Capítulo 10 #2
No, ella no estaba hecha para emociones intensas, esas las reservaba para el escenario. En su vida real era una mujer pragmática, que en asuntos de pareja se aseguraba de mantenerse dentro de su zona de confort, una zona donde su corazón permanecía a salvo de sonrisas como aquella.
«¡Por Dios, llevo un hijo suyo en mis entrañas!». No. Aquello era un desastre total y absoluto.
—Si veo una sola foto en la prensa, Morgan —decía Tyler ahora—, te juro que me aseguraré de que no vuelvas a trabajar en esta ciudad.
El tipo lo ignoró y se ajustó las gafas mientras miraba ahora a Arizona con atención.
—¿De qué te conozco? —interrogó, frunciendo el ceño—. Te he visto antes.
—Sí, qué más quisieras —gruñó Tyler de mal humor—. Ni en tus mejores sueños.
El paparazzi sonrió.
—Tienes buen gusto, mi honorable amigo —dijo con cierta burla, exagerando la formalidad como si le hiciera un saludo cortesano—. Eso es innegable —miró a Arizona—. Belleza, ¿ya conoces a la vizcondesa? ¿Fuiste presentada a la matriarca?
Por suerte para el paparazzi, que estaba a punto de llevarse la hostia de su vida, la gente de seguridad del aeropuerto al fin decidió ganarse el sueldo. Ni siquiera tuvieron que tocarlo, puesto que el tipo tenía claro que era una guerra perdida, pero sí lo escoltaron hasta la salida.
Arizona hacía rato que había decidido que era el momento de hacer su mutis, antes de que las cosas se complicaran más, pero la curiosidad le pudo. Fue incapaz de guardar silencio mientras veía ya avanzar su maleta por la cinta.
—Así que realmente ostentas uno de esos títulos pomposos… —murmuró lo suficiente alto como para que él la oyera.
Tyler la miró de reojo.
—No, yo no.
—No es lo que me ha parecido entender —insistió ella con una sonrisa traviesa—. Si hay una vizcondesa…
—Mi abuela es vizcondesa por matrimonio y mi padre vizconde por herencia —explicó en un tono ácido.
—¿Y tú no eres nada? —preguntó, fingiendo decepción—. Qué desperdicio.
—Nada, salvo ese honorable que has escuchado con tanto respeto —aclaró, cargando las palabras de sarcasmo.
—¿Honorable? —frunció el ceño—. No me gusta, no pienso llamarte así.
—Por suerte.
—Prefiero Alteza —declaró Arizona, tras pensarlo unos segundos con fingida solemnidad.
Tyler soltó un improperio apenas audible, que parecía más un gruñido que palabras.
—Justo lo que me faltaba —lo escuchó murmurar.
Arizona contuvo la risa, disfrutando de verlo tan irritado de nuevo.
Avanzó hasta la cinta, tendiendo la mano para recuperar su maleta, pero, para su sorpresa, él se anticipó y se encargó de sacarla y ponerla frente a ella.
—Guau, gracias, qué caballeroso —exclamó divertida—, no esperaba nada menos… honorable .
Tyler le lanzó una mirada hastiada que la hizo reír aún más.
—Es que la broma estaba casi hecha —admitió juguetona.
—Creo que prefiero que vuelvas a lo de arrogante y poco agraciado —suspiró.
—Ya no me atrevo —sonrió con amplitud—. A la nobleza siempre os ha gustado mandar gente a la guillotina.
—Eso era en Francia —puntualizó Tyler—, aquí preferíamos la horca.
—Mucho menos sanguinario.
—Pero más cruel.
Arizona sacudió la cabeza.
—Pues estoy por tomar un avión de vuelta a Estados Unidos —resopló divertida—. Somos más civilizados.
—¿Civilizados vosotros? —Rio él, mordaz—. Aquí abolimos la pena de muerte en 1965, ¿no seguís vosotros enviando gente a la silla?
—Sí, pero no los distinguimos con títulos absurdos y obsoletos —replicó ella, sonriendo de medio lado.
—¿Los matáis de forma indiscriminada, dices? —arqueó una ceja.
—Solo si se lo merecen.
—¿Y quién dictamina eso sin riesgo a equivocarse?
Arizona guardó silencio y lo estudió con atención. Por principios, se vio obligada a añadir:
—Yo no he dicho que esté a favor —confesó, dejando clara su postura—. En cualquier caso, no creo que sea una conversación trivial apta para una despedida.
Tyler la abrasó con la mirada durante unos largos segundos antes de hablar. El aire entre ellos se cargó, como si la sola mención a la despedida hubiera enrarecido la atmósfera.
Arizona sonrió, sin poder dejar de mirarlo con cierta tristeza. Aquel era el momento de decir adiós, quisiera o no.
—Quizá podemos compartir el taxi —la sorprendió diciendo Tyler—. ¿Dónde te hospedas?
—Aún no lo sé —admitió con sinceridad.
Y era cierto. Su plan era ir directa al Lyric Hall a ver a Will Marlow, y esperaba que él pudiera recomendarle un hotel. Pero todo aquello no podía decírselo… o tendría que acabar confesándole quién era, algo que no le apetecía en absoluto.
—¿Todavía no tienes hotel? —insistió él con evidente perplejidad.
A Arizona no le sorprendió que pareciera tan desconcertado. Seguro que era de los que necesitaba programar en una agenda hasta las excursiones al baño.
—Decidí viajar de improviso —reconoció.
—¿Por qué? —preguntó con interés.
Arizona rio ahora de forma nerviosa.
—No quieres saberlo —murmuró casi para sí.
—¿Perdona?
—Tengo que irme ya —anunció, de repente sintiendo una necesidad imperiosa de poner distancia.
«Dile aquello de papá pone una semillita en mamá…», le gritó la neurona chiflada que siempre hacía su aparición en los momentos menos apropiados.
« Puf , calla ya, loca», se reprendió a sí misma.
Miró a Tyler por última vez y se obligó a sonreír.
—Alteza —repuso al tiempo que hacía una simpática y exagerada reverencia.
Tras eso, se dio media vuelta y se alejó de él, arrastrando su maleta y maldiciendo la necesidad de volverse a mirarlo.
Para su desgracia… sabía que no sería la última vez que se toparían, dada su relación con los Marlow.
—No vas a correr tras ella —se prohibió Tyler a sí mismo mientras intentaba centrarse en la cinta transportadora a la espera de su maleta, pero sus ojos se desviaron sin remedio hacia ella hasta que desapareció de su vista.
Maldijo en silencio. Ya había perdido la cuenta de la cantidad de maldiciones que había lanzado desde aquel encuentro en la gasolinera. No entendía qué tenía aquella mujer para volverlo tan loco, por desgracia en todos los sentidos, y no todos buenos.
Siempre que estaban juntos él cometía una estupidez tras otras sin pararse ni a pensarlo, y sentía las mismas ganas de matarla que de…
Vale, igual tenía más ganas de esto último.
Joder, la deseaba de un modo vergonzoso, irritante y muy preocupante. De hecho, no había estado con nadie más desde el encuentro en aquel coche. Y para alguien con una vida sexual plena y bastante activa, aquello era algo insólito.
«Esto es ridículo», se dijo ahora, recordándose que era muy posible que jamás volviera a verla.
Para su desgracia, sintió la misma desazón que durante los días que había pasado en Santa Carla echando gasolina varias veces al día, repitiéndose como un gilipollas lo importante que era mantener el depósito lleno, el coche limpio, los neumáticos con el punto justo de aire…
—Joder, todavía me duele todo por su culpa —suspiró, tirando ahora de su maleta, recordando las once horas de viaje—. Cuanto más lejos, mejor.
Apretó los dientes mientras caminaba hacia la salida.
—Claro que me debe muchas —murmuró después para sí—. Creo que lo justo es que pague por todas ellas.
Sonrió ahora con jocosidad. Sí, definitivamente estaba en su derecho de cobrarse lo que le debía, aquello no solo era una excusa para buscarla.
¡Por supuesto que no lo era!
«Seguro que se alojará en un hotel del centro, ¿y cuántas Callie West puede haber en cualquiera de ellos?
A escasos metros, entre maletas y pasajeros despistados, alguien se inclinó sobre un carrito abandonado y revisó su teléfono con cuidado. Sabía lo que encontraría nada más hacerlo y se moría de ganas de dar las noticias.
MACBETH:
¿Al fin en Londres?
HAMLET:
Sí, hace apenas media hora
que el avión ha aterrizado
MACBETH:
¿Todo bien?
¿Algo reseñable?
HAMLET:
Ni te imaginas el reportaje de fotos
que acabo de hacer
MACBETH:
¿Interesantes para el Daily Mirror?
HAMLET:
Y para la revista Playboy
MACBETH:
Bien, pues entonces ha llegado la hora
de mover ficha…