Rivales con derecho a roce Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Casi sin darse cuenta, se llevó la mano al abdomen. Aquel bebé resultaba incompatible del todo con pasar las horas subida en unos patines, expuesta a una caída que pudiera dañarlo. Otro problema más que añadir a una lista que ya empezaba a ser demasiado larga.

—¿Y… estarías dispuesta a sacrificar tus vacaciones? —indagó Will con la esperanza brillando en sus ojos.

Ella lo miró algo confusa.

—Hemos avanzado con los ensayos —explicó el chico—. Hace meses que completamos el elenco, que trabajamos en la obra, en los números musicales, estrenaremos a la vuelta de un mes. Está todo listo.

Ella lo miró con cierta perplejidad, pero Will continuó, cada vez más animado por su propio entusiasmo.

—Me conformaría con que encabezaras el elenco y estrenases con nosotros. Unas cuantas funciones, nada más —añadió casi en tono de ruego—. Y los dos sabemos que eres capaz de asumir el reto y meterte en la piel de Isabella en tiempo récord.

Arizona soltó una breve risa incrédula.

—Ni siquiera he leído la obra aún, Will —le recordó, algo aturdida—. Y jamás acepto un papel que no me entusiasme, es mi máxima premisa.

—Sí, lo sé, he visto y leído cada entrevista que te han hecho —sonrió. Entonces tomó sus manos con un gesto casi suplicante—. Pero te prometo que Isabella te entusiasmará. En el fondo, ya la conoces un poco.

Sí, era cierto que Arthur ya le había hablado de ella diez años atrás, pero el teatro había cerrado sus puertas antes de que hubiera podido ni siquiera acabar de escribirla.

Suspiró, sintiéndose de pronto algo abrumada. Veía la esperanza brillar con demasiada intensidad en los ojos de Will y eso la inquietaba. ¿Y si no le gustaba la obra? ¿Cómo le diría que no sabiendo lo que estaba en juego para él, para Arthur?

—Solo te pido que leas el libreto —rogó el chico al verla dudar.

Su voz ya no tenía entusiasmo, solo esperanza.

La chica lo valoró a conciencia durante unos segundos.

—Vale, a eso sí puedo comprometerme —acabó sucumbiendo—. Dame una copia.

—¡Sí! Bien —saltó Will de la butaca como si hubiera ganado la lotería.

Lo vio casi correr hasta el escenario, rebuscar entre las carpetas que había dejado abandonadas para atenderla y regresar hasta ella, algo agitado, para poner en sus manos un ejemplar de Almas Errantes.

La chica sonrió y consultó su reloj. Con las horas de vuelo y la diferencia horaria, en Londres eran casi las doce del mediodía. Si quería vencer el jet lag cuanto antes, tendría que resistir despierta hasta que cayera la noche.

—Para no hacerme pesado… —dijo Will, incapaz de disimular su impaciencia—. ¿Cuándo tienes pensado empezar?

Arizona abrió el libreto con calma.

—En cuanto dejes de hablar —informó con una sonrisa divertida.

Aquello bastó para que Will se convirtiera en mudo.

Un minuto después carraspeó:

—Voy a buscar algo de comida por si te entra hambre mientras lees.

Arizona ni siquiera levantó la vista cuando él se marchó.

Las páginas comenzaron a pasar, primero con curiosidad, después con creciente atención. Y, sin que ella misma se diera cuenta, con una intensidad cada vez mayor.

El teatro permanecía en silencio alrededor, interrumpido solo por el roce de las hojas al pasar.

Una hora después, con lágrimas en los ojos, Arizona cerraba el libreto de la que, sin duda, era la obra más maravillosa que había leído en años. E Isabella no era solo un personaje. Era fuego, contradicción, orgullo, fragilidad, una fuerza indomable atrapada entre el amor y la lealtad a uno mismo.

Isabella era… el papel de su vida, y ni loca dejaría pasar la oportunidad de interpretarla, de adentrarse en su piel, en su alma.

Aquella historia lo tenía todo: un amor prohibido que ardía contra viento y marea, injusticias y traiciones que empujaban a los personajes al límite y una heroína que se negaba a rendirse incluso cuando el mundo parecía empeñado en quebrarla.

Isabella luchaba, caía, volvía a levantarse y amaba con una intensidad capaz de desafiar al destino mismo.

Cada escena era más poderosa que la anterior, hasta desembocar en un clímax de sacrificios y decisiones imposibles donde la esperanza y la desesperación se entrelazaban de una forma tan brutalmente hermosa que a Arizona se le había encogido el corazón.

Lo supo antes siquiera de terminar el último acto: aquel papel no era solo extraordinario, era el papel con el que cualquier actriz soñaba pasar a la historia.

Will Marlow la miró con el corazón en los ojos en cuanto cerró el libreto y alzó la cabeza. Casi parecía temer hablar, aguardando su veredicto como si le fuera la vida en ello.

—Esto es… pura maravilla —suspiró ella al fin, por completo rendida a Isabella.

El chico dejó escapar el aire que parecía haber estado conteniendo durante una eternidad.

—¿Los números musicales son igual de buenos? —interrogó Arizona con curiosidad.

—A la altura de la obra —aseguró Will sin dudar—. Y tu voz los convertirá en épicos

Arizona cerró los ojos un segundo, emocionada. Cuando volvió a abrirlos, solo pudo decir:

—¿Cuándo empezamos?

Will lanzó un grito liberador que resonó por todo el teatro, seguido de una carcajada de pura euforia.

Arizona no pudo evitar reír también.

Ambos emocionados, se sentaron a comer mientras Will la informaba sobre todo lo que consideraba esencial para una primera toma de contacto.

—Espero poder ponerme al día sin demasiados contratiempos —comentó Arizona mientras terminaba el postre.

—Sé que no tendrás ningún problema —afirmó Will con absoluta convicción.

La chica sonrió. Sí, ella también confiaba en sus capacidades.

En circunstancias normales podría convertirse en Isabella en quince días. Quizá menos. Incluyendo texto, interpretación, canciones, coreografías y cada respiración del personaje, pero… ahora no estaba exactamente en circunstancias normales.

Suspiró, algo preocupada. Quizá debería hablarle a Will de su embarazo. Ni siquiera sabía cómo podía responder su cuerpo en las próximas semanas, pero aún no se sentía preparada para compartirlo con nadie. Aquello era privado, junto con todas las decisiones que debía tomar.

No había duda de que aquel embarazo se presentaba en el peor momento imaginable, pero no se sentía cómoda tomando una decisión apresurada.

Quería concederle a su bebé al menos el respeto de no tratarlo como si fuera algo trivial y sin importancia.

No lo convertiría en un inconveniente de agenda, no podía.

Debía concederle su espacio, aunque fuera solo para acabar despidiéndose.

Era lo mínimo que podía hacer por él. No sabía si aquello tenía sentido, pero así lo sentía.

«Menudo lío», pensó, soltando un suspiro. «Y todo por culpa de…».

Frunció el ceño.

—No quiero a Tyler Hamilton molestando por aquí —repuso a bocajarro sin pararse a pensarlo.

Will parpadeó sorprendido.

—No sé qué relación te une con él, pero…

—Casi la de un hermano —dijo él con naturalidad.

Un suspiro de hastío salió de labios de Arizona.

—Pues quiero muy lejos a tu casi hermano.

La sonrisa se abrió paso en el rostro de Will.

—¿Qué te ha hecho?

«¿Aparte de un bebé, dices?», estuvo en un tris de replicar. Logró morderse la lengua a tiempo.

—No me gusta —declaró en su lugar—. Es un estirado arrogante, prepotente y elitista.

—¡Toma ya! —Rio—. No sabía que podían caber tantos adjetivos en una sola frase.

Arizona hizo un divertido gesto mientras se ponía en pie.

Tenía que hablar con Harper, a la que estaba segura que iba a darle un tabardillo cuando le contara las novedades.

Sabía que su amiga antes se pondría un piercing en un pezón que pisar Londres y Arizona iba a echarla mucho de menos.

Y quizá pudiera pedirle que retrasara algunas decisiones sobre el resto de proyectos que tenían sobre la mesa.

Protestaría al principio…, hasta que leyera el libreto de Almas Errantes .

Se rendiría a los pies de Isabella un segundo después, Arizona no tenía duda de aquello.

—¿Dónde te hospedas? —interrogó Will, al poner los ojos sobre la maleta que descansaba en un lateral—. ¿Ya tienes sitio?

Arizona sonrió. Ni siquiera tuvo que formar el pensamiento completo para tenerlo claro y cristalino.

Isabella era un alma errante perdida que se adentraba en la aristocracia al enamorarse de un noble. Y nada como un palacete auténtico y algo de realidad para ayudarla a cobrar vida.

Suspiró y sacó su teléfono móvil.

—Helen… —saludó cuando le contestaron—, ¿de veras crees que Eloise estaría dispuesta a abrirme las puertas de su casa?