Capítulo 16
A primera hora de la mañana, Arizona desayunaba junto a Eloise en una encantadora terraza que se abría desde los aposentos privados de la vizcondesa.
La habitación no era solo un dormitorio, tenía anexa una pequeña sala de estar, un amplio baño y aquella terraza luminosa desde la que se veía el jardín.
Mientras tomaba un sorbo de café, Arizona no pudo evitar pensar que aquellos aposentos eran más grandes que su apartamento de Nueva York.
Había sido Frederick quien llamó a su puerta poco después de que amaneciera para transmitirle la invitación de la anciana a desayunar con ella. Y, para su sorpresa, la velada matinal estaba resultando bastante agradable.
Entre café, tostadas y fruta fresca habían charlado con una naturalidad inesperada. Eloise era una mujer peculiar y, sin duda, imponía, pero Arizona no podía evitar que le cayera bien, aunque fuera vizcondesa, detalle que no la entusiasmaba, pero nadie era perfecto…
En cierto modo, le recordaba un poco a sí misma.
Ya había notado que aquella mujer, a pesar de su posición, se escapaba mucho de los convencionalismos.
Parecía decir siempre lo que pensaba, sin rodeos ni diplomacias innecesarias, y disfrutaba haciéndolo.
Claro que quizá aquello tampoco era un drama cuando eres la matriarca de tu propio vizcondado.
«O todo lo contrario», se recalcó. En un entorno donde todo parece regirse por normas invisibles y viejas tradiciones, quizá no era tan fácil ser uno mismo.
Como fuera, la franqueza de Eloise Hamilton resultaba refrescante…
—Mi nieto debe casarse en unos pocos meses.
…salvo cuando decía cosas como aquella.
Arizona dejó la taza sobre el plato y suspiró con visible hastío.
—No sé si podemos engañar a alguien tan rápido.
La carcajada de la anciana la pilló desprevenida. No parecía el tipo de mujer que se permitiera reír a menudo y mucho menos con aquella naturalidad.
—Voy a empezar a pensar que de veras no le cae bien ese muchacho.
—Ah, ¿que todavía no se lo cree?
Aquello solo fue un murmullo. Tyler Hamilton se colaba demasiado a menudo en sus pensamientos, ya estaba harta de él.
Buscaba una forma elegante de cambiar de conversación cuando el sonido procedente de la puerta de la alcoba les llamó la atención.
Un par de segundos después, un hombre alto y rígido como un poste salió a la terraza como una exhalación.
Su porte era impecable, pero su expresión tenía la cordialidad de un auditor fiscal.
—¡Qué maravilla poder desayunar tan tranquila, ¿no?! —declaró el tipo en un tono de lo más irónico.
El mayordomo apareció detrás de él, muy incómodo.
—Le ruego me disculpe —le dijo a Eloise con apuro—. He intentado anunciar su llegada, pero no ha sido posible detenerlo.
La anciana torció el gesto, aunque no parecía muy sorprendida.
—No se preocupe, Frederick.
Luego volvió la mirada hacia Arizona.
—¿Ya conoce a mi hijo? Le presento a Lionel Hamilton.
Arizona lo miró con interés.
— Vizconde Lionel Hamilton para ti —puntualizó él mismo el título, mirándola con evidente superioridad, algo que recalcaba al tutearla.
Pero a Arizona no podía darle más igual tanta prepotencia. Lo observó con una indiferencia total, aunque con curiosidad crítica.
Así que aquel estirado con cara de estreñido era el padre de Tyler y de Sarah… Bueno, al menos ambos habían salido físicamente a su madre. Era obvio.
El hombre ni siquiera intentó disimular la hostilidad con la que la miraba.
—Sé quién eres —aclaró escupiendo irritación.
Con un gesto brusco, lanzó una revista sobre la mesa de la terraza. El ejemplar se deslizó entre la vajilla del desayuno con una agresividad innecesaria.
Arizona no llegó a ver la portada antes de que Eloise tomara el ejemplar en sus manos. La anciana lo sostuvo con calma, lo observó y después abrió la revista, que leyó sin decir una palabra. Al final levantó la vista hacia Arizona y alzó una ceja con solemne interés.
—Para no caerle bien mi nieto, joven —repuso con calma—, se les ve bastante cercanos en estas fotos.
«¿Fotos? ¡No puede ser!». Arizona le arrebató la revista casi de las manos y contempló la portada, horrorizada.
En ella, abarcando toda la página y a todo color, Tyler y ella aparecían en el aeropuerto.
Él la sujetaba por la cintura y ambos se miraban como si el resto del mundo no existiera.
Desde fuera, la escena parecía cargada de una intensidad casi… romántica.
¡El juego de palabras del enorme titular era ridículo!
El soltero de oro… perdido en Arizona
El heredero Tyler Hamilton y la actriz Arizona Kerrs
captados entre abrazos y miradas de adoración a su llegada a Londres
Arizona se puso en pie para exteriorizar su irritación.
—¡Maldita cucaracha gafotas! —exclamó, controlándose mucho para no gritar a pleno pulmón—. ¡Y miradas de adoración, dice! ¡Ja! ¡Como si ese topo cegato pudiera ver algo más allá de su nariz!
Se forzó a abrir la revista en busca del reportaje que, sin duda, encontraría en el interior, e intentó concienciarse de que no iba a ser agradable
¡Y era peor de lo que pensaba!
Abrazos íntimos, actitud mucho más que acaramelada y besos apasionados a los que ambos parecían entregarse con abandono.
Las fotos eran… inequívocas.
Arizona cerró la revista un segundo, respirando hondo, y miró a Eloise.
—¡Esto no es lo que parece! —protestó de inmediato.
«¿En serio, Arizona? ¿Acabas de usar la frase más absurda de la historia de la humanidad?», se amonestó. ¡Todos los amantes del mundo la usaban mientras se subían los pantalones!
—¿No? —repuso Lionel con evidente mal humor—. ¿Es que hay forma de malinterpretarlo? Entiendo que para alguien como tú esto sea una gran publicidad, pero mi hijo tiene una reputación que mantener.
—¡Lionel, controla tus palabras con mi invitada! —exigió Eloise Hamilton poniéndose en pie.
—Sí, ya conozco tu afición a abrirle las puertas del palacete a cualquiera, madre.
Arizona supo de inmediato que hablaba de Rob.
—Pues habrá que controlar mejor el acceso, papá —declaró una voz acerada desde la puerta—. Para tu próxima visita, quizá deberías avisar antes de venir. La sorpresa fue mayúscula hasta para Arizona. ¿Tyler había dormido allí?
Por una vez, se alegró mucho de verlo y podría haberlo abrazado solo para celebrar el zasca que acababa de darle a aquel impresentable.
Jamás había conocido a nadie tan odioso como Lionel Hamilton.
Si ella se permitía abrir la boca…, igual acababan de nuevo en la prensa, en la sección de sucesos esta vez.
—¡¿En qué demonios estabas pensando?! —fue la réplica ácida de Lionel cuando superó la sorpresa inicial—. Con qué, es evidente, pero…
—¡Suficiente! —interrumpió Eloise ahora, y se hizo el silencio—. O recuperas la educación y el respeto o te largas de mi vista, Lionel.
Tyler caminó hasta Arizona, clavando en ella una mirada crítica, y tomó la revista de sus manos. Estudió las fotos con atención, en silencio.
—¿Qué opinas? —miró a Arizona con sorna—. ¿Photoshop o inteligencia artificial?
Ella le devolvió un gesto mordaz.
—De inteligente… hay poco en esas fotos —suspiró resignada—, pero supongo que cualquier tonto puede hacer un montaje hoy en día.
—¿Dices que se las han inventado? —exigió saber Lionel ahora—. Habrá que denunciar a la revista y…
—No lo veo necesario —intervino Tyler de inmediato—. Ya no las van a retirar.
Arizona no sabía si llorar o reír a carcajadas. Era surrealista todo aquello.
—Solo es una portada más —insistió Tyler.
—¿Una más? Esto dista mucho de ser un simple robado saliendo de un restaurante —opinó su padre—. Nunca te han sacado con nadie así. ¡Parecéis a punto de… de…!
—¿De prenderle fuego al aeropuerto? —exclamó una voz de mujer a su espalda, sorprendiéndolos a todos.
—¡Oh, por Dios! —protestó Lionel—. ¡La que faltaba!
—Y justo en el momento más interesante —sonrió la mujer, mirándolos con una sonrisa mientras agitaba en el aire una copia de la revista de marras—. Hacía tiempo que Londres no me recibía tan bien.
—¡Mamá!
—¡Helen!
Era evidente que Eloise era la única que no se veía sorprendida.
Lionel miró a su exmujer con un gesto condenatorio.
—Supongo que a ti todo esto te parecerá muy divertido —acusó.
—Venga, solo un idiota no se daría cuenta de que esas fotos son un montaje —aseguró Helen con absoluta certeza—. ¿Es que no os enseñan nuevas tecnologías en la Cámara de los Lores?
—¡Qué dices de Cámara de los Lores!
—¿En el club de campo? —ironizó—. Donde sea que vayas a matar el tiempo, vamos.
Arizona apenas podía contener la risa. La burla en el tono de Helen era innegable y el rostro del vizconde estaba adquiriendo poco a poco tonalidades grises.
—Me alegro de verte —repuso la chica, abrazando a la recién llegada—. Cuando me dijiste que tenías pensado venir, no creí que sería tan pronto.
—Cuando me llamaste ayer, ya estaba a punto de salir hacia el aeropuerto —contó—, pero he preferido darte una sorpresa.
La mujer abrazó a su hijo con un gesto maternal, a pesar de que apenas hacía un día y medio que se habían despedido. La mujer aprovechó para susurrarle al oído:
—Cómo te ha cundido el tiempo, hijo.
—¡Mamá!
—No, si estoy muy orgullosa —susurró divertida.
—No tienes remedio.
Arizona miraba sus expresiones, preguntándose qué estarían murmurando. Le agradaba ver a Helen allí, se sentía algo más arropada, pero representaba un problema evidente. Tendría que hablar con ella cuanto antes para pedirle… que respetara su intimidad y no le hablara a nadie de su embarazo.
Eloise tomó a Helen de las manos y ambas intercambiaron una mirada cómplice.
—¿Crees que esto entorpecerá nuestros planes de boda? —interrogó Helen, demasiado alto como para que pasara desapercibida.
—¡Lo que me faltaba por oír! —protestó Tyler ahora, y miró a su abuela—. Te ha faltado tiempo.
—¿Sabes cuántos años llevamos esperando que nos dieras carta blanca? —sonrió Helen, divertida—. El que me haya pillado camino a Londres debe de ser cosa de la divina providencia.
El chico torció el gesto y no se molestó en responder. Se concentró en servirse un café.