Capítulo 15 #2
Tyler alzó una ceja con evidente escepticismo.
—¿Una mujer que no quiere el lote completo? —ironizó—. Eso es nuevo. Todas parecéis obsesionadas con un anillo, hijos y un para siempre.
—Yo no —confirmó.
—Lo que te hace perfecta para una relación —replicó él con una sonrisa burlona—. ¿No es irónico?
—En mi caso no —contestó ella con calma—. Porque comprometerme en una relación tampoco entra en mis pasatiempos habituales.
Aquello le valió una mirada aún más cínica por parte de Tyler.
—El teatro es mi para siempre —añadió Arizona con pragmatismo—. Lo único con lo que estoy dispuesta a comprometerme. El escenario siempre está para ayudarme a evadirme, no protesta por nada y me hace feliz.
Tyler clavó en ella una mirada cargada de malicia.
—Pero no te calienta la cama.
—Para eso tengo un nórdico.
—¿Un tipo de Noruega? —se burló.
—Ese también, en cuanto me apetezca.
Eloise tosió con fuerza, como si solo con carraspear no bastara para interrumpir la conversación.
—Nos estamos desviando del tema —protestó, y miró a su nieto—. ¿Quieres elegir tus citas o prefieres que lo haga yo?
—¡Eres mi peor pesadilla, abuela!
Arizona volvió a reír e intervino:
—No seas así, Tyler, necesitas encontrar una buena chica —opinó divertida—. Una digna del título que heredarás algún día.
Eloise aplaudió la idea con entusiasmo.
—Escúchala —insistió—, sabe lo que dice.
—Sí, qué risa.
—Te prometo un buen regalo de bodas —bromeó Arizona ampliando su sonrisa—. Ese día te obsequiaré con una disculpa, ¿qué te parece?
Tyler sonrió con acidez.
—¿Fuera o dentro del coche?
Aquello fue un golpe bajo, pero Arizona se limitó a sonreír.
—Fuera, por supuesto. Para entonces ya serás un hombre casado.
Él estudió su rostro durante unos largos segundos.
—Así que… ¿me recomiendas casarme?
—Absolutamente —declaró sin pensarlo—. ¿Por qué no?
Tyler entrecerró los ojos, estudiándola. Su expresión se volvió tan seria que a Arizona se le tensaron los hombros sin saber muy bien por qué.
—Supongo que debería tener varias citas para poder escoger —dijo al fin, y miró a su abuela—, y algunas de las mujeres de esa lista son realmente preciosas.
—Muy hermosas —aseguró la anciana.
Se quedó pensativo mientras tamborileaba con los dedos sobre la mesa.
—¿Y podré… comprobar si somos compatibles en todos los aspectos?
Ahora la anciana lo miró con una mezcla de censura y resignación.
—Tyler…
—Perdona, abuela, pero hay cosas que deben funcionar desde el principio —opinó con total descaro—, y solo hay una forma de saberlo.
—¡Pues ellas sabrán si se dejan, demonios! —protestó la mujer, malhumorada.
Él sonrió.
—Vaya, cada vez me gusta más la idea.
Sus ojos se deslizaron hacia Arizona. Ella seguía sonriendo, pero empezaba a costarle un esfuerzo considerable.
—Sí, no suena mal en absoluto.
Arizona tragó saliva.
«Todavía se gana una hostia». Tuvo que contenerse para no exteriorizarlo:
—Yo no me lo pensaría —dijo en voz alta, obligándose a mantener el tono despreocupado.
—¿No?
«¿Es que necesita mi permiso o qué?». Apretó los dientes.
—Ni un poco —aseguró.
Tyler soltó un suspiro satisfecho.
—Genial. Pues adelante, abuela. —Sonrió con una resolución repentina—. Pero tengo una condición.
Ambas mujeres lo miraron expectantes. Tyler señaló a Arizona.
—Ella me ayudará a escogerla. —Clavó sus ojos en la chica.
—¿Yo? —saltó al instante.
—Como buena actriz, estarás acostumbrada a los castings.
—Sí, pero a hacerlos, no a dirigirlos.
—Ah, no, pues eso es inviable —replicó él con fingida lógica—. Tú no puedes ser una de las candidatas.
Arizona soltó una carcajada.
—Ja, me parto —rio con fuerza—, ni bajo amenaza de muerte tendrías forma de convencerme para participar.
—Por eso serás la directora de casting —sonrió con evidente regocijo.
Arizona bufó, ya sin rastro de humor.
—Sabes que estoy en Londres para trabajar, ¿no? —le recordó—. ¿O lo que intentas es ahorrarte mi caché?
Él rio con ganas.
—No, por Dios, los Marlow me matarían si les robara a su flamante Isabella —admitió—, pero debería haber tiempo para todo. —Sus ojos brillaron con malicia—. Salvo que tengas algún problema más… personal para no querer ayudarme a encontrar una esposa.
—Ninguno en absoluto —se apresuró a asegurar.
Tyler la observó unos segundos en silencio.
—Pues perfecto.
—Genial, sí.
Entonces él miró a la anciana con un entusiasmo casi sospechoso.
—Empezamos en cuanto tengas esa lista, abuela.
Sin disimular su satisfacción, Eloise Hamilton miró a su nieto.
—¿Tienes algún prototipo al que quieras darle prioridad?
Tyler sonrió con diversión.
—¿Me estás preguntando cómo me gustan las mujeres, abuela?
La vizcondesa asintió con visible paciencia.
—No tengo un prototipo físico —indicó, sin mirar a Arizona para nada—. Soy bastante… adaptable.
—¡No importa rubia o morena, lo importante es que esté buena! —canturreó Arizona con evidente burla.
Tyler le lanzó una mirada crítica.
—En una esposa… pesan otras muchas cualidades que nada tienen que ver con el físico.
—¿Como cuáles?
—Que sea centrada, cabal, educada. Que respete las tradiciones —enumeró con calma—. Que conozca su lugar y jamás atraiga miradas indiscretas.
Arizona lo contempló con una expresión jocosa.
—Pues sí… —fingió un bostezo—, no me extraña que no quisieras casarte si ese es tu prototipo de esposa.
Era evidente que acababa de describir todo lo contrario a ella, pero ¡al diablo con aquel tipo!
Se volvió hacia Eloise con una expresión jocosa.
—Resumiendo: soporífera y aburrida. Tome nota.
La sonrisa burlona era evidente y Tyler apretó los dientes.
—En fin —añadió Arizona con ligereza—, como dice el refrán: Dios los cría y ellos se juntan. Me parece adecuado. El refranero nunca se equivoca.
Miró de uno a otro con aire pensativo.
—Veremos a ver si te quedan ganas de bromear cuando empecemos con las citas —advirtió Tyler con una sonrisa que apenas disimulaba su creciente irritación.
Sí, Arizona también tenía claro que en algún momento dejaría de hacerle gracia alguna, para qué iba a negarlo. Pero no iba a ser ahora.
—¿Y cuál se supone que es mi cometido? —preguntó con aparente interés profesional—. ¿Quieres que hable primero con ellas y vea si son capaces de provocarme un bostezo?
Frunció el ceño y fingió pensarlo.
—No es fácil —insistió—. Necesitas a alguien equilibrada, que me provoque ganas de salir corriendo, pero sin llegar a desear morirme para acabar con la tortura.
Soltó un bufido exagerado.
— Uf . Qué pereza, ¿qué necesidad tengo yo de martirizarme tanto?
Mientras decía aquello, un pensamiento le cruzó por la cabeza y tuvo que reprimir una sonrisa amarga.
«Tu padre es un gilipollas de manual, bebé, y encima tengo que buscarte una madrastra a su altura», se lamentó.
—Si me permitís, me gustaría retirarme a mis aposentos a valorar todo esto —anunció, ya demasiado cansada de fingir desenfado e ingenio—. Hoy ha sido un día con treinta y seis horas.
Aguardó hasta que Eloise asintió, como si necesitara que la mujer le diera permiso para abandonar la mesa. Algo insólito. Por un segundo, le pareció que la anciana la observaba con una mirada crítica. ¿Le habría molestado su evidente burla a todo aquello del matrimonio?
Suspiró más resignada que abatida. No es que le diera igual lo que aquella mujer pensara de ella, pero de veras estaba muy cansada.
Casi se sobresaltó cuando el mayordomo apareció a su lado en el mismo instante en que se ponía en pie.
—La acompañaré a su habitación —anunció con impecable formalidad.
—Muchas gracias, Frederick —sonrió Arizona mientras comenzaba a seguirlo.
El hombre ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Ya no soy Alfred? —preguntó con un deje de lamento.
—Hay que saber parar las bromas a tiempo —opinó divertida.
—Qué pena —suspiró—, me hacía ilusión trabajar para Batman.
La carcajada cantarina de Arizona resonó por todo el salón.
Tyler no pudo evitar seguirla con la mirada hasta que desapareció por la puerta. También escuchó la peculiar conversación… y aquella risa ligera le provocó una sensación extraña en el pecho.
—Una mujer singular —comentó Eloise en cuanto la puerta se cerró tras ella.
¿Singular? Tyler no sabía muy bien qué significaba aquello, pero tampoco quería preguntar y mucho menos dar su opinión. Estaba mejor calladito.
—Me recuerda un poco a tu madre —añadió la anciana.
Él apretó los dientes.
—¿Solo un poco? —ironizó.
La mujer sonrió a medias.
—¿De verdad vas a permitirle intervenir en tu elección de esposa?
Aquello sí era un buen tema con el que deleitarse.
—¡Por supuesto! —declaró—. No me lo perdería por nada.
Cuando Tyler se hubo retirado, Eloise regresó a su alcoba con paso tranquilo.
Una vez dentro, tomó asiento ante el pequeño escritorio de caoba y descolgó el teléfono. Marcó el número de Helen, aun sabiendo que solo encontraría un contestador.
Apoyó el codo sobre la mesa y aguardó con una impaciencia casi divertida a que sonara el bip que le permitiera dejar un mensaje.
—Tenemos trabajo que hacer, Helen —anunció en un tono bajo, cargado de expectación—. Durante la cena, Tyler ha accedido a que le busquemos esposa.
Hizo una breve pausa, como si saboreara la idea.
—Sí… —murmuró con satisfacción—. Yo tampoco esperaba que cediera tan deprisa.
Tamborileó los dedos sobre la madera del escritorio.
—Dile al piloto que pise el acelerador —suspiró con visible regocijo—. Tenemos asegurado el espectáculo…
Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—…y no querrás perderte ni un segundo, con lo que nos ha costado llegar hasta aquí.