Rivales con derecho a roce Capítulo 15
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Capítulo 15

—¿Puedes dejar de hacerme un interrogatorio, Dannie? —protestó Arizona—. No me encuentro muy bien y…

—¿Qué te pasa?

¡ Uf ! Aquello se le había escapado.

—¿Arizona?

—La estás agobiando —escuchó decir a Judd, que estaba también tras el altavoz.

—Pero ¿no la oyes titubear? —declaró Dannie, ofuscado—. Es evidente que le pasa algo que no nos cuenta.

—Lo hará cuando esté lista.

—¡Está a diez mil kilómetros, Judd! —se quejó el chico.

—Y sigo al teléfono, ¿sabéis? —protestó—. No estoy enferma, de verdad, solo cansada. El jet lag comienza a pasarme factura.

—¿Y qué hay de lo otro? —insistió Dannie.

La chica frunció el ceño.

—¿Qué es lo otro?

—¡Lo que sea que no nos cuentas! —se reiteró y su hermana bufó—. Hablas conmigo, Ari, te conozco demasiado bien. Y ahora dices que quieres quedarte ahí dos meses y…

—¡Vale, cansino! —claudicó exasperada—. A lo mejor hay algo rondándome la cabeza, pero ¿podemos aparcar la conversación para otro momento? Prometo contártelo.

Al otro lado se hizo un largo silencio.

—Estoy en mitad de un hall, Dannie —argumentó—, y me esperan para cenar. Te aseguro que no es nada grave ni urgente.

Sí, aquello no era del todo cierto, pero…

—Mañana y por videoconferencia, e intenta conectarte desde un pc —cedió su hermano al fin—. Quiero verte bien, en grande y en estéreo.

Arizona soltó una carcajada divertida.

—Hecho —concedió.

Cuando colgó el teléfono un par de minutos más tarde, estaba exhausta…

y preocupada. Tendría que hablarle a Dannie de su embarazo, no había forma de evitarlo.

Conocía a su hermano. Sabía que era capaz de subirse a un avión y presentarse en Londres en el momento menos pensado solo para asegurarse de que estaba bien.

Su padre había fallecido cuando ambos eran adolescentes y, aunque Dannie solo le sacaba un año, se había tomado muy en serio su papel de cabeza de familia con respecto a sus hermanas.

Siempre estaba ahí para ellas, muy pendiente, incluso a pesar de la distancia.

Cavilando, regresó al salón y puso sus ojos sobre Tyler. Tanto él como Eloise ya estaban sentados en la mesa del comedor, situada unos metros más allá, en el mismo gran salón, donde el espacio se abría en un segundo ambiente apartado de la zona de sofás.

Observó al chico con cierta desazón mientras caminaba. Si decidía no tener aquel bebé, él jamás tendría por qué enterarse de que alguna vez había existido; pero… si por algún motivo optaba por tenerlo, debería decírselo y no tenía ni idea de cómo podría encajarlo

«Todo a su tiempo, Ari, primero toma tu decisión», se dijo. Respiró hondo varias veces, buscó una de sus sonrisas más ensayadas y llegó hasta la mesa.

Para su asombro, Tyler se puso en pie y retiró una silla para ella. Arizona entrecerró los ojos frente al gesto caballeroso y lo miró con suspicacia, como si esperara que él la apartase un poco más justo cuando fuera a sentarse para que acabara en el suelo.

—No me mires así —se quejó él, irritado—, me educaron para hacer este tipo de cosas.

Arizona sonrió a medias y tomó asiento, permitiendo que él le acomodara la silla. Y habría quedado como todo un caballero si no se hubiera inclinado sobre ella para susurrar:

—Has tardado. Deberías haber dejado el sexo telefónico para después.

Se incorporó antes de que pudiera contestarle y Arizona se tuvo que tragar la réplica ácida, aunque se encargó de regalarle una de sus miradas asesinas.

—A ver si podemos cenar sin que se nos indigeste la comida —murmuró Tyler, demasiado alto.

—Depende de cuánto pienses hablar mientras cenamos —comentó Arizona como de pasada.

—Pues me niego a hacer un monólogo habiendo una actriz presente —intervino Eloise, levantando una mano con elegante autoridad—. Quiero saberlo todo sobre Isabella y sus desdichas.

Para asombro de Arizona, la conversación fluyó con una naturalidad inesperada durante toda la comida.

Hablaron de la obra, de Isabella, de sus motivaciones, de los matices del personaje, de lo que implicaba interpretar a una mujer atrapada entre su corazón y las rígidas normas de un mundo que no había sido hecho para ella.

Eloise escuchaba fascinada, preguntando detalles, disfrutando como una espectadora privilegiada de los entresijos del teatro.

Lo que Arizona no había previsto era que Tyler no solo participara, sino que lo hiciera con verdadero interés.

Allí no era el arquitecto o el productor distante que ella había imaginado ni el hombre mordaz con el que había estado cruzando pullas desde el primer día.

Escuchaba con atención, intervenía cuando era oportuno, preguntaba con curiosidad genuina y cuando hablaba del teatro, lo hacía con un respeto que no parecía aprendido, sino real.

—Arthur siempre dice que el escenario es el único lugar donde la verdad no necesita disfraz —comentó él en un momento dado, con una media sonrisa pensativa.

Arizona levantó la vista hacia él.

Tyler hablaba de Arthur con un cariño tan sincero que por un momento se olvidó de que aquel hombre era el mismo que la había sacado de quicio unas horas antes frente al teatro.

Había algo en su tono, una mezcla de respeto, afecto y lealtad que la emocionaba de un modo poco común.

—No estoy segura de que sea siempre así —dijo ella tras considerarlo—. La verdad es subjetiva, pero a veces desde un escenario es el único lugar donde la gente está dispuesta a escucharla.

—Aunque también es el único lugar donde mentir puede resultar absolutamente convincente —opinó Tyler, clavando en ella una mirada brillante.

—Solo si el intérprete es bueno —sonrió—. Si engrosa una lista de cien para ahorrarse unas libras…

Necesitaba hacer salir al hombre desesperante, estirado y elitista para poder dejar de mirarlo con aquella admiración, para no fijarse en la forma tranquila en que apoyaba el codo en la mesa, en cómo su voz se volvía más cálida al mencionar a Arthur, en la atención con la que escuchaba cada cosa que tanto ella como su abuela mencionaban.

Él sonrió irónico.

—¿Todas las actrices sois tan susceptibles?

—Dímelo tú —declaró—, has conocido unas cuantas.

«Oh, vaya, aquello se le había escapado. ¡Seré idiota!».

Esperó que pasara desapercibido, pero no tuvo tanta suerte.

Tyler arqueó las cejas con cierta sorpresa y clavó en ella una de sus miradas arrogantes.

—¿Me has buscado en Google, Arizona? —Sonrió.

«Imbécil». Sí, había sucumbido a la tentación mientras venía en el taxi rumbo al palacete. Y solo poniendo el nombre en el buscador se había topado con más portadas y más mujeres colgadas de su brazo de las que le habría gustado. Entre ellas actrices muy reconocidas.

Por suerte, Eloise intervino en ese momento.

—Mi nieto se ha comprometido a no darme una sola portada más —informó la anciana clavando una mirada severa sobre él—. ¿Cierto, Tyler? Salvo las de las revistas de arquitectura, por supuesto.

Sí, de aquellas también se había topado con unas cuantas mientras investigaba.

Portadas sobrias y elegantes, con titulares donde se ensalzaban sus proyectos más ambiciosos, su capacidad para levantar edificios icónicos y emblemáticos o su talento para rescatar joyas arquitectónicas del pasado sin traicionar su esencia.

—Abuela, no puedo controlar a toda la prensa de este país —repuso con una sonrisa mordaz—. Están por todas partes.

—Entonces habrá que darles algo más permanente y familiar.

Tyler masculló un improperio nada elegante.

—No es momento para hablar de eso.

—¡Nunca es momento!

Arizona miraba de uno al otro con curiosidad. Se le hacía feo preguntar, pero ya se estaba mordiendo la lengua para no hacerlo. Él parecía incómodo con el tema y Eloise muy obcecada.

—Te dejaré elegir entre varias opciones —insistió la mujer con total tranquilidad.

Tyler soltó una breve carcajada incrédula.

—¿Vas a darme una carta de mujeres, abuela?

—De mujeres casaderas dignas del apellido Hamilton —puntualizó la vizcondesa con absoluta dignidad.

Arizona bajó la mirada hacia su plato, luchando por contener la risa.

Ahora lo entendía todo. Y para su sorpresa, la escena le resultaba tremendamente divertida.

Ver a alguien como Tyler Hamilton, tan seguro de sí mismo, tan afilado en cada réplica, mordiéndose la lengua para no mandar a su abuela a paseo tenía algo de justicia poética.

Era evidente que si aquel hombre no sentaba la cabeza, no era por falta de candidatas.

Estaba segura de que su cama nunca estaba vacía…

Y no hacía falta mirar muy lejos para confirmarlo.

Las dos chicas del servicio que entraban y salían con los platos apenas disimulaban las miradas que le lanzaban, como si él fuera, con diferencia, lo más apetecible que había sobre la mesa.

Como en aquel momento, cuando la más descarada de las dos se inclinaba tanto hacia él que Arizona se preguntó si intentaba sacarle un ojo con un pezón.

«Lamentable», pensó mientras se convencía de que las ganas de ponerle el plato de pasta de gorro a aquella tipa solo respondían a su falta de decoro.

Sonrió al ver el evidente gesto de exasperación en el rostro del arquitecto.

—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? —interrogó Tyler, mirándola con visible irritación.

Arizona se señaló a sí misma con comicidad.

—Sí, tú. Pareces divertirte muchísimo con la conversación —la acusó.

Eloise centró también su atención en ella.

—¿Está casada, Arizona?

La chica sonrió y casi se le escapó:

—¡Ni loca que me hubiera vuelto!

Tanto Tyler como Eloise la miraron con curiosidad.

—De hecho, soy alérgica a las bodas —añadió con sinceridad—. No me gustan ni para ir de invitada.

—¿Y eso por qué? —interrogó la anciana.

—Siempre acaban en matrimonio —se encogió de hombros—. ¿Le parece poco?

La carcajada de Tyler resonó en mitad del comedor. Miró a su abuela con evidente sorna.

—Te ha salido el tiro por la culata, abuela —declaró divertido.

La expresión reprobatoria en los ojos de la mujer resultaba obvia, pero solo iba destinada a su nieto. Luego volvió a fijarse en Arizona.

—Así que ¿nunca ha pensado en casarse? —indagó.

—Ni siquiera cuando era adolescente —aseguró ella.