Rivales con derecho a roce Capítulo 12
24%

Capítulo 12

Cuando Tyler Hamilton entró en el Lyric Hall cerca de las seis de la tarde, le llamó la atención el ajetreo que parecía reinar por todas partes.

Alrededor de veinte personas trabajaban en distintos puntos del teatro. Algunos movían estructuras en el escenario, otros discutían junto a las primeras filas del patio de butacas y un par de técnicos cruzaban el vestíbulo con rollos de cable al hombro.

El ambiente se sentía distinto. Más vivo.

Durante meses aquel lugar había sido un santuario silencioso, un organismo dormido que despertaba solo cuando él lo recorría a solas con arquitectos o restauradores. Pero ahora el teatro respiraba. Murmuraba. Vibraba.

Tyler se detuvo un instante en mitad del patio de butacas, observando el conjunto con una mezcla de orgullo y desconcierto.

«Por fin parece un teatro de verdad», pensó.

Y entonces la vio.

Al pie del escenario, apoyada en la primera fila de butacas… estaba Callie West.

«Pero ¿qué demonios…?». No logró ni acabar la frase. Su perplejidad iba en aumento mientras la observaba.

—Vale, déjame ver la secuencia otra vez —decía ella ahora hablándole al teléfono móvil que parecía tener en altavoz.

Las luces comenzaron a moverse sobre el escenario: una cálida abrió en el centro, otra más fría cayó desde el lateral, luego ambas variaron de intensidad mientras un tercer foco dibujaba un haz suave sobre el actor que aguardaba arriba.

Fueron rotando en intensidad, movimiento y colores durante unos segundos.

Tyler, lejos de estar pendiente de las luces, no podía apartar los ojos de la mujer que las observaba desde abajo, con un gesto de concentración absoluta, como si midiera cada cambio.

Tras eso, ella subió al escenario y le sonrió al tipo que le había servido de guía…

para lo que fuera que estuviera comprobando, para lo que Tyler aún no encontraba explicación posible.

Y tampoco la necesitaba en aquel momento.

Bastante tenía con controlar su pulso, que estaba tan acelerado como cuando la había descubierto en el aeropuerto, a punto de subirse al mismo avión que él.

—Jowie —habló ella al teléfono—, dame la luz de entrada, por favor

«¿Jowie? ¿Cómo y por qué carajos sabía el nombre del técnico de luces y sonido?».

El tipo cumplió la orden al instante.

Arizona dio un par de pasos hacia el centro del escenario y levantó la mano para comprobar cómo le caía sobre el rostro.

—Ajústala al borde, porfa —pidió—. ¡Ahí, perfecto! —Miró a su alrededor—. Si avanzo un paso más, ¿me salgo?

Escuchó al teléfono.

Durante unos minutos más continuó con varias comprobaciones similares, moviéndose por el escenario con la naturalidad de alguien que pertenecía a ese lugar.

Tyler la contemplaba a placer, aún sumido en el desconcierto, pero la imagen resultaba demasiado cautivadora como para interrumpir.

La vio agacharse y tomar algo del pie del escenario y Tyler reconoció uno de los libretos de Almas Errantes.

Justo en ese instante, Vince Newman, el actor masculino protagonista, subió al escenario haciendo gala de una de sus sonrisas de galán de telenovela que a Tyler no le habría importado borrarle de un plumazo.

—No entiendo nada —murmuró para sí

No sabía si aquello era una casualidad absurda del destino… o es que el universo se estaba divirtiendo a su costa.

—¡Eh! ¿Qué haces aquí? —lo sobresaltó Will Marlow, dándole un golpecito en la espalda.

Tyler se giró a mirar a su amigo y se sorprendió al ver aquel brillo de felicidad en sus ojos. No lo veía así desde hacía muchos meses, los mismos que habían pasado desde el diagnóstico de Arthur.

—No sé si vas a ser bien recibido —reconoció Will con una sonrisa enorme—, pero ¡qué diablos!, yo en este momento te quiero un huevo.

Lo abrazó con fuerza mientras Tyler se preguntaba si se había quedado dormido intentando superar el jet lag y había despertado en un sketch de los Monty Python.

—Igual te saca un ojo cuando te vea —siguió diciendo Will—, pero creo que me arriesgaré. Hoy no puedo echarte del teatro, me siento en deuda. —Rio con ganas.

«Pero ¿qué demonios…». ¡No había entendido una sola palabra de aquel último comentario! Aún más desconcertado, caminó tras Will, que al parecer estaba convencido de que lo seguiría sin demora.

Cuando ambos se detuvieron al pie del escenario, contemplaron en silencio a la mujer sobre las tablas, que aún estaba demasiado concentrada como para notar su presencia.

—Es como un sueño verla ahí arriba —suspiró Will mirándola con una expresión risueña.

Tyler estaba demasiado abrumado aún como para hablar.

—Gracias —continuó el director—, sé que este milagro en parte te lo debemos a ti.

Aquello sí que no pudo dejarlo pasar.

—¿Hablas de ella? —interrogó Tyler de inmediato—. ¿Crees que… está aquí por mí?

De repente, Tyler aguardaba esa respuesta con un interés que prefería no analizar.

Will se encogió de hombros.

—Por ti no, pero sí gracias a ti —admitió sin dejar de mirarla—. Tú le hablaste del estado de salud de mi padre.

—¿Y qué?

Uno de los técnicos de sonido interrumpió la conversación justo en ese instante y Tyler estuvo a punto de gritar preguntando dónde demonios estaba la cámara oculta.

—Chicos, me indican que está todo listo para la prueba de sonido —alzó Will la voz para hacerse escuchar desde el escenario.

Los actores lo miraron desde arriba y la sonrisa pareció congelarse en el rostro de Arizona en cuanto se topó con Tyler. Ambos clavaron sus ojos en el otro con demasiada intensidad como para pasar desapercibido.

Cuando la chica rompió el contacto visual, pareció reponerse un poco.

—Demonios, menos mal que las miradas no matan en sentido literal —susurró Will solo para Tyler— o habrías caído fulminado, amigo. ¿Qué demonios le has hecho?

Tyler se limitó a sonreír y a observar. Arizona se acercó al pie del escenario y se agachó para tomar el micrófono que Will le tendía.

—¿Vas a pinchar música? —preguntó, ignorando a Tyler por completo.

—Sí, y ya que estáis los dos aquí —Will señaló a Vince—, vamos a ver cómo empastan vuestras voces, ¿os parece?

Ambos actores asintieron. Arizona miró a Tyler con toda la indiferencia de que fue capaz y él sonrió con cierta sorna:

—Esto ya me parece mucha coincidencia —repuso en un tono ácido—. ¿Sigues estando segura de que no me estás siguiendo?

—He vuelto a llegar primero, ¿no?

Tyler esbozó una sonrisa mordaz.

—¿Y has cantado alguna vez fuera de la ducha, Callie? —clavó en ella una mirada cínica—. Me he dejado el paraguas en casa.

—Pues te podías haber quedado haciéndole compañía —murmuró la chica entre dientes.

—¿Y perderme el espectáculo? —Sonrió—. Sabes que la acústica de este sitio es perfecta, ¿no?

—No esperaba menos —miró a Will e ironizó—: ¿Cuándo me ponéis el autotune ?

Tanto Will como Vince rieron la broma. Tyler también rio y fue incapaz de quitarle los ojos de encima mientras ella se ponía en pie y caminaba hasta la mitad del escenario, acompañada de Vince Newman, al que de repente se le veía algo nervioso.

¿Por cantar con ella? ¿Le preocupaba que fuera tan mala?

Tyler se sintió inquieto. Por algún motivo, no le agradaba la idea de verla hacer el ridículo.

Miró a su alrededor y fue demasiado consciente de que había montones de ojos pendientes de ella.

Incluso el tipo que se paseaba con el mocho izó la cabeza y se detuvo, aguardando el espectáculo.

«Joder, Callie, canta al menos regular, por favor», se encontró pensando Tyler.

—Si os parece, vamos a pinchar el instrumental de Total Eclipse of the Heart —propuso Will—, que va a dos voces.

—¿Bonnie Tyler? —confirmó Vince.

—Sí, ¿ambos conocéis la letra?

Arizona sonrió y bromeó:

—Me ofendes.

—Bien, pues comprobemos si el pastizal que ha costado renovar toda la acústica está bien invertido —declaró Will.

Le hizo un gesto a Tyler para que lo acompañara a tomar asiento en la primera fila de butacas, justo cuando la música comenzaba a sonar.

Tyler se reclinó ligeramente en su asiento, con los brazos apoyados en los reposabrazos de la butaca, tratando de parecer relajado, aunque en realidad estaba expectante.

No tenía ni idea de si aquella mujer sabía cantar.

Los acordes lentos e inconfundibles de la canción se desplegaron por el teatro como una marea suave, con una acústica perfecta. El piano marcaba el ritmo y el eco del instrumental llenó el espacio con una claridad casi irreal.

Ambos intérpretes estaban en el centro del escenario, mirándose ahora con una sonrisa.

Vince fue el primero en entrar, con una voz sólida y bien colocada que llenó el lugar sin esfuerzo, y apenas dos segundos más tarde… sucedió la magia.

La primera frase salió de los labios femeninos muy suave, casi íntima. Tenía una voz melodiosa, cálida, que se deslizó por el teatro como una caricia.

Tyler parpadeó sorprendido. No esperaba aquella afinación impecable, ni ese control tan limpio, ni la forma de sostener la nota final como si flotara en el aire.

Se inclinó un poco hacia delante.

Vince se acopló a ella y, durante unos segundos, ambos se movieron con la canción como si llevaran años cantándola juntos. Sus voces encajaban, se respondían, se entrelazaban con precisión.

Pero cuando la música empezó a crecer, todo cambió.

La voz de Arizona subió con la melodía… y de pronto dejó de ser solo bonita.

Se rasgó de forma increíble y se abrió paso con una fuerza cruda y vibrante que llenó cada rincón del teatro recién restaurado.

No era una voz pulida y perfecta de estudio, era algo vivo, visceral, lleno de emoción.

Cada nota parecía nacer desde algún lugar profundo y lanzarse al aire con una intensidad que hacía vibrar las butacas.

Tyler dejó de respirar un segundo. Aquella mujer cantaba como si el escenario le perteneciera, jamás había visto nada igual.

Cuando llegó el estribillo, la sala entera pareció expandirse. Vince seguía ahí, empastando con ella con una armonía impecable, pero ella se comía el escenario. Era un imán. Su voz arrastraba la música, la elevaba, la convertía en algo más grande.

Tyler no apartó los ojos de ella ni un instante.

No sabía en qué momento se había inclinado hacia adelante en la butaca. Ni cuándo había dejado de pensar en la acústica del teatro, en las reformas, en los paneles de resonancia que él mismo había supervisado.

Solo escuchaba. Y algo en su pecho se sobrecogió cuando ella sostuvo una de las notas altas, larga, poderosa, cargada de emoción.

Aquello no era solo técnica. Aquello era… otra cosa.

Cuando la canción llegó al último acorde, Arizona cerró la frase con una suavidad inesperada, dejando que la nota final se disolviera en el silencio del teatro.

Y ese silencio resultó atronador durante unos largos segundos, en los que nadie allí parecía poder reaccionar, como si necesitaran un instante para volver a la realidad.

Entonces Arizona bajó la mirada del escenario hacia el patio de butacas… y su expresión cambió. Sus ojos se clavaron en el pasillo central y esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro.

Los aplausos estallaron al fin, pero Arizona ya no parecía escucharlos.

Tyler siguió la dirección de su mirada y descubrió a la figura que se había ganado aquella increíble sonrisa: Arthur Malow, de pie en el pasillo, contemplaba a la chica con una emoción palpable y los ojos húmedos.

Ella bajó del escenario y casi corrió hacia el hombre, feliz de verlo, y Tyler se levantó un poco en su asiento, siguiéndola con la mirada, viéndola, un tanto alucinado, llegar hasta Arthur y abrazarlo con fuerza.

En el teatro se hizo el silencio de nuevo, como si todos temieran interrumpir aquel encuentro.

—Por un segundo… —murmuró Arthur con la voz quebrada— creí que estaba soñando.

Arizona rio contra su hombro.

—Soy de carne y hueso, Arthur.

El hombre se separó apenas de ella y la miró con una emoción tan intensa que Tyler sintió un nudo inexplicable en el pecho, y de alguna forma… un puzzle que ni siquiera sabía que estaba armando comenzó a completarse en su cabeza.

—Dime que serás mi Isabella —rogó Arthur, con la voz cargada de esperanza.

Arizona lo miró un segundo y luego sonrió de nuevo, radiante.

—Seré tu Isabella —afirmó.

Arthur Marlow cerró los ojos un instante, sobrecogido.

Y fue entonces cuando la mente de Tyler terminó de atar los cabos.

El escenario, la voz. la forma en que todos parecían conocerla, la emoción de Arthur…

Tyler se quedó inmóvil en la butaca, todavía con el eco de su voz vibrándole en el pecho. Y comprendió, con una certeza súbita y absoluta, que aquella mujer que acababa de poner aquel teatro patas arriba con una simple canción… solo podía ser Arizona Kerrs.

¡Y en ese instante sintió deseos de estrangularla!