Rivales con derecho a roce Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Espero que lo del micropene sea producto del enfado —bromeó—. Ya que te ha metido en semejante lío, al menos mereces que el meneo fuera de los que hacen historia.

Aquello consiguió su cometido y Arizona sonrió a medias.

—Y el tamaño importa, reconozcámoslo —remató Helen con solemnidad impostada.

Arizona rio de verdad esta vez, agradecida por el respiro.

—Pues ahora mismo preferiría que todo en él fuera mediocre y olvidable —admitió, volviendo a ponerse seria.

—Pero no —dedujo Helen.

—Digamos… que no soy de las que pierde la cabeza —reconoció—. Suelo ser fría y bastante racional.

Helen asintió con una sonrisa dulce y adivinó:

—Pero no con él.

Arizona suspiró. Y ese suspiro era ya una confesión.

—¿Y no te planteas ver adónde te lleva? Ese tipo de química…

—No —interrumpió con convencimiento—, puestos a perder la cabeza, prefiero que me decapiten.

—Entiendo.

—Además, ese estirado y yo somos incompatibles —aseguró—. Y él antes se cortaría un brazo, también lo tengo claro.

Soltó aire de nuevo, intentando que aquello no le importara.

—Joder, ¿cómo es posible todo esto?

—Tienes una decisión difícil por delante —admitió Helen, acariciándole la espalda para darle ánimos.

—Pero no debería ser así.

—Ya, pero…

—No, me refiero a que siempre he creído tener claro qué haría si me sucedía algo así —confesó—. Sin dudas, sin dramas, sin remordimientos, pero… ahora…

Era una sensación extraña. De repente, la opción de interrumpir su embarazo no era tan obvia ni tan sencilla de tomar.

—Hay cosas que solo se pueden valorar cuando suceden —opinó Helen, entendiéndola a la perfección—. Y esta es una de ellas.

Arizona asintió.

—En cualquier caso, tengo que pensarlo todo con calma —murmuró algo agobiada—, pero no quiero que nadie se entere hasta que lo decida.

Imaginó la tristeza de su familia si les hablara de su embarazo solo para terminar tomando la decisión de interrumpirlo.

No, aquello no era una opción, pero tenía pensado viajar a casa para pasar con su madre el próximo mes, ¿cómo podría mirarla a los ojos y callarse algo tan grande?

Tenía decisiones que tomar y su madre la conocía mejor que nadie.

Le notaría la desazón en cuanto entrara por la puerta.

—Puedes quedarte en mi casa unos días si lo necesitas —ofreció ahora Helen, que parecía poder leerle el pensamiento—. O desaparecer una temporada, si lo prefieres. Eloise te abriría las puertas de su palacete en Londres si te apetece una experiencia aristocrática a la inglesa.

Arizona torció el gesto, segura de que le había dejado claro que en ese momento ella no se llevaba bien con nada inglés, y Helen rio.

—No todo lo británico es malo —declaró risueña—. Mi hijo es más inglés que el té de las cinco y, aunque a veces me desespera tanta sobriedad, es un gran tipo.

—Qué vas a decir tú —bromeó la chica.

—También es verdad —admitió, soltando otra carcajada—. Igual pronto puedes comprobarlo. Seguro que está al salir.

Pero Arizona ya no la escuchaba del todo.

Había algo a lo que ya no podía dejar de darle vueltas.

Recordó a Arthur Marlow y su estado de salud, y la posibilidad de hacerle una visita durante sus vacaciones y aprovechar para tomar decisiones con calma de repente se le antojaba una idea de lo más atractiva.

—¿Sabes, Helen? Ya hace mucho tiempo que no visito Londres.

—¿Y te estás planteando viajar?

La chica sonrió.

—Planteando no es la palabra, en realidad acabo de decidirlo —informó, y la miró algo más animada—. Me voy mañana o pasado.

—Qué aventurera, pues quizá puedas viajar con mi hijo —sugirió la mujer—. Él también regresa ya a Londres.

—Tengo demasiadas cosas que ordenar en mi cabeza —se excusó—. Y once horas de vuelo a solas con mis pensamientos me vendrán bien.

Aquella era una respuesta mucho más diplomática que admitir que no le seducía la idea de pasar esas mismas once horas soportando al que podía ser otro británico pedante y estirado, que, para mayor inri, era hijo de nada menos que un vizconde.

—Me voy ya —se puso en pie de un salto—. Tengo muchas cosas que concretar.

Se despidió y recorrió el camino de vuelta hacia la puerta cuando se dio cuenta de que su coche estaba en el otro lado del parking.

Como si la mala suerte se cebara con ella, aquel maldito odioso atravesó las puertas correderas en ese mismo instante.

Arizona soltó un improperio. Pasó ante él ignorándolo por completo, pero de reojo era demasiado consciente de que el chico hacía amago de hablarle.

—Ni me mires —exigió en un tono seco, sin detenerse, antes de que él pudiera pronunciar palabra.

Lo escuchó soltar un bufido de hastío y añadir:

—¡Qué más quisieras!

A pesar de eso, Arizona sintió sus ojos clavados en su espalda con absoluta claridad. ¿Y no le había dicho él aquello mismo dentro de aquel coche… pocos minutos antes de meterle la lengua hasta la campanilla?

La punzada de excitación que asoló su pelvis frente al recuerdo le arrancó un suspiro resignado. La forma en que deseaba a aquel hombre no dejaba de sorprenderla.

Por suerte, estaba a punto de poner casi diez mil kilómetros de por medio.