Capítulo 11
Arizona contempló la fachada del imponente teatro con un gesto de silenciosa admiración.
Recordaba que el Lyric Hall siempre había sido un edificio hermoso, de esos que parecían guardar historias entre cada moldura de piedra. Pero la última vez que lo vio, diez años atrás, comenzaba a apagarse, como si el tiempo hubiera decidido instalarse allí sin permiso.
Ahora era distinto. Era evidente que lo habían restaurado al completo, devolviéndolo a la vida empezando por la preciosa fachada.
La piedra clara lucía limpia, las molduras recuperaban su elegancia original y las grandes puertas de entrada brillaban bajo la luz de la mañana con una dignidad que parecía recién estrenada.
No había estridencias ni modernidades innecesarias.
Quien hubiera dirigido aquel trabajo de restauración había entendido algo esencial: el teatro no necesitaba reinventarse, solo recordar lo que había sido en otro tiempo.
Arizona sonrió para sí, con una emoción difícil de disimular. Aquel había sido el primer teatro que pisó como una verdadera profesional. Le debía mucho a Londres, al Lyric Hall… y a Arthur Marlow.
El vestíbulo la recibió con un aroma tenue a madera nueva y terciopelo limpio. El mármol del suelo reflejaba la luz de las lámparas restauradas y las escaleras curvas ascendían a ambos lados con una elegancia majestuosa.
Arizona giró sobre sí misma despacio, observándolo todo.
—¡Guau!
El hall era precioso. Sobrio, luminoso, equilibrado. Nada parecía fuera de lugar.
—Esto es una maravilla —susurró para sí.
Avanzó con paso lento hasta la puerta que conducía al auditorio y la abrió con cuidado, como si temiera romper el hechizo.
El patio de butacas apareció ante ella y Arizona se quedó inmóvil.
Las filas de terciopelo rojo descendían hacia el escenario como una ola perfectamente ordenada, enmarcadas por balcones y palcos dorados que brillaban bajo la luz suave de la sala. Los relieves del techo habían sido limpiados y restaurados con una precisión casi reverencial.
El cambio era asombroso.
Recordaba a la perfección cómo había estado aquel lugar tiempo atrás: madera carcomida, cortinas descoloridas, un silencio triste que parecía anunciar el final de algo que había sido grande.
Ahora, en cambio, respiraba vida.
Arizona avanzó despacio por el pasillo central, recorriendo el patio de butacas con la mirada, incapaz de ocultar su fascinación.
Volvió a pensar en que quien hubiera dirigido aquella restauración tenía un gusto impecable. No solo había devuelto el esplendor al edificio, lo había hecho con respeto, con sensibilidad, casi con amor.
Se detuvo a mitad del pasillo.
—Creo que es uno de los teatros más bonitos que he visto nunca —murmuró.
Entonces centró la vista en el escenario, donde un pequeño grupo de actores marcaba una escena mientras otro hombre joven los guiaba desde abajo, y el tipo se parecía demasiado a Arthur Marlow como para no ser su hijo.
Arizona se deslizó con cautela hacia una de las filas centrales y tomó asiento sin hacer ruido. Nadie pareció reparar en su presencia. Apoyó los codos en el respaldo de la butaca de delante y se concentró en observar.
Durante unos minutos escuchó el intercambio de frases sin hacer juicio alguno. No conocía el texto, pero sí el oficio. El ritmo, las pausas, las miradas que los actores intercambiaban…, todo eso fue suficiente para empezar a entender qué estaba ocurriendo.
—No —intervino Will desde el pie del escenario con cierta frustración—. Seguís transmitiendo la emoción equivocada.
Uno de los actores resopló.
—Pero el texto es claro —se quejó.
—¡El texto me da igual! —aclaró el director con evidente desesperación, haciendo aspavientos—. Es el subtexto lo que me importa, todo lo que no dices, pero que el público necesita saber. Esta escena debe ser perfecta para cerrar el primer acto.
Aquello hizo que Arizona inclinara ligeramente la cabeza. Primer acto. Ahora entendía el problema.
«Interesante».
Se reclinó en su asiento y algo en el movimiento debió llamar la atención, porque Will se giró hacia el patio de butacas.
—¿Quién te ha dejado entrar? —preguntó confuso.
—No había nadie en la puerta —confesó Arizona, poniéndose en pie.
—Pues a no ser que tengas algo interesante que aportar —insistió—, sal del teatro, por favor, es un ensayo privado.
Arizona salió al pasillo central con paso tranquilo. Sí, tenía un aporte que hacer.
—En esa escena nadie está siendo sincero todavía —dijo con naturalidad, sin una pizca de pedantería—. Todo el mundo finge. Si la interpretáis como una confesión, la tensión desaparece y toda la fuerza del texto se diluye.
—¡Exacto! —afirmó Will en un tono triunfal
Se concentró por completo en la figura que avanzaba hacia ellos, entusiasmado con el hecho de que alguien hubiera puesto palabras a lo que llevaba varios minutos intentando explicar.
Todos en el teatro estaban ahora pendientes de la figura que avanzaba por el pasillo central con paso seguro, saliendo poco a poco de la penumbra del patio de butacas hacia la luz del escenario.
—No puede ser —murmuró Will casi para sí.
Durante un segundo creyó estar viendo una ilusión.
Arizona levantó la mirada hacia el escenario y entonces la luz la alcanzó por completo.
Will Marlow abrió los ojos como si acabaran de darle una descarga eléctrica.
—¡¿Arizona Kerrs?! —su voz salió entrecortada, aún incrédula
—Lo era la última vez que me miré al espejo, sí —bromeó divertida frente a la expresión de asombro.
Y entonces el chico soltó una carcajada breve, emocionada, llevándose una mano al pecho.
—¡Por todos los santos! —exclamó—. ¡Jamás me he alegrado tanto de ver a alguien!
El feeling con Will Marlow fue inmediato.
El tipo era simpático, locuaz y hablaban el mismo idioma, el del teatro.
Bastaron apenas unos minutos de conversación para que Arizona supiera con absoluta certeza que aquel hombre tenía esa mezcla de entusiasmo y obsesión que solo se encuentra en quienes viven el escenario como algo más que un trabajo.
Además, parecía admirarla con una sinceridad tan abierta que, lejos de incomodarla, le resultaba agradable. Era un tipo muy guapo, también tenía que reconocerlo, pero no saltaban chispas entre ellos que amenazaran su estabilidad, y eso era un alivio.
Sentados con tranquilidad en el patio de butacas, ya a solas, charlaron durante largo rato. Intercambiaron experiencias y anécdotas varias, hasta acabar hablando de lo sucedido diez años atrás, cuando clausuraron el teatro y lo duro y traumático que todo aquello fue para la familia.
—¿Cómo está Arthur? —se interesó al fin Arizona, algo temerosa de la respuesta.
Lo vio dudar y la chica puntualizó:
—Sé que no está bien.
La sorpresa en el rostro de Will fue sincera y Arizona aclaró:
—A tu amigo se le escapó —confesó, sin poder evitar torcer el gesto al recordarlo.
—Anda, creía que no habías visto a Tyler.
«Arizona no lo vio, Callie sí», pensó para sí, pero se abstuvo de decirlo.
—Así que por eso estás aquí —entendió, y bromeó—. Parece que tengo que agradecérselo, le he gritado mucho en estos días.
—Seguro que se lo merecía —opinó con una sonrisa, luego su expresión se volvió más seria—. Pero quiero dejar claro que, de momento, solo vengo a ver a Arthur. Aún ni siquiera me he planteado aceptar o no el trabajo.
Will asintió.
—Le hará muy feliz verte —afirmó el chico—. Ha seguido tu carrera con atención y una ilusión muy especial —sonrió—. Creo que se considera una especie de mentor.
Sí, Arizona también usaría aquella palabra, a pesar de que no pudo trabajar con él tanto como le habría gustado.
—Yo también lo estimo mucho —aseguró—, ¿qué le pasa?
—Cáncer de pulmón, estadio III —declaró con tristeza.
Arizona suspiró.
—¿Tiene posibilidades?
—Alrededor de un veinte por ciento, si aceptara reducir el tumor con quimioterapia y luego operarse —explicó.
La confusión apareció de inmediato en el rostro de ella.
—¿Si aceptara?
—Solo quiere cuidados paliativos.
Aquello la horrorizó.
—¿Por qué? Si tiene opciones…
Will se pasó una mano por la nuca antes de responder.
—Lo pasamos muy mal con mi madre —aclaró—. Ella luchó hasta el final, pero perdió. Fueron dos años de hospitales, tratamientos y esperanzas que se rompían una detrás de otra. Apenas pudo vivir fuera de una habitación de hospital. Se fue apagando poco a poco.
No tuvo que decir nada más. Estaban muy claros los motivos de Arthur para no querer repetir la experiencia.
—Por eso necesito darle motivos para luchar —continuó Will—. Este teatro siempre fue su vida, su mayor orgullo, así que hemos hecho hasta lo imposible para recuperarlo y abrir sus puertas.
La chica sonrió, conmovida con el gesto.
—Mi padre solo tiene dos grandes ilusiones ahora mismo —añadió Will con una media sonrisa cansada—. Una es dejar al menos a uno de sus hijos casado y feliz antes de irse. Y la otra…
Miró a su alrededor.
—…ver representada en este escenario su gran obra. El culmen de su carrera.
— Almas Errantes .
Will asintió.
—Y la escribió para ti, Arizona —confesó.
Ella lo miró perpleja. Era cierto que siempre que asistía a alguno de sus estrenos, el hombre le hablaba de Almas Errantes y que para él ella siempre sería Isabella, pero hasta ahora pensaba que eran solo cosas que se dicen por la emoción del momento.
—Ha seguido trabajando en ella todos estos años —explicó el chico—. Siempre con la misma idea en la cabeza: verte interpretar a Isabella sobre este escenario algún día.
Arizona sintió que algo se encogía en su pecho. Ahora entendía aquella insistencia por parte de Will.
—Te comprendo, pero mi vida es complicada en este momento —admitió al fin, con una sombra de preocupación en el rostro.
—¿Tienes que regresar a Broadway en breve?
—Se supone que estoy de vacaciones durante el próximo mes y medio —contó—, y después volveré a ser Camilla durante algunos meses más.