Capítulo 13
Arizona no podía evitar estar muy emocionada, mucho más al ver la expresión de felicidad con la que el hombre la miraba.
Arthur parecía el mismo de siempre y, al mismo tiempo, no lo era.
No lo veía desde hacía algo más de un año, cuando el hombre se presentó una noche en Nueva York para verla interpretar a Camille.
Los últimos meses habían dejado huella en él, una visible.
Estaba más delgado, el rostro algo hundido y surcado por arrugas que Arizona no recordaba, como si el tiempo hubiera decidido caerle encima de golpe.
Incluso su postura se veía más frágil, algo encorvada, parecía que cargar con el propio cuerpo le exigiera un esfuerzo que antes no existía.
Aun así, en sus ojos seguía brillando la misma luz intensa de siempre, al menos en aquel instante frente a ella.
Arizona lo ayudó a tomar asiento en una de las butacas y agradeció el taburete que Will le alcanzó para que pudiera sentarse frente a él.
—Cuando Will me ha llamado con tanto misterio para pedirme que bajara al teatro, jamás pensé llevarme tal sorpresa —suspiró emocionado—. Y además estáis todos aquí… —miró a su alrededor—, mi familia.
La chica no pudo evitar mirar de reojo a Tyler, que no había pronunciado una sola palabra desde que Arthur había llegado.
—Tyler tampoco me ha dicho nada cuando ha subido a verme —repuso ahora el anciano.
—Difícil contar algo de lo que no tenía ni idea —admitió el susodicho, hablando por primera vez.
Arthur arqueó las cejas.
—Ah, entiendo, pero ya os habrán presentado.
—Se han conocido en Santa Carla, papá —explicó Will, que se lo había ocultado hasta ese momento—. De hecho, le debemos a Tyler que Arizona esté aquí, él fue a buscarla al teatro.
Si escuchar su nombre por primera vez lo sorprendió, Tyler no dio muestras de ello. Arizona supuso que hacía rato que habría sumado dos más dos, parecía un tipo inteligente…, entre otras cosas.
«Que no debes pararte a mirar en este momento», se regañó. Aun así, fue incapaz de no mirarlo. No la pilló de sorpresa que pareciera tener ganas de asesinarla y no podía culparlo.
—Los médicos no me han dejado viajar a Los Ángeles —contó ahora Arthur—. Siento no haber podido verte metida en la piel de Callie West. ¿Lo has disfrutado?
Arizona sonrió.
—La gira ha sido dura —reconoció—, pero lo he pasado en grande.
Por alguna razón, decidió que sería mejor no mirar a Tyler en ese momento.
—No lo dudo, y las críticas han sido memorables e inmejorables —recordó Arthur—. ¿Es cierto que había un toro mecánico en escena?
—Tan cierto como que me disloqué un hombro la primera vez que me subí a probarlo en uno de los ensayos —admitió divertida.
Tanto Arthur como Will rieron, aunque al parecer a Tyler no le hacía la menor gracia.
—La crítica alaba el hecho de que fueras capaz de cantar una de las canciones más difíciles del espectáculo sobre ese bicho en movimiento y sin desafinar una nota. —Arthur miró ahora a Tyler—. Te envidio. El haber podido verlo es todo un privilegio.
Tyler esbozó una sonrisa lo suficiente mordaz como para que ella esperara lo peor.
—Sí, poder verla… montar en primera línea fue toda una experiencia.
«¡Será cabrito!». Arizona tuvo que esforzarse para sonreír mientras rogaba no ruborizarse ni ceder a las ganas de sacarle los ojos
Will empeoró las cosas al añadir con extrañeza:
—Pensé que al final no habías podido entrar a ver la obra.
—Vi su mejor interpretación —aseguró Tyler, clavando en ella una mirada acerada—. Nadie conoce a Callie West como yo.
La sonrisa que ahora lucía en sus labios parecía de lo más normal a ojos de todos los demás, solo Arizona habría querido borrársela de una hostia bien dada.
—Isabella no te complicará tanto la vida —aclaró Arthur.
—Al menos físicamente —opinó la chica—, pero me va a remover por dentro.
—Sí, no espero menos. Si sales intacto de un personaje así…
—Es que algo no has hecho bien —completó Arizona por él.
—Exacto —suspiró el hombre, y miró a su hijo—. Haréis un trabajo de diez juntos, aunque si me permitís, me uniré a todos los ensayos que pueda.
—Eso será genial.
—Tengo tantas cosas que hablar contigo… —sonrió Arthur, feliz—. Te quedas a cenar en casa, espero, sigo viviendo una calle más arriba.
—Hoy no —aclaró Arizona de inmediato—. Acabo de llegar y aún tengo que instalarme.
—¿Dónde te hospedas?
Ella esbozó una pícara sonrisa.
—En un palacete a las afueras —explicó—. ¿Crees que Isabella se merece menos?
Arthur dejó escapar una carcajada y no pareció dudar ni por un segundo de que decía la verdad.
—¿Por qué no me sorprende?
—Tú me enseñaste a mimetizarme con el personaje, en todos los sentidos que pudiera —le recordó—, y jamás lo olvidé, aunque a veces me haya traído algún que otro quebradero de cabeza.
«Como le sucedió con cierta patinadora en cierto palacete…», pero eso no lo dijo. Se limitó a mirar a Tyler de reojo y se preguntó si también la habría identificado ya como aquella italiana sobre ruedas.
Consultó su reloj con apremio.
—Me quedaría a charlar con vosotros durante horas —anunció—, pero no quiero hacer esperar a quien me ha abierto las puertas de su casa.
Eloise le había pedido que cenara con ella, y no quería hacerle el feo de llegar tarde el primer día.
—Te llevo —propuso Will, pero Arizona rechazó el ofrecimiento.
Se puso en pie con rapidez y prometió estar en el teatro temprano al día siguiente.
Mientras recogía sus cosas, escuchó la conversación tras ella.
—¿Y tú te quedas a cenar, Tyler? —se interesó Will—. Luego nos tomamos algo para celebrar tu vuelta.
—No puedo, le he prometido a mi abuela que iría a cenar hoy —contó—. Ya hace quince días que no la veo.
Arizona se despidió con un gesto y Will se ofreció a acompañarla a buscar un taxi, pero Tyler fue más rápido.
—También me marcho ya —informó—, así que yo me encargo.
Ella saltó de inmediato.
—¡No hace falta!
—Yo creo que sí —aseguró Tyler en un tono que no dejaba lugar a dudas de que aquella conversación no era postergable, por mucho que se empeñara.
Resignada, tomó su maleta, pero Tyler también se la quitó de las manos, Arizona suponía que para que no tuviera la osadía de echar a correr en cuanto saliera.
«No he huido de una discusión en toda mi vida y no voy a empezar hoy», habría querido decirle alto y claro, pero se contuvo.
Avanzó a paso rápido por el pasillo y atravesó el hall sin volverse a mirar si él la seguía, pero el sonido de las ruedas de su maleta era como un recordatorio cruel de que no había escapatoria.
En cuanto salieron al exterior, se giró a mirarlo.
—Di lo que sea, pero rápido —exigió, cruzándose de brazos—. Tengo prisa.
Tyler esbozó una sonrisa cargada de cinismo.
—¿Te has divertido?
—Pues… —valoró la respuesta— la verdad es que sí.
Lo miró con un descaro que lo sacó de quicio.
—Pero que conste —añadió antes de que él pudiera abrir la boca— que fuiste tú quien lo enredó todo solito.
—Ah, claro, ¡cómo no! —apretó los dientes—. ¡Cómo iba la señorita a asumir su parte de culpa!
—Tú me llamaste Callie —se encogió de hombros—. No sé cómo llegaste a esa conclusión, pero yo solo me limité a callarme.
—¿Solo a callarte? —replicó con incredulidad—. ¿Como cuando te llamé por teléfono?
Arizona carraspeó, se mordió los labios, siguió con la lengua…, pero ni así logró controlarse.
—Ah, sí… —soltó entre risas sin remedio—, eso sí que fue divertido.
Dio un paso atrás frente a la expresión asesina de Tyler, pero no se contuvo.
—Habría pagado dinero por verte en ese momento —añadió entre carcajadas—. En serio.
—¿Vas a reírte en mi cara?
—No, no, yo… —intentó contenerse, pero fue inútil. La risa volvió a escapársele, más fuerte aún.
Un hombre que pasaba por la acera se detuvo a mirarlos con curiosidad.
—Este tipo es desternillante —le dijo Arizona, señalando a Tyler.
El transeúnte miró a Tyler y luego a ella.
—Ya veo… —comentó con una sonrisa divertida antes de seguir su camino.
—De verdad —continuó Arizona, fingiendo secarse una lágrima de la risa—. Siempre sabe cómo alegrarte el día. Es puro entretenimiento.
Avanzó un paso hacia él mientras la risa se iba apagando poco a poco. La sonrisa que quedó en su rostro se volvió más irónica, casi helada.
—Pero si vuelves a hacer un comentario público como el del toro mecánico —añadió entre dientes—, voy a exigir por escrito la cláusula que te prohíba entrar a los ensayos.
Ahora fue él quien rio.
—¿Crees que puedes impedirme también la entrada en este teatro?
Ella lo miró más seria.
—Ha sido mi única condición para aceptar el papel.
—¿Y Will ha accedido expresamente?
«¿Lo había hecho?». Arizona se paró a pensarlo con detenimiento. No, en realidad la conversación se había desviado sin una respuesta clara, pero él no tenía por qué saberlo.
—Que seáis casi como hermanos no te da derecho a influir en lo laboral, ¿no te parece? —replicó con ironía.
—Muy cierto, sí —asintió Tyler—. Jamás se me ocurriría aprovecharme de nuestra amistad para imponer nada.
—Eso te honra —sonrió.
—Gracias. —La miró con una calma peligrosa—. Además, ¿para qué necesitaría hacerlo? —repuso mordaz—. Soy el productor de la obra.
El silencio que siguió fue delicioso para Tyler.
—Así que… —añadió con una sonrisa lenta— no hay absolutamente nadie que pueda impedirme entrar en ese teatro, al menos durante este espectáculo en concreto.
Arizona tragó saliva. Aquel golpe había sido limpio. Uno de los zascas más grandes que nadie le había dado jamás. Buscó una réplica a la altura, pero Tyler se le adelantó.
—De hecho, ahora que lo pienso… —dijo, inclinando apenas la cabeza hacia ella—, de alguna manera eso me convierte en tu jefe.
—¡Y una mierda!
—Esa boca —le reclamó—, estás en Londres, aquí somos algo más educados.
—Entonces me temo que voy a tener que renunciar y volverme a casa —cruzó los brazos y lo miró con obstinación—. Una pena.
—Para mí no. Solo con lo que tú cobras podría contratar a cien Isabellas juntas para tener de repuesto.
—¡A lo mejor porque no serían como yo! —se indignó.
—Venga, tampoco puede ser tan difícil —declaró con lo que parecía indiferencia.
Aquello fue como darle a Arizona un lanzallamas y permiso para accionar el gatillo.
—¿Qué mierda de productor de pacotilla eres tú? —lo empujó irritada—. ¡Me niego a trabajar contigo!
—Conmigo no —sonrió—, para mí.
La ira de Arizona iba en aumento, ya incontrolable.
Tyler la contempló con una expresión extraña y un principio de sonrisa.
—¿Ese es el respeto que le muestras a tus actores? —insistió Arizona, furiosa,
—¿Eso significa que puedo considerarte mía? —interrogó con una expresión de fingido interés—. Porque eso quizá sí vale el caché que cobras.
La chica tuvo que respirar hondo varias veces para controlarse. No podía pegarle, ¿o sí?
—Será mejor que entre a comunicar mi decisión de abandonar —avanzó hacia el teatro.
Tyler la retuvo de un brazo en cuanto pasó ante él y la chica se revolvió como una fiera.
—¡Esa mano, hostias! —masculló furiosa, tirando de su brazo—. ¡Qué manía!
—Creo que Callie me gustaba más que tú —ironizó sin dejar de sonreír.
—Pues a ninguna de las dos les agradas tú un pelo.
—¿Estás segura? —Con un movimiento rápido, la atrajo de la cintura contra su cuerpo.
—¡Suéltame!
—Hay cosas que no se pueden fingir. —La retuvo con fuerza.
—Subestimas lo buena actriz que soy —dijo entre dientes, pero estaba demasiado cerca. Aun enfadada, Arizona sentía cómo su sangre comenzaba a hervir.
—Eres buena, sí, incluso… montando, me ha quedado claro.
—¡Para ya con eso! —se quejó.
Él rio.
—No te enfades —sonó casi a ruego y ella lo miró ahora a los ojos.
—¡Furiosa es lo que estoy!
—Y no tienes idea de lo bien que te sienta —murmuró casi para sí, y suspiró—. Así que será mejor que pare ya.
La chica lo miró algo desconcertada. Aquel tipo la confundía demasiado y no podía pensar si estaba tan cerca. Intentó salir de sus brazos y esta vez él la dejó alejarse.
—¿Me estás enfadando aposta? —indagó con perspicacia.
La sonrisa franca que él esbozó ahora le dio la respuesta.
—¡¿Eres imbécil?! —lo acusó.
—Te aseguro que no, aunque durante todo este tiempo me hayas tratado como a uno —sonó enfadado ahora—. Has pasado días burlándote de mí —le recordó—, no creo que sea mucho pedir el poder resarcirme y divertirme yo, aunque sea unos minutos.
Aquello ayudó a aplacar un poco la ira. Sí, reconocía que quizá debió decirle antes quién era… ¡Pues que no hubiera sido tan prepotente!
Lo miró con el ceño fruncido. Quería gritarle, pegarle…
«…tirártelo», añadió una vocecita en su cabeza.
¡Maldita neurona cabrona!
—Así que ¿todo ha sido una burla o qué? —interrogó, y sonó algo esperanzada—. ¿No eres el productor de la obra?
Tyler esbozó una media sonrisa.
—Me temo que no vas a tener tanta suerte.
—Mierda —murmuró para sí.
—Sí, ya —sonrió él, ahora con sinceridad—, pero sí respeto y admiro a los actores —frunció el ceño—, aunque algunos estéis como una cabra, como es tu caso. Nadie es perfecto.
Ella soltó un bufido de hastío.
—No te pega nada ser productor de teatro —opinó casi como si fuera un insulto.
—En realidad soy arquitecto —reconoció.
Arquitecto… Sí, eso le pegaba mucho.
—¿Arquitecto metido a productor?
—No, arquitecto ayudando a los que considera parte de su familia —admitió ahora en un tono exento de ironía.
Arizona lo observó con atención.
—Guau, si has sonado humano y todo.
Él soltó un bufido.
—Mira, Arizona, Callie o quien carajos seas —dijo, avanzando ahora un paso hacia ella con firmeza—.
Ese hombre de ahí dentro siempre estuvo ahí para mí cuando lo necesité y estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para devolverle el favor —apretó los dientes—, incluso soportarte a ti, si eso lo hace feliz.
La cuestión es… ¿estás tú dispuesta a hacer lo mismo?
Arizona tuvo que contener sus emociones. Pues sí, parecía humano, y aquello ya no era ninguna broma. Prefería no conocer aquella faceta.
—He recorrido medio mundo para venir a verlo, ¿no? —se limitó a contestar así a la pregunta.
Tyler asintió.
—Bien, ahora sí nos estamos entendiendo —afirmó algo menos serio—. Pues intentemos ser civilizados por el bien de todos —puntualizó—. Por supuesto, espero tener que verte lo menos posible.
—¡Amén! —canturreó. Y recibió una mirada acerada en respuesta—. Significa así sea .
—No tienes pinta de católica —repuso mordaz.
—Representé Jesucristo Superstar en el instituto —aclaró con cierto orgullo—. Fui una María Magdalena que dio que hablar.
Tyler la miró de arriba abajo con una expresión seria.
—Sí, no me cuesta creerlo…
—¡Eh!
—No era un insulto —aseguró—. Solo admito que hay pocas cosas en ti que no sean… dignas de comentarse.
Arizona entrecerró los ojos y lo miró con cierta confusión. Aquello podía sonar tanto a insulto como a halago, pero prefirió no preguntar, se limitó a decir:
—Sí, será mejor que nos veamos lo menos posible.
—Eso está hecho —sentenció él.
Y el universo se partía de risa mientras los escuchaba.
Media hora más tarde… dejó claro el motivo.