Rivales con derecho a roce Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—¡Estábamos hablando de esas fotos! —Volvió Lionel a la carga—. ¿Es que no pensáis hacer nada?

—Si son un montaje —intervino Eloise tomando asiento de nuevo—, alguien ya se encargará de desmontarlas tarde o temprano.

—¿Y si no lo hacen?

—No tardarán en cansarse —opinó Helen—. Tampoco es para tanto.

Aquello pareció desquiciar a Lionel.

—¡Ella no es adecuada para Tyler! —declaró alto y claro.

—¡Eh! —protestó Arizona, poniéndose en pie—. Tú tampoco eres apto para compartir la mesa conmigo y aquí estás.

—¡A mí no me tutees, cabaretera!

Tyler y Helen se pusieron en pie al mismo tiempo.

—No te pases, papá —exigió el chico, sorprendiendo a la propia Arizona—. Respeto ante todo.

—¿La vas a defender? Ni se te ocurra hacer realidad esas fotos, Tyler —bramó Lionel—, te lo prohíbo.

Helen dio un paso al frente, de repente furiosa.

—Casi consigues arruinar la vida de tu hija impidiéndole estar con quien ama —le reclamó— y quieres hacer lo mismo con tu hijo. ¿Es que no aprendiste nada de aquello?

Lionel miró al chico, horrorizado:

—¿Acaso amas a esta… actriz? —En sus labios sonó igual de despectivo que cabaretera.

—¡No! —aseguró Tyler con una expresión de horror.

—¡Eso espero! Lo único que nos faltaba en la familia para el escándalo es emparentar con una actriz americana —replicó con un despotismo hiriente, y clavó una mirada acerada sobre su hijo—.

Si se te pasa por la cabeza, párate a pensar en las consecuencias.

¿Quieres que alguien vuelva a avergonzarte en las fiestas, las cenas, en cada visita al palacio real… ?

Arizona no daba crédito. Miró a Helen y vio cierto grado de incomodidad en su rostro. Paradójicamente, la mujer observaba a su hijo. Resultaba evidente que la reacción de Tyler era la única que le interesaba.

Eloise fue más rápida.

—¡Sal de mi palacete inmediatamente, Lionel! —exigió la anciana, amenazándolo con el bastón muy cerca de sus pies—. Y si quieres hablar de mujeres, escándalos y consecuencias, ve a visitar a tu esposa a la cárcel.

A Lionel se le cambió la cara de color y Arizona disfrutó demasiado de ello. Su hermano le había contado aquella historia, puesto que incluía a Rob, Sarah e intrigas palaciegas como para escribir una novela. Sonrió al recordarlo.

—¿Y tú de qué te ríes, cabaretera?

Arizona posó sus ojos sobre el vizconde sin borrar la sonrisa.

—Sabes que eso no es un insulto, ¿verdad? —interrogó.

—Lo es si lo pronuncio como tal —apostilló el tipo con prepotencia.

—Perfecto, pues no tengo problema —se encogió de hombros—. Me ha dicho cosas peores gente mejor que tú.

Aquello fue como un guantazo dado de forma elegante, pero no se paró a comprobar el efecto. Miró al resto de presentes y anunció:

—Ha sido divertido, pero ya se me ha hecho tarde.

Le guiñó un ojo a Helen, le hizo un gesto de despedida a Eloise y salió de la terraza.

—Debo de haberme vuelto invisible de repente—murmuró Tyler casi para sí. ¡Mujer insoportable!

Lionel miró a su hijo con una expresión iracunda y Tyler soltó un bufido de hastío.

—No lo hago por ti —declaró—, pero puedes estar tranquilo, papá, te aseguro que Arizona es la última mujer en el mundo con la que tendría nada.

A Helen le faltó tiempo para intervenir:

—Pues no lo entiendo.

—¿Qué no entiendes? —Tyler clavó una mirada mordaz sobre su madre y aclaró—: Es impertinente, desesperante, no tiene filtros y ningún sentido del decoro —enumeró—. Eso por no hablar de que a veces creo que le falta más de un tornillo.

—Por eso, ¡es perfecta! —opinó Helen—. No te aburrirías jamás. Además, es preciosa, tiene talento, es locuaz, divertida…

—Sí, entiendo que a ti te caiga bien —ironizó—. Sois muy parecidas.

Helen miró a su hijo con una mezcla de resignación e irritación:

—Y eso es lo que no soportas, ¿no?

Tyler no se molestó en desmentirlo. Nadie en aquella terraza ignoraba las asperezas que jamás habían logrado limar.

—Llego tarde a una reunión —fue la única respuesta que Tyler consideró a bien darle.

—Ya le habéis oído —apostilló Lionel—. Esa cabaretera no le interesa.

Tyler se detuvo en seco, apretó los dientes y sintió unas ganas enormes de zarandearlo. Volvió sobre sus pasos para asegurarse de mirarlo bien de cerca.

—No sé por qué aún te sientes con derecho de meterte en mi vida —declaró entre dientes—, pero deja de hacerlo.

—Solo digo que esa…

—Fáltale el respeto a Arizona una vez más —masculló— y yo mismo te saco a la fuerza de aquí.

Indignado, Lionel no pronunció una palabra más. Se ajustó la corbata, mató a todo el mundo con la mirada y se largó por su propio pie de allí.

Tyler estaba mucho más que furioso. Joder, esperaba no parecerse tanto a aquel hombre como a veces el propio Lionel insinuaba.

—Tu padre nunca fue un hombre fácil —suspiró Eloise ahora—. Ya deberías estar acostumbrado. —Tyler asintió—. Y con respecto a Arizona…

—Esas fotos no significan nada —aclaró de inmediato.

—Lo tengo claro —afirmó la anciana—, y es un alivio saberlo.

Tyler la miró con el ceño fruncido y su abuela continuó:

—Me cae bien Arizona, pero no es mujer para ti.

—Ya.

—En mi lista hay mujeres mucho más afines.

Él apretó los dientes, algo molesto.

—Arizona es una fuerza imparable de la naturaleza —insistió la anciana—, y, por supuesto, hará muy feliz al hombre indicado algún día…

«¿El hombre indicado?». Pensarlo le molestó mucho. ¡Que ella se quedara con su teatro, no necesitaba hombres para nada!

—…pero ese hombre no eres tú —concluyó la mujer.

Miró a su abuela con una expresión ahora hostil. Una cosa era que él lo pregonara a los cuatro vientos y otra que nadie viniera a imponerle por quién podía o no sentirse atraído.

Apretó los dientes y decidió que ya había discutido bastante en los últimos días. Se mantendría lejos de Arizona por su propia salud mental, pero no tenía por qué discutirlo con nadie.

—Tengo prisa —se excusó de inmediato, y se largó sin decir una palabra más.

Cuando lo vieron atravesar la estancia y salir de la habitación, las dos mujeres en la terraza se miraron entre sí y ambas sonrieron al mismo tiempo.

—Así que vamos a buscarle una esposa —murmuró Helen.

—Una centrada y cabal, que conozca su lugar y que pueda mostrar orgulloso en todas las reuniones —sonrió Eloise.

—Todo lo contrario a Arizona, ¿no?

—Por supuesto.

Helen asintió, pero acabó esbozando una sonrisa divertida.

—¡Qué puñetera eres, exsuegra! —declaró.

Eloise la miró muy seria y arqueó una ceja:

—Pero ¿y lo bien que lo vamos a pasar?

La risa de Helen no se hizo esperar. Después tomó asiento y se sirvió un café.

—Por cierto, ¿qué te ha parecido la portada? —interrogó, cogiendo la revista y mirándola con atención.

Eloise tomó el otro ejemplar y ambas contemplaron las fotos del interior durante unos largos segundos.

—Menos mal que son un montaje —opinó Eloise en un tono neutro.

—Sí…, el montaje habría llegado poco después de esta calentura, sin duda.

A la anciana se le escapó una carcajada épica y Helen insistió:

—Demos gracias por que no tuvo lugar sobre la cinta de las maletas.

Eloise suspiró teatral:

—Acabas de llegar y ya me estás corrompiendo la mente.