Capítulo 10
Tyler Hamilton, para asombro no solo de Arizona, sino de sí mismo, se escondió detrás de ella, casi de forma literal. La colocó como escudo humano y la abrazó desde atrás, inclinándose lo suficiente sobre su cuello como para ocultar su rostro.
—¡Eh! —protestó Arizona, forcejeando—. ¿Me estás usando de parapeto?
—¿Nos ha visto?
—Para lo que me importa…
—No te muevas —exigió él, apenas rozando su cuello con la mejilla.
—Pídemelo en un tono más amable y veremos.
—¿Quieres estar mañana en todas las revistas del corazón? —Aquello sonó casi a amenaza.
El fotógrafo miraba ahora con total descaro en su dirección. Al parecer, no le importaba gran cosa sentirse descubierto.
—Maldita sea, me ha visto —susurró Tyler con tono fúnebre.
—¿Quieres que le haga una peineta?
Él soltó un improperio.
—Quiero que estés tranquilita.
Sí, tranquilita. Quizá para eso debería correr el aire un poco entre ellos. Sentía cada centímetro de su cuerpo demasiado cerca, su torso pegado a su espalda…, e irradiaba un calor abrasador.
—¿Podrías dejarme respirar? —pidió Arizona, rogando para sonar normal.
«Por Dios, qué sofoco».
—¿Te falta el aire? —interrogó Tyler casi en su oído en un tono demasiado ronco como para no ser sexy como el pecado.
Arizona tragó saliva mientras sentía sus manos quemarle la piel de la cintura, que la camiseta que vestía no cubría del todo. Tuvo que contener un gemido y lo atacó para distraerlo:
—Qué vergüenza, escondiéndote tras una mujer.
Las manos de Tyler se metieron bajo la tela y acariciaron ya la piel desnuda.
—Esas manos —carraspeó—, que luego van al pan.
Él estaba cada vez más abrazado a ella, inclinado sobre su cuello, intentando esconder su rostro lo máximo posible, y para Arizona aquello comenzaba a ser una tortura.
— Shhh , calla —pidió él en un tono serio—, si confirma que soy yo, no tardará en acercarse.
—Te estás aprovechando —opinó casi en un murmullo, sintiendo que su aliento le quemaba la piel. Intentó alejarse un poco, pero él la sostuvo con firmeza, manteniéndola pegada a él, y la cercanía era un fuego incontrolable ya.
—Tranquila, solo trato de pasar desapercibido —dijo con demasiada ronquera como para resultar creíble—. Te aseguro que no estoy disfrutando con esto. No me provocas nada de nada.
—¿En serio? —susurró ella, mordaz, intentando no sonar tan acalorada como se sentía—. Entonces ¿qué es eso que siento contra mi trasero? ¿Tu indiferencia?
—Bueno, debo reconocer que tu retaguardia es… impresionante —admitió—. Mi cuerpo solo responde como el de cualquier hombre.
—Dices que te gusta mi culo —repuso a bocajarro.
—Digo que te sientan bien esos vaqueros —concedió—, y como de espaldas no te veo la cara…
—¿Porque mi cara es horrorosa?
—Poco agraciada.
Arizona sonrió a medias recordando aquella llamada.
—Parece que te molestó mucho que te calificara así, ¿no?
El paparazzi no dejaba de observarlos, ahora izando su teléfono con claridad en su dirección.
Tyler enterró su rostro aún más en su cuello y Arizona se estremeció.
—Me molestó que mintieras —le aclaró él al oído.
—¿Crees que mentí?
—Por supuesto —aseguró con certeza—, los dos sabemos que a mi cara no le pasa nada y que disfrutaste de cada segundo de lo que pasó entre nosotros.
—¿En serio?
—Fue un minuto y medio intenso —insistió.
Arizona no pudo evitar reír.
—Eso me ha sonado a broma —lo atacó—. Creí que no sabías hacerlas.
Con disimulo, él la sujetó de las caderas al tiempo que se apretaba contra su trasero.
—¡Joder! —se quejó ella, incapaz de evitar un suspiro.
— Shhh …, calla.
—¡ Shhh a tú tía! —protestó, sintiendo cómo la excitación estallaba en su pelvis ya con una intensidad desbordada—. ¿Qué te hace suponer que no voy a ponerme a gritar en breve como una loca?
—Supongo que cada uno grita como lo que es.
—¡Eh! —se quejó—. ¡Que te estoy haciendo un favor!
Giró la cabeza para mirarlo… y no tardó en entender que había sido un error. Se perdió en los ojos de Tyler al instante, que brillaban con una intensidad que podría iluminar medio aeropuerto.
Él se giró con ella en brazos y la abrazó de frente, asegurándose de darle la espalda por completo al paparazzi. Arizona protestó con énfasis. En aquel momento lo deseaba hasta un punto poco saludable.
—Ya te estás pasando —se obligó a decir, intentando obviar la firmeza de sus brazos—. Y si vuelves a decirme que me calle…
—Baja la voz —exigió él.
—No me da la gana —la izó aún más y lo miró furiosa.
—Entonces me veré obligado a cerrarte la boca.
Ni siquiera le dio tiempo a entender a qué se refería. Tyler asaltó sus labios, impidiéndole toda posibilidad de hablar
«Mierda. Debería ser ilegal besar tan bien siendo tan gilipollas».
Su traicionero cuerpo respondió sin pedir permiso.
Se le aflojaron las rodillas, el estómago le dio un vuelco descarado y una oleada de calor le prendió fuego bajo la piel.
Odiaba lo bien que besaba. Odiaba que su pulso se acompasara al de él.
Odiaba, sobre todo, convertirse en arcilla moldeable en sus manos en cuanto sentía su sabor.
Y aquella era la tercera vez que le pasaba.
Él fue el primero en recuperar la compostura. Abandonó sus labios con lo que pareció un esfuerzo titánico.
—Mala idea, maldita sea —lo escuchó murmurar en su oído con la respiración entrecortada.
—¿Y quién tiene la culpa? —se quejó Arizona, intentando sonar irritada.
—Tú.
—¡Ja!
— Shhh …
—¡Vete a sisearle ya a tu madre! —replicó malhumorada—. Estoy a punto de dar otra imagen de ti en las revistas, ¡eh!
—Calla, Jezabel.
—Uy, qué hostia te meto.
Por un segundo, creyó escucharlo reír, pero estaba demasiado preocupada ya por el tipo de las gafas, que parecía estar haciendo un zoom completo sobre ellos.
Para ella, anunciar su llegada a Londres de aquella guisa no era lo que se dice la mejor publicidad.
Y en aquel momento debía de ser demasiado evidente el calor que ardía en sus venas.
La prensa americana la adoraba por su personalidad abierta y sincera, pero Londres solía ser muy agresivo con sus tabloides.
—¿Cómo demonios piensas salir de aquí sin que te vean? —le preguntó, algo preocupada, intentando sacarse sus manos de encima.
«Dios, este tipo es una estufa».
—Iba a pedirte que lo distrajeras —repuso él en un tono demasiado neutro como para saber si lo decía en serio.
—¿Yo? —casi bramó.
—Tú no tienes ningún interés para ellos.
—Hasta que me pongan nombre —se lamentó.
—Callie West… —murmuró él—, suenas a heroína del viejo oeste.
—Sí, de eso se trataba —suspiró.
—¿El qué?
Arizona exhaló con fuerza. Aquello ya no tenía ninguna gracia. Tanta proximidad seguía siendo una tortura. Sus manos calientes sobre su cintura, la respiración compartida, los roces sutiles…, cada centímetro de él enarbolaba sus sentidos.
—¿No podías dejar que nos echaran una simple foto sin más? —se quejó ahora, molesta—. ¡Qué necesidad teníamos de darles el magreo! ¡Joder, Tyler!
Él la miró con una expresión extraña, hasta el punto de hacerla estallar.
—¡¿Qué?!
—Es la primera vez que pronuncias mi nombre.
Arizona frunció el ceño y guardó silencio.
—¿Cómo lo sabes? —indagó él.
—Eh…, ¿el qué?
—Mi nombre.
—Pues es evidente que me lo dijo Arizona.
—¿Hablasteis de mí?
—Bueno… —carraspeó—, yo te insultaba y ella escuchaba.
—Ah, qué bien, pues…
—¡Tyler Hamilton! —proclamó una voz victoriosa a su espalda.
Solo necesitaron una décima de segundo para identificar al paparazzi. Habían estado tan absortos el uno en el otro que en algún momento el tipo había dado la vuelta completa a la cinta sin que ni siquiera se hubieran percatado.
Tyler pasó al frente y, para asombro de Arizona, se esforzó por mantenerla a su espalda.
—Si nos sacas una sola foto, Morgan, te tragas el móvil.
—¿Quién es la chica?
—Nadie que te importe —declaró Tyler en un tono hosco—, y que corra el aire.
—Parecíais muy acaramelados hace un momento.
Arizona se preguntó si aquel tipo apreciaba su vida. Era evidente la irritación de Tyler, que le sacaba al menos dos cabezas al paparazzi.
—¡Lárgate!
—¿Puedo hablar con ella? —insistió, intentando franquear a Tyler.
—Voy a partirte la cara, Morgan —amenazó con frialdad, poniendo un brazo como barrera.
El tipo rio.
—Eso sí sería una gran exclusiva —opinó el fotógrafo en un tono mordaz—. ¿Tanto te importa ella como para arriesgarte a una demanda?
Arizona suspiró. Sabía que sus motivos no eran tan galantes. Él mismo había declarado que ni loco dejaría que lo fotografiaran con ella, como si fuera un secreto vergonzoso que hubiera que esconder. Aun así, estaba viendo una faceta de él que no conocía.
—Por el placer de saltarte los dientes, pongo dinero de mi bolsillo —aseguró Tyler, dando un paso en su dirección, obligándolo a recular.
—¡Eh! No le pegarías a un hombre con gafas, ¿o sí?
Haciendo gala de una rapidez y unos reflejos asombrosos, Tyler le arrancó las gafas del rostro.
—¡Eh, vale, me voy! —concedió el tipo, viéndole ya las orejas al lobo y buscando las gafas que habían terminado en el suelo.
Pero Arizona ya se había encargado de recuperarlas y las observaba con expresión de sorpresa. No le extrañaba que le hubiera costado estar seguro de que era Tyler quien estaba al otro lado, la graduación de los cristales era la de una lupa.
El tipo aguardaba, con un gesto ahora nervioso y ya exento de la chulería inicial, a que se las devolviera. Arizona no se pudo contener y se las probó un segundo.
—Ostras —exclamó asombrada—, ¡tienes que ver hasta el futuro con esto!
La carcajada que escapó de la garganta de Tyler la pilló desprevenida hasta a ella.
No pudo evitar sonreír mientras lo contemplaba embelesada.
La risa transformaba su rostro por completo, desarmándolo de seriedad, de toda su arrogancia y rigidez británica, para mostrar al Tyler humano, cercano, multiplicando su atractivo hasta límites que le aceleraban el corazón.
Sintió cómo un calor inesperado le subía por el pecho y le erizaba la piel.
La intensidad de lo que aquel hombre le provocaba al instante se transformó en pánico.