Capítulo 9
Arizona aguardaba en la fila de facturación del aeropuerto de Santa Carla, billete en mano. El murmullo de maletas rodando y altavoces anunciando salidas apenas lograba imponerse al ruido de su propia cabeza.
Soltando un suspiro, desbloqueó el móvil.
Tal y como esperaba, otro mensaje de Harper iluminó la pantalla.
Dime que estás de camino a casa.
Aún puedes no subirte a ese avión
Arizona esbozó una media sonrisa. Durante el par de días que había tardado en organizar su viaje a Londres, su amiga la había bombardeado a mensajes, alternando dramatismo, lógica empresarial y un chantaje emocional bastante torpe.
Volvió a leerlo.
Aún podía no subir. Aún podía quedarse. Aún podía enfrentarse a todo sin moverse del sitio, pero no quería.
Sentía, con una claridad extraña y firme, que aquel viaje no era una huida, era una pausa.
La distancia justa para pensar sin ruido, sin presiones, y también una forma de proteger a su familia de lo que era muy posible que acabara siendo una decepción y una tristeza enorme con la que no quería cargarlos.
Suspiró y se acarició el abdomen casi de forma inconsciente. No quería pensar en ello cada segundo, pero tampoco podía permitirse no hacerlo. Dentro de ella comenzaba una vida diminuta, suspendida en una incertidumbre que dependía solo de su decisión. Y el tiempo no era infinito.
La noche anterior había llamado a Greg. Necesitaba datos, no suposiciones. Él fue claro: si optaba por interrumpir el embarazo, lo más saludable, física y emocionalmente, sería hacerlo antes de las diez semanas.
¡Diez semanas!
El plazo flotó en su mente como una cuenta atrás silenciosa.
Semanas médicas, además, contadas desde el primer día de su última regla. No importaba que apenas estuviera de dos semanas, para los médicos… eran cuatro. Greg se había encargado de dejárselo muy claro para que lo tuviera en cuenta.
Aquello cerró su soga al cuello mucho más.
Desde que se enteró de su estado, mutaba de una emoción a otra.
A ratos tenía la certeza absoluta de que no podía ni debía tener aquel bebé, que ser madre no era para ella, y otras, el simple hecho de pensar en deshacerse de él la enfermaba.
Y aún no podía echarle la culpa a las hormonas, apenas estaba teniendo su primera falta en aquel momento.
Pero podía echarle la culpa a aquel británico estirado que…
—¡Esto tiene que ser una broma!
Aquella voz envarada la sacó de sus cavilaciones al instante.
—¡Joder! —murmuró Arizona entre dientes, quitándose la mano del abdomen como si tuviera un resorte.
Miró a Tyler y la maleta que arrastraba sin apenas poder esconder su estupor.
—Una broma macabra, al parecer —le dio la razón Arizona en cuanto se repuso de la sorpresa.
Aquellos ojos verdes la escrutaban con demasiada intensidad, y por un segundo le preocupó que él pudiera leer su embarazo en su rostro.
«Eso es absurdo», se dijo, calmándose un poco.
—¿Eres una especie de acosadora loca? —interrogó él en un tono tan mordaz que Arizona no tuvo claro si bromeaba o lo pensaba en serio.
—Podría decirte lo mismo —se defendió—. Te recuerdo que yo estoy antes en la fila.
—Eso no quiere decir nada.
Arizona sonrió con una expresión que habló antes que ella.
—El orden en la fila es importante —declaró, subiendo un poco la voz—. Que nos conozcamos no significa que puedas pararte a hablar para saltarte los turnos.
Casi de inmediato, todas las miradas de la fila se posaron sobre ellos, cuchicheando y observando ya a Tyler como si fuera un atracador de ancianas.
—No pretendo colarme —replicó, rígido, con los dientes apretados.
—Toda esta gente que llegó antes que tú se merece un respeto —insistió la chica, intentando no reírse a carcajadas frente al gesto del inglés.
—Déjate de tonterías ya —protestó.
—¿Crees que por sonreírme y mirarme con esos ojazos ya vas a conseguirlo todo? —continuó Arizona, teatral.
—Vaya, pensé que te resultaba poco agraciado —ironizó.
—No te desvíes del tema —repuso la chica—. Me parece fatal que te aproveches así de tu innegable atractivo.
Tyler miró a su alrededor con evidente irritación.
La indignación comenzó a crecer y leerse en cada rostro de la fila, y los cuchicheos empezaron a hacerse más audibles.
—¡Qué poca vergüenza! —exclamó una señora regordeta con cara de pocos amigos.
El rostro de Tyler era un poema.
—Señora, no intento colarme.
—Esos ojos verdes a mí tampoco me van a camelar —se reiteró la mujer.
Arizona contenía ya las carcajadas a duras penas.
—Diga que sí, señora —apostilló para meter más cizaña.
—Oiga —le gritó un tipo con una extraña coleta desde el final de la fila—, su sitio está donde pueda verme el culo.
Tyler observó reír a Arizona, incrédulo y furioso. Respiró hondo, conteniendo un grito silencioso.
—Qué odiosa eres —susurró por lo bajo.
Arizona, triunfante, le dedicó una última mirada y murmuró:
—No te enfades, seguro que el tipo tiene un culo bastante aceptable.
Tyler la mató con la mirada, pero no agregó nada más. Su mandíbula parecía tallada en mármol. Recorrió la fila con la cabeza en alto, fingiendo no ver las miradas airadas a su alrededor.
Cuando Arizona llegó al mostrador, sonreía de oreja a oreja. Si tenía que toparse con aquel estirado, al menos quería divertirse y ganar todas las batallas.
«Papi es un gilipollas y se lo merece, bebé». Sé quedó paralizada frente al pensamiento. ¿De dónde había salido algo así? No daba crédito. El impacto fue tan grande que la chica que la atendía en el mostrador tuvo que llamarle la atención un par de veces.
Por suerte, el universo parecía estar de su parte aquel día solo para compensarla por el estrés emocional que arrastraba, y no tardó en demostrárselo.
—Ay, Dios mío, ¡eres Arizona Kerrs! —musitó la azafata, llevándose la mano al pecho como si acabara de presenciar una aparición mariana.
Arizona sonrió con esa simpatía entrenada que manejaba mejor que cualquier registro dramático.
—Lo soy, sí —respondió en voz baja, intentando mantener el momento discreto.
—Soy muy fan tuya —suspiró la chica, desarmada por completo—, ¡pero fan de póster!
—Muchas gracias.
La azafata se inclinó sobre el mostrador y la abrazó con emoción contenida. Después deslizó un papel hacia ella, temblando un poco.
—¿Me firmas, por favor? —rogó.
Arizona escribió una dedicatoria generosa, incluso con un pequeño corazón al final. Cuando terminó, la chica ya había completado su check-in , con eficacia entusiasta.
Le entregó la tarjeta de embarque y bajó la voz.
—He visto que te estaban molestando en la cola, ¿quieres que me encargue?
Arizona parpadeó.
—¿Encargarte… cómo?
La azafata se encogió de hombros con naturalidad peligrosa.
—Puedo darle el peor asiento del avión, si quieres.
La sonrisa que curvó los labios de Arizona fue de cine. Casi no podía creer en su buena suerte.
—No soy rencorosa —mintió sin pestañear—. Me conformaría con que le dieras… uno en clase turista. Uno cualquiera.
—Ah, sí, una lástima —respondió la azafata con teatral compasión—. Justo ahora se nos acaban de agotar los asientos en primera clase.
Arizona tuvo que morderse el interior de la mejilla para no soltar una carcajada.
—No sabes cómo te lo agradezco —declaró la actriz, luchando para no ceder a la tentación de mirarlo solo para reírse de él.
Aquel idiota era el responsable de que estuviera viviendo la semana más incierta de su vida. Un pequeño ajuste kármico no podía considerarse maldad. Por su culpa se veía metida en aquel lío.
«Y por tu mala cabeza», la reprendió su conciencia con muy mala baba.
Sí, bueno, detalles… ¿Por qué debería aceptar responsabilidades si podía culparlo a él? Aquello en ese momento le pareció de una lógica aplastante.
No sentía ningún remordimiento. Esperaba que once horas de viaje como si estuviera embutido en una caja de zapatos talla treinta y seis le sirvieran para aprender la lección. ¡Nadie le complicaba la vida y salía ileso!
Se despidió de la que en ese momento consideró su nueva mejor amiga y se alejó de allí, ya liberada de su maleta.
Se aseguró un asiento en primera línea para presenciar el espectáculo.
Tyler llegó al mostrador con su porte impecable y su expresión altiva intacta, que le duró treinta segundos, justo lo que tardaron en darle las lamentables noticias.
Arizona disfrutó de cada microgesto y no pudo dejar de reír viéndolo pasar con desesperación por más fases que un duelo emocional en menos de un minuto: la cortesía inicial, la leve sorpresa, la revisión del billete, el silencio tenso, la mandíbula endureciéndose, el parpadeo incrédulo, la respiración contenida, el cabreo monumental…
, hasta el momento en que, exasperado, tuvo que aceptar su destino si quería subirse a aquel avión.
Y su destino era estrecho. Muy estrecho. Injustamente estrecho para un metro ochenta y muchísimos de perfección británica.
Arizona tuvo que taparse la boca para no delatarse.
Por suerte, anunciaron el embarque en ese momento, lo que le permitió levantarse con elegancia y dirigirse hacia su reconfortante primera clase.
Amplia. Silenciosa. Con espacio para estirar las piernas y echarse unos bailes de salón.
Aquel era su premio, cortesía de su nueva mejor amiga… y del karma, que ese día parecía estar de su parte.
Por desgracia, ese karma solo le duró hasta que bajó del avión, fresca como una lechuga, tras dormir a pierna suelta casi todo el viaje.
Tyler Hamilton, al que incluso parecía haberle crecido una barbita de tres días durante las once horas en clase turista, aguardaba al final del túnel que conectaba el avión con tierra.
Arizona lo vio antes de que él la viera a ella y sonrió.
«Sí, definitivamente, él no ha pegado ojo», dedujo, y de alguna forma parecía culparla a ella.
Intentó escabullirse hacia la zona de recogida de equipajes, pero él fue más ágil.
—¿Huyendo de tu mala conciencia? —soltó, alcanzándola con facilidad irritante.
—Yo no tengo de eso —aseguró, y lo miró con mordacidad—. ¿Por qué pareces como recién salido de un after ? ¿No has tenido buen vuelo?
—Eres de un desternillante…