonrió.

Él frunció el ceño.

—Vale, sí, una pregunta absurda —admitió—, pero es que… es increíble Ari —lo vio sonreír ahora—. Así que voy a ser…

—¡Nada! No vas a ser nada aún —interrumpió. No podía dejar que Dannie se imaginara acunando a un sobrino.

—Pero has dicho…

Queriendo gritar de pura frustración, Arizona puntualizó:

—Todavía no he decidido si voy a tenerlo.

Al otro lado se hizo el silencio durante unos largos segundos.

—Estoy hecha un lío —confesó.

Dannie suspiró y fue evidente que pensó mucho sus palabras antes de hablar.

—Vuelve a casa, Ari —rogó—. Valoremos juntos todas las opciones y…

—No puedo.

—Pero…

—Por eso no quería decirte nada —se lamentó—. Es una decisión que debo tomar sola.

—Y prometo no meterme, pero quiero tomarte de la mano mientras lo haces.

Y en aquel momento Arizona sintió que lo necesitaba mucho. Daría lo que fuera por refugiarse en los brazos de su hermano largo rato.

—Aún tengo tiempo para decidirlo —casi murmuró entre dientes— y Almas Errantes es demasiado increíble como para dejarla pasar.

—Y quizá demasiado exigente.

—Estoy embarazada, Dannie, no enferma.

Y justo en ese momento un golpe seco sonó al otro lado del despacho y Arizona se giró sobresaltada.

Durante un segundo absurdo su cerebro se negó a procesar la imagen de la persona que estaba parada en la puerta de la sala de utilería…, hasta que no tuvo más remedio que reaccionar.

—¡¿Qué demonios haces ahí escondido?! —se quejó, camuflando sus nervios con irritación.

Tyler sostenía una carpeta de muestras en la mano y aún lucía en el rostro la expresión congelada de alguien que acaba de escuchar algo que no debe.

Sus ojos estaban clavados en ella. No con curiosidad ni sorpresa, sino con una intensidad grave y concentrada que hizo que a Arizona se le secara la boca de golpe.

Por la forma en que la miraba, no cabía la menor duda de que había escuchado la última parte de la conversación.

—Ari, ¿qué pasa? —interrogó Dannie desde el otro lado, confuso—. ¿Quién es?

Ahora Tyler sí reaccionó. Caminó con paso firme hasta el ordenador y, a pesar de que la chica intentó evitar que se pusiera frente a la cámara, no lo consiguió.

—El mundo es un pañuelo, parece —declaró Tyler mirando la pantalla con una expresión crítica.

—Venga ya, ¡tiene que ser una broma! —se quejó Dannie al otro lado, torciendo el gesto.

Tyler apretó los dientes con fuerza antes de hablar.

—Sí, supongo que soy la última persona que querrías que se enterara de vuestro sucio secretito, ¿no?

«¿Sucio secretito?». Arizona lo miró confusa.

—¿De qué demonios hablas? —preguntó Dannie en un tono de evidente irritación.

—He escuchado lo suficiente —anunció, y miró ahora a Arizona con un gesto condenatorio—. Eres…

Fue obvio que se mordió la lengua. Solo el desconcierto mantenía a Arizona en silencio.

—¿Qué mierdas tienes tú que opinar aquí? —replicó Dannie muy enfadado.

—¿Y Judd?

—¿Qué pasa con Judd? —Dannie no entendía nada.

—¿Ella tampoco tiene nada que decir? —Tyler miró de nuevo a la chica—. Por el amor de Dios, Arizona, ¡debería darte vergüenza!

Se quedó perpleja. Por un momento miró la expresión de evidente condena de Tyler… y solo entonces entendió sus palabras: ¡el muy gilipollas pensaba que el bebé que estaba esperando era de Dannie!

—¡Eres un imbécil integral, Tyler Hamilton! —exclamó irritada.

—¿Yo? —rio sin rastro de humor y apenas murmuró para ella—. No soy yo quien está embarazada de un tipo que vive con otra.

—Pero ¿qué dice el payaso este? —casi bramó Dannie al otro lado, intentando afinar el oído.

Tyler se giró hacia el ordenador de nuevo.

—Judd es una tía estupenda —le reprochó.

—Y lo sé mejor que nadie —afirmó Dannie, molesto—, pero tú lávate la boca para hablar de mi chica.

—Poco te acordabas de ella mientras… repartías abrazos, ¿no? —insistió—. Y no solo abrazos, es obvio.

—¿Obvio? Pero ¿de qué mierdas estás hablando? —Dannie parecía cada vez más enfadado y perplejo—. Deja de insinuar chorradas, porque me ha parecido…

Arizona permanecía callada. Sí, aquel era el momento en el que debería aclarar el malentendido y confesar que Dannie era su hermano, pero si lo sacaba de la ecuación, ¿cuánto tardaría Tyler en preguntarle de quién era el bebé que esperaba entonces?

«Mierda. Joder».

—¿Insinuar? —interrumpió Tyler riendo de nuevo—. No necesito insinuar.

—Hostias, ¿qué le ponéis al té vosotros? —atacó Dannie.

—Sí, ironiza —repuso con arrogancia—. Entiendo que te sientas avergonzado.

Dannie lo miró con el ceño fruncido y acabó resoplando antes de decir: