Capítulo 9 #2
Arizona ensanchó la sonrisa, complacida. Él parecía molesto y agotado, y le encantaba. Lo que no le gustaba tanto era que incluso con ojeras y aspecto homicida siguiera estando insultantemente guapo.
Se detuvo en seco y él la imitó.
—¿Vas a seguirme mucho rato? —interrogó de inmediato.
—Sí —aceptó él sin titubear—. Pienso molestarte todo lo que pueda.
—¿Por qué? —lo miró con aire satisfecho—. ¿Tan mal lo has pasado? Si quieres, puedes deleitarme con los detalles.
—¿Cómo lo has conseguido?
—¿El qué?
—Sabes qué.
Arizona lo miró con la inocencia de una actriz premiada.
—Mido metro ochenta y siete —informó tenso— y me han dado un asiento diseñado para un niño de cinco años.
—Qué dramático.
—He pasado once malditas horas comprimido como si fuera equipaje de mano.
—¿Y qué esperas? ¿Quieres que te dé un masaje para desentumecerte o qué?
—¿Por qué iba a concederte semejante privilegio? —replicó él, mordaz.
Ella soltó una risa seca.
—Tu humildad es tu mejor cualidad, definitivamente —ironizó, y retomó la marcha, aunque no tenía del todo claro hacia dónde. Se dejó guiar por la corriente de pasajeros.
Aceleró el paso, pero ni aun así pudo deshacerse de él, que caminaba casi a su lado. Quizá si se giraba y le confesaba su embarazo, conseguiría que corriera en sentido contrario.
La idea no la hizo reír. Suspiró y el peso real volvió a instalarse en su pecho. ¿Qué haría él si lo supiera? No tenía ni la menor idea.
Llegaron a la cinta de equipajes y se colocaron en un extremo. El silencio se instaló entre ellos durante unos minutos más, solo interrumpido por el traqueteo mecánico.
—¿Sabes que en clase turista la gente aplaude al aterrizar? —declaró él en un tono irritado, como si aquello hubiera sido lo más horrible del vuelo.
Arizona no pudo evitar sonreír, esta vez con algo más de sinceridad.
—¿Y te parece mal?
—Nadie le aplaude a un camarero porque consiga servirte un café sin tirártelo encima —opinó.
—La extraña manía de la gente de celebrar la vida —suspiró.
Tyler la miró de reojo.
—Los aviones están diseñados para aterrizar.
—Pero lo celebraste mentalmente cuando tus piernas recuperaron la circulación —lo miró divertida—. ¿A que sí? Es probable que en ese avión nadie tuviera más motivos que tú para aplaudir.
—Qué simpática —soltó un improperio—. ¿También eres de las que aplaude?
—Lo haría, pero estaba como un tronco cuando hemos aterrizado —informó, y esbozó una sonrisa pícara—. He venido todo el camino durmiendo a pierna suelta. Ha tenido que despertarme una azafata ya en tierra.
Él guardó silencio unos segundos solo para acabar murmurando.
—Joder, cómo te odio…
Ella lo encajó con una carcajada sincera, pero no agregó nada más. Lo último que necesitaba era divertirse en un sentido convencional. Y él debió de pensar lo mismo, porque acabó mirándola con un gesto serio al tiempo que preguntaba:
—¿Qué demonios haces en Londres, Callie?
Callie. Resultaba divertido que siguiera llamándola así, pero no sería ella quien lo sacara de su error. Claro que eso le impedía poder preguntarle por Arthur, que era otra de sus grandes preocupaciones.
«No tardarás en saberlo», se recordó. Tenía toda la intención de ir directa al Lyric Hall desde allí.
—¿Ya te has convencido de que no he venido persiguiéndote a lo Glenn Close? —dijo en lugar de darle una respuesta sincera.
—¿Lo has hecho? —preguntó Tyler, arqueando una ceja con esa suficiencia tan suya.
—Claro, porque el minuto y medio que pasamos en ese coche fue el más increíble de mi vida —repuso en un tono de lo más indiferente.
Tyler le devolvió un gesto altivo.
—Sabes tan bien como yo que duró algo más —replicó, como si su orgullo de macho alfa se viera forzado a recalcarlo—, pero admito que no fue para tirar cohetes.
Arizona se obligó a sonreír, aunque la fantasía de darle una patada en la espinilla era bastante más satisfactoria.
—Tienes razón —asintió con dulzura venenosa—. Fue más bien… un petardo mal tirado.
—Dos, en tu caso, si no conté mal —puntualizó él con sorna.
«¡Qué cabrito!». Se irguió apenas un poco, mirándolo de arriba abajo con descaro calculado.
—Sí, pero pequeñitos —aclaró, encogiéndose de hombros—. De esos en los que debes comprobar la mecha…, porque no tienes claro si han estallado o no.
Hubo unos segundos de silencio. Jamás en toda su vida había mantenido una conversación tan absurda como aquella, usando tal sarta de mentiras.
Y lo peor era que su cuerpo no cooperaba con la farsa.
El recuerdo seguía demasiado vivo, cálido y traicionero, y cada centímetro de piel ardía ya con virulencia.
«Mierda, justo lo que me faltaba», lo miró de reojo. ¡Joder, si es que debería ser ilegal estar tan bueno!
Con ojeras, despeinado, irritado y aun así… sexy como un anuncio de calzoncillos de Calvin Klein, incluso con los pantalones puestos.
Él miraba en aquel momento hacia el otro lado de la cinta transportadora, aún vacía, y Arizona frunció el ceño cuando le pareció que se giraba tras divisar a alguien.
—Maldita sea —susurró Tyler, y su tensión era casi tangible.
Arizona siguió su mirada y le llamó la atención un tipo con un móvil en la mano, gafas enormes y cara de haber desayunado cotilleos.
—¿Amigo tuyo? —preguntó curiosa.
—Prensa amarilla —confirmó él, apretando los dientes.
—¿Y qué?
Era ella quien debería estar preocupada con la prensa allí. Por suerte, en Londres pasaba lo suficiente desapercibida como para estar tranquila.
—Le he prometido a mi abuela que no les daría más portadas en una temporada —se quejó casi para sí.
—¿Portadas? —lo miró con sarcasmo—, ¿tú?
—Ni muerto voy a permitir que nos saquen una foto juntos.
—Oh, claro —replicó irritada—. No vaya a ser que arruine tu imagen de británico célibe y aburrido.
Pero Tyler ya no la escuchaba. El fotógrafo pareció verlo en aquel momento y levantó el móvil.
Y entonces ocurrió lo impensable… Al menos lo último que Arizona habría esperado de alguien con aquel metro ochenta y siete de orgullo británico.