Capítulo 14
Cuando el taxi de Arizona traspasó las verjas del imponente CastleHill, la chica no pudo contener una exclamación de asombro. Aquello parecía un escenario más propio de una película que de la vida real.
El coche avanzó despacio por el largo camino de acceso, flanqueado por extensiones de césped cuidado de manera impecable, macizos de flores y árboles centenarios que proyectaban sombras elegantes sobre la grava. A lo lejos, dominando toda la finca, se alzaba el palacete.
Arizona se inclinó, asombrada, hacia la ventanilla.
El edificio tenía algo antiguo y majestuoso al mismo tiempo: muros de piedra clara, torres rematadas en tejados inclinados, ventanales altos y una escalinata frontal que parecía pensada para que descendiera por ella una reina o, como mínimo, una heroína trágica de novela.
—Madre mía —murmuró para sí.
El taxi se detuvo frente a la gran escalinata de acceso y Arizona bajó del coche con calma, levantando la mirada hacia la fachada mientras una ligera brisa movía los árboles de los jardines.
Había algo en aquel lugar, un aura difícil de explicar, una mezcla de historia, elegancia y silencio que parecía envolverlo todo.
Inspiró hondo. Sí, aquel era exactamente el tipo de sitio donde Isabella podría cobrar vida. Una joven perdida entre dos mundos. Una mujer que se adentraba en la aristocracia guiada por el amor.
Arizona sonrió para sí. Si aquel entorno no la ayudaba a meterse en el personaje, nada lo haría.
Entonces su vista se desvió hacia un coche aparcado frente a la escalinata, un Audi negro. Entrecerró los ojos y durante un segundo fugaz la imagen de otro coche muy similar y de un batido volando por los aires cruzó por su mente con una claridad casi insultante.
—Espero que este tenga mejor suerte —susurró, sonriendo, mientras ascendía ya por la escalinata.
La puerta principal se abrió antes de que pudiera llamar.
Un hombre alto y delgado apareció en el umbral, vestido de forma impecable con traje oscuro y guantes blancos. Su postura recta, su expresión impasible y su perfecta corrección lo hacían parecer salido de un capítulo de la serie Downton Abbey.
La actriz lo observó un segundo y sonrió. A veces la realidad superaba la ficción, no había duda.
—Señorita Kerrs —saludó el mayordomo con voz grave—. Bienvenida a CastleHill.
Arizona asintió con la cabeza, como supuso que lo haría una dama de alta cumbre del siglo pasado, incluso practicó la caída de ojos y la cara de oler mierda que solían llevar en aquella época.
—Gracias, Alfred —saludó muy seria.
Para su sorpresa, el mayordomo esbozó un principio de sonrisa y asintió con una inclinación de cabeza apenas perceptible.
—De nada, señorita —aceptó—. Batman y la vizcondesa aguardan su llegada en el salón.
Arizona rio con ganas. No esperaba que el hombre reconociera el nombre del mayordomo de Batman.
—Me cae usted bien —le dijo divertida.
El hombre asintió con otra sonrisa.
—Permítame acompañarla.
—Deje que coja mi equipaje y…
Para su sorpresa, un mozo se detuvo junto a ella portando su maleta.
—Vaya, gracias —sonrió—, cuánta eficiencia.
El joven la miró con una adoración apenas contenida. Y entonces entró en el palacete y volvió a detenerse, maravillada.
¡El vestíbulo era espectacular! Un amplio espacio de techos altos, lámparas elegantes y suelos pulidos que reflejaban la luz que entraba por los grandes ventanales.
En el centro se alzaba una escalinata que ascendía hacia el piso superior con una elegancia tan perfecta que parecía diseñada para una escena del baile de Cenicienta.
Arizona levantó la cabeza y vio cómo el mozo se llevaba su maleta escaleras arriba mientras Alfred la guiaba hacia uno de los salones.
Cuando cruzó la puerta, una mujer mayor de porte distinguido la saludó desde uno de los sofás, haciendo amago de ponerse en pie.
—Bienvenida, joven —anunció la anciana.
La chica casi corrió hacia ella.
—No se levante, por favor —saludó con una sonrisa.
No le hizo caso. La mujer se puso en pie de todas formas y le tendió una mano, que Arizona estrechó.
Resultaba muy impresionante y algo intimidante, debía reconocerlo.
—Soy la vizcondesa Eloise Hamilton —se presentó—. Espero que se sienta como en casa en mi palacete.
«Cuánta ceremonia», pensó, y sonrió, pero se le cortó la sonrisa de inmediato. «Espera…, ¿ha dicho Hamilton?».
Estaba a punto de responder cuando una voz masculina habló a su espalda.
—Arizona y los títulos nobiliarios no se llevan bien, abuela.
«Mierda».
El tono era bajo. Seco. Inconfundible.
Arizona se quedó inmóvil. Durante una fracción de segundo ni siquiera necesitó girarse. Reconocería aquella voz en cualquier parte.
Tyler Hamilton.
¡Hamilton! ¡Joder! Recordaba cuando él se había presentado durante aquella primera llamada. Al colgar, en cuanto pudo dejar de reír, pasó bastante rato intentando recordar de dónde le sonaba el apellido.
«Sarah», entendió al fin. Aquel odioso era su hermano.
Se giró hacia la voz con una sonrisa en los labios que le estaba costando mantener.
—Y justo cuando empezaba a felicitarme por mi buena suerte… —suspiró, mirándolo con el ceño fruncido.
Él le devolvió un gesto mordaz.
—Debo suponer que ya os conocéis —intervino Eloise sin preguntar, amonestando a Tyler con la mirada—. Al menos espero y confío en que la mala educación de mi nieto no sea gratuita.
Arizona esbozó una media sonrisa y miró a Tyler, que tenía sus ojos clavados en ella.
—No he dicho nada que no sea verdad —se reiteró el chico mientras avanzaba en su dirección—, ¿o acaso miento?
La chica no pudo evitar hacerle una radiografía de cuerpo entero mientras se acercaba a ella.
«Joder, ¿por qué siempre me sorprende lo bueno que está». Suspiró resignada y buscó una réplica afilada que no incluyera las ganas que tenía de…
Por suerte, su libido calló a tiempo.
—Ese comentario no ha sido nada honorable , Alteza —sonrió Arizona frente a su mirada cínica—.
Y tu abuela me ha abierto las puertas de su casa.
En este momento me cae mucho mejor que tú —frunció el ceño y fingió sopesarlo—.
En este momento y en cualquier otro seguro que también —puntualizó, y miró a la mujer—.
Siento si le molesta, pero no soy muy fan de su nieto.
Eloise sonrió a medias y habló mientras volvía a tomar asiento:
—¿En serio? Casi no me he dado cuenta.
—Para lo que a mí me importa… —replicó Tyler, encogiéndose de hombros.
—Pero es que no hablaba contigo —le recordó Arizona—. ¿Puedes dejarme charlar con tu abuela?
Tyler las miró a ambas con curiosidad e ignoró la petición.
—¿De qué os conocéis, si puede saberse? —insistió.
Aquella pregunta fue un detonante que no esperaba. Arizona arqueó las cejas frente a la respuesta.
«Oh, mierda… ¡Helen!».
—Helen…
—¿Mi madre os presento? —La miró un tanto confuso.
«¡Ay, Dios!».
Arizona tuvo que tomar asiento cuando las rodillas le temblaron como gelatina y apenas pudo disimularlo. De todas las personas en el mundo a las que podría haberles hablado y dado detalles de su embarazo… ¡había escogido a la abuela de la criatura!
—Bien, Arizona, te has lucido —murmuró para sí.
«Calma. Helen está a diez mil kilómetros de distancia», se recordó.
—¿Qué te pasa? —interrogó Tyler observándola ahora con atención.
Arizona intentó sonar normal, pero de repente unas náuseas horribles le asqueaban el estómago mientras se sentía algo mareada.
—Nada, yo… —carraspeó y mintió—, estoy bien.
—Pues no lo parece, joven —intervino Eloise ahora y señaló el mueble bar—. Tyler, sírvele un poco de agua.
«Respira, lo último que te interesa es que llamen a un médico», se dijo, aceptando el vaso que él le ofrecía.
Para su asombro, Tyler se había arrodillado frente a ella y la miraba con lo que parecía preocupación.
—Estás muy pálida —declaró Eloise un minuto después—. Si prefieres una copa de brandy que te entone el cuerpo…
—¡No! Eh…, no.
—A veces ayuda —opinó la vizcondesa.
«No creo que su biznieto me lo agradeciera». Por suerte, aquel ofrecimiento indicaba que Helen no le había hablado de su embarazo. ¡Ay, madre mía, ¿cómo se había metido en la boca del lobo con carnaza en los bolsillos?!
No sabía ni qué decir. En ese momento estaba desconcertada. Miró a Tyler y quiso golpearlo por meterla en aquel lío.
—Parece que el color ya va volviendo a sus mejillas —observó Eloise.
Tyler la miró aún muy serio y Arizona se sorprendió. ¿Pues no parecía preocupado y todo?
—¿Estás mejor?
Ella asintió y lo miró con el ceño fruncido.
«No necesito tu preocupación, ¡me habría conformado con un maldito condón puesto a tiempo!», quiso gritarle, y entonces se dio cuenta de que estaba divagando. «Arizona, controla tus pensamientos, no sea que te los lean».
—Vaya, por tu expresión asesina —se quejó el chico—, parece que ya recuperaste el ánimo.
Lo miró con evidente irritación y Tyler insistió:
—¿Y qué te ha pasado? —interrogó—. ¿Te has mordido la lengua? Si es así, igual necesitamos conseguir un antídoto.
Eloise alzó el bastón y lo apoyó sobre el pecho de su nieto.
—¡Déjala respirar, demonios! —lo regañó—. ¿Qué forma es esta de tratar a las visitas?
Soltando un improperio, Tyler se puso en pie. Arizona miró a la mujer, ya repuesta casi por completo.
—Siento mucho todo esto, Eloise.
—¡Ja! Lo que me faltaba por oír —murmuró Tyler en un tono cínico casi para sí—. Arizona Kerrs pidiendo disculpas.
—¡No te las estoy pidiendo a ti! —exclamó ella de inmediato.
—Menos mal —ironizó—, moriría de la impresión.
Para sorpresa de ambos, Eloise golpeó el bastón contra la mesita de té para interrumpir la conversación. Arizona la miró con cierto asombro. ¡Caramba, cualquiera se desviaba un poco! Pero por alguna razón, Eloise Hamilton le caía bien.
—Frederick —repuso la mujer, y el mayordomo que la había acompañado apareció frente a ellos como por arte de magia—, pida que sirvan ya la cena.
El tipo asintió y desapareció igual de rápido que había llegado. Eloise miró a Arizona con un gesto educado.
—Espero que esté mejor como para poder comer, joven —le dijo con calma.
—Sí, por supuesto —admitió.
—Genial —carraspeó la anciana—. Si muero en el fuego cruzado, al menos que no sea con el estómago vacío.
Arizona no pudo evitar sonreír. Y amplió la mueca aún más cuando Tyler hizo amago de intervenir y la mujer fue más rápida:
—Seguro que no necesitamos ese comentario.
Conteniéndose mucho para no soltar una carcajada, Arizona miró a Tyler, que ahora parecía un niño con una rabieta, observándola con evidente hostilidad.
Sin pararse a pensarlo, se escondió de la anciana y le sacó la lengua con un gesto burlón.
Él arqueó las cejas y soltó un pequeño bufido, como si no pudiera creer tanto descaro e insolencia.
El teléfono de Arizona impidió que ella dejara escapar una carcajada que lo molestara aún más. Rebuscó en su bolso y miró al visor con un gesto resignado. Una foto de su hermano anunció que era quien llamaba.
Suspiró abatida. Sabía que Dannie se había quedado preocupado.
No entendía qué la había delatado, pero por alguna razón él no se había tragado del todo que su inquietud de los últimos días fuera solo por Arthur.
Y no le apetecía en absoluto que siguiera indagando.
Siempre se lo contaban todo y no estaba acostumbrada a mentirle, no quería tener que hacerlo.
—Puede contestar, joven —la instó Eloise cuando ya llevaba demasiados segundos mirando la pantalla del móvil.
Sí, debía hacerlo, antes de que Dannie se subiera a un avión destino Londres. Cuando se puso en pie, se topó con los ojos de Tyler, que la observaban ahora con una furia que no esperaba.
«¡Por Dios, solo te he sacado la lengua, no he matado un cachorrito de labrador!», quiso gritarle. Aquel hombre era insufrible.
—Tengo que contestar. —Se alejó mientras lo hacía—. Dannie…, sí, ya estoy en CastleHill…
Tyler la siguió con la mirada. No le hacía falta escuchar el nombre para saber quién estaba al teléfono. La foto de la pantalla se veía demasiado bien desde su perspectiva. Apretó los dientes casi sin ser consciente.
—¿Quién es ese tipo? —interrogó Eloise, mirándolo con curiosidad.
—No quieres saberlo —masculló.
—¿Es su pareja?
—¿Tengo pinta de ser su confidente?
La anciana lo observó con el ceño fruncido, pero Tyler no se molestó en pedir disculpas.
—Que no lo sé, abuela —replicó irritado—. Apenas puedo soportarla, ¿por qué debería conocer los detalles de su vida privada?
Eloise suspiró.
—Y la simpatía es mutua, al parecer —murmuró la anciana—. Claro que no me extraña si te empeñas en comportarte con ella como un verdadero asno.
—¿Yo? ¿Y qué pasa con ella? —protestó—. ¡Tiene la lengua muy larga!
«Y sabe tan dulce… ¡Maldita fuera!».
—Si vas a pedirme que no le lance más pullas, prefiero retirarme sin cenar.
Eloise chasqueó la lengua.
—Yo sí que debí cenar en mi alcoba…